Mostrando entradas con la etiqueta El Blog de la hija de A. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El Blog de la hija de A. Mostrar todas las entradas

jueves, 25 de septiembre de 2025

Apagafuegos

 

Este verano con el tema de los incendios he tenido bastante presente una frase que me dijo una amiga hace tiempo: las madres son apagafuegos.

Me lo dijo a colación de lo que le comenté de mi madre: la recuerdo con el nombre de mi hermana en la boca a todas horas. Era comentarle algo de lo que yo había hecho y mencionarla a ella. Salir cualquier tema de cualquier persona, mencionarla a ella también. Más tarde empezó a centrarse en sus desgracias, que para entonces mi hermana ya había aprendido a llamar la atención de mis padres así: accidentes, suspensos, enfermedades… Y yo me cansé. Me cansé de no poder hablar con mi madre sin que saliera su nombre. Me cansé de que mis cosas no fueran el centro de atención alguna vez porque siempre estaban las de ella. Me cansé de ser juzgada porque no preguntaba por ella. No hacía falta, ya me contaba ella todo y más. Me cansé hasta reventar y enfermar también. Entonces mi amiga me dijo aquello del apagafuegos y me calmé. Pensé en mi madre apagando un gran fuego familiar y por un momento hasta pude agradecérselo. 

Mi hermana es el incendio que mi madre se ve obligada a apagar continuamente. Cuidados cuando ha estado enferma fuera de casa, casa cuando no la ha tenido, tenencias cuando no ha ganado dinero, dinero que llamaron beca… Yo soy el noticiario de las buenas noticias porque siempre estaba sonriendo y estoy enganchada a la actividad desde hace mucho para no molestar. Esto no atrae tanto como el amarillismo, pienso. Imagino el día en que se hable igual de reír que de llorar, de un nacido que de un muerto, de una persona que ha salvado a alguien, que de una que ha matado… Quizás, entonces, las madres además de apagar fuegos avivarán otras llamas.

He conseguido casi, casi, no ser mendiga de su amor. https://macarenamenasantos.blogspot.com/2025/01/ya-no-soy-mendiga.html pero todavía cuando oigo hablar de fuegos se me viene la imagen de mi madre vestida de bombera. Sé que nunca entenderé esa pulsión porque sólo tengo un hijo al que acompaño por su tránsito en esta vida.

jueves, 12 de junio de 2025

La entrevista "laboral" más difícil de mi vida

Dedicado a los que me dicen: habla con tu madre. 



He hecho varias entrevistas de trabajo, que me han puesto muy muy nerviosa, pero el diálogo más difícil de toda mi vida ha sido con mi madre. Cuando he querido hablar con ella he tenido insomnio durante varios días, he pasado días sin hambre, dolor de estómago, jaquecas, me he enfadado más de lo normal con mi pareja e hijo… Mi madre es la persona con la que más me cuesta hablar, tanto por la forma (no tenemos una vía de comunicación) como por el fondo.

Como ya escribí hace tiempo no recuerdo ningún beso ni abrazo de mi madre, aunque imagino que los tuve porque hay fotos (aunque las fotos muchas veces mienten, también es verdad). Tampoco recuerdo jugar con ella. Aparte del poco apego establecido en la infancia, sé que hay un punto crucial en nuestra historia en común donde se rompió nuestra poca relación. Después de aquel episodio, pienso, nada volvió a ser como antes. Hablar, a veces tuvimos tiempo y espacio para hacerlo, pero nunca el que yo necesité. Mi madre fue la que me dijo: “no puedes obligar a nadie a quererte”, que tanto me ayudó. Cuando se jubiló le propuse una actividad: "paseos con mi madre", que nunca cuajó. Fuimos avanzado por líneas temporales paralelas que se fueron distanciando más y más a la vez que iban surgiendo impedimentos para que estableciéramos comunicación: mi adolescencia (vivida por y para el estudio porque aprendí a hacerlo así, para recibir la atención que no recibía de otra forma), su trabajo interminable (mi madre ha sido profesora 24/7: cuando llegaba a casa tenía que revisar tareas de clase y las vacaciones estaban organizadas en función de lo que tenía que preparar para clase: este museo, esta iglesia…), los malos resultados en los estudios de mi hermana, las enfermedades de mi hermana, la dificultad de independizarse de mi hermana, la enfermedad de mi padre, las suyas… La poca comunicación que teníamos pronto se vio eclipsada por otros temas que no era yo. Cuando llegó el nieto el eclipse fue total. Yo alucinaba cuando al vernos sólo se dirigía a él o cuando me llamaba y sólo preguntaba por él.

Pienso que las múltiples desgracias vividas le han hecho estar cada vez más cerrada a la escucha, escucha de los demás que empieza por escucharse a sí misma. Tenía que seguir para adelante a pesar de haber visto arder su casa con tres años y haber perdido a su hermana, cuñado y sobrina en un  accidente de tráfico, por mencionar dos de ellas.

