jueves, 21 de mayo de 2026

Novela de un Yo (19)

 


Al día siguiente también se da cuenta de que su día libre se convierte en día ocupado, que ella es su motivo más fuerte de estrés, que no necesita jefe para sentirse bajo presión. Sentirse ocupada le hace olvidar cosas que no quiere pensar y pensar cosas que no quiere sentir. 

Antes de empezar con todo lo que ha planificado para hoy despliega el ordenador portátil color cobre sobre la bandeja de madera que le regaló su abuelo en un cumpleaños, se sienta en la silla verde de instituto que le dio su padre cuando se jubiló y se toma un café solo en la pequeña taza Segafredo que se trajo de Italia cuando regresó de su año Erasmus. Y escribe.

Herida N. º 22:

Era martes, uno cualquiera. Macarenita salió de casa para comprar algo en la farmacia, pero alargó un poco más el camino pues le apetecía airearse antes de volver a sentarse frente al ordenador. Entonces le pareció ver el abrigo de piel marrón de su padre con la bufanda roja. También la boina. Era su padre, pues frente a él estaba sentada su madre y al lado de ésta su hermana. Le dio un vuelco el corazón. No se podía creer que estuvieran tomando algo en una terraza del barrio y no la hubieran avisado. ¿Por qué no la incluían en sus planes? No entendía por qué no la llamaban cuando hacían algo los tres juntos. Tampoco entendía por qué planificaban tantas cosas cada vez que su hermana venía a Madrid y con ella nada. Macarenita se dijo así misma que si alguna vez llegaba a ser madre no le pasaría eso.

Cuando se acercó a ellos tuvo que contener la tristeza que empezaba a mezclarse con enfado en las líneas de su rostro. Se acordó de la sonrisa dibujada de Joker para poder saludar sin que le salieran culebras de la boca.

- ¡Hola!

- ¡Hola, hija!

- ¿Qué tal? ¿Todo bien?

-Sí, todo bien. Aquí tomando algo antes de irnos al centro, que queremos dar una vuelta….

Macarenita ya no pudo oír más. Tampoco escucharlo. Proyectó una película en su cabeza para no desdibujar su sonrisa de payaso herido. Amélie es una película que siempre le ha proporcionado buenas sensaciones. Como la que le produce al ver deslizar su mano entre las legumbres del mercado…

Deja de escribir para disponerse a hacer lo que acaba de crear. Mete la película de Amélie en el reproductor de DVD y la avanza rápidamente para llegar a la escena de las legumbres. Se queda un rato así, hipnotizada por las imágenes, dentro de su película favorita desde el sofá verde. Hasta que se acuerda de su agenda para hoy.

A última hora de la mañana ha quedado con su madre para dar un paseo por el centro de Madrid. Un par de horas antes, metida en el saco aún, con los ojos abiertos, había diseñado el trazado que harían. Pasearían por el barrio de Malasaña, donde estaba la Escuela en la que su madre impartió clases durante cuarenta años. La idea era recorrer espacialmente aquellos años. Quería que le enseñara dónde tomaba café con sus compañeros, dónde hacían las comidas de Navidad, dónde compraban sus alumnos el material de dibujo, dónde consultaba las obras de arte que veían en las diapositivas de clase, dónde le gustaba pasear durante los recreos… En definitiva, cuál era el trozo de vida de su madre que no compartieron durante los años de guardería, colegio, instituto y universidad. 

Quedaron a la salida de la estación del metro San Bernardo y desde allí fueron caminando hasta la calle La Palma. Macarena tenía ordenados en la cabeza todos los momentos que quería le marcara su madre  sobre la calle. Empezaron por el desayuno con compañeros (le sorprendió el tugurio donde se metía el grupo de profesores): un bar pintado de negro hasta el techo, ¡con grifos de toda clase de cerveza y colillas en el suelo! Le gustó la biblioteca del barrio: pequeñita, pero muy bien surtida. Cuando llegaron a la plaza Dos de Mayo se sentaron a descansar y Macarena aprovechó para preguntarle algo que le rondaba por la cabeza desde hacía tiempo.

-Mamá, ¿por qué no te hablas con el tío Jose?

- ¡Uy! y ¿eso? ¿A qué viene ahora?

-Bueno, es algo que te he querido preguntar desde hace tiempo…

-Ah, ya veo… Pues, mira, no me hablo con el tío Jose porque en un momento dado él dejó de hablarme. Fue aquel verano que compartimos en Portugal. No sé si te acuerdas…. Hubo un malentendido cuando un día por la mañana hablando de la ruta que íbamos a hacer ellos querían ir hacia un sitio y nosotros a otro… Y bueno, al final ellos cedieron a regañadientes, pero luego en el camping donde paramos, no sé si te acuerdas…. Hubo un encontronazo entre tu hermana y Adrián por una cantimplora que querían los dos, cosas de niños, y ahí le salió toda la rabia que tenía acumulada por el malentendido de la mañana… Se puso como una fiera. Empezó a decirme cosas…. No sé, quizás cosas que tenía guardadas de hace tiempo. Que si a los hermanos pequeños siempre se les consiente todo, que si siempre es igual con los pequeños, que si hay favoritismos… Se le hinchó la vena del cuello y tuve que retirarme porque me daba miedo, que hasta verde como La Masa parecía que se iba a poner.

Hasta ahí escuchó Macarena. Después sólo veía a su madre mover la boca sobre imágenes que surgían proyectadas en el aire. Esta vez el decorado era un gran bosque de árboles infinitos del que surgía su tío convertido en La Masa. Estaba perfectamente caracterizado con sus pantalones rotos y todo. Tenía la barba y la sonrisa inconfundible de su tío, una que le hacía achinar los ojos.

A pesar de tener la jornada llena de actividades, hasta ahí se quedarían sus recuerdos de aquel día. Aquella explicación de su madre con el personaje de La Masa como aderezo se quedó en su cabeza y le hizo pensar que las historias se repiten. Que la Historia es circular. Que si ella en un futuro no se hablaba con su hermana (cada vez lo hacían menos) no tenía más que buscar explicación en el devenir de la Historia, las circunstancias que tanto se repiten y repetía su madre. Que éstas son cíclicas.