A la mañana siguiente, martes,
la despierta Clotilde: por fin la operan de la hernia.
Macarena ya se había olvidado
de ese asunto sanitario pendiente de su hermana. No así
sus padres, que pasaban de preocuparse por su estabilidad laboral a la
domiciliaria o sanitaria en menos que canta un gallo. En Granada tuvo un
accidente de coche con daños físicos, morales y hasta un juicio en el que se
vieron implicados, no pudiendo acudir por esto a una boda familiar. Como
secuela le quedó un hombro dañado y a ello se agarró para jamás aprobar la
plaza de bombero a la que eternamente aspiraba, como vocación secreta, que por
lo visto siempre había tenido a pesar de haberse matriculado en Biología.
Después vino la operación de la vista, que también le dificultó el estudio.
También hubo dolores de cabeza infinitos, con los que sus padres ponían el
grito en el cielo porque tenían un conocido a cuyo hijo le habían encontrado un
tumor como consecuencia de dolores de cabeza interminables. La rodilla fue otro
reclamo. Que siempre le estaba doliendo, sea por el duro entrenamiento bomberil
u otras cosas. Cuando se fue a vivir a Asturias su madre iba y venía del centro
al norte de España cada dos por tres y cuando no, sufría igualmente por las
idas y venidas de ella. Por el contrario, su padre ya había apagado hace tiempo
el botón del telediario filial y se mantenía al margen, observando desde la
barrera.
Otro día más que le cancela un
plan. No puede quedar hoy porque como la operan mañana tiene que estar en reposo.
Macarena se imagina el emoticono de su hermana: una esfera con boca torcida
hacia un lado o la de los ojos mirando hacia abajo. Aprovecha su día libre para
sacar la ropa de abrigo, que dentro de poco llegará el frío y no tiene nada a
mano. Mientras dobla camisetas de manga corta para guardarlas en bolsas
herméticas de Ikea piensa que esta actividad anual ya no le merece la pena,
pues hay veces que tiene que rebuscar en la ropa de verano en pleno otoño, que
los octubres ya no son lo que eran. Así es que para de hacer lo que está
haciendo y decide no volver a guardar nunca más la ropa de verano ni la de
invierno. Tendrá toda disponible en el armario. Si la dobla bien, piensa, le
puede caber toda. Además, así liberará espacio en el canapé donde a su vez
podrá guardar otras cosas. Mientras hace esto, sacar toda la ropa que tiene y
guardarla bien en el armario, se acuerda del verano que echaron a su hermana de
uno de sus trabajos en el norte de España. Como un muñeco de hojalata al que le
hubieran dado cuerda va hacia el salón y escribe en Mónica. No podrán
quedar hasta la próxima semana que vuelva a librar.
Herida N.º 11:
Tuvo que volver a Madrid, pero
entonces se inventó otra manera de vivir sin trabajar, que por aquel año estaba
el tema de la crisis. Sus padres no tenían más remedio que mantenerla y
aceptaron enseguida la idea que se le había ocurrido: ocupar la casa de la
sierra. Para justificar su permanencia en la misma fue alternando
explicaciones: los múltiples cursos que hacía allí para prepararse como
bombero; los duros entrenamientos corriendo por las inmediaciones, que le
habían dicho que en la sierra el corazón se ensancha; y finalmente su duro
trabajo en la heladería-cafetería del pueblo donde le hacían salir a la una de
la mañana.
Enseguida velaron por su
descanso. Ahora ya no se podía usar aquella casa libremente, como hasta ahora,
si no que dependían de los horarios y los días que Clotilde pudiera. Como la
pobre salía tan tarde de trabajar... Macarenita llevaba saliendo a la misma
hora o más tarde varios años y nunca penaron por ella.
Suena el teléfono:
- ¿Quién es?
-Hola, hija, soy mamá. Mira,
que no entiendo por qué has echado a tu hermana de su casa…
- ¿Qué? Yo no he echado a
Clotilde de ninguna casa y esa no es su casa. ¿Cómo me dices eso, mamá?
-Bueno, por lo visto, queréis
ir allí pero no queréis que esté ella…
-Efectivamente, nos apetece
pasar un fin de semana en pareja, los dos solos. Igual que a ella le apeteció
pasar el verano con su novio. No creo que esté pidiendo algo fuera de lo
normal…
-Ya hija, pero es su casa…
- ¿Cómo que es su casa? Es la
casa familiar de la sierra hasta donde yo sé. ¿Qué pasa? ¿Se la habéis dado?
