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jueves, 14 de septiembre de 2017

Romeo dice la hora

Fue el 1-2- 13 cuando Romeo dijo la hora por primera vez, pero no recuerdo cómo. Este año, antes de irnos de vacaciones, empezó a mostrar interés por el tiempo. No sé cuál fue el detonante que le activó este interés, aunque sospecho que debió ser por sus vivencias de “Momo”. Una vez una familia comentó que su hija estaba especialmente interesada en saber qué iba a pasar o cuales eran los planes de futuro inmediato. Necesitaba saber a dónde iba a ir después de “Momo”, con qué amigo iba a compartir la tarde… En las recogidas oigo cómo entre unos y otros se cuentan dónde van a ir, con quién van a comer… En casa nosotros hablamos del “plannning” diario a la hora del desayuno.

También en torno al tema del tiempo hace poco le tuve que explicar que un minuto tiene sesenta segundos. Desde entonces cada vez que le digo tantos minutos, dice que se va a poner a contar tantas veces sesenta, y lo hace… Hasta que se cansa. Ahora, además, cada vez que le digo que “en un segundo acabo”, cuenta “uno” y como no haya acabado me dice: “mamá, no era un segundo”.

A un amigo suyo le han regalado un reloj digital hace poco. Romeo ha usado por primera vez un reloj este verano. En Ecuador, en el Tambo de Pestalozzi donde hemos estado alojados una semana. Era el reloj de la cocina y cada vez que decidíamos salir, anunciábamos a qué hora lo íbamos a hacer señalando las manecillas del reloj.

Todavía no sé cómo se le estará ordenando el tiempo en la cabeza: aquello de que cada espacio entre los números del reloj tiene cinco minutos, que un día tiene veinticuatro horas, que una hora tiene sesenta minutos… Poco a poco va componiendo el universo en su cabeza.


Ayer cuando llegábamos a casa a las nueve de la noche nos preguntó que si en primavera, otoño o invierno a esa misma hora sería de noche. También nos ha preguntado que por qué el sol y la luna nos siguen todo el rato y que si “finde” quiere decir fin de semana. Que si el fin de semana son el sábado y el domingo. Que si ya es por la tarde… Por las mañanas cuando abre un ojo y ve luz dice que ya es de día. Siempre ha sido nuestro mejor despertador. Después va a “Momo”, un lugar donde el tiempo se detiene.

Romeo dice palabrotas



La primera vez que Romeo dijo algo parecido a una palabrota fue el 8-7- 13: “Joé”. El otro día escuché una conversación de mamás en torno a este tema. Es otro de esos temas talismanes que merodean entre las mamás y los papás. Mi amiga decía que cuando su hijo emite alguna palabra mal sonante le dice que las palabrotas son como el alcohol, que en un niño está mal, que es una palabra demasiado grande para él. Eso venía a decir más o menos.

Mientras lo escuchaba yo elaboraba mi opinión. Los niños aprenden por imitación y si nosotros decimos palabras-rotas ellos probablemente las van a decir. Claro, que si tomamos alcohol, ¿por qué negarles la ingesta a ellos? Porque les sienta mal, ¿no? ¿Y las palabras pueden sentar mal? Sí, son energía, como todo lo que viene del ser humano y como tal nos influye, pero… ¿Nos sienta mal decir palabrotas? ¿A quién sienta mal: al que las dice o al que las escucha? Si es al que las escucha podemos explicarle que a cierta persona no le gusta o le sienta mal escuchar esas palabras. Seguramente le pase porque a él o ella no se las dejaban decir. Al que las dice también pienso que pueden sentarle mal. Decir, por ejemplo, “coñazo”, que indica desprecio hacia una parte del cuerpo femenino, puede influir en el bienestar personal. Pero a esto he llegado con el tiempo, quizás mi hijo sea consciente (o ya lo es) del daño de las palabras mucho antes que yo. La comida y la bebida se la administramos nosotros, de hecho dependen de nosotros para obtenerla. Pero las palabras no, no estamos en su cabeza para evitar que digan esto o aquello y cuanto más se las prohibamos, pienso, más les acercaremos a ellas (por la atracción que ejerce en los niños casi todo lo prohibido, cual núcleo de célula chocándose con su membrana), más todavía si nosotros las decimos.


