viernes, 6 de febrero de 2026

Novela de un Yo (4)

 

Llegar a casa y después de limpiarse los escritos del cuerpo con agua y jabón acostarse con Guerra y paz entre las manos para levantarse a la mañana siguiente cuando el sol le cubriera la cara y ponerse a escribir. Que así salía todo. No quería dejarse nada dentro. Le gusta su vida de escritura y cine en el centro de Madrid. Colocó a Mónica en la mesa bandeja junto a la ventana. Arrimó a ésta la silla de instituto y continuó tejiendo heridas al ritmo que marcaban sus latidos sobre el teclado. Sería una gran tirita de patchwork. Las palabras aporreadas en el ordenador constituirían un tejido de explicaciones narradas que le ayudarían a taponar esa sutura que se abría cada vez que su familia actuaba.

Hoy iría a comer con ellos. De vez en cuando lo hacía así los días que libraba. Se autoinvitaba y aparecía en casa de sus padres a las dos y media. Aunque le había dicho a su madre varias veces que le gustaba que se lo dijera, ésta le contestó una vez que no tenía por qué decirle nada, que podía ir cuando quisiera. Lo que no se imaginaba es que de nuevo se le abriría la herida cuando su madre le dijo que se iban a ver a su hermana en navidades. No entendía por qué a ella nunca la preguntaban dónde iba a estar. No entendía que no organizaran planes navideños con ella. Así es que reventó.

El padre observaba desde la barrera, como si estuviera esperando a salir para matar. Pero nunca mataba. Se colocaba en cuclillas como hacen los orientales y así se podía pasar horas y horas sin decir nada, observando desde esa posición la escena familiar.

-Ya he sacado los billetes para ir a Suiza en Nochebuena. Pasaremos allí las navidades y volveremos para Reyes.

-Ah, vale. Si es lo que queréis… Ya me apaño yo sola en Madrid. No os preocupéis.

-Bueno, hija, parece que te molesta.

-Hombre, pues sí, mamá, ya que lo dices, sí. Ni siquiera me has preguntado qué me gustaría hacer en navidades, o cómo nos vamos a organizar las fiestas. Me has informado de vuestro viaje y punto, sin preguntarme antes.

-Pensé que lo entenderías. Que si tu hermana este año está allí y no puede venir…

-Lo entiendo, mamá. Pero me hubiese gustado que me preguntaras.

-Bueno, vale, pues no lo he hecho. Tampoco creo que sea para tanto, ¿no?

En ese momento, justo en ese preciso instante, llamó su hermana. A través de la cara de su madre pudo ver el emoticono en el que se había convertido esta vez. Uno de los tres de su repertorio. El de pobrecita. Esfera amarilla con una curva hacia abajo haciendo de boca y dos rayitas como ojos. No hacía falta tenerla delante para ver su cara de pobre hija.

Colgar su madre y anunciarlo de nuevo:

-Nos vamos. Tu hermana nos necesita.

Macarena decidió salir de allí. Estaba sintiéndose mal y no quería gastar ni un minuto más.

Cuando llegó a casa tuvo que ponerse a escribir.

5ª Herida:

-He oído que decíais que Clotilde se va a quedar en Granada. ¿No habíais dicho que si no aprobaba se volvía?

-Si, eso dijimos, pero las circunstancias han cambiado. Le atropelló un coche y no ha podido seguir bien el curso. Pensamos que hay que darla otra oportunidad.

-Pues me parece súper injusto, mamá. Yo me he matado a estudiar siempre, en cualquier circunstancia, y no tengo una vida independiente todavía como tiene ella. A mí también me gustaría vivir con amigos en una casa sin horarios, comiendo lo que me dé la gana, haciendo fiestas, viajando… Me parece muy injusto, además, que yo por estudiar no reciba vuestra atención y ella que dejó de hacerlo hace tiempo, seguramente viendo que al dejarlo recibía más atención, viva ya de forma independiente y con vuestra constante dedicación.

