Leemé

ROMEO

EMBARAZO:

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NACIMIENTO:

9-9-2010
Puede ser que todo comenzara tras las clases de preparación al parto con Pilar, en las que hicimos un ensayo de empuje y se me puso la tripa como un melón. Hasta la matrona se asustó. O puede ser que esto no tuviera nada que ver, pues ya llevaba dos días como rara, martes y miércoles. Carlos fuera y yo como mala, con dolor de cabeza, más náuseas, cansancio, inapetencia por todo... El caso es que estaba en la Fnac, el jueves día 9 de septiembre, leyendo el libro « El cáncer no es una enfermedad », mientras esperaba a Carlos que salía de trabajar a las 6, cuando de pronto noté un dolor intenso de ovarios, que me tuve que parar a respirar y todo. Había tenido esa parte como tensa todo el día, pero con ese dolor y esa dureza de tripa jamás. Cuando salió Carlos se lo dije y nos fuimos caminando a casa, donde volví a tener más, pero no sabía si eran contracciones o no. Habíamos quedado con Silvia y Dani que también estaban embarazados y aunque no me apetecía mucho, pensé que así me entretenía si es que de verdad lo que tenía eran contracciones. Nada mas verles se lo dije, que estaba rara y Dani bromeando dijo que tenia el coche apunto por si me ponía de parto. Yo tenia claro que no, que eso no era, incluso me hacia gracia solo de pensarlo, pero Carlos cada vez estaba mas convencido. En la Casa de Granada, donde cenamos, me siguieron dando y una última, a eso de las 11, hizo que decidiera abandonar e irnos a casa. Por la noche ya sí que sí, me convencí que podía ser cuando al limpiarme el pis, vi que había manchado: el tapón mucoso. Le dije a Carlos que mañana nos veíamos en el hospital y a partir de ese momento fui haciéndome a la idea: terminé de preparar la canastilla, me duché lavándome el pelo y Carlos a mi lado en la cama apuntaba las horas de las contracciones, dolores...etc Cada vez tenía más, y ya segura sabía que eran contracciones, por el dolor, por la dureza de la tripa, porque aparecían y desaparecían y las respiraciones me ayudaban a sobrellevarlo... Tuve una dolorosísima.