Desde aquel día no le he vuelto a oír decir ninguna palabrota. No sé si las dice o no, pero no es un talismán que me preocupe. Es más, el día que le escuche decir alguna, que a lo mejor llega o no, supongo que no me sorprenderé. Son palabras, están ahí, están en google, confío en su autodesarrollo, en los ambientes relajados donde quizás no las dice y no son necesarias.

Romeo no juega

Hace tiempo escribí esta entrada:
Todos los finales de mes le digo a Romeo que voy a hacer repaso en casa y que voy a retirar todas las cosas que ya no use, con las que ya no juegue.
Cuando le digo que tal cosa la voy a dar porque no la usa, me contesta que es porque yo no juego con él a eso.
Cuando vamos a casa de los yayos, Romeo apenas se asoma al cuarto de juegos, mientras todos sus primos permanecen allí horas y horas.
Diego me ha comentado que Romeo tiene todo lo que necesita dentro de su cabeza. Momo me dijo que en el parque se quedaba mirando cómo juegan los niños y que con la expresión de su rostro, aunque no estuviera jugando, se veía que él también estaba participando.
Esta mañana teníamos amigos en casa. Entre todos han decidido jugar al parchís, pero Romeo ha dicho que él no iba a jugar, que él iba a mirar.
Casualmente estos días, me he debatido entre apostar porque mi hijo siguiera jugando libremente por las mañanas a lo que él quisiera, o hiciera lo que alguien le dijera tenía que hacer. Al final nos hemos decidido por el juego, aunque sepa que él va a decir mucha veces que quiere ir al rincón de no jugar. Ese es el último invento que me han contado de los que surgen en “Momo”.
Recuerdo una frase que le dijo mi abuela a mi madre cuando yo era niña que se me quedó para siempre dentro de la cabeza: “esta niña tiene que jugar más”. Me llamó la atención mucho que pusiera hincapié en ello mientras que mis padres parecían encantados de verme estudiar y estudiar, sin tiempo apenas para jugar. Ahora Romeo pudiendo hacerlo no lo hace y pide a gritos dirección marcada por su mamá o papá. ¿Quizás le estoy exigiendo que juegue de la misma manera que a mí me exigían que estudiara? Con la diferencia de que en vez de hacer lo que yo creo es mejor para él, hace todo lo contrario.
Creo que a partir de ahora no creeré en nada y como nos aconsejó Diego en la última “tutoría” procuraré que tenga más tiempo de aburrimiento. Quizás en el vacío descubra el placer de hacer lo que a uno le viene en gana.

miércoles, 10 de julio de 2013

Romeo va al parque

 

Ayer fuimos a nuestro parque, el Madrid Río. Después de un mes de vacaciones lo encontramos cambiado: morado por la flor de lavanda, vestido de verano y con ambiente dominical. Romeo no daba abasto, quería ir a todos los sitios: estanque que da vueltas, los toboganes, los chorros, los columpios que hacen música… Tuvimos que seleccionar: los columpios de la música y el estanque que da vueltas. Lo demás para mañana, dijo. Sin embargo, cuando nos dirigíamos a casa se le antojó ir al parque de los “columpios de Romeo”. Un parquecito infantil a cinco minutos de casa donde siempre vamos cuando queremos ir a algún sitio sin pensar a dónde. Los parques en la vida de Romeo tienen mucha importancia. Desde que nació y gracias también a mi amiga Rosalía que me abrió los ojos en este sentido, mi mirada sobre Madrid tiene forma de parques. Los he descubierto urbanos y pequeños, urbanos y grandes, con arena, sin arena, con árboles, sin árboles, a las afueras de Madrid, en pleno centro. Al principio Romeo dormía en ellos, mamaba en ellos. Más tarde organizábamos comidas en ellos. Luego pasó a sentarse sobre la arena o hierba de los parques para observar. Y ahora los usa a dos manos. Quiero hacer todo, dijo el otro día. Y es que hasta que no se ha montado en todos y cada uno de los juegos que hay no quiere-puede irse. Es como si tuviera que completar algo. Es otra de sus cositas.