-No, no. Me refiero a que es
la casa donde ella vive ahora.
-Ya, mamá, pero no es suya. Es
más, ella se fue allí sabiendo que era una casa compartida y así nos lo
comunicó a nosotros diciéndonos que cuando quisiéramos la podíamos seguir
usando. Me duele que me culpes sin escucharme antes, mamá. Siempre haces lo
mismo.
Acto seguido Macarenita
cuelga. No puede oír más palabras de su madre defendiendo a la hermana a capa y
espada. Nada más dejar el auricular se lleva las manos a la cara, se acuna con
ellas, se seca las lágrimas. Tiene un agujero en el corazón. No entiende cómo
una madre puede hacer eso: culpar a una hija de algo sin haber oído antes las
dos versiones. Recuerda las peleas de niñas. Su hermana siempre acababa
llorando e iba acto seguido a su madre o padre, tras lo cual Macarenita acababa
castigada sin salir de su habitación una hora o a veces más. Nunca la
escuchaban a ella.
“Lo que me pasa en estos días
desde que ocurrió lo de la casa de la sierra, es que he descubierto que ahora
mismo necesito esto, mantenerme al margen, como mecanismo de defensa después de
mucho dolor y reflexión. Porque cada vez que me decís algo de mi hermana es una
desgracia que os mantiene unidos a ella, que os hace sufrir y estoy cansada de
escuchar vuestro telediario particular. No me molesta el hecho de saber cosas
de ella, sino que me recuerda cosas que considero injustas y me hacen sentir
muy mal. Con este tema de la casa de la sierra todo esto ha empeorado en mí.
Me dices que como ve poco a
Orlando no quiere compartir la casa de la sierra con nosotros, no entiendes que
nosotros queramos pasar un fin de semana solos allí…. Como verás no tiene ni
pies ni cabeza. Por una parte, defiendes el que quiera estar sola con Orlando y
que los demás nos tengamos que acoplar a ello, por otro opinas que los que
vayamos allí tenemos que compartir con ella. Por otro lado, que cómo vamos a
compartir si va Orlando…. En fín, no entiendo nada.
Dices que desde que se fue a
vivir allí se dijo que nos teníamos que poner de acuerdo para usar la casa. La
única persona que nos comunicó su decisión de ir a vivir allí fue ella diciendo
que “cuando quisiéramos podíamos usar la casa como siempre, que no teníamos más
que decírselo con tiempo”. Las dos cosas lo hicimos esta vez y siempre:
comunicárselo con tiempo (un mes y medio) y ponernos de acuerdo. Te vuelvo a
recordar la escena: nada más decírselo nos dijo que ese fin de semana no le
apetecía moverse, que había estado en Sevilla, Soria, que luego se iba a
Mallorca… Aunque me pareció injusta su respuesta (no trabaja y en cambio Daniel
trabaja muchos fines de semana que es cuando podemos ir…), nosotros buscamos
otro fin de semana, pero imposible, no podíamos otro. Le dijo a Daniel que
vale, que si no podía ser otro fin de semana que fuéramos ese. Al poco tiempo
nos dijo que el viernes tenía una cata de cerveza y que a lo mejor estaba allí
por la tarde y/o noche. Hablé con ella para intentar encontrar una solución,
pues a nosotros nos apetecía estar solos. Como no la había, le dijimos que
vale, que nos veíamos el viernes. A los pocos días me pide nuestra casa y yo me
sorprendo. Cosa que parece que le sienta mal, que me sorprenda, y que le diga
que tiene la vuestra que es donde va siempre en Navidades y siempre que le
viene bien. Le digo que vale, que lo he hablado con Daniel, que tiene nuestra
casa. Me contesta que no, que ya no se quiere quedar en nuestra casa. Me dice
que el domingo tiene que dormir en la casa de la sierra porque tiene que estar
pronto el lunes en no sé dónde. Me sienta igual de mal que lo del viernes, que
parece que yo tengo que entender que ella quiera estar sola y ella no puede
entender que nosotros queramos estar solos”.