Hubo un tiempo en que como era tan difícil encontrar momento y lugar para hablar con ella, la escribía, pero como coincidió con su operación de cataratas, enseguida me dijo que no podía leer. Lo mismo con los whatsaps, “no puedo leer nada en el móvil”, me dijo, cuando yo la veía mirar una y otra vez el móvil. Cuando supe más de la enfermedad de mi padre quise llamarla todos los días para acompañarla en los cuidados, pero enseguida me dijo que no lo hiciera. Cuando la llamo siempre oigo su resuello de agobiada al teléfono y enseguida me corta porque tiene que atender a mi padre. Nunca me devuelve las llamadas interrumpidas. Sólo me ha llamado con frecuencia cuando estuve enferma de cáncer. Mi madre pone barreras a mi comunicación con ella porque yo soy emoción, pienso. Yo necesito expresar cómo me siento, hablar de lo que me pasa, y mi madre necesita ocultarlo con sus historias vecinales o con los noticiosos. Pienso que tiene acumulados tantos duelos sin resolver que se le han ido solapando uno tras otro. Que es narradora y peliculera por eso, porque necesita mantener el dolor bajo llave con historias que la desvíen de ello. 

Entendido esto, todavía me cuesta asimilar que mi madre no sepa qué me gusta, qué hago, a qué dedico mi tiempo... Quizás porque soy madre no logro aceptar que yo no le interese. 

“Nunca se puede hablar con ellos de lo que me pasa. De bebé no podía porque no sabía, luego no me dejaban, luego no era el momento porque ni yo ni ellos lo teníamos y ahora que lo tenemos es casi imposible...” reza mi diario.

 

viernes, 28 de marzo de 2025

Maternidad

  “Yo no tengo por qué tener un tiempo para quedar contigo”. Me lo dijo cuando le comenté que necesitaba saber que de vez en cuando nos íbamos a ver, pues están tan ocupados que apenas tienen tiempo para estar conmigo.

Recuerdo al nacer mi hijo que mi tía me decía que no le tuviera mucho en brazos para que poco a poco me dejara hacer más cosas separada de él. Esa tía que nos prohibía leer cómics o que tiró un dibujo de un nieto suyo a la basura porque no se parecía al modelo que le había puesto. Era lo mejor. Recuerdo a mi madre diciéndome que antes los hijos se “tenían como algo natural”. No entendí a qué se refería con lo de “algo natural”. Ahora creo que lo entiendo: era una faceta más de la vida, como cagar o cualquier otra necesidad (perdón por la comparación que me ha salido así espontánea sin mala intención). Somos madres por muy diversas razones y por ello la maternidad es única y diferente para cada persona. Y siempre creyendo hacer lo mejor. Somos hijos porque nos hacen o porque así lo quiso el destino (cada cual con su creencia) y como cada uno es “de su padre y de su madre” somos hijos de diferente manera.

Hay unas necesidades básicas, legítimas, en todo ser humano que necesitan ser cubiertas en la infancia y si no se cubren puede repercutir en la edad adulta. Esto es: alimento, movimiento, protección, afecto, escucha, mirada, sentirse querido, tenido en cuenta, valorado, respetado… Se encuadrarían en necesidades fisiológicas, de seguridad, motrices, de pertenencia y amor, de estima y auto realización. O como dijo Javier Cámara en El olvido que seremos, “las cinco A que necesita todo ser humano para desarrollarse: agua, aire, abrigo, alimento y afecto”. La buena noticia es que, aunque repercuta en la edad adulta, puede subsanarse conociendo tu historia. Es decir, conociendo de dónde venimos podemos entender cómo vamos y hacernos la vida más fácil.

No recuerdo ningún beso amoroso de mi madre, tampoco ningún abrazo. Sé que me los debió dar porque tengo alguna fotografía con ella pegada a mi moflete o de mí sobre sus rodillas… Pero a partir de un momento de nuestra historia en común los besos y abrazos desaparecieron. Un día le pregunté y me dijo que quizás habían dejado de besarnos y abrazarnos por pudor. Sé, porque me lo han contado, que mi abuela era muy estricta con ella, que le exigía mucho en el aprendizaje de las cosas de la casa. Sé otras cosas de mi madre que me ha hecho comprenderla, entender la relación que tiene conmigo y con el mundo en general. He entendido y aceptado que para mi madre soy algo más, no quiere decir que no sea importante en su vida, pero ni mucho menos lo más importante, ni siquiera me acerco a ello.

Desde mi prisma maternal no entendía cómo una madre puede decir eso a una hija, que en su tiempo yo no estoy contemplada. También me cuesta entender que una madre pueda abandonar a sus cuatro hijos, como pasó en la película que vi ayer. Entre lo de mi madre y ésta caben otros ejemplos de más a menos apego. El de menos apego que conozco a día de hoy es el caso de Aurora Rodríguez que asesinó a su hija (creyendo también que era lo mejor). Leo hoy en un libro titulado Los elefantes: “la red de relaciones constituye la fibra de la que está compuesta la sociedad de los elefantes. Esas relaciones van desde el lazo más fuerte de todos, el de la madre con su cría, hasta el mero reconocimiento entre animales cuyos ámbitos raramente se superponen”. Me hubiese gustado tener “paseos con mi madre” o “terapias familiares” de cine con ella, o meriendas como tiene mi amiga Mari Jose…. Pero no las tengo. Tengo a una madre que está ahí, aunque no la vea, ni la oiga, ni sepa nada de ella en mucho tiempo, pero sé que si la necesito a veces está. Una madre que no me ha pegado nunca, una madre que encuadernó mi primera novela, que me pagó un tratamiento muy costoso contra el acné…