jueves, 6 de junio de 2013

Romeo lee


 
Después de los números vinieron las letras. En un proceso libre increíble para nosotros venidos de procesos no muy naturales de enseñanza, Romeo empezó a preguntarnos por las letras, los nombres de esos dibujitos que veía en todas partes. Pero en concreto fue un día cuando me dejó alucinada: dijo, al verlo, el título de un cuento que habíamos visto no tantas veces como otros, El viaje de Valentina. Momo también nos había expresado ya su asombro diciendo que Romeo recordaba las palabras de los cartones que tienen en la escuelita con sólo decírsela una vez. Que cuando salían a la calle repetía todas las letras del nombre del colegio que hay en frente. Nos aconsejó que le pusiéramos a las cosas de casa su nombre con pegatinas, que eso a Romeo le gustaba y le animaba en su proceso natural de aprendizaje de la lectura. Todo esto antes de que Romeo me dijera “el viaje de Valentina” y yo me quedara alucinada. Ahora se sabe todos los títulos de los cuentos que vemos. Y no sólo eso, sino que sabe qué cuento corresponde a cada número del índice del cuento de todos los cuentos. Además recita las poesías de un cuento-cd que le regaló su tía. Su tío Jorge dice que tiene una mente prodigiosa.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Romeo engaña



Noooo… ¡Es un engaño! Dice Romeo. Imagino que lo oiría de alguien, pero no lo recuerdo. El caso es que Romeo cuando gasta una broma dice que engaña. Le gusta decir cosas que a nuestros ojos no son, o inventarse su realidad y luego decir que es un engaño. Desde el principio recuerdo el tema de las bromas, los chistes, el engaño… como algo delicado a tratar con él. No sé hasta qué punto le podía ayudar o dañar en su día a día. Sin embargo, a mí que siempre me ha gustado la palabra y el concepto de mágico, se lo quiero transmitir así a mi hijo, que el mundo es algo mágico y maravilloso, donde la realidad es variada como variadas son las personas. Pero a la vez voy con cuidado cuando uso esta palabra, no sé muy bien por qué. Igualmente darle un susto y aparecer por sorpresa me apeteció muchas veces, pero me contenía, pues no sabía muy bien cómo iba a reaccionar. La primera vez que nos engañó fue cuando le preguntamos de qué color le había pintado Momo la cara. Dijo que marrón y al rato rectificó: noooo, negro… ¡Es un engaño! Nos hizo mucha gracia y luego se convirtió en coletilla para antes de irse a dormir. Romeo tiene un cajón mágico donde guardamos múltiples cosas que él reúsa a su manera y desde que aprendió con su tía a desaparecer debajo de una manta jugamos a escondernos y a dar sustos.

lunes, 27 de mayo de 2013

Romeo se abrocha


 
Junta la barbilla contra el pecho y con la manita coge la cremallera, iniciada ya por su papá o mamá, para subirla hasta el cielo si pudiera. Entonces se queda tan a gusto, lleno de haber realizado tan grande hazaña. Algunas veces pide que se lo haga yo, porque no le apetece o porque quiere tenerme a su lado, intuyo. Pero casi siempre es él el que se sube las cremalleras, que le encanta eso de abrocharse chaquetas y abrigos. También maneja ya muy bien el arte de pegar el cierre de velcro de los zapatos. Una vez un amigo me dijo que a él no le importaba esperar a la gente porque eso le suponía un regalo de tiempo, tiempo que le regalaba esa gente para estar consigo mismo cuando le hacían esperar. Pues bien, ese es otro de los regalos que me hace Romeo cada día. Tiempo de observarle cuando le veo abrocharse su abriguito. Pensaba acabar esta entrada diciendo que mi tiempo es como de película muda acelerada y el de él es de documental de naturaleza que muestra a tiempo real el crecimiento de una flor. Que si antes no tenía tiempo por todo lo que supone hacerle a un bebé: alimentarle, cambiarle, dormirle…; ahora tampoco lo tengo por lo que supone que un niño aprenda. Pero me he dado cuenta que en ese su aprendizaje también está el mío, saber estar sin hacer nada, observándole, y ese es un regalo muy grande.