Macarenita vivió con mucha injusticia la vida de su hermana fuera de casa, que además se iba alargando en el tiempo: primero Granada subvencionada por sus padres porque en Madrid no le alcanzaba la nota para estudiar la carrera que quería. Lo llamaron beca porque sus padres, profesores jubilados, eran muy dados a usar términos académicos para todo. Estuvo mucho tiempo en cama tras una operación de tobillo y no pudo seguir el ritmo de las clases. Es por esto por lo que decidieron dejarla un tiempo más en Granada, a ver si conseguía aprobar el primer año de carrera al menos. Después a Jaén donde la carrera era más fácil. Sedujo a sus padres unos años más para alargar “su vida independiente" becada y se volvió a Granada con sus antiguas amigas. A continuación, Erasmus en Italia como su hermana, que había oído que a los Erasmus les facilitaban el aprobado. Viviendo fuera con la excusa de estudiar tenía manutención asegurada. Después les dijo a sus padres que estaba cansada de estudiar y abandonó la carrera. Se tomó su tiempo, becada también, viviendo de forma independiente, y finalmente regresó a Madrid donde de nuevo les convenció para hacer un curso mientras vivía en un piso alquilado con amigos. Ahora está en Suiza trabajando de canguro y se ha comprado una bicicleta con su primer sueldo.

 

“Aún recuerdo cuando dijisteis que, si Clotilde no aprobaba el primer año de carrera, se volvía de Granada. Era como la consecuencia que iba a equilibrar los dos comportamientos, el suyo y el mío. Al menos yo lo veía de esa manera. Pero no fue así. Yo me mataba a estudiar y de ese modo conseguí matricularme en la Universidad de Madrid y Clotilde, que ya empezaba a no hacerlo, se tuvo que ir a estudiar a Granada aparentemente contra vuestra voluntad, que como reprimenda la dijisteis eso del primer año. Pasó el primer año, no aprobó y allí se quedó. ¡Qué injusto! Yo en Madrid con vosotros, aguantándoos en esa edad en la que lo que menos apetece es aguantar a los padres, y ella en Granada haciendo la vida que le daba la gana y que vosotros le pagabais. Que yo no podía hacer eso aún, irme de "vuestro techo". Además, como me dijo papá un día, tenía que hacer lo que dijerais. Por eso enseguida me busqué un trabajo y conseguí, ahorrando, comprarme una casa para por fin hacer la vida que yo quería. Esto fue a los veinticinco años, mi hermana llevaba haciéndolo desde los veinte”.

 

Macarena levanta la vista. Observa la combinación de colores de la que será su habitación, la grande. Desde el lugar donde está sentada en el salón, al lado de la ventana que da al patio interior del edificio, ve la pared verde de la izquierda y la amarilla del fondo. Le gustan los colores y le gustan los contrastes. Por eso ha pintado toda la casa con tonos fuertes: cada pared de un color. Le gusta su vida de colores, palabras y cine. Sigue escribiendo:

Recuerda el día que su primo Javier para provocar la risa de todos en una sobremesa, le puso un libro muy gordo sobre las piernas y le dijo:

-Venga, lee. Así no te parecerá que estás perdiendo el tiempo.

Su tía se rio a carcajadas, mientras Macarenita desde una esquina del sofá miraba a un lado y a otro al resto de la familia que también se reía. Sus padres sentados en el mismo sofá que ella no decían nada.

Ahora mira por la ventana. Intenta aproximarse a escenas pasadas con sus primos para escudriñar el sentimiento de haber sido acosada.

Su hermana y su prima se aliaban para dejarla de hablar. Un día las encontró riéndose encima de la cama de uno de sus primos, el hermano mediano de ésta. Macarenita no entendía nada. No la explicaban la razón de tanta risa y cuánto más preguntaba más se reían. Le dieron ganas de llorar. Fue un momento al baño y después de secarse las lágrimas y preguntarse en el espejo qué la estaban haciendo, se dirigió a la cocina para rallar pan al lado de su tía que hacía croquetas.  

En el Cine hoy era el día de los mayores. Estaba de bote en bote. Había que tener paciencia con ellos porque no se enteraban de nada: les da pereza leer los horarios de las películas, sacar las entradas del bolsillo, mover las manos para abrir las botellas de agua, y no digamos cuando tienen que subir escaleras para ir al baño.... Para colmo cuanta más prisa tiene, el datáfono se queda sin papel.

Cuando llegó a casa Macarena siguió aporreando las teclas del ordenador un rato más. El patio se veía ya oscuro a través de la ventana. Cuando notó escozor en los ojos recogió el ordenador y la taza con el resto del caldo y se preparó para acostar: lavarse los dientes, la cara, revisar los escritos del cuerpo y si procedía transcribirlos antes de limpiárselos, ponerse el pijama y enfundarse con el saco sobre el colchón en la habitación pequeña, la que primero se calentaba. Antes de dormirse hacía el repaso diario: lo que le había gustado y lo que no le había gustado del día.

Hojas secas, caminatas por la montaña, colores en los árboles, guisos y pucheros, cenas en casa, lluvia, mezcla de ropa... Otoño.

Después leía un rato.