El otro día me llamó porque necesitaba organizar su día y dependía de mí. Se sorprendió al escuchar que estábamos en Irlanda: “ah, no lo sabía”. Yo pensé: claro, no te lo he dicho, por eso no lo sabías. Creo que mi madre pretende que, desde la distancia que nos une, le informe de ciertas cosas, que le haga un periódico de mi vida. Que le ponga en titulares mis movimientos. Con eso le basta. Es incapaz de indagar en mí. Si le digo que “mal” cuando me pregunta “qué tal” se queda igual que si le dijera que “bien”. Por eso no fue de las primeras en enterarse que tuve cáncer de mama. A mí no me sale mandar teletipos. No me sale hablar de mis cosas con alguien que no tiene tiempo para mí, ni se interesa por mis cosas. He sido muy juzgada por ello porque la sociedad penaliza siempre al “mal hijo” por el sentido de obediencia y deber que se supone debemos al que nos ha creado, sin intentar comprender esa relación materno filial.

Desde mi prisma filial no es de mal hija ofrecerme a llamarla todos los días; cuidar a mi padre para que, mientras, ella pueda ir al gimnasio; tender la ropa cuando veo que la tiene acumulada; llevarle comida hecha; cocinar para ellos en su casa; proponerle múltiples y variados planes, aunque me diga casi siempre que no…

Soy consciente de que es mi niña herida la que pide atención, aquella que no me dieron, aquellos besos, abrazos, miradas, escucha… que no dándome creyeron iba a servir para que yo me hiciera más fuerte e independiente, que era lo mejor. Quizás si me lo hubiesen dado antes ahora no echaría en falta tanto. O sí. 

viernes, 31 de enero de 2025

Ya no soy mendiga

Creo que llevo mendigando el amor de mi madre casi desde que nací. Me veo en la verja del chalet de mis abuelos esperando todos los días a que viniera a recogerme nada más nacer mi hermana. O preguntando si había acabado ya cuando la veía por las tardes corrigiendo “examinines”. Me sentía muy sola y desprotegida cuando mis primos se metían conmigo y ella miraba para otro lado. Cuando murieron mis tíos y prima en un accidente de tráfico necesité que me consolara, pero bastante tenía ella con lo suyo. Tampoco lo hizo cuando murió mi abuelo, y además me dijo: “¿y qué si tu padre no te consuela?” (mientras mi padre abrazaba a mi hermana). Sentí mucho dolor cuando mi padre, en una de sus reacciones incontroladas, me lanzó un exabrupto sin causa alguna y ella no hizo nada. También eché en falta su apoyo cuando no fui invitada a una merienda en casa de un primo. Es más cuando me vio llorar me dijo: “¿y qué quieres que haga si a ti no te han invitado?” Me sentí tremendamente triste cuando me dijo que se había olvidado de mí en un viaje a Sevilla que hicieron porque se había muerto un tío mío.

He intentado por todos los medios relacionarme con mi madre, pero no he podido. Cuando se jubiló le propuse una idea: “paseos con mi madre”. Una vez a la semana o cada x tiempo dar un paseo por Madrid hablando de nuestras cosas o de lo que nos apeteciera (desde que soy madre me llama mucho la atención el poco interés que muestra por mis cosas). Lo hicimos una vez. Después vinieron “las circunstancias” que tanto menciona, sus circunstancias, lo suyo, que ha tenido diversas formas: hija pequeña fuera con todas sus variantes (mala estudiante, enferma, sin trabajo, sola…), muertes y ahora marido enfermo. Soy lo contrario a lo que muchos hijos o hijas en la edad adulta son: mis padres ancianos no tienen tiempo para mí.

Pienso que en esta vida que tengo no he coincidido (o ha sido muy poco) ni voy a coincidir con mi madre. El otro día me dijo algo que venía sospechando ya desde hace tiempo: “no a todos los hijos se les quiere por igual”. Me lo dijo después de mencionarle que no era verdad que desde el 2016 no quedaba con nadie, pues ha quedado con muchas personas desde esa fecha. Acto seguido añadió que no le salía quedar conmigo, que no tenía por qué tener un tiempo para hacerlo (cuando yo le dije que como estaban tan ocupados necesitaba saber que procurarían un tiempo para poder vernos de vez en cuando). Luego vino la frase que ha quedado escrita en mi cielo, en mi aire.

Creo que he tocado techo, creo que después de recorrer el mapa de mis heridas, sólo me queda arroparme con los regalos de mi madre como ayer hice con su saquito térmico mientras lloraba. Eso y recordar que hace unos años las madres daban cigarros a los hijos para que se iniciaran en el arte de fumar.

jueves, 10 de junio de 2021

A se lamenta

Una escena que tengo grabada de mi vida: funeral de un amigo de mis padres. Llego con mi madre A y saludamos a un grupo de amigos. Nada más preguntar una de ellas por mi hermana, mi madre dice:

-No, no acabó la Carrera.

Ni siquiera la amiga le había preguntado por ello. Fue la carta de presentación que hizo mi madre de mi hermana. Me llamó la atención. Para mi madre mi hermana ante sus amigos es una hija que no ha sido capaz de terminar una carrera universitaria. Pienso en la visión que tiene mi madre de nosotras. Una visión marcada por el trabajo. En la medida que trabajas en esto o aquello, eres esto o aquello. Además para ella, como para mi padre A, la manera de acceder a un trabajo es haciendo una carrera universitaria. Así lo vivieron ellos y no conocen otra cosa. Si mi hermana no acababa su carrera universitaria no sería.