jueves, 23 de mayo de 2013

Romeo no quiere salir


 
Puede ser una etapa, de esas que me dice tanta gente, que los niños están llenos de etapas parece ser. Y yo me imagino a Picasso con sus etapas Rosa, Azul… El caso es que Romeo pocas veces me pide salir a la calle y cuando le pregunto si quiere contesta que no. Cuando empezó a ir a “Momo”, pensé: claro, estará cansado de estar toda la mañana jugando fuera de casa. Pero luego me di cuenta que también le sucedía cuando no íbamos a “Momo”: los fines de semana o en fiestas. Yo soy muy casera. Quizás sea por eso. Aunque también soy muy curiosa y me gusta conocer el mundo. Total, que estoy en continua contradicción siempre. Menos mal que está Romeo para mirarme a los ojos y con esos ojitos verdes preciosos, no, preciosísimos que tiene, decirme: nos quedamos en casa. Y entonces sé que eso es lo que en el fondo me pide el cuerpo. Un tiempo me dio por pensar que como le gustaban mucho los puzles, los números, los cuentos… y esas son cosas caseras, por eso quería estar en casa. Pero ahora que ha empezado a moverse más tampoco pide salir. Este es otro aprendizaje que me regala Romeo día a día: conectar con mi fondo, con lo que me pide el cuerpo. Mirarle a los ojos es ver ese fondo.

martes, 14 de mayo de 2013

Romeo se lava los dientes


 
Cuando Romeo cumplió un año todavía no tenía dientes. Llevaba un montón de tiempo babeando y no parábamos de escuchar que eran los dientes. Parece que no nos quedamos tranquilos hasta que no le vimos una cosita blanca arriba. Enseguida nos preguntamos por su limpieza. Nos dijeron, como intuíamos, que cuando tuviera uno ya se debía limpiar. Después de todas y cada una de las comidas, papá y mamá se lavan los dientes (a no ser que estemos fuera de casa y se nos haya olvidado el cepillo, claro) y le ofrecen a Romeo hacer lo mismo. Generalmente no es una actividad que le apasione, o quizás es una de esas actividades que por la importancia que le damos sus papás, él se niega a hacerla al principio. Aunque después casi siempre accede y gustoso se sube a la tapa del wáter o a las piernas de mamá para descapuchar el cepillo, mojarlo, echarle un “poquitodepasta” y cepillarse con brío los dientes de arriba, los de abajo y hasta las muelas que ya tiene. Enjuagarse todavía no sabe, pero se monda de risa cuando se lo ve hacer a su mamá. Al acabar lo coloca en su sitio. Si por descuido o prisas se lo colocamos nosotros, se enfada y tenemos que sacarlo del cesto. Entonces es cuando de nuevo me viene a la cabeza el lema de una escuelita amiga: “adultos sin prisa, peques sin pausa”.

 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Romeo tiene frío


 

En eso se parece a mí. Yo siempre le tapo mientras su padre siempre le destapa. Sin embargo, casi nunca dice que tiene frío, salvo cuando le da el aire en la cara. Entonces sí, desde el carrito me pide que le tape con una manta. Hace poco por la noche también lo dijo: se despertó y dijo que tenía frío. Nunca quiere que le quitemos la ropa que lleva puesta: camisetas, jerséis, chaquetas… lo que sea, aunque el día haya avanzado y con él el calor. Parece que nunca tiene calor. Mientras sus compañeros se desnudan con una facilidad pasmosa, Romeo permanece con toda la ropa puesta a todas horas. Su padre se ha dado cuenta que se hace un lío con estos dos conceptos: frío y calor. El otro día tocaba el brazo de su padre que estaba frío con su mano calentita y decía: ¡uy qué caliente! Después su padre le tocaba con la mano caliente su pierna helada y decía: ¡uy qué fría tienes la mano! Esa es otra de las cosas que he aprendido de Romeo: que los adjetivos son muy personales, que por mucho que yo le diga que una cosa es roja, si él la ve azul, será azul