10-9-2010
Por la mañana a eso de las 9 nos empezamos a preparar y a hacer a la idea. Carlos llamó a mis padres para decirles que fueran a Yeserías a recibir a los pintores, que nos repintaban el dormitorio de blanco, y a su empresa para decir que no iba a trabajar. A duras penas me vestí y bajé a la calle. Me dio un arrechucho en la calle y en el taxi no me apeteció ponerme el cinturón. El taxista dijo que si me ponía de parto podía poner una sirena e ir más deprisa. Hacia fresquito pero prometía calor, con sol por las calles. Yo me puse mi vestido de florecitas y el jersey rojo-vida de embarazada de Mónica. Llegamos a la Matenidad de O´Donell y tuvimos que bajar andando hasta Urgencias, donde Carlos entregó papeles y al ratito de esperar en la sala me llamaron. A Carlos no le dejaron entrar. Una de verde con cara de perro me hizo preguntas: última regla, que qué me pasaba, que si solo eso tenia de papeles de parto... y me exploró. Vio que efectivamente estaba de parto con cuatro cm de dilatación y me llevaron a otra sala donde me hicieron una mini ecografía para ver el corazón del bebé. A continuación dijeron que me iban a no se qué, monitorizarme, y estuve bastante rato tumbada en una camilla con cables alrededor del cuerpo, escuchando el corazón de Pompón. Cerca había dos embarazadas más y luego llegó otra, pero a ninguna se las oía respirar ni nada, como si no tuvieran contracciones. Yo las tenía a cada rato, aunque es verdad que al llegar al hospital se me ralentizaron y me dolían menos. De repente llegó una enfermera que me dijo que me tenían que desviar porque no había camas, que a qué hospital llamaban. Creí que se me caía el mundo encima y me dieron ganas de llorar. Llamaron a la Fundación Jiménez Díaz y tampoco había camas. Las oí enfadarse entre ellas porque la tal coordinadora las había dicho por teléfono que tenían ellas que llamar a cada hospital uno por uno. Finalmente me dijeron que esperaban a una ambulancia que me iba a llevar al 12 de Octubre. Y mientras a esperar sentada o tumbada, como quisiera, aunque como venían contracciones, al final me tumbé. A todo esto Carlos esperando en la sala sin saber nada. Le dije a una de verde si habían avisado a mi marido y enseguida le llamaron por megafonía para explicárselo. Yo desde dentro les oía. Cuando vino la ambulancia me trasladaron en camilla y rompí a llorar al ver a Carlos, de la tensión, de la mala pata de que no hubiera camas... Llegamos pronto con la sirena puesta. Hacia sol. Enseguida salió una señora que por el tono de voz y gestos parecía maja. A Carlos le mandaron con los papeles a Admisión. A mi me entrevistó otra de verde. Que si solo tenía eso de informes del embarazo, me dijo. Me dijeron que solo llevara lo último, dije. Y luego se calmó cuando vio que el informe era bastante completo. Me preguntaron si el embarazo había sido normal y si el bebé estaba boca abajo, que si se había visto en la eco que me hicieron en la Maternidad. Les dije que solo me habían enseñado el corazón. Luego otras cosas las apuntaron un poco sin rigor, como mi peso sin pesarme, enfermedades... Cuando vino Carlos me dieron el camisón y una bolsa para guardar la ropa. Me volvieron a mirar y estaba de cinco centímetros de dilatación. A Carlos para entonces ya le habían dicho que se saliera. Nos hicieron firmar una hoja donde venia el protocolo del hospital, y nos llamó la atención y gustó que decía que había una sala de dilatación donde te ponían música si querías. Cuando otra de verde mayorcita me condujo a las salas de dilatación, le dije que me llevara a esta. Hizo un asentimiento poco veraz y me dejó en el pasillo apoyada a una ventana mientras preguntaba dónde me tenía que llevar. La última sala, la 11. Esperé fuera a que la limpiaran, sentada en una silla, con contracciones. Cuando pude pasar a la sala empezaron a hacerme “perrerías”: que si tomar la tensión, análisis de sangre, una vía para ponerme suero. Esto fue lo que mas me molestó. Y después pasó el matrón que me exploró y me preguntó si iba a querer epidural, que ya estaba de cinco y si me rompían la bolsa las contracciones se iban a acelerar, que además la anestesista estaba en una cesárea y no sabían si iba a ser posible ponérmela. Yo les dije mi preferencia: o epidural flojita en la transición, o epidural walking que habíamos leído en el protocolo que es una que te permite caminar y no te paraliza del todo. No me atreví a que fuera todo sin epidural. A todo esto mientras me decidía por una u otra, había tres cabezas mirándome desde mi vagina. Al rato vino el equipo de la walking. Una chica joven súper maja que me explicó todo muy bien. No me podía mover mientras me la ponían y tendría que estar media hora tumbada. Me iba a quitar el dolor, pero iba a seguir notando las contracciones por ser más flojita que la otra. Carlos ya