Creo que si mi madre supiera que la palabra trabajo viene del concepto “silla de tortura”, no equipararía trabajar con ser. Entendiendo de dónde viene esta palabra, comprendo que haya gente que no se permita expresar contento cuando está trabajando por mucho que le guste lo que hace. Como para mi trabajar es jugar, puedo hacer guasas, como dice mi hijo, mientras trabajo. Además no sólo soy lo que juego, sino lo que como, lo que sé, lo que pienso...

martes, 8 de junio de 2021

A escolariza II

Romeo ahora está interesado en el humor. El otro día dijo que incluso éste había desbancado en sus intereses a los videojuegos. Le encanta ver comedias, reírse con monologuistas, leer acerca de humoristas famosos, representar escenas cómicas... Hace poco ganó el segundo premio de un concurso de chistes. Los intereses de Romeo han sido varios: observar, las cosas que dan vueltas, la música, los números, las formas geométricas, los puzles, las letras, bailar, la magia, ver películas, los piratas, inventar, los ninjas, los videojuegos, hacer cabañas, los cómics…

Ahora mi madre A, la abuela, dice que Romeo irá a una escuela de humor y será un muy buen cómico. Antes, tanto mi madre A como mi padre A, los abuelos, dijeron: será un Beethoven, un bailarín de primera, un gran inventor, un nuevo Ibáñez… etc. Siempre que hemos expresado un nuevo interés de Romeo lo han relacionado con una escuela o un futuro laboral. No sé si es la pena que les inunda de, quizás, no verle como adulto (y así al menos se lo imaginan), la necesidad de proyectar en él sus propias frustraciones o la manía de escolarizar y asignaturizar todo que últimamente nos invade.

martes, 1 de junio de 2021

A (no) entiende

En otra entrada a este blog escribí: “... el mundo de mi padre es inmutable, como lo era el de mi abuelo. Cuando murió (aunque ahora estoy confusa y no sé si fue un poco antes, cuando aún vivía) oí a mi padre decirle murmurando: nunca lo entendiste ni lo entenderás. Se refería a un tema político, de colores: los rojos y los azules. Ahora yo me veo diciendo lo mismo a mi padre sobre cosas inamovibles en su mundo, pero que en el mío están en constante evolución, como el cerebro humano”. Pero en realidad no me veo diciéndoselo porque me gritará y no quiero que me grite, así es que lo escribo por aquí.

Mi padre A dice que el método de gremios ya no funciona. Es decir, que para prepararte para un trabajo no puedes aprender de otra persona que lo haya hecho antes, que pertenezca al mismo gremio y te de las pautas para desarrollar ese oficio. Mi padre sostiene que ahora se aprende un trabajo yendo a la Universidad. Yo en la Universidad no aprendí nada que me haya permitido trabajar como taquillera de un Cine. Lo aprendí de mi compañera, de un gremio, que diría mi padre.

Los almadraberos de Cádiz aprenden su oficio en la almadraba, con otros almadraberos. En Barbate hay todo un gremio en torno al atún, muy felices y orgullosos, por cierto. Y como ese, montones de ejemplos. Como le decía yo a mi hijo ayer en referencia a otro tema, hay tantos mundos como personas. En mi mundo el método de gremios sí funciona. 

lunes, 30 de marzo de 2020

A necesita



Me causa curiosidad la distribución del tiempo de las personas, cómo se organizan el día a día. Es algo que me viene de lejos, desde que elaboraba mis horarios de niña, quizás. Con la llegada de Romeo al mundo, esta curiosidad mía es aún más intensa. Me interesa saber cómo se organizan las familias, cómo usan su tiempo en este mundo.
Me llaman la atención y son objeto de mis reflexiones, aquellas familias para quien los fines de semana el mundo se vuelve del revés o del derecho, según se mire. Es decir, que durante la semana siguen un horario y el fin de semana otro totalmente diferente. Hace poco una amiga me decía que los viernes sus hijos dormían siesta para retrasar su hora de acostar y conseguir así que el sábado se levantaran más tarde. De esa manera, ellos dormían un poco más las mañanas de los fines de semana. Es decir, cambiaban el horario de sueño de sus hijos para que ellos pudieran dormir más los fines de semana. He observado que esta es una práctica habitual: el intentar que los hijos amanezcan más tarde los fines de semana retrasándoles el sueño con siestas o salidas nocturnas. 
Romeo se levanta con la luz del sol. El sol rige sus horarios. Si un día se acuesta más tarde por algún motivo especial que le ha mantenido despierto, al día siguiente se vuelve a levantar con el sol. Cuando se queda a dormir con sus abuelos lo recordamos para que lo tengan en cuenta en sus quehaceres. Pero no sirve de nada. Con ellos el tiempo se acelera y se va llenando cada vez de más cosas. De tal manera, que a última hora de la tarde, cuando Romeo está más cansado, la actividad propuesta requiere grandes dosis de energía. Y claro, al día siguiente Romeo, que sigue amaneciendo con el sol, está hecho polvo porque ha dormido menos horas de lo que acostumbra. Por más que les decimos que desaceleren y hagan cosas tranquilas según avance el día, nada. Lo hacen justo a la inversa. Hace unos días se fueron a Carrefour a las seis de la tarde, cuando a esa hora en casa ya estaríamos preparando la cena, para echar monedas a las máquinas y ver letreros luminosos. Me cuesta asumir que la necesidad de A y A de estar con su nieto es más fuerte que la necesidad de sueño de Romeo. Nieto y abuelos bailan la danza del día a otros ritmos. Es uno de esos ritmos de motivos especiales que le mantienen despierto más de lo habitual. Al día siguiente los padres, nosotros, tenemos que aguantar la resaca del baile. Y entonces, yo me cabreo porque mi madre no me hizo caso, no atendió mis indicaciones. El cuidado de nietos es también cuidado de abuelos. Ya escribí un día: "Cuando dicen que la conciliación la sostienen los abuelos, o que sin abuelos el país se viene abajo, yo me quedo pensando que, quizás, es al revés: que son los nietos los que sostienen a los abuelos, mientras los hijos lo contemplamos". 

