Leemé

lunes, 18 de abril de 2016

Romeo monta en ascensor



28-5, aquel día fue una aventura. Nos quedamos encerrados en el ascensor de carga del Mercado de San Fernando. Pasado el percance y tiempo para reelaborarlo, Romeo no paraba de contar aquella anécdota.
Creo que a muchos niños les gusta ir en ascensor. Romeo estrenó ascensor y mundo a la vez. A partir de ahí los ascensores para Romeo han sido muchas cosas. Cada vez que entra en uno de los tres ascensores más importantes de su vida (el de nuestra casa, el de casa de sus abuelos y el de casa de sus yayos), se mide. A ver qué botón alcanza ya a pulsar. También le han servido de juego: a ver qué pasa si doy aquí que tiene una campanita dibujada… De encuentros inesperados: vecinos que nos dicen los nombres de sus perros, vecinos que adivinan lo que vamos a hacer, vecinos que ríen ante los comentarios de Romeo… También los ascensores nos regalan tiempo: el tiempo que nos ha faltado antes de salir de casa para abrochar el abrigo, poner el casco…  Y los ascensores son un espejo para los dos: para mamá que se mira siempre en él antes de salir y para Romeo que se mira en mamá, a ver qué tal día tiene hoy.
Este ha sido nuestro homenaje al ascensor, un espacio tan pequeño y que da tanto de sí…


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