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miércoles, 28 de septiembre de 2016

Romeo come chicle



Tengo apuntado que fue en Junio y en Villalba la primera vez que Romeo se metió un chicle en la boca. Este verano intentó hacer globos con uno. Recuerdo lo difícil que era aprender eso. También recuerdo la primera vez que alguien le metió un trozo de queso en la boca. Son alimentos que activan mi alarma o mi interés cuando se trata del mundo de Romeo. Al igual que todo lo que he escrito hasta ahora de él. Llegados a este momento, seis años ya de la vida de nuestro hijo, acabamos de pasar por una etapa intensa de reflexión sobre el verbo aprender, que en parte dejo reflejada aquí.

Cuando era niña, aprender significaba estudiar, hacer deberes. El que no estudiaba o no hacía deberes “no aprendía”. Sin embargo, cuando pienso en todo lo que aprendí de niña no me viene a la memoria ningún momento de estudio o de hacer deberes. Sí recuerdo la primera vez que hice un globo de chicle, la primera vez que me tiré de cabeza a una piscina, la primera vez que hice masa de tortitas, la primera vez que bailé sevillanas... Romeo no ha aprendido todavía a hacer globos con el chicle, pero sabe ya leer, escribir, sumar… y nunca ha ido al colegio. Nadie le enseñó nunca, fue su propio interés el maestro de su aprendizaje, como el globo de este verano. 

martes, 2 de agosto de 2016

Romeo no juega

Hace tiempo escribí esta entrada:
Todos los finales de mes le digo a Romeo que voy a hacer repaso en casa y que voy a retirar todas las cosas que ya no use, con las que ya no juegue.
Cuando le digo que tal cosa la voy a dar porque no la usa, me contesta que es porque yo no juego con él a eso.
Cuando vamos a casa de los yayos, Romeo apenas se asoma al cuarto de juegos, mientras todos sus primos permanecen allí horas y horas.
Diego me ha comentado que Romeo tiene todo lo que necesita dentro de su cabeza. Momo me dijo que en el parque se quedaba mirando cómo juegan los niños y que con la expresión de su rostro, aunque no estuviera jugando, se veía que él también estaba participando.
Esta mañana teníamos amigos en casa. Entre todos han decidido jugar al parchís, pero Romeo ha dicho que él no iba a jugar, que él iba a mirar.
Casualmente estos días, me he debatido entre apostar porque mi hijo siguiera jugando libremente por las mañanas a lo que él quisiera, o hiciera lo que alguien le dijera tenía que hacer. Al final nos hemos decidido por el juego, aunque sepa que él va a decir mucha veces que quiere ir al rincón de no jugar. Ese es el último invento que me han contado de los que surgen en “Momo”.
Recuerdo una frase que le dijo mi abuela a mi madre cuando yo era niña que se me quedó para siempre dentro de la cabeza: “esta niña tiene que jugar más”. Me llamó la atención mucho que pusiera hincapié en ello mientras que mis padres parecían encantados de verme estudiar y estudiar, sin tiempo apenas para jugar. Ahora Romeo pudiendo hacerlo no lo hace y pide a gritos dirección marcada por su mamá o papá. ¿Quizás le estoy exigiendo que juegue de la misma manera que a mí me exigían que estudiara? Con la diferencia de que en vez de hacer lo que yo creo es mejor para él, hace todo lo contrario.
Creo que a partir de ahora no creeré en nada y como nos aconsejó Diego en la última “tutoría”, procuraré que tenga más tiempo de aburrimiento. Quizás en el vacío descubra el placer de hacer lo que a uno le viene en gana.

