El patio se veía más oscuro debido a la mezcla del efecto que producía el invierno arrancando los minutos al día y lo nublado que estaba. A pesar del malestar de
ayer se levantó con energía. Volcar todo sobre Mónica le ponía de buen
humor. Pensaba que así se vaciaba y amanecía una nueva Macarena.
Desplegó su ordenador portátil
sobre la bandeja mesa que le había regalado su abuelo, se sentó en la silla de
instituto que le había dado su padre y echó un chorro de café en la taza que se
había traído de Italia.
6ª Herida:
Amanecía
en un pueblo de Sevilla. Una hora después, todos menos una persona, incluído el patriarca y abuelo de Macarena, estaban sentados alrededor de la mesa. Clotilde dormía en el sofá cama de la misma
estancia. Cuando Macarena y su familia llegaban de Madrid sus tíos, María y Paco, instalaban la mesa para comer en el salón. La podían ver desde allí. Estaba
vestida con la ropa que se puso ayer por la tarde: un jersey negro ajustado y
una minifalda. Debajo de la manta y sábanas caídas en el suelo asomaban las
botas de tacón. Boca abajo como estaba se la oía respirar. Tenía un brazo fuera
del sofá y el otro bajo su cuerpo. Entorno a la mesa cuchicheaban para
evitar que se despertara. Había llegado cerca de las seis de la mañana, dijo la
madre. Ésta tenía unas ojeras bien pronunciadas debido a la noche de insomnio
esperando a que llegara su hija. Su tío Paco asintió:
-Sí,
yo la oí entrar.
Empezaron
a desayunar en silencio. Cada uno con una taza en la mano y tostadas para coger
de una bandeja en el centro. Unos con mantequilla y mermelada de naranja
amarga, otros con aceite y sal, tierra de naranjas y almazaras. La
cafetera con café y el cazo con la leche caliente para servirse a discreción. Después de
dar un sorbo en la taza, su tía María rompió el silencio:
-Macarena,
¿cómo no cuidaste de tu hermana para que no bebiera más?
Aquella
pregunta le llegó como si estuviera a merced de un lanzador de cuchillos
aficionado y le hubiera dado en el mismo corazón. No se lo esperaba de su tía
María. No pudo contestar. Aún hoy le duele y acordarse de ese momento es motivo
para que la costra de su herida se levante. ¿Dónde está escrito que una hermana
tenga que ser responsable de lo que haga otra?
Punto final. Deja de escribir
porque se tiene que preparar la comida para irse a trabajar pues, aunque hoy no
le toca, debe un día por un cambio que pidió hace tiempo. La mañana se le ha
pasado rápido suturando su herida, mirando por la ventana, recogiendo lo
descolocado y bajando a comprar un paquete de queso rallado. También ha
pensado. Le gusta su vida de otoño con lecturas en sofá, escritos y cine.
Piensa que a veces cuando
tiene desencuentros con sus padres, sobre todo con su madre, echa de menos a su
tía María. Fue quien la cuidó de niña, a excepción del capítulo de los abuelos
maternos. Nada más nacer su hermana, pasaba las tardes con ella mientras sus
padres corregían exámenes o atendían a Clotilde en la casa de Carabanchel.
Su tía María fue quien le dijo
una vez que no le iba a comprar nubes de chucherías porque esas cosas eran
porquerías. A lo que ella contestó: “no pompes María, pero no digas que son
poquerías”.
Pero a su tía María no le
gustaba el teléfono. No se llamaban, se escribían. No podía contar con ella
para remendar una herida inmediata. Había veces que las cartas se alargaban en
el tiempo porque el tema a tratar así lo requería. Otras veces mezclaban
diferentes asuntos. Entonces, Macarena, con un orden aprendido en la escuela, iba
respondiendo punto por punto. Una vez le dijo que no hacía falta
que respondiera a todo lo que ella le decía. Cree que fue ahí cuando su tía se
empezó a quedar sin palabras. El comienzo de que quisiera acumular los
recuerdos que otros iban perdiendo. Sabe más de Macarena que nadie y, sin
embargo, no la servía para escuchar sus pesares. Sus pesares escritos se
desvanecen en el tiempo y dejan de serlos. Por eso, entre otras cosas, Macarena
escribía.
Su tía María le valía para resolver un asunto de costura, ya fuera de ganchillo, de punto o
hilvanado, pues era hija de modista. Por otra parte, había entendido que su tía pretendía solucionar su propia vida a través de la de los demás. Quería que sus sobrinