miércoles, 15 de julio de 2026

Novela de un Yo (25)

 


Hoy no tiene que ir al Cine, pues desde que nació Eneko solo trabaja dos días a la semana. Lo pactó así con la empresa. Prefiere tiempo a dinero. Sigue dedicando las mañanas a sus cosas. Ahora escribe.

Herida Nº 28:

Un verano en Cádiz, cansada de la rutina de todos los días (playa, comida en casa, tarde de lectura, paseo, cena fuera):

-Mamá, ¿por qué no vamos a alguno de los pueblos blancos de la sierra? Creo que son preciosos. Podíamos pasar el día fuera y llevarnos algo para comer.

-Uy, hija, no sé. Lo veo complicado…

-Venga, anda, que desde que hemos llegado no hemos visto nada más que la playa de aquí al lado. Creo que la sierra de Cádiz es preciosa.

-Lo hablo con tu padre, pero lo veo difícil.

Nada, cuando su madre acababa diciendo que lo hablaba con su padre significa que ella no quiere y si ella no quiere era imposible que saliera el plan.

Casi siempre que proponía hacer algo se sucedía el mismo esquema: no sé, complicado o difícil como palabras que acompañaban a la duda, para finalizar con un “lo hablo con tu padre”. Sintió que allí no pintaba nada y se borró del mapa playero familiar yéndose de vuelta a Madrid ella sola en autocar. No pudo frenarla ni su tía Clara, la que le puso verde por teléfono aquella vez, que ese verano se había ido con ellos de vacaciones e intentó retenerla hasta el último momento. En otra ocasión, propuso visitar a unos amigos que tenían una fábrica de quesos en Extremadura, aprovechando que hacían un viaje a Sevilla y pasaban por allí, y de nuevo la negativa de sus padres. Siempre que les sugería hacer algo no les apetecía o no querían o no podían… Durante el tiempo que vivió con sus padres sintió que el ritmo de su vida, los planes, las vacaciones… todo, era orquestado por ellos, que sus cosas no importaban, que no contaba nada en aquella casa, en aquella familia.

Piensa que este hecho también ha contribuido a agravar más su herida. Las cosas de Eneko, en cambio, cuentan tanto como las de los demás desde que nació.

Macarena levanta la vista de Mónica para recordar:

Su tía Clara, la hermana que precedía en edad a su madre, había sido maestra también y de eso, piensa, se le había quedado el arte de adoctrinar. Siempre que reunía a sus ocho nietos aprovechaba el momento para ello. Les proponía alguna actividad, artística en ocasiones, como, por ejemplo, copiar el cielo estrellado de Van-Gogh, que debían aceptar por no hacerle “un feo a la abuela”. Si a alguno se le ocurría crear otras formas y colores, le hacía repetirlo. Otra cosa que no entendía de su tía era que les prohibiera leer cómics. En esa casa ese formato de lectura estaba prohibido. Físicamente era como su madre, pero algo más baja y con pelo rizado y corto. Tiene grabada en la memoria una escena de “abuela de verano”, pero esta vez no en la casa de la sierra sino en la habitual donde vivió con sus seis hijos y donde ahora los reúne de uno en uno o en tropel. La casa de Alcalá de Henares tenía un salón enorme y una terraza que lo doblaba en tamaño. Allí extendía un tablón de madera sobre borriquetas azules para poner a trabajar a sus nietos. Esta vez el dictado del paisaje a dibujar era una casa de campo en el campo. Uno de sus nietos, Carlitos, pintó el cielo tan intenso que el azul se comía los colores de la casa. Le hizo repetirlo. Sin embargo, Macarena rescató ese dibujo de la basura y se lo estampó en una camiseta llevándolo a una tienda de impresiones. Cuando se lo pone siempre recuerda esta escena.

Mientras se recrea en este episodio del pasado se da cuenta de que lo que tanto le molesta del desprecio a sus propuestas es el hecho de que ella no pudo permitirse eso en sus años escolares. Tuvo que acatar sin rechistar todas las propuestas de sus profesores. En el colegio les formaban para obedecer.

Suena el teléfono. Es la madre:

-Hola, hija, mira te llamo para decirte que el concierto de primavera lo van a hacer en un sitio más grande. Así es que si quieres puedes ir tú también.

-Ah, pues mira, ya me había hecho a la idea y no. Va a ir solo Eneko.

-Vale, de acuerdo, se lo diré a Clotilde.

Mientras esta conversación ha tenido lugar, a través de las líneas telefónicas Macarena ha visto una película en su cabeza: un grupo de ancianos cantando tras los pasos de un señor que los orquesta y los conduce hacia un gran auditorio, cual Hamelín. Una vez dentro siguen cantando en el escenario mientras el público va acomodándose. Quedan muchos huecos vacíos. Clotilde espera fuera a que la madre, que está en el público con Eneko, le dé el ok tras oír el no de su hija mayor.

Se da cuenta de que la relación que mantiene con sus padres se sostiene a base de noes. Ellos dicen no a cualquiera de sus planes propuestos. Ayer fue porque iban a quedar con sus amigos Julio y Julia, hoy será otra cosa… y ella, que últimamente escucha más los dictados de su cuerpo, también emite un no a cada plan propuesto por estos. Es una relación fría de besos de pescadilla en la que cada vez caben menos invitaciones, llamadas espontáneas, visitas sin avisar…. En la que su madre hace malabares para no juntar a sus dos hijas.  

Antes de ir a buscar a Eneko al colegio se pone una película, El Erizo, otra de trabajos rutinarios. A pesar de que se hace pis al rato de iniciarla, no se levanta durante toda la película. Otras veces aprovecha las escenas de conciertos, peleas o bailes para levantarse si necesita ir al baño, pero esta vez y a pesar de que ya la ha visto varias veces, permanece inmóvil frente a la pantalla del televisor. Una inteligente que colgaron de la pared con un aplique comprado en El Corte Inglés gracias a un regalo de Clotilde que descambiaron. Las sorpresas de su hermana han invadido también el ámbito de los regalos. Y aunque le sienta fatal que descambien un regalo suyo lo hicieron. Un aplique para la tele en lugar de una fundí de chocolate que ya tenían. Al terminar de verla decide que adoptará en su vida la actividad que tanto repite la protagonista de leer un libro mientras saborea una onza de chocolate negro. Otra cosa que ha adoptado últimamente es repetir la expresión “pura vida” en todo momento. Del viaje a Costa Rica. Sobre todo, en las despedidas, esas que tanto disgustan a su tía María porque su madre enferma de tuberculosis se despedía de ellos cada dos por tres para irse a un sanatorio en la sierra.