viernes, 20 de marzo de 2020

A ignora (II)



Hace unos días se volvió a suceder otro episodio que me llamó la atención. En casa de mis padres, después de comer, en el salón yo sentada en el sofá mientras leía una revista. Al rato llegó mi padre A y corrió las cortinas dejando el espacio en penumbra, de tal manera que mi vista ya no alcanzaba a ver nada de lo que tenía entre manos. Alucinada me quedé. Me fui a otra estancia para poder seguir leyendo, y por el camino se lo conté a mi madre:
-Como si yo no estuviera allí. Papá ha dejado el salón a oscuras.
Mi madre le justifica:
-Claro, es que cuando ve la televisión a estas horas no ve bien con el reflejo de la luz que entra por la terraza.
Pienso:
“Claro. Pero yo estoy allí también y estaba leyendo. Ha hecho como si no estuviera. Atendiendo sólo a su necesidad.”
Lo dejo porque veo que es como golpearme contra un muro. Sigo sin existir en esa casa. Y ahora más, que mi padre se empeña en olvidar todo.
Otra yo quizás le hubiera dicho: papá, estoy leyendo y con las cortinas así no veo. Pero por miedo a su respuesta no se lo dije. Todavía tengo amarrada en mi cabeza su frase: "mientras vivas en esta casa harás lo que yo diga". 


miércoles, 18 de marzo de 2020

A regala (II)



Ahora necesito contar que las navidades pasadas mis padres me regalaron una máquina de coser. Que cuando abrí el regalo en mi casa me puse triste. Esta sensación ya la había tenido antes. Siempre que siento desconexión, sobre todo con mis padres, me ocurre. El pensamiento que me surge es: mis padres no me conocen, no saben quién soy, no les importo. A continuación pensé que la quería devolver. Le diría a mi madre A que no quería ese regalo porque no la iba a utilizar. Así lo hice. A mi madre le costó aceptarlo. Me repetía una y otra vez que qué pena, sin escuchar mi argumento: qué pena tenerla en casa para nada, ocupando espacio cuando alguien que no sea yo, la puede utilizar.
Pasado el tiempo volví a hablar con mi madre y me contó que me la había comprado porque un año dije que quería aprender a coser a máquina. Aquello me alivió: era un regalo pensado, pensando en mí y no en ella. Aunque yo no me acordara de aquello, mi madre sí se acordaba. Mi madre me tiene en su memoria, aunque sea en forma de una Macarena pasada.
Antes de escribirlo por aquí lo hablé con varias amigas. Me llama la atención la sorpresa que causa mi reacción de querer devolver el regalo. Me llama la atención porque a nadie le parece bien. Como si los regalos no se pudieran devolver por alguna ley no escrita que ronda por el aire. Cuando hablo de ello, me imagino los regalos como grilletes que te esclavizaran a una vida que quién te regala pensó para ti. Sin embargo, yo pienso que a regalo regalado hay que mirarlo todo lo que se tenga que mirar y si no te sirve, reciclarlo.
También creo que los regalos, como todo en la vida, emiten señales. Es decir que si alguien te regala algo, quizás, es por algo. Yo mantuve la máquina de coser en barbecho varias semanas por aquello de las señales. Pero finalmente llegué a la conclusión de que, aunque mi abuela fue modista y recibir como regalo una máquina de coser me hacía pensar en ella y eso me gustaba, y yo coso; no quiero ahora aprender a usar una máquina de coser, porque tengo otras prioridades y como ser limitado tengo que elegir. 

lunes, 23 de diciembre de 2019

A cuida



Hace un tiempo no hubiera escrito esto, ni pensado si quiera que alguna vez lo escribiría. Fui a comer a casa de mis padres y durante la comida no hubo telediarios que mirar, ni noticiosos que escuchar en la radio. Esto, en verdad, ya hace un tiempo que lo practican, pero fueron tantos años de telediarios y noticiosos, que aún me parece raro. Además, después de comer, hubo sobremesa de conversaciones varias. Esto sí que fue una novedad novedosa. Para rematar los cuidados, mi padre A no me soltó un exabrupto para que retirara mi taza de la mesilla del salón, sino que colocó a mi vera un taburete para que la pudiera apoyar. Asombrada me quedé.  Algo había cambiado.
Quiero quedarme con esa sensación, con la sensación de sentirme cuidada. Es una sensación que uso, que me traigo a la memoria, cuando, por contra, siento lo contrario. Ya lo hacía antes con la imagen del sándwich que me hizo una vez mi madre A estando embarazada yo de Romeo. Me gusta la capacidad del ser humano de autocuidarse los momentos.  