miércoles, 20 de julio de 2016

Romeo dice la hora

Fue el 1-2-13 cuando Romeo dijo la hora por primera vez, pero no recuerdo cómo. Este año, antes de irnos de vacaciones, empezó a mostrar interés por el tiempo. No sé cuál fue el detonante que le activó este interés, aunque sospecho que debió ser por sus vivencias de “Momo”. Una vez una familia comentó que su hija estaba especialmente interesada en saber qué iba a pasar o cuales eran los planes de futuro inmediato. Necesitaba saber a dónde iba a ir después de “Momo”, con qué amigo iba a compartir la tarde… En las recogidas oigo cómo entre unos y otros se cuentan dónde van a ir, con quién van a comer… En casa nosotros hablamos del “plannning” diario a la hora del desayuno. 
También en torno al tema del tiempo hace poco le tuve que explicar que un minuto tiene sesenta segundos. Desde entonces cada vez que le digo tantos minutos, dice que se va a poner a contar tantas veces sesenta, y lo hace… Hasta que se cansa. Ahora, además, cada vez que le digo que “en un segundo acabo”, cuenta “uno” y como no haya acabado me dice: “mamá, no era un segundo”.
 A un amigo suyo le han regalado un reloj digital hace poco. Romeo ha usado por primera vez un reloj este verano. En Ecuador, en el Tambo de Pestalozzi donde hemos estado alojados una semana. Era el reloj de la cocina y cada vez que decidíamos salir, anunciábamos a qué hora lo íbamos a hacer señalando las manecillas del reloj.
 Todavía no sé cómo se le estará ordenando el tiempo en la cabeza: aquello de que cada espacio entre los números del reloj tiene cinco minutos, que un día tiene veinticuatro horas, que una hora tiene sesenta minutos… Poco a poco va componiendo el universo en su cabeza.
Ayer cuando llegábamos a casa a las nueve de la noche nos preguntó que si en primavera, otoño o invierno a esa misma hora sería de noche. También nos ha preguntado que por qué el sol y la luna nos siguen todo el rato y que si “finde” quiere decir fin de semana. Que si el fin de semana son el sábado y el domingo. Que si ya es por la tarde… Por las mañanas cuando abre un ojo y ve luz dice que ya es de día. Siempre ha sido nuestro mejor despertador. Después va a “Momo”, un lugar donde el tiempo se detiene.   

viernes, 3 de junio de 2016

Romeo dice palabrotas

La primera vez que Romeo dijo algo parecido a una palabrota fue el 8-7-13: “Joé”.
El otro día escuché una conversación de mamás en torno a este tema. Es otro de esos temas talismanes que merodean entre las mamás y los papás. Mi amiga decía que cuando su hijo emite alguna palabra mal sonante le dice que las palabrotas son como el alcohol, que en un niño está mal, que es una palabra demasiado grande para él. Eso venía a decir más o menos. Mientras lo escuchaba yo elaboraba mi opinión.
Los niños aprenden por imitación y si nosotros decimos palabras rotas ellos probablemente las van a decir. Claro, que si tomamos alcohol, ¿por qué negarles la ingesta a ellos? Porque les sienta mal, ¿no? ¿Y las palabras pueden sentar mal? Sí, son energía, como todo lo que viene del ser humano y como tal nos influye, pero…  ¿Nos sienta mal decir palabrotas? ¿A quién sienta mal: al que las dice o al que las escucha? Si es al que las escucha podemos explicarle que a cierta persona no le gusta o le sienta mal escuchar esas palabras. Seguramente le pase porque a él o ella no se las dejaban decir. También pienso que pueden sentar mal al que las dice. Decir, por ejemplo, “coñazo”, que indica desprecio hacia una parte del cuerpo femenino, puede influir en el bienestar personal. Pero a esto he llegado con el tiempo, quizás mi hijo sea consciente (o ya lo es) del daño de las palabras mucho antes que yo. La comida y la bebida se la administramos nosotros, de hecho dependen de nosotros para obtenerla. Pero las palabras no, no estamos en su cabeza para evitar que digan esto o aquello y cuanto más se las prohibamos, pienso, más les acercaremos a ellas (por la atracción que ejerce en los niños casi todo lo prohibido, cual núcleo de célula chocándose con su membrana), más todavía si nosotros las decimos.
Desde aquel día no le he vuelto a oír decir ninguna palabrota. No sé si las dice o no, pero no es un talismán que me preocupe. Es más, el día que le escuche decir alguna, que a lo mejor llega o no, supongo que no me sorprenderé. Son palabras, están ahí, están en google, confío en su autodesarrollo, en los ambientes relajados donde quizás no las dice y no son necesarias.  

jueves, 26 de mayo de 2016

Romeo monta en bici



En su tercer cumpleaños los abuelos le regalaron una bici. No tenía pedales ni ruedines, era una bicicleta de equilibrio, que ahora muchos niños aprenden así: primero adquieren el equilibrio y luego aprenden a darle a los pedales, al revés de cuando yo lo hice. No la usó hasta casi un año después, ya que le quedaba aún grande. Fue el 16-7-14 cuando montó por primera vez en bicicleta, en nuestro parque, el Madrid Río. Enseguida se hizo con ella. Iba que se las pelaba. Hasta a la escuela iba en bicicleta. Un día se dio un golpe tremendo al no poder frenar en una cuesta abajo y se hizo varias heridas. Quedó marcado durante un tiempo y no quería ni mirar a Derística, como le ha puesto de nombre. Ahora ya se le ha pasado el susto y gracias al juego de imitar a sus amigos ha vuelto a cogerla. Su abuelo sueña con que algún día le acompañe en sus salidas ciclistas, pero por el momento no le llama mucho la atención, aunque sí imita a los ciclistas de montaña poniéndose de pie sobre los pedales y moviendo el culo para impulsarse en las cuestas. También le gusta mucho que yo le lleve en Dera: http://macarenamenasantos.blogspot.com.es/2015/09/romeo-va-en-bici-con-mama.html


martes, 24 de mayo de 2016

Romeo se viste

23-10-13. Romeo se vistió solo por primera vez el mismo día (de otro año) que murió mi abuela paterna, que era modista. Son estas cositas de la vida, donde yo pongo significado, las que me van marcando un camino que sigo mientras se desteje la maraña. Romeo ha pasado los tres primeros años de “Momo” abrigado hasta lo imposible, aunque hiciera casi cuarenta grados de temperatura. Hoy en día todavía me cuesta no ponerle abrigo cuando va a salir a la calle, aunque él diga que tiene calor. Me preocupan su cuello o sus pies si yo tengo esas partes de mi cuerpo frías. Cuando yo era pequeña, si hacía menos de diez grados de temperatura nos teníamos que poner gorro. Dependíamos de un número para saber si nuestro cuerpo iba a tener frío o calor. Era lo mejor para nosotras aunque ahora no lo practique.
Romeo se pone la ropa que su padre o yo le dejamos sobre la cama estirada y ordenada. Recuerdo todavía cuando le teníamos que vestir, el juego que suponía para él, y el esfuerzo para nosotros. Ahora sigue siendo juego: ¡os voy a “anar”! dice, pero ya para nosotros no supone ningún esfuerzo. Entre medias ha habido días de paciencia bendita para que se pusiera los calcetines, que el talón se le colocaba arriba cuando menos te lo esperabas; el calzoncillo con las dos piernas por uno de los agujeros; el jersey del revés; el pantalón que hacía que se cayera para atrás porque el pañal le pesaba demasiado cuando levantaba una de sus piernas…  Y nosotros allí con la mirada, con las palabras, con los nervios a flor de piel pero no dejándolos salir… Pensar que todo esto lo hacen nuestros queridos Diego y Tula todos los días de la semana multiplicado por diez… Se me ponen los pelos de punta sólo de pensarlo. No sé si es paciencia, entrega, meditación o una mezcla de todo, pero acompañar a diez niños mientras se colocan sus pantalones de lluvia, se visten después de haberse quedado en pelotas para jugar, se ponen los zapatos para salir… estoy convencida es lo mejor para conseguir la paz en el mundo, lo dice mi maraña.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Romeo va de bautizo


¿Qué es bautizar? Nos preguntó Romeo el otro día. Y me dije: ajá, otra de esas preguntas que me encantan porque me suponen un reto, un juego más de la vida. Cómo explicar con pocas y precisas palabras algo que ni yo mismo entiendo muy bien. Le dijimos que era una celebración que hacen algunas familias en una iglesia, en la cual le echan agua por la cabeza a un bebé (aunque también puede hacerse con niños más grandes). No sé qué palabras de todas las que le dijimos u otras interpretadas por él se le quedarían. El caso es que se perdió “lo mejor”, como le dijeron luego. Se puso malito en pleno bautizo y nada más empezar la comida le tuvimos que llevar a casa de sus abuelos. Catarro y molestias gástricas. Por su estado febril tampoco se había dado mucha cuenta de la ceremonia: de que el cura hablaba por un micrófono, que su tía Clara subió al púlpito, de su prima cuándo le echaron el agua, de las sentadas y levantadas… Aguantó el chaparrón cómo pudo. Romeo ya había estado en dos bautizos más: de su prima Gabriela y de su primo Luis Fernando. Tengo apuntada la fecha del 27-11-13 como la primera vez que fue a un bautizo. 


jueves, 5 de mayo de 2016

Romeo gana dinero


-¿Cuál es tu mayor fuente de ingresos?- pregunta Mateo.
-El suelo- contesta Romeo.
En mi lista de preguntas de madre no estaba el tema del dinero. Hasta que poco a poco he visto crecer ese interés en mi hijo y me llegó la duda: cómo tratarlo con él. Gracias, D-iego y D-avid, que me ayudasteis a despejar la D-uda del D-inero.

Cuando nació Romeo todo el mundo nos regaló cosas y dinero. Fue entonces cuando volví a constatar que el mundo era enorme. Como no dábamos abasto con tantos regalos, decidimos abrirle una cuenta en el banco donde depositar el dinero que le regalaban. Guardamos los presentes que no veíamos adecuados en ese momento y otros los reciclamos. Así es que Romeo tiene dinero desde que nació.  En sus cumpleaños también le han dado dinero que igualmente hemos metido en su cartilla, salvo el importe de unas pinturas que compramos en Oxford. Debió de ser en el parque de “Momo” donde por primera vez Romeo se encontró una moneda. Al ver la cara de alegría de aquellos con los que compartió su descubrimiento (yo entre ellos), pensaría que era algo importante y a partir de ahí no paró de encontrarse dinero. Pronto aprendió que son las monedas de un euro o dos las de más valor y velaba por descubrir una de esas. Con los amigos empezaron a regalarse monedas. Para entonces él ya tenía su propia hucha y enseguida supo que podía gastarse ese dinero en lo que papá y mamá no le compraban, que papá y mamá “no me compran nunca nada”: cromos, bolas sorpresa, golosinas… De su amigo Mateo aprendió el oficio de chatarrero y el 8-3-16 fuimos a vender chatarra. Íbamos en mi bici que parecíamos una obra de Chillida. Cuando llegamos dijo que le daba vergüenza y que hablara yo. Cincuenta céntimos nos dieron por un montón de hierro salido de todos los sitos habidos y por haber. Carita de desilusión. No volvemos. Así es que ha vuelto al suelo, a la madre tierra, su mayor fuente de ingresos.  

jueves, 21 de abril de 2016

Romeo me acaricia


10-1-13. Ese día me abrazó y acarició, pero hoy vengo a hablar sólo de sus caricias. Romeo duerme la mitad de la noche con una mano en un moflete mío y la otra en el otro. Si se despierta me acaricia y cuando nos despertamos me acaricia también. Ayer, no sé por qué, quiso acariciar mis tetas como hacía antes, aunque lo que hizo fue succionar a ver si salía leche y dijo que sí. Sorpresa para todos. Antes de dormirse me pide siempre que le de la mano y así nos quedamos un rato mano y manita unidos. Pero lo que más lo que más le gusta a Romeo es acariciarme los mofletes porque dice que están blanditos, me hace un bocadillo con las manos y yo me quedo allí calentita.


lunes, 18 de abril de 2016

Romeo monta en ascensor



28-5, aquel día fue una aventura. Nos quedamos encerrados en el ascensor de carga del Mercado de San Fernando. Pasado el percance y tiempo para reelaborarlo, Romeo no paraba de contar aquella anécdota.
Creo que a muchos niños les gusta ir en ascensor. Romeo estrenó ascensor y mundo a la vez. A partir de ahí los ascensores para Romeo han sido muchas cosas. Cada vez que entra en uno de los tres ascensores más importantes de su vida (el de nuestra casa, el de casa de sus abuelos y el de casa de sus yayos), se mide. A ver qué botón alcanza ya a pulsar. También le han servido de juego: a ver qué pasa si doy aquí que tiene una campanita dibujada… De encuentros inesperados: vecinos que nos dicen los nombres de sus perros, vecinos que adivinan lo que vamos a hacer, vecinos que ríen ante los comentarios de Romeo… También los ascensores nos regalan tiempo: el tiempo que nos ha faltado antes de salir de casa para abrochar el abrigo, poner el casco…  Y los ascensores son un espejo para los dos: para mamá que se mira siempre en él antes de salir y para Romeo que se mira en mamá, a ver qué tal día tiene hoy.
Este ha sido nuestro homenaje al ascensor, un espacio tan pequeño y que da tanto de sí…


miércoles, 13 de abril de 2016

Romeo observa




Aún recuerdo las primeras conversaciones con Momo, la mujer sabia que acompañó a Romeo durante un tiempo. Yo le decía que veía a mi hijo parado, sin jugar, sin relacionarse con los demás… Ella me decía que sí jugaba, que sí tenía el juego simbólico incorporado, que sí se relacionaba. Tan sólo tenía que observar a mi hijo, su cara, y ver que cuando estaba observando algo hacía muescas, que con la cara seguía los movimientos de los niños, los interpretaba, los pensaba… Aprendí a hacerlo como me dijo ella y descubrí que Romeo era un gran observador, y entonces yo me hice también gran observadora. Ayer observé cómo anudaba los cordones de mis patines en el pedal antiguo de hierro de la máquina de coser de mi abuela. La cabeza hacia abajo, la lengua un poco fuera, las manitas trabajando al compás… Luego le observé dormido. Esto me encanta, ¡qué placidez! También le sigo observando cuando observa y esto me gusta mucho también. Los ojos sin parpadear, la boca moviéndose al compás de las emociones… Hay quien piensa que sólo observar a un niño/a es desatenderle. Yo le respondería lo mismo que me decía Momo: que se fije en mi cara y verá cómo le estoy diciendo con la mirada cuánto me gusta lo que hace, lo bien que me siento a su lado, que si necesita ayuda me la puede pedir…

jueves, 7 de abril de 2016

Romeo se columpia



Ayer un amigo de Romeo me pidió que le columpiara. Acto seguido dejé mis cosas en el suelo y me dispuse a hacerlo, cuando vi que se estaba columpiando él solo y al lado estaba mi hijo también haciéndolo. Por un momento pensé: magia, si yo no he hecho nada… Luego me acordé de que ya sabían. Hace tiempo que aprendieron. Todavía tengo en mi cabeza escenas de los dos columpiándose en un jardín sueco lleno de margaritas blancas y mucho verde. Retrocediendo más en el tiempo me acordé de la primera vez que Romeo se columpió, con su amiga María, en los columpios de la urbanización donde yo viví mi adolescencia. Fue María la que le enseñó, o Romeo el que vio a María y aprendió. Después de ese día a su padre y a mí nos parecía increíble ir a los parques y no tener que empujar a nuestro hijo para balancearle. Pero ayer quiso de nuevo que yo me convirtiera en mamá-empuja columpios y tuve que hacerlo. Yo volví a pensar que mientras me ponía fuerte, meditaba, me iluminaba con la sonrisa de mi hijo… A veces se me olvida que Romeo ya sabe hacer cosas y se las hago. Otras veces se le olvidan a él. Y es que esto de crecer es como el vaivén de los columpios: unas veces viene y otras se va.