“Deduzco exigencias a mi
comportamiento que no logro entender. Según tú: si no me sale preguntar por mi
hermana o ir a verla, ¿tengo que hacerlo? ¿Crees que estarías o estaría
satisfecha si lo hiciera a la fuerza, porque tú me lo dijeras? Yo pienso que no,
que no cambiaría nada. Os pongo el ejemplo de vuestras muestras de cariño. En
algún momento yo he comentado algo de vuestros besos, vuestros abrazos,
caricias, lo frío que me parecen, y aunque habéis hecho pequeñas enmiendas, yo
he seguido percibiendo lo mismo: frialdad. No me satisface nada y por eso he
dejado de besaros. Prefiero la distancia, no duele tanto. Además, que he
comprendido que no puedo pedir nada a nadie que no tenga dentro, que vaya
contra su naturaleza. No me sale el preguntar por mi hermana por lo que te he
explicado más arriba, como mecanismo de defensa, y no, no se me ocurre ayudarla
o preocuparme de otra manera que no sea mandando su C.V a mil sitios,
mandándole mil correos de cursos, trabajos y mil historias más, regalándole
sesiones de cosas que creo la pueden ayudar… ¿Te parece que hago poco por ella?
¿Que los demás hacen más? No me importa, sigue pensándolo si quieres. Es lo que
me sale y no voy a hacer nada que no me salga.
Una pregunta que me he hecho a
veces: ¿por qué ella celebra su cumpleaños con todo el mundo menos con
nosotros? Aquella comida a la que nos iba a invitar, aquel regalo que me tenía
preparado… Pues eso, no le sale y no pasa nada. Me lo he preguntado, pero ya no
lo hago. Sólo tú, ahora, me lo recuerdas.
¿Acaso yo os he exigido que me
leáis como hace otra gente que me quiere? Te digo algo con el mismo “formato”
que me dijiste lo de la operación de la hernia de Clotilde, mamá: ¿cómo puede
ser que todo mi mundo me lea, me acompañe en mis escritos, menos mis padres y
hermana? Es algo que me ha chocado a veces y he echado en falta, que la gente
está encantada con lo que escribo, pero vosotros lo desconocéis y seguiréis
desconociéndolo. No pasa nada, porque no os sale meteros en internet o indagar
sobre lo que escribo. Y si ahora lo hicierais tampoco arreglaría nada. Aparte
que arreglar ya lo he arreglado yo comprendiendo que vosotros lo hacéis lo
mejor que sabéis y sois”.
“Y cuando te dije que no me parecía bien
que Clotilde tuviera que marcharse de la casa de la sierra porque ibas tú, te
lo dije porque así lo acordé con la tía, que si iba alguien se compartía.
Compartir
con una hermana que no comparte nada conmigo, no me apetece. Y aunque
compartiera tampoco me apetecería. Es nuestro plan para hacer en pareja. Siento
que no lo entiendas. Sin embargo, parece que si entendiste que a ella le
apeteciera pasar sola unos días allí con su novio.”
“Tengo rabia por todas las
injusticias que veo en vuestro comportamiento con Clotilde.
Léete la parábola del Hijo
Pródigo, capítulo 15 del Evangelio de San Lucas, versículos 11 al 32.
Aunque soy ateo desde hace
mucho tiempo, siento una enorme admiración y respeto por Jesús de Nazaret, un
revolucionario radical y antisistema, cuya imagen han secuestrado y manipulado
la Iglesia y todos los poderosos.
Por cierto, lo de la casa de
la sierra: es copropiedad de tu tía Clara y de tu madre. Habla con ellas.
Ya
he hablado con mamá, pero pienso que como padre también puedes opinar. Aunque
ya veo que no, otra muestra de falta de interés que me produce un inmenso
dolor”.
Se
pasa gran parte de su día libre escribiendo en el salón, pegada a la ventana
que da al patio interior, sentada en la silla verde de instituto y tomando a
sorbitos una infusión.
Herida
N.º 12:
“Mientras vivas en esta casa,
harás lo que yo te diga” fue el pistoletazo de salida para que Macarenita
trazara un plan con el que conseguir una vida independiente. Ya había
conseguido un cachito con aquella minitelevisión que le regaló su novio para
que pudiera ver lo que se le antojara sin depender de su padre que ejercía
poder absoluto sobre el mando. A partir de ahí vino el trabajar y el ahorrar
para poco a poco acumular una cantidad que le permitiera dar la entrada para su
piso en Madrid. Todo lo contrario que su hermana, quien no tenía prisa por irse
de casa, aunque ya tenía un pie fuera becada por el hecho de estudiar. Ni
cuando se fue a Suiza a trabajar pensó en la posibilidad de vaciar su cuarto.