 

“Son las nueve y veinte, acabamos de desayunar, mi momento favorito del día cuando me siento ante el papel o la pantalla en blanco, hasta la jubilación no lo he conseguido totalmente. Aunque lo que de verdad me gustaba era que me sorprendiera el amanecer, cuando entraba a segunda o tercera hora, repasando algún texto, ya fuera literario o un guion de clase. ¡Eso sí que era una gozada!

Intentaré contestar a alguna de tus cuestiones, hacerlo a todas me resulta abrumador. Por otro lado, nunca contesto de inmediato, si acaso contesto, a las cartas que me llegan, muy pocas, necesito dejar las ideas en reposo. Ya no me funciona la cabeza como cuando cortejaba a la que sería tu madre con un mamotreto de diez o doce cuartillas cada semana.

Veamos:

«Lo que os he intentado explicar es que me da mucha rabia y rencor pensar en todos los años malgastados de estudio, años que podía haber dedicado a hacer lo que me gustaba en ese momento, en cada momento. Dejar espacio al disfrute para alcanzar a ser la persona que se es. Así se hace una vida feliz y no malgastando tiempo de preparación para un trabajo que ni siquiera se sabe si va a existir en un futuro, si te va a gustar...

Se nos decía y prometía casi, que con el estudio íbamos a alcanzar la vida plena, un trabajo en condiciones y que íbamos a ser mucho más felices que quien no estudiaba. Nada más lejos de la realidad. Pues estudiar por obligación ya te estaba alejando de esa felicidad prometida, y el trabajo…  ¿Quién sabía si en el futuro estudiar serviría para alcanzar el trabajo soñado, tal y como os había ocurrido a vosotros? El futuro no se puede predecir como he aprendido más tarde. Un día que no me apetecía estudiar (esta escena la recuerdo muchas veces) me dijiste: “¿tú quieres pasarte la vida barriendo escaleras? No, verdad. Pues estudia, entonces”. Ni me dejaste contestar. Respondiste por mí».

¿Qué te gustaba? ¿Por qué no me lo dijiste cuando te lo pregunté en vez de darme la callada por respuesta? De habérnoslo dicho, tal vez podríamos haberte orientado o buscado quien lo hiciera, pero el juego de las adivinanzas al parecer se nos da muy mal.

¿No pudiste pensar que si no te contestaba es que no lo sabía? En el momento que me preguntaste eso, no sé lo que me gustaría. Intuyo que podía ser leer, escribir, hacer manualidades, fotos, jugar, salir con los amigos, ver películas... No sé.

En cualquier caso, lo de estudiar tiene o tenía el sentido de adquirir capacitación precisa o los conocimientos necesarios para ejercer una profesión u oficio, porque ya no funciona el sistema de aprendizaje gremial del Antiguo Régimen.

¿Acaso tener un título funciona?

«Odié el trabajo del periódico Ya, pero a vosotros os hacía muy felices. Había que aguantar. Era un rollo tremendo».

Sin duda sería un rollo, siempre que se empieza de peón debe serlo, pero era al parecer para lo que te habías preparado en la Facultad de Periodismo. El recién fallecido Gabriel García Márquez, Premio Nobel, también tuvo que trabajar de periodista para ganarse el pan de cada día y como él muchos otros, que aprovecharon ese oficio para encontrar historias que luego llevaban a sus libros.

Para tu información, tu hija Macarena nunca estudió en la Facultad de Periodismo, o sea que nunca se preparó para trabajar de periodista. Nunca entré a trabajar en el Diario Ya como peón, sino como periodista de la sección de Nacional. Aprendí sobre la marcha a escribir noticias, nunca me habían enseñado a hacerlo. Allí aprendí lo que era un teletipo, lo que era volcar, lo que era una rotativa... etc. No supe nada hasta que no empecé a trabajar allí. Un ejemplo de cómo se aprende un trabajo: trabajando.

«Ya por entonces llevaba años escribiendo. Sin darme cuenta estaba haciendo una “carrera” paralela que no atendía a reconocimientos, títulos, ni nada que se le pareciera. Sino que la hacía porque me hacía sentir bien, me encontraba muy a gusto haciéndolo. Me di cuenta de que quería vivir así, escribiendo».

Tengo ya una pésima memoria. Tú madre me recuerda “La Ñ compañera de Colón” que ganó un premio. Tal vez también nos dijiste que querías vivir de la escritura...