martes, 5 de abril de 2016

Romeo va al baloncesto



A Romeo le gusta ir al baloncesto con pulserita. Tiene hasta una canción sobre ello que canta con su amigo. La primera vez fue un 5-4-13. El domingo de pasión volvió a ir. Entre medias ha ido varias veces más. Esta última soñaba con ello desde hace tiempo, pensando que quizás habría conejos de pascua y que Sergio Llull metía una canasta desde el medio de campo otra vez. Además le gusta sentirse cuidado por todos, que como es de los niños más pequeños que acuden a la sala vips de un campo de baloncesto, todo son atenciones: llaveros, pins… y si no él mismo se sirve. Así fue esta vez, que cogió el conejo de chocolate más grande que había en la mesa y tuvo que venir la señorita a decirle que ese era de adorno, pero que al final del partido se lo guardaba para él. En el campo se queda hipnotizado con los números del marcador y las cheerleaders, hasta un bailecito se marcó en la grada imitando a éstas el otro día. El resto se le hizo largo, como a mí, que aunque era la semana de pasión, no vivimos la del baloncesto tanto como el padre y tenemos que entretenernos con otras cosas, mirar a la gente, la publicidad o pensar en el chocolate del bolsillo…

jueves, 31 de marzo de 2016

Romeo en la nieve


Apuntado queda cuando la vio por primera vez el 2-2-13:   http://macarenamenasantos.blogspot.com.es/2013/02/romeo-ve-la-nieve.html

Después de ese día ha habido otros de nieve, pero para mí ninguno como este sábado día 26-3-16. Me desvelé pensando si subir o no a la montaña para que Romeo jugara con la nieve. El cuerpo me pedía quedarme junto a la chimenea, pero la cara de Romeo feliz en mi cabeza reclamaba moverme. Nos preparamos y a las nueve estábamos en marcha. Pasamos una mañana plena y blanca como la luna. Ser mamá me ha hecho exploradora y conquistadora. Atravesando la cumbre de Navacerrada donde tantas y tantas veces he ido con mis padres, mis primos y siempre que íbamos a la nieve, encontramos un lugar paradisíaco en dirección a Valsaín. Por lo visto es una zona de caminos que se realizó para un rey y así nos sentimos, como reyes, entre pinos y paisaje nevado. Bonito, bonito. Además encontramos un iglú y eso fue el colmo de la felicidad. También hicimos un muñeco de nieve, nos tiramos bolas de nieve, nos deslizamos con bolsa de plástico por la nieve (con momento peligro incluido) y jugamos junto al río, donde Romeo descubrió que la nieve en contacto con el agua se deshace. Tuve que volver al coche a por unos calcetines de repuesto, olvidándome que los tenía metidos en el bolsillo del abrigo, iluminación de último minuto de una mamá también salvadora. 

jueves, 17 de marzo de 2016

Romeo salta


Hace poco le dijimos que ya no podía saltar en su cama y se llevó un disgusto. Es una cama que tiene muchos años y con los impactos peligra. Sin embargo, puede seguir saltando en la cama de los papás y en el sofá destinado a ello que hay en el salón.
Esta es una actividad que he observado gusta a muchos niños: saltar en camas y sofás. Supongo que está dentro de su programa de desarrollo, que alguna función tendrá el salto en el desarrollo de su motricidad y por ende de todas las áreas de su persona.
4-2-13. Uno de los primeros saltos de Romeo que recuerdo es en la plataforma musical del parque Madrid Río. Por más que saltaba y saltaba aquello no sonaba, pues Romeo pesaba aún muy poco. Ahora salta por soleares y aquello no para de sonar.
Después de usar el colchón de su cuna de cama de amigos, cama viajera, apoya-rodillas para limpiar y no sé qué más cosas, se ha convertido en trampolín de salto. No tiene más que pedirlo y el salón se convierte en parque de atracciones.
El salto en las camas es uno de los juegos que siempre surge también cuando va a otras casas. Precisamente ayer leíamos un cuento donde aparece una niña saltando sobre su cama porque no tiene sueño, y la colcha se convierte en una extensa pradera de verdes y marrones, y empieza a volar, a imaginar…