miércoles, 18 de diciembre de 2019

A ignora



Como si no existiera. Es la frase que me repito siempre que me sucede algo parecido a lo que me pasó el otro día. Quedaron para comer abuela, tía y nieto en el Vips. Yo en casa. Como si no existiera, me dije. Hace unos días, en casa de mis padres, también lo pensé cuando no hacían más que preguntar a Romeo por el viaje a Mauricio que acabábamos de realizar. Romeo ni mú, no tenía ganas de contar. Yo ni mú, nadie me preguntaba. Como si no existiera.
Hoy se supone que es mi santo. Así me lo dijo una vez mi cuñada que se llama igual que yo y por eso me lo he aprendido. Siempre hago cosas especiales los días especiales. Como hoy. Había pensado ir a comer a casa de mis padres, aprovechando que Romeo se queda tarde y noche con ellos. Pero la abuela quería ir a recoger a Romeo al colegio y Romeo quería que le recogiera la abuela. Con lo cual yo sobraba para realizar la tarea de recogerle y llevarle a casa de los abuelos. Ni la abuela ni Romeo se acordaron de que habíamos hablado de la posibilidad de comer fabada hoy todos (incluida yo).
Estoy en la “edad del sándwich”. Es decir, en una edad en la que mi hijo cada vez quiere estar menos conmigo porque se encamina a la adolescencia. Pero, a su vez, me sigue necesitando para que cuide de él porque todavía es un niño. En la que mis padres se han olvidado de mí porque son abuelos. Pero requieren de mis cuidados porque son ancianos. Una edad un tanto incómoda porque tengo que buscar señales distintas a las de siempre para sentirme querida. Me gustaría que me incluyeran en sus planes, aunque luego diga que no me apetece. Porque en realidad no me apetece lo más mínimo ir a casa de mis padres a comer fabada. Prefiero hacerme un brunch con bagel de salmón, queso y alcaparras, zumo de naranja y café mientras veo “Fanny y Alexander” en casa calentita. Yo existo y me quiero.   


lunes, 30 de septiembre de 2019

A celebra



Me interesan las pautas sociales marcadas en el calendario, ya sean de origen pagano, religioso o establecidas por cada uno. Pienso que responde a una manera de ordenar pensamientos, vida. El próximo fin de semana asistiré a la celebración de los 120 días de embarazo de una amiga. Proviene del Kundalini Yoga, me han dicho. Ayer presencié la procesión de San Miguel en un pueblo de la sierra madrileña. Hoy lunes tenemos Cine en Casa y veremos una película que Romeo ha elegido. Pautas en el tiempo y en el espacio por las que me muevo y me ordeno.
Este año, después de varios intentos, por fín pudimos celebrar el Día de Reyes en casa con los abuelos. Ha sido un cambio en la pauta social que les ha costado, me ha costado broncas y críticas, de tan arraigada que estaba la tradición: ir a casa de mis padres A y A para desayunar chocolate con roscón y abrir los regalos. Desde que nació mi hijo no me apetece. Prefiero que vengan ellos para no tener que salir corriendo, pues Romeo después de abrir sus regalos quiere jugar en casa.
Hace poco fue el cumpleaños de Romeo y los abuelos no vinieron a la celebración porque estaban en Praga, viaje de placer. Romeo no lo entendió, les echó de menos. Yo me acordé del Día de Reyes sin casa de mis padres. 
Es lo que tiene vivir en un planeta que gira alrededor del Sol, por mucho que los domingos y otras fiestas de guardar vengan siempre en rojo en el calendario.  

jueves, 26 de septiembre de 2019

A gasta



Mi ambición de adolescente era comprar una casa. No paré de ahorrar hasta que la conseguí. Ni las Nikes, ni las maquinitas (que ya empezaban a hacer furor), ni los Levi´s… Nada superaba el hecho de tener una casa propia. Creo que aprendí a ahorrar porque en casa se gastaba lo justo y necesario. Mis padres no eran consumistas. Recuerdo a mi madre A apuntando los gastos diarios de las vacaciones, como ahora hago yo. También me acuerdo de mi padre A comentando que no sabía lo que gastaba en facturas, que se fiaba de que fuera lo correcto, que no estaba pendiente del dinero. Esa mezcla de despreocupación por un lado y de no querer gastar por otro, es lo que me ha formado. Vivir con la seguridad de tener para vivir y la comodidad que proporciona el no gastar. Me alabo por poder pasar un día sin gastar ni un solo euro. Cuando un día lo comenté en el Cine se quedaron con la boca abierta.
Sin embargo, ahora, me llama mucho la atención cómo mis padres gastan sin miramientos en determinados sitios. Sitos y situaciones en las que yo considero que podrían haber gastado menos, o que de alguna manera les han engañado. No es porque hayan pasado a una despreocupación absoluta por el tema del dinero que les haya convertido en consumistas, que creo tampoco lo son (sin contar lo que conlleva la condición de abuela); sino que es como si de vez en cuando aterrizaran de otra galaxia y por ignorancia normalizaran el sablazo que les están dando.
Este verano, un martes, en un restaurante de la Casa de Campo, pidieron para comer platos a la carta. El sablazo fue monumental y eso que sólo pedimos varios para compartir (sin mucha convicción y dándonos un poco igual todo), bebida y algún postre. Mientras los de al lado disfrutaban de su menú de dos platos con bebida y postre incluido por el mismo precio que nuestro pisto. Estuve a punto de decir algo, pero creo que hice bien en contener mi afán controlador, que igual a ellos les primaba más otras cosas. 
Con Romeo también me tengo que morder la lengua de vez en cuando o, si me pregunta, recordarle el plan de ahorros que se trazó. La diferencia es que Romeo es un niño que está creciendo y mis padres son adultos que están creciendo también. Y yo por aquí me explico, o no, las cosas, me desahogo y crezco también.