Allí estaba todavía el Pluto de goma, el cuento de ¿Cómo se hacen los niños?,
el Quién es quién. Desidia, pereza o falta de ganas de construir un
hogar propio. Un poco de todo, pensaba Macarenita, a quien le extrañó que su
madre un día le contara orgullosa que Clotilde había empleado los cincuenta
primeros euros del sueldo como cuidadora de niños en comprarse un traje de
tirolesa.
-Ah, qué bien, no tiene casa y
se compra un vestido. -Le dijo Macarenita a la orgullosa de su madre.
Con ella, en cambio, no había
manifestado orgullo nunca: ya podía trabajar de socorrista los veranos, dar
clases de inglés particulares, ganar un concurso de relato o hacer el Camino de
Santiago desde Madrid, que nada parecía suficiente para su madre. Esto la
heridaba aún más.
Estaba en casa de sus padres
cuando la madre de Macarenita contó lo del traje de tirolesa y al instante se
puso a escenificar una escena cual Heidi en la montaña con sus ovejas y todo,
que su madre no escatimaba en la producción cinematográfica.
Macarena levanta la vista
cuando acaba el párrafo para acto seguido seguir escribiendo:
Un día su hermana la llamó y la
preguntó:
- Si yo no tuviera casa,
Macarena, ¿podría quedarme en la vuestra?
A Macarenita le sorprendió la
pregunta. Le inseguridad vital que tenía a estas alturas. Le contestó:
-La casa es de Daniel.
Después, fue a contárselo a su
madre, como siempre había hecho cada vez que tenían un altercado, y ésta,
recreadora de historias nata, transformó ese momento: “te preguntamos si
podíamos hacer la celebración del cumpleaños de papá en vuestra casa y me
dijiste que la casa era de Daniel”.
También extendió en esta
ocasión todo tipo de decorado festivo: confetis que le salían de las manos cada
vez que hacía un ademán, una mesa repleta de comida cumpleañera que se
interpuso entre ella y la madre: sándwiches, empanada, tortilla de patata,
sangría….
Macarena mira por la ventana.
Es levantar la vista y empezar los recuerdos. Tendría unos diecinueve años
cuando su hermana llegó llorando a casa un día. Ella estaba en su cuarto
estudiando como era habitual. Desde esa posición escuchó. La puerta del salón
se cerró al instante y desde allí salían ininterrumpidos los sollozos de su
hermana. Entre ellos intentaba adivinar las palabras de su madre, pero no le
llegaban nítidas por la distancia, el pasillo en medio. De repente un largo
silencio y al fin se abrió la puerta. Macarena salió también de su habitación
despacio. Se acercó a la persona que formaban su madre y hermana abrazadas y
preguntó.
- ¿Qué
pasa?
-Nada, hija, un disgusto.
-Pero ¿qué le ha pasado?
-Uno, que le ha dado un susto
en el portal…
-Pero…
-Nada, no te preocupes. Ha
sido un susto, tu hermana está asustada.
Al momento aparecieron como
veladuras al óleo figuras fantasmagóricas, manos de Freddy Kruger y Dráculas
detrás de la madre que seguía unida a su hija pequeña. Macarena la oía, pero no
la escuchaba. Las imágenes de su madre, la escenógrafa, eran de nuevo demasiado
poderosas. Al principio, siempre sucedía así, parecían hologramas, imágenes muy
débiles flotando en el aire que se mezclaban con la realidad, pero conforme
avanzaban las explicaciones de su madre se tornaban más poderosas hasta
ajustarse a la realidad como un zapato a su horma. En este proceso había dos
implantaciones: en la primera la madre sobre un papel representaba el decorado
de la obra y lo implantaba en otro plano sobre la escena y en la segunda
implantación llevaba esos planos al escenario, que provocaban algunas
variaciones respecto a los planos iniciales, reajustando y recolocando algunos
elementos de la implantación del plano.
Esta vez su madre hablaba situada
entre un fantasma de sábana blanca y un vampiro salido de la película de
Coppola. No era Brad Pitt. Había veces que estos elementos escenográficos
tomaban cuerpo en la madre. Macarena vio que le había salido un colmillo.