A primera hora de la mañana Romeo, “el de las mil caras”, como se llama él últimamente, salta y salta con Samuel y Mateo K.  Será que con el salto se conectan con el principio de gravedad, se sitúan en el mundo, para luego seguir desarrollándose en él. Igual que lo hacía cuando empezó a ir a “Momo” dando vueltas a todas las cosas que se encontraba. Pienso que antes de que nadie se lo explicara, él sabía que La Tierra daba vueltas y era su manera de conectarse con ella. Después de eso aparecen otras actividades, pero el salto es lo primero en el de las mil caras, como la luna. 

lunes, 14 de marzo de 2016

Romeo en brazos




Nada más nacer me lo pusieron encima y aún hoy lo siento ahí. Recuerdo consejos y caras cuando le cogía en brazos. Recuerdo momentos de toda clase (yo comiendo, durmiendo, escribiendo, leyendo, paseando…) con él en brazos. Recuerdo una rutina que establecimos para dormir que consistía en tenerle en brazos, frente a las maravillosas vistas del anochecer madrileño que se ven desde nuestra casa, mientras sonaba un disco de nanas. Cuando empezaba la quinta nana era la contraseña para llevarle a la cama en nuestros brazos hechos papilla. Ahora sigue pidiendo que le llevemos en brazos a la cama, aunque ya las vistas alcanza a verlas él solo, y las nanas se han transformado en el ruido de un Gatobús imaginario que evoca su padre con los brazos también machacados. La consigna de Romeo cuando quiere brazos es “a subir con mamá”. Querer brazos porque está cansado, porque se está haciendo caca, porque quiere estar junto a mamá, porque…. Sólo él lo sabe. Igual que sólo él sabía porque lloraba de bebé cuando teniéndole en brazos me sentaba. Hasta este viernes, que Federico Martín Nebras me ha explicado que el niño se forma con la danza de la vida de mamá, y claro, cuando me sentaba dejaba de danzar. 

miércoles, 9 de marzo de 2016

Romeo se lava las manos





“Enséñame a hacerlo por mí mismo”, dice una frase por ahí escrita.  Esta mañana me parecía increíble todavía, ver a Romeo subido en el wáter lavándose las manos él solo: abre el grifo, se las moja, cierra el grifo, coge el jabón, se enjabona, lo deja, abre el grifo, se enjuaga, se seca… y luego la cara, pero eso no es de esta historia. Sin embargo, debió de ser el 4-2-13 cuando Romeo se lavó las manos por primera vez él solo, que así lo tengo apuntado. Hasta ese momento hubo todo un recorrido, pasando por bañera-lavabo en la bañera grande, sillita en el lavabo para subirse y alguna vez el mamá estira los brazos para alcanzar al grifo. También hemos pasado por capítulos de “me las lavas tú en el sofá” o “con toallita que ya estoy sentado en la mesa”, pero con eso no negociamos, aunque él lo intente por si cuela, para ver cómo reaccionamos, porque se está haciendo así mismo y él también suelta sus frases por ahí.

jueves, 3 de marzo de 2016

Romeo va al cine





Mucho antes de enterarme que estaba embarazada, Romeo acudía al cine. Entraba por la puerta, iba al baño y esperaba. Esperaba a que viniera algún cliente a comprar. Después volvía a esperar oyendo el sonido de las salas, de las palomitas salir o quizás no oyendo nada. Cuando nos anunció que estaba en nuestro mundo y se fue haciendo más grande, de vez en cuando, entre pase y pase, dormíamos la siesta al lado del cubo de Chupa Chups y las bolsas de maíz. Un día, ya fuera de mi barriga, vino a verme con su padre. Nos hicimos fotos frente a los afiches de las películas y señalaba con un oh todo lo que veía. El 27-1-13 le llevamos al cine por primera vez a ver una película. De esa experiencia creo que se quedó con los luminosos de aquel cine, los números de los asientos, el cartucho de palomitas y la pantalla híper gigantesca. Después volvimos a ese cine y a otros. Le gusta mucho ir al cine de mamá porque allí tiene amigos: Óscar, el acomodador, que siempre le hace juegos de magia; Ángel, el proyeccionista, que le regala pósters y calendarios de películas; Jose, el encargado, que le pone a “trabajar”; Mary, la palomitera, que le da caramelos y chocolatinas… Lo que no le gusta, dice ahora, es que las películas sean en versión original, pero nosotros nos tomamos así la vida, en versión original.