lunes, 29 de abril de 2013

Romeo miente


 
La primera vez que Romeo mintió fue para decir que había hecho caca. Puede ser que así quisiera cambiar su realidad o bien acelerar su tiempo, ya que Romeo lo pasa mal cuando tiene ganas de hacer caca pero luego se queda muy a gusto. Le miré y vi que tenía el pañal limpio. Esto mismo lo ha vuelto a decir varias veces. Otro día en casa de sus abuelos, cuando le preguntaron si había ido a “Momo”, dijo que sí. Sin embargo, aquella mañana no había ido a la escuelita. Le miré, me miró y al rato cambió su discurso para decir que no había ido. Y es que Romeo ya se da cuenta del efecto que tienen en él mismo las palabras y el efecto que tienen en la gente sus palabras. Así esta mañana, me ha dicho que le quitara lo del dedo que le picaba. Llevamos varios días con esa historia. Algo que tiene en el dedo que ni su padre ni yo vemos. Le cogemos el dedito, se lo miramos muy detenidamente, se lo acariciamos, le miramos a él, le damos un beso en el dedito… Todo ese rato juntos, él y yo, él y su papá, sin nadie más. Todo empezó por una pestaña que soplamos un día para pedir un deseo. Otro día hubo una astillita y se la sacamos. Y ahora creemos que la historia del dedo significa un rato de atención exclusiva, aunque para pedirlo haga falta una mentira.

martes, 23 de abril de 2013

Romeo sueña


 
Esta noche no ha sido del todo mala, nos decíamos Carlos y yo la otra mañana. Carlos se había levantado una vez y yo me levanté porque le oí sollozar, pero no tuve que hacer nada. Escucharle y observarle, ver que estaba dormido y pensar que probablemente soñaba. Desde hace tiempo Romeo cuenta las cosas que hace y entre todas esas cosas algunas por su escenario, personajes, color… nos imaginamos que pertenecen al mundo de los sueños. Recuerdo uno especialmente significativo: nos contó que se le había metido una R por debajo de la camiseta. Yo por más que buscaba no la veía y él seguía enfatizando su relato con los ojos bien abiertos y metiéndose la mano por debajo de la ropa, haciendo el recorrido que supuestamente había hecho la traviesa R. Esta mañana su despertar comenzaba con un grito desgarrador: ¡papá no te vayas! Hacía un cuarto de hora que su padre había salido de casa rumbo a Alemania. Probablemente de tanto repetirle ayer noche que se iba, había soñado con ello o quizás le había escuchado marcharse. Después se ha vuelto a dormir. Otros sueños me ha contado, que ahora mismo no recuerdo, pues me ocurre como con los míos, que si no los apunto mientras me los está contando, se me olvidan.  