«Conseguir un trabajo sin responsabilidad alguna, que me dejara la cabeza libre para poder crear, que no me ocupara mucho tiempo y me reportara lo justo para vivir. Y así ha sido todos estos años trabajando en cines y en una agencia de viajes. En esta me di cuenta de que, aunque me proporcionaba viajes que me inspiraban, no me dejaba suficiente tiempo libre. Así es que volví a los cines donde barro, vendo palomitas, entradas y me imagino mil historias que luego plasmo en mi literatura.

Es así como soy feliz. Esa soy yo, vuestra hija, a la que no conocíais todavía, la que sigue sin contestar tu pregunta».

Lo acabas de hacer, aunque tardíamente.

Te quedaste en ese día y no me lo has vuelto a preguntar. Yo ese día seguramente no lo sabía. Podías haberte interesado más adelante, antes que ahora si tarde te ha parecido. No todo el mundo se desarrolla a la misma velocidad.

Llorando estoy de leer toda esta falta de atención, de interés por vuestra hija mayor”.

“Cuando dejé de ser niña no me supisteis acompañar: me seguíais diciendo lo que tenía que hacer (estudiar una carrera), con quién tenía que estar (“no vayas con pintejas”, me dijo papá en referencia a Daniel), y no sentía que escuchabais ni atendíais mis sugerencias (vosotros seguíais dictando los veraneos y el ocio). Para resguardarme, protegerme, de esta falta de acompañamiento, me escudé en los estudios, que sabía le dabais mucha importancia, para lograr así vuestra atención que no lograba de otra manera. Yo entendía que si estudiaba estabais contentos, me aprobaríais. Aunque, sin embargo, no lo demostrabais. Que ya me dijo papá un día: que no entendía por qué tenía que felicitar a alguien por estudiar, que era como quien felicitaba por ¡respirar! Me perdí muchas cosas por estudiar “obligada”. Lo entrecomillo porque es verdad que nunca nos obligabais a hacerlo, al menos a mí de una manera directa, no hacía falta, ya lo hacía, e incluso me puse un horario para hacerlo desde que tenía diez años por lo menos. Y todo por lograr vuestro amor, por recibir vuestro cariño. Me perdí tiempos de juego, tiempos de estar con los amigos, incluso tiempos de estar con vosotros (¡qué ironía de la vida!) por estudiar. Que estudiando alcanzaría el premio: un beso, un abrazo vuestro… Pero nada de eso llegaba. Al menos no lo recuerdo. No tengo ni un solo recuerdo de vosotros dándome cariño. Cuando pienso en esto me pongo triste. Sí recuerdo, sin embargo, un comentario que hizo papá una vez, de que estaba un poco sorprendido de lo que estudiaba, de que, si decía que no me gustaba, lo hiciera con tanto ahínco. Lo que no sabíais vosotros es que era una estrategia mía para llamar vuestra atención, para que me aprobarais como persona. Ni yo misma lo sabía".

 

“Por mis observaciones y reflexiones de varios años hacia acá, me doy cuenta de que vía email-escritura es la mejor forma que tengo de comunicarme con vosotros. Primero porque ordeno mejor mis ideas (como me pasa con cualquier tema), después porque evito que mi discurso se desvíe con irritaciones y enfados, y por último porque vosotros me "escucháis" del todo, sin interrumpirme y sin hacer oídos sordos a lo que digo porque no os gusta la forma que tengo de decirlo (muy cortante, como dice papá).

Aclarado esto, por eso os escribo, porque no puedo más y estoy estallando poco a poco y necesito que me escuchéis. Además de que cada vez me doy más cuenta de las continuas peticiones de ayuda para solucionar el problema (os pregunto cosas de mí y me salís con cosas de Clotilde, por poner un ejemplo), aunque no me lo pidáis directamente porque no os atrevéis o no queréis.

Bueno, pues ya está, me involucro en el problema del que hace años me desvinculé porque yo no debía tener "cartas en el asunto", etc. He estado hablando con ella y me ha dicho que está mal porque está cansada y saturada de estudiar, porque quiere ya ser independiente. Mantiene que quiere terminar la carrera porque para todos los trabajos que ya le han ofrecido como bióloga le piden el título. Pero dice que ahora tal como está, mal, no puede continuar, tampoco se ve con fuerzas de buscar trabajo, porque es consciente de que esa desgana y ese malestar le va a influir a la hora de buscar o de superar una entrevista. Por otro lado, dice que la carrera le está desmotivando, que se le quitan las ganas de dedicarse a la Biología, que la naturaleza siempre ha sido su pasión y la universidad se la está quitando. Sin embargo, tampoco se ve en otra cosa, no se ve trabajando encerrada en una oficina”.