miércoles, 25 de septiembre de 2019

A se ofrece



Desde que nació Romeo, la relación que tenemos con mis padres se ha convertido en un toma y daca de necesidades. Además, ya comenté por aquí, que sólo nos vemos cuando Romeo es el plan. Es decir, que nos vemos cuando necesitamos que se quede con mis padres. Raramente, de una parte o de otra, surgen otras ideas en las que Romeo no sea el protagonista absoluto.
Nada más nacer, venían a verle, a traerle cosas o a colaborar en la mudanza que acabábamos de iniciar. Al año, Romeo se quedaba de vez en cuando con mi madre A y yo aprovechaba para hacer algo. Cuando entró en la escuelita y yo volví a trabajar en el Cine, se quedaba una o dos tardes por semana con mis padres. Cuando empezó el colegio, igual. Ahora que el puzle de nuestra vida familiar se ha acoplado, ya no se queda ningún día, salvo cuando Carlos viaja y coincide con mi trabajo en el Cine, o por petición de Romeo. Así es que, desde que nació hemos intercambiado conversaciones de cinco minutos en torno a la ropa, alimentación y enfermedades de Romeo. Me pregunto cómo será cuando Romeo vaya en metro solo.
Cuando mi madre llama por teléfono, que suele ser cuando alguno está enfermo, pregunta: ¿necesitáis que me quede con Romeo? Parece que lo hace con la intención de ayudar, pero creo que responde más a una necesidad suya. Por eso, a mí me dan ganas de responderla: ¿necesitas tú quedarte con él? Lo mismo con las compras. Creo que más que querer cubrir una necesidad de Romeo, el acto responde a una necesidad suya, de abuela, que todas las que conozco son compradoras compulsivas.
El otro día Romeo tenía cinco sacapuntas en el estuche. El del año pasado, uno grande para los lápices de colores (que el del año pasado no vale), el que le metí yo porque el del año pasado no iba muy bien, uno que le dio no sé quién y el nuevo de la abuela que al verle con el del año pasado, le faltó tiempo para acometer una nueva compra.
Cuando dicen que la conciliación la sostienen los abuelos, o que sin abuelos el país se viene abajo, yo me quedo pensando que, quizás, es al revés: que son los nietos los que sostienen a los abuelos, mientras los hijos lo contemplamos.   

martes, 24 de septiembre de 2019

A (no) se interesa



Escena que se repite una y otra vez. Vamos a casa de mis padres. A y A preguntan a Carlos y a Romeo por sus respectivas actividades. Yo escucho. Después me pregunto por qué no me preguntan. Intento no juzgar el nulo interés que demuestran por mi persona, pero no puedo evitar la curiosidad. ¿Por qué será? Me vuelve a la cabeza la frase de mi amiga: “las personas con quien tienes más confianza son las que salen más perjudicadas”. Será eso.
Antes de ayer escuché algo de una mujer que me maravilló: trabajo de empleada de hogar. Lo dijo con una sonrisa y una satisfacción que hace años yo no hubiese encontrado en mí si me hubiesen preguntado. La narrativa que me ha acompañado siempre empieza a cambiar. Empollona licenciada en Ciencias de la Información fracasa trabajando en un Cine de taquillera. Estudiosa para lograr el amor de sus padres, se licencia sin dificultad en Ciencias de la Información y tras experimentar diversos trabajos, decide elegir el que más comodidad e historias para escribir le aporta: la taquilla de un Cine.
¿Será a partir de ahora, con el brillo en los ojos de la alegría y satisfacción, cuando mis padres me pregunten? ¿Seguirán sin preguntarme, porque al igual que a mi me pasa con los videojuegos de mi hijo, no les interesa lo más mínimo el tema cine? ¿Seguiré viendo que no me preguntan cuando preguntan a otros?  Pienso que mi triunfo, la capacidad que tengo de crear mi propia realidad, me da las respuestas.

lunes, 23 de septiembre de 2019

A sabe



Me pregunto por qué mi madre A me pregunta, después de casi veinte años, a qué hora salgo de trabajar del Cine. Me causa curiosidad conocer qué es lo que puede ocurrir en la cabeza de una madre (con plenas facultades) para no saber las cosas de su hijo o hija, o para olvidarlas.
No me imagino preguntándole a Romeo con qué videojuego está últimamente. A lo mejor es eso, que le tengo delante de mí y mi madre no me tiene delante. Se le olvida yo, se le olvida las cosas de mi vida. Quizás me falta una adolescencia de por medio para experimentarlo. 
A lo mejor es pudor, como me dijo una vez cuando le pregunté por qué habían dejado de abrazarnos y besarnos como hacían cuando éramos pequeñas. 
Cuando mi madre me lo preguntó pensé que no sabe nada de mí. Fue como la gotita que colmó el vaso, la simple pregunta por un horario vino a destapar todas las conjeturas anteriores. También pensé que a lo mejor es una manera de protegerse para no sufrir. El truco sería seguir tu vida con independencia de los hijos cuando ya estos son independientes, sabiendo lo menos posible de ellos. No lo sé, sólo sé que no sabe nada de mí.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