viernes, 19 de abril de 2013

Romeo se enfada


 
Ya he comentado en alguna entrada que cuando Romeo tenía meses, emitía unos gritos sorprendentes por su intensidad, que muchas veces no sabíamos por qué era y nos hubiese gustado saberlo. Pero por entonces no ponía palabras a lo que sentía, y antes que nada, seguramente, no sabía que estaba sintiendo algo. Ahora Romeo creo que lo sabe.  Por otro lado, en casa le damos mucha importancia a las palabras. Nos encantan las palabras, jugamos con ellas, las inventamos, las coleccionamos, las regalamos, decoramos la casa con palabras… y por supuesto las utilizamos para vestir nuestros sentimientos. Así es que Romeo ha aprendido a decir que está enfadado cuando lo está, aunque a veces no sepa por qué. Otras veces Romeo se enfada porque mamá no le da leche, se enfada porque mamá o papá le cambian el pañal, se enfada porque le visten para salir a la calle, se enfada porque sabe que después de comer es necesario lavarse los dientes y no quiere… Curioso esto de la escritura que me hace pensar mientras lo escribo (y no al revés) la manera de reconvertir estas frases, estas acciones, para que Romeo no se enfade: no cambiarle el pañal (lo mismo lo acaba pidiendo él cuando se le salga ya el pis por todos los lados), no vestirle para salir y que vaya en pijama (al fin y al cabo es ropa), lavarse los dientes cuando pase un rato después de comer… Aunque en esto dudo mucho que lo hiciera, que el juego le distrae de cualquier cosa; pero por probar, nunca se sabe. También me doy cuenta de que el enfado forma parte de la vida y por qué descartarlo. Y de nuevo me acuerdo de mi querida Rebeca Wild: todo organismo vivo está limitado, los límites nos ayudan a ser más libres. Algo así decía.

martes, 16 de abril de 2013

Romeo da una voltereta



“Vololeta”, dijo intentando repetir lo que había dicho su abuela. Hace un año y diez días exactamente, Romeo daba por primera vez una voltereta ayudado por la abuela. Le cogía de los brazos y le giraba no sé cómo haciéndole caer sobre las piedrecitas del parque. Era de los pocos juegos físicos que le gustaban entonces. En una reunión Momo nos dijo que "nos había salido un chico intelectual”, que se pasaba la mañana mirando números y letras, haciendo puzles en el rincón de los puzles. Que tenía juego individual y no enganchaba mucho con las cosas del parque. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, vemos como Romeo no para en casa ni en el parque: baila, salta, se sube al sofá, se monta en el columpio, sube al tobogán… Estamos en un momento en que empieza a hacer movimientos físicos por su cuenta, a probarse, y en el que los que le cuidamos ya no hacemos más probaturas con él, pues no podemos de lo que pesa. Alguien me dijo que son etapas, leído está en mi mente que los niños van pasando por distintas fases, y así lo estamos viendo en Romeo que cuando nació me parecía increíble que aquella personita pudiera si quiera respirar. Algo me dice que aunque mi espalda se resienta un poco, no puedo negarle ya ni siquiera un “a subir con mamá”, que cogerle en brazos es un lujo que en breve no podré hacer.  

 

 

martes, 9 de abril de 2013

Romeo escoge su ropa


 
Las zapatillas que usa en “Momo” (regalo de sus yayos) es lo único que hemos comprado nuevo en una tienda para Romeo, y las eligió él. Todo lo demás nos lo han pasado o regalado. Así es que toda la ropa de Romeo tiene su propia vida cosida. Me gusta elegir la ropa de Romeo por las mañanas. Al principio la escogía quien le vestía: Carlos si le vestía él, o yo. Pero ahora casi siempre lo hago yo porque a Carlos no le gusta demasiado y a mí me encanta. Mientras lo hago recuerdo a aquellas personas que nos lo dieron, y luego mientras visto a Romeo le hablo de ellas y así las recuerda él también. Me encanta ponerle petos, jerséis de cuello alto y jerséis de lana. Me gusta vestirle de azul o de rojo. Y cuando acabo siempre digo: ¡qué guapo! Y él lo repite. El otro día señaló una camisa de cuadros rojos que quería ponerse y que había llevado el día anterior también. Nos sorprendió, pues no le preguntamos y él mismo se manifestó. Así es que cambié la camiseta por la camisa. Que por otra parte, se parecía mucho a la que llevaban sus primos el día anterior y además sabe que le gusta mucho a su abuela. No sé si todo esto él lo recordaba al escogerla, aunque yo pienso que sí y que de alguna manera quería revivir la tarde pasada con sus primos o encantar de nuevo a la abuela con esa camisa de cuadros.

