Cuando empecé a trabajar mi madre
me dijo que tenía que cambiar el turno para poder trabajar por las mañanas.
Como había hecho ella. Pensaba que eso era mejor y que era lo que hacía casi
todo el mundo o qué sé yo. No sé por qué se empeñaría en que tenía que trabajar
por las mañanas. No entendía que los cines abren por la tarde o quizás no le
gustaba que trabajara en un cine.
Otra de las cosas que me llama la
atención de lo que piensa mi madre es que para ella una persona es la profesión
que realiza. Es decir, que fulanito no es fulanito sino un bombero. Recuerdo
una vez que me dijo que le tenía que dar las gracias porque eran profesores y
que por eso me habían llevado a museos, a ver iglesias… Como si una persona que
no sea profesor no pudiera hacer lo mismo. O como si yo no supiera que aman
visitar museos e iglesias más allá de su profesión.
También me sorprendió cuando una
vez me dijo que si alguien le regalaba un libro que ya tenía se lo quedaba
porque era un regalo. A caballo regalado, no le mires el diente. Recitó
después. Y me puse a imaginar un mundo en el que la gente acumulara regalos
repetidos. Fulares con los nenúfares de Monet, ajedreces, esclavas de plata,
plumas para escribir… Todo multiplicado por mil.
Me sorprenden muchas cosas de lo
que piensa y cree mi madre, pero como me dijo una vez una persona, tengo que
observar el contexto, las circunstancias, que llama mi madre, en las que ha
vivido y vive, y seguir mi senda que no es la de ella, respetando la suya,
aunque ella no haya sabido respetar en ocasiones la mía.
Acabo de leer a una amiga: «Me gusta mucho saber las diferentes maneras en las que la gente hace el arroz». Me gusta saber estas cosas de la gente: no me interesan sus logros, ni su profesión, mucho menos su edad. Me gusta saber cómo empiezan el día, qué desayunan, qué libro les gustaría haber escrito, si hacen la tortilla de patata o la compran...