A alecciona



Veo a mis padres cuando mi hijo y su nieto, Romeo, es el motivo del plan. Aún así, todavía pienso en conversaciones imposibles con ellos y ratos utópicos de estar juntos. Por eso este verano fui con Romeo a la piscina de mis padres, únicos momentos compartidos del verano (junto con alguna comida), con tiempo de sobra para estar y charlar. Pero el momento no se desarrolló como yo lo tenía en la cabeza. Mi madre se puso a saludar a unos y a otros, a hablar con unos y con otros, y a mí, a la que apenas ve, ni caso. Otra vez me acordé de la frase que me dijo una vez mi amigo: “no esperes que tus padres te den lo que antes no te dieron”. Ya no lo espero, o eso creo. Pues ese día reservé más tiempo del habitual para estar en la piscina. Y me volví a sentir ignorada. Se lo dije a mi madre y me contestó que me tenía que relacionar con la gente de la piscina, sus vecinas, a las que, dijo, ella no podía ignorar.
Una amiga me dijo hace poco: las personas con quien tienes más confianza son las que salen más perjudicadas.  Esa frase me ayudó a recomponerme de aquel batacazo.
Este domingo tuvimos un cumpleaños de un amigo de Romeo. Había mucha gente, muchos niños y Romeo a nuestro lado no jugaba ni se relacionaba con nadie. Me acordé de mi madre y me mordí la lengua para no preguntarle (aleccionando) si quería jugar con ellos. Romeo no es fechor, ni escapista. No necesita llamar la atención de sus padres haciendo fechorías o escapándose. Romeo cuando no está seguro, tiene necesidad nuestra...etc no se despega de nuestro lado, ni nosotros del suyo. 

lunes, 16 de septiembre de 2019

A desprecia



Este verano, uno de los días que fui a comer a casa de mis padres, volví a presenciar una escena que se repite día sí y día también. Mi padre A vigila todos los movimientos de Romeo. Supervisa sus modales en la mesa y a la mínima falta (según su criterio) interviene. Acomete con tal desprecio hacia mi hijo, su nieto, que yo me quedo estupefacta. Me pregunto dónde guarda todas esas atenciones, gracias y confidencias que le dedica de vez en cuando. Donde quedaron las ternuras y carantoñas propiciadas cuando era bebé. No entiendo su comportamiento de ahora hacia su nieto. Como una película que se fuera solapando a otra, veo al trasluz escenas de mi niñez sobre ciertas escenas de la de Romeo.
Así fue:
Mi padre A a Romeo: ¿eres manco?
Romeo con el brazo izquierdo bajo la mesa ni se inmuta. No sabe que a su abuelo A le gusta ver a los comensales que le acompañan con los brazos rígidos sobre la mesa. No soporta ver lo contrario. Pero a Romeo, intuyo, nadie se lo ha explicado. A mí tampoco me lo explicaron, pero a fuerza de correcciones y gritos lo aprendí.  
Podría seguir poniendo ejemplos pero mi memoria protectora los borra. Prefiero rebuscar en los bolsillos de la bata de mi padre, a ver si le queda algo de ternura para Romeo.    

lunes, 1 de abril de 2019

A piensa



-Son las neuronas.
Cuando vivía con mis padres escuchaba mucho a mi padre A decir: las voy perdiendo, ya no tengo neuronas… y cosas así. Lo decía cuando se olvidaba de algo: no encontraba las llaves, se había confundido de fecha, se le había pasado hacer alguna cosa…
Él cree que con el tiempo llega la insalvable decrepitud (palabra que también le he oído mucho) y eso forma parte del motor de su vida y de su mundo.  
A su alrededor hay otro mundo. Yo por ejemplo, que leo:
“La ciencia está en continua evolución. Hasta hace pocos años se creía que nuestro cerebro era estático e inmutable, que nacíamos con un número determinado de neuronas que iban perdiéndose con el paso del tiempo y que nuestros genes heredados condicionaban nuestra inteligencia. Actualmente, debido al progreso de los experimentos realizados por la moderna neurociencia, sabemos que existe la neuroplasticidad, una propiedad del sistema nervioso que le permite adaptarse continuamente a las experiencias vitales. Nuestro cerebro es extraordinariamente plástico, pudiéndose adaptar su actividad y cambiar su estructura de forma significativa a lo largo de la vida. La experiencia modifica nuestro cerebro continuamente, fortaleciendo o debilitando las sinapsis que conectan las neuronas. Este proceso se conoce como aprendizaje. Independientemente del declive natural que conlleva la vejez, el aprendizaje se puede producir a cualquier edad, somos capaces de generar nuevas neuronas y nuestra inteligencia no es fija ni inmutable".
Pero el mundo de mi padre es inmutable, como lo era el de mi abuelo. Cuando murió (aunque ahora estoy confusa y no sé si fue un poco antes, cuando aún vivía) le oí a mi padre decirle murmurando: nunca lo entendiste ni lo entenderás. Se refería a un tema político, de colores: los rojos y los azules. Ahora yo me veo diciéndole lo mismo a mi padre sobre cosas inamovibles en su mundo, pero que en el mío están en constante evolución, como el cerebro humano.