jueves, 4 de abril de 2013

Romeo pide


 
Fue hace poco más de un año cuando Romeo pidió algo por primera vez hablando alto y claro. “Cosita roja”, dijo. Lo tengo apuntado, pero no me acuerdo qué era esa cosita. Romeo pide “a subir” cuando quiere que le cojan en brazos; “leche”, cuando quiere que le dé de mamar; el desayuno por las mañanas elegido entre las opciones que le damos; los juguetes a los que no alcanza todavía; el especiero que compramos en Rumanía, que le encanta, y lo ve siempre cuando estamos comiendo; el aplique de la batidora para darle vueltas sobre su mesa de trona; la bolita de las infusiones, también para darle vueltas; la bola de nieve de Nueva York, que sólo la usa con mamá o papá cerca; rotuladores que mamá tiene en el escritorio; subirse en la cama de los papás cuando abren el canapé (ahora se sube sólo, pero pide que le cerremos el canapé con él encima); subir al columpio de su habitación; “a subir con papá para ver los números que es y ver la luna” por la noche antes de dormir, para ver los números de las canciones en el radiocasete y despedirse de la luna. Me encanta saber de las peticiones de Romeo. Me encanta observar cómo va construyendo su persona fuera del ámbito de mamá y papá. También me gusta ver cómo atiende a mis peticiones, aquellas que le reconfortan y hacen que todos estemos bien: tirar el pañal a la basura, darme un beso, guardar los juguetes… Me pongo nerviosa cuando no atiende a algo que le pido, pero rápidamente buceo con la mente en las lecturas que me siguen en esta tarea de acompañar a mi hijo (http://laaventuradelavida.net/docentes-y-familias/la-familia/comunicacion-no-violenta/) y respiro hondo: ¡qué ayuda, qué alivio!

martes, 2 de abril de 2013

Romeo canta


 
La primera canción que cantó Romeo con letra fue la de Conejo Pepito que repetíamos en yoga para calmar a los bebés. Le recuerdo entusiasmado con aquella canción, diciendo “onejo” y “abazrar”. Fue el inicio de un camino. Cantar es una de las cosas que más le gusta. Nada más nacer, la yaya nos regaló un cancionero que ella escribe a todos los nietos. Todavía no me he aprendido ninguna canción entera. Cuando Romeo era bebé andaba con un libro y cd de nanas bajo el brazo porque me parecía muy bonito eso de cantarle nanas para dormir, pero apenas una estrofa pude retener. Empecé a recordar canciones de mi infancia leyendo libros de juegos. La abuela también fue recordándonos algunas. Unos amigos nos regalaron un cd con canciones de Rosa León que ha sido como un talismán en todos los viajes. También la tía Clara nos grabó muchas canciones infantiles en un pendrive. La tía Amaya le regaló un cd-libro que se sabe ya de memoria. ¡Lo que disfruta escuchándolo! Cada canción en el mundo de Romeo tiene un nombre: la del Ayoyo, la de la abuela, la de papá… según quien se la haya cantado más veces. Ahora también ha empezado a tararear en inglés  una del cd de Amélie. Además Romeo y yo nos inventamos canciones que hablan de nosotros. Por último, se me ocurre comentar que he cogido la costumbre de transformar sus “reafirmaciones del yo” o “crisis de crecimiento” en canciones. Así cuando repite mucho una palabra de algo que quiere y su mamá cree que no se puede, la repito como él pero cantando y mágicamente todo cambia, todo se transforma que diría Drexler.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Romeo juega

 