martes, 1 de marzo de 2016

Romeo ahorra

9-2-16: Tengo ya dos euros. Desde que empezó a ir a “Momo” Romeo se hizo encontrador de tesoros. Todos los días en la recogida me abrazaba con objetos en las manos. Otras veces se los había guardado en el bolsillo del pantalón: botones, palitos, pinzas, plastiquitos de todos los tamaños y colores… En casa tenemos una caja de tesoros y hasta una estantería dedicada a los tesoros del parque de Romeo. Diego me contaba hace poco, que no hay día que no descubra algo debajo de las taquillas. En el parque, a veces, se encuentra dinero: “centimillos”,  como dice él, u otras monedas. Su tía abuela le regaló una hucha en forma de buzón de correos y todas las monedas que se encuentra las mete allí (así como todos los buzones de correo que se encuentra los llama “hucha”). Ahora está obsesionado con encontrarse una moneda de dos euros. También quiere tener billetes, que su amigo tiene muchos, dice. El otro día tuvo que dar un montón de “centimillos” para comprar un sobre de cromos: pero da igual tengo muchos más. Cuando alguien le da una moneda de un euro (tiene la extraña habilidad de conseguirlo por su cara bonita), permanece con ella en la mano todo el rato. Ayer en la recogida estaban los tres mayores hablando de cuánto dinero te daban si vendías chatarra. De camino a casa me dijo que: yo no era mucho de comprar.
El dinero para Romeo es un juego más: monedas de diferentes tamaños, unas más brillantes que otras de las que le gusta hablar y acumular. Todavía no relaciona mucho ese acto de acumular con el de intercambiar. Tampoco entiende que él no lo puede conseguir como lo consiguen los papás. Por eso rebusca y rebusca en el parque, en las gradas, nos dice, aunque muchas veces no sabe para qué lo quiere, para decir que lo tiene, quizás, como les pasa a muchos.
Esto era hasta ayer, que cambió todo, hasta este post cambió. Cuando le recogí me dijo que estaban preparando un espectáculo para que fueran las mamás y papás. Que la entrada costaba seis euros y que con ese dinero se iba a comprar un R2 D2. Me pilló de sopetón, creo que no le dije ni que sí ni que no, pero él percibió un sí y todo contento se puso a saltar: ¡va a ser la primera vez que me des dinero! Creo que en los próximos días revisaré mi intuición y a lo mejor cambio de opinión o no.



miércoles, 24 de febrero de 2016

Romeo y las chicas




15-3-13. Ese día Romeo tuvo una de las mayores perras de su vida. Como de costumbre le fui a recoger en bici, pero esta vez teníamos que hacer algo y cambiamos un poco la ruta. Pasamos por delante de un colegio en cuya puerta había un grupo numeroso de jóvenes. No sé qué vio, pero quiso parar inmediatamente y como yo no lo hice se desató la tormenta. Algo fuera de lo normal, si es que hay normalidad en las tormentas. Lloró, gritó, pataleó sentado en la bici. Me sorprendió su insistencia, aún así no retrocedí. Quizás tomé una decisión equivocada, pero no creí que fuera tan importante para él detenernos “para ver a unas chicas”, como me dijo después. Desde entonces hemos adoptado una contraseña que decimos cuando quiere algo: ¿es muy importante para ti? De aquella perra me quedé enganchada pensando en la relación de Romeo con esas chicas, incomprensible para mí, pero vital para él. El otro día hablando de películas con unos amigos, Romeo dijo que a las chicas a lo mejor cierta película les daba miedo. Me sorprendió ese comentario. Ayer dijo que quería que le cortara la parte de atrás del pelo, que ahora lo tiene largo como las chicas. Asentí, sorprendida también. Justo en estos días andaba yo metida en un debate de género, comentando que hay algo cultural, genético, heredado, natural... en el ambiente, que nos hace diferentes y los niños/as son los primeros en saberlo y hacértelo ver.