había llegado con todas las maletas. Los pinchazos de la epidural más que dolorosos, fueron desagradables y yo quieta encorvada como un gato. Ahora esto te va dar calambre y efectivamente me daba. Ahora me vas a sentir hurgar. Y cuando terminaron celo por aquí, celo por allí, que la espalda parecería un envoltorio. Al rato vino la anestesista para comprobar si notaba el frío o no de un tarro y en qué parte lo notaba más. Y cuando ya pude andar, vinieron a explicarme el uso de la pelota para dilatar. De repente las contracciones me habían desaparecido por completo, aunque no decía lo mismo la máquina a la que estaba conectada yo y el corazón de Pumpunell. Cuando me volvieron a venir, regresó la anestesista para decirme que si quería podía chutarme una dosis de calmante, que no me preocupara en darle más o menos, que estaba controlada la cantidad para que no me entrara más de la cuenta. Le tuve que dar dos veces. Cada vez que me venia una, no quería ni mirar a la máquina porque si no parecía que me dolía mas. Miraba a los ojos de Carlos y soplaba con él, acordándome de la foto de su ojo que llevaba en la maleta. También me puse los cascos para escuchar música, la banda sonora de Amélie que tanto me había acompañado en el embarazo. Una de las veces que entró el matrón fue para romperme la bolsa metiéndome un palo largo. Otra para preguntarme si me entraban ganas de empujar y que dónde sentía el dolor de las contracciones, si era en el culo. A partir de ese momento, sí, ya las empecé a notar en el culo y con ganas de empujar también. Otra de las veces vino a mirarme cuanto había dilatado, estaba de 10 y entonces me dijo que empujara tres veces y que si lo hacia bien me metía en el paritorio. Tenía ganas de mear y no podía, pero para parir tenia que vaciar la vejiga, así es que vino Paloma, la auxiliar de matrona y me sondó. Fue lo único que no me dolió nada de todas las “perrerías” que me hicieron. A eso de las cinco vinieron a meterme en el paritorio número 5, me pasaron allí de una cama a otra y coloqué los pies en unos estribos y las manos en unos mangos. Seguía conectada a la máquina para ver mis contracciones y el corazón de Pomponcito. Paloma y José Carlos la miraban de reojo tapados la boca con la cosa verde esa que tienen en los quirófanos, y cuando me venía una, decían empuja, empuja. Tres veces lo tenia que hacer cada vez, luego respirar y descansar. Para empujar tenía que coger mucho aire y no soltarlo. Le dijeron a Carlos que ya podía ver la cabecita del bebé que asomaba y él también fue el primero que lo vio aparecer aparte de los médicos. Cuando me dijeron que ya tenía la cabeza fuera, no me lo podía creer, luego fue empujar otro poquito y ya está. Con los ojos semi cerrados todavía, me dijeron que alargara el brazo para cogerlo y me ayudaron a ponérmelo encima. Todo ensangrentado envuelto en algo y con un gorrito beis que le pusieron de inmediato. Carlos llorando a mi lado. Nos miramos, miramos a Romeo. El matrón dijo que había nacido a una hora muy taurina: a las 17:00 entré y a las 17:40 nació. Le acaricié, le miré a los ojos e intenté darle la teta. Que sensación, piel con piel, mi hijo y yo. Calentito, pequeñito, resbaladizo. Cuando movía las piernecitas no me podía creer que eso hubiera estado dentro de mí. Carlos a mi lado siempre. Después vino algo doloroso, estuvieron cerca de una hora cosiéndome. Parecía que no iban a terminar nunca. Cuando terminaron sentí un gran alivio. Nos metieron en la sala de dilatación y los tres solos estuvimos un buen rato. Todavía estaba que ni me lo creía. Empezamos a llamar a nuestros padres y hermanos, mensajes, etc. Muy emocionados. Al rato vino Paloma para enseñarme a darle de mamar, a ver si agarraba. También nos trajo un papel con un cuestionario para la donación del cordón umbilical y dijo que volvería para sacarme sangre. Otra “perrería” mas, que como dijo Paloma en frío, me costó mas. En dos horas o así nos subieron a la habitación 304, cama 2, y volvimos a avisar a la gente para decir dónde estábamos. Me dijeron que cena no me podían dar, porque ya había pasado la hora, pero que podía comer lo que quisiera y beber ya también. Cuando llegaron mis padres Carlos me trajo de la cafetería un bocadillo de jamón que me supo a gloria y un sandwich, mi antojo de embarazo. Mamá entró en la habitación diciendo ¡qué ilusión! y mi padre le tocó. Lo tenía entre mis brazos. Cuando nos dejaron solos cenamos, hablamos del parto, aun estábamos alucinando. Carlos dormiría en una silla y yo en la cama sin apenas levantarme que los puntos me empezaban a doler a pesar de los sobrecitos de calmantes que me traían a cada rato. Por la noche fue Carlos quien bregó mas con el pequeño, aunque apenas nos habían dado instrucciones, que los niños vienen así, sin instrucciones.




Pesó: 3, 160 kg.
Midió: 48 cm.