Romeo en realidad juega todo el rato; es su forma de estar en el mundo. Tengo esto tan presente, que hasta ahora no se me había ocurrido escribir sobre el juego de Romeo. En los inicios era mirar todo aquello que diera vueltas: ventiladores, lavadoras, molinillos de papel; más tarde las vueltas a las cosas las daba él: tapones, botones, peonzas; coger palitos y cosas alargadas; escuchar música y bailar; buscar números; buscar formas geométricas; subir y bajar cuestas; ver cuentos; hacer puzles; buscar letras y ahora de nuevo está en la fase peonza. Las guarda en una caja de cartón preciosa que le hizo la abuela. Cada una tiene su nombre: la de Noruega, la de Rusia, la de papá, la de la yaya, la de “Cábiz”, Granada, la de la tía María, Suiza, la de la tía Lali, la de Alba, del Ayoyo… según su procedencia. Momo le llama Pirindolo. Su tía Amaya, Pirindoleador. Una amiga que entiende de numerología me dijo que por la fecha de su cumpleaños tendría mucha destreza con las manos. Esta fase peonza la combina también con la de Amélie. No hay día que no quiera poner el cd de música de Amélie, como yo hice cada día de mi embarazo. Le encanta ver los números de las canciones en la pantallita del radiocasete, bailar, y tararearlas: esta es rápida, esta lenta, esta en inglés… Me gusta pensar que todo tiene que ver, que todo está relacionado. Al fin y al cabo, el mundo y la vida son como un gran puzle.  

martes, 12 de marzo de 2013

Romeo pone la mesa


 
Entre las muchas cosas que Romeo sabe hacer ya, me apetece contar que ayudó a poner la mesa por primera vez cuando acababa de cumplir dos años. Fue en casa de los abuelos, uno de sus centros de operaciones y aprendizajes. La abuela le daba los cubiertos y él los colocaba. Yo atónita le miraba. Más por lo feliz que perecía que por el hecho en sí de que lo estuviera haciendo. Verle feliz me apasiona. Podría mirarle y mirarle sin parar: derechito, como si le estuvieran estirando de la coronilla, con pasos firmes y los puñitos cerrados que siempre pone cuando se concentra en algo, ambas cucharas dentro, naricilla hacia arriba para asomarse a la mesa a la que casi no llega… Dejar los cubiertos y vuelta a empezar, que la abuela se los da con todo el amor del mundo. Ayer fue su padre quien le animó a hacerlo para el desayuno. Causalidad o casualidad yo ya había empezado a escribir esto. Y de nuevo, tras acabar, su exclamación favorita: ¡Romeo puede!

jueves, 7 de marzo de 2013

Romeo va al zoo


 
Visitamos el zoo por primera vez con Romeo el 21 de octubre del año pasado, 2012. Su padre tenía unas entradas de descuento y aunque nos coincidía con un cumpleaños decidimos pasar el día los tres juntos a solas. Bueno a solas, no, con los animales. Recuerdo ese día con muchísima expectación. Estaba deseando ver la carita de Romeo delante de los leones, los elefantes… Nada más entrar nos fuimos al delfinario, que empezaba una actuación y no nos la queríamos perder. Mientras esperábamos, Carlos se llevó a Romeo debajo de la piscina, donde se podía ver a los delfines buceando. Cuando el espectáculo empezó Romeo no quitaba ojo de los saltos, de las vueltas que daban con las aletas y de los pececitos que les echaban para comer. Nosotros comimos en las gradas resguardados de la lluvia cuando finalizó el espectáculo. A la hora de su siesta nos recorrimos todo el zoo seleccionando lo más importante para que Romeo lo viera al despertar, que a todo no nos iba a dar tiempo. A los elefantes apenas les dirigió la mirada por más que yo le decía mira qué trompa más laarrrga. Delante del león nos hicimos una foto con Romeo en brazos protestando tal cual felino. De los monos le gustó ver cómo las mamás llevaban a sus hijitos a cuestas. Las jirafas, sin haberlas visto anteriormente en ningún sitio, supo nombrarlas nada más enseñárselas. Esto es lo que más me alucinó: cómo sin conocer ciertos animales era capaz de nombrarlos. Y lo que más alucinó a Romeo fue ver los huevos que acababan de poner las gallinas y los polluelos que habían salido de los huevos. Ahora que lo pienso: elefantes, osos, jirafas, monos, leones, cebras… todo eso estaba ya en su mundo, en sus cuentos; pero pollos que salen de huevos como los que mamá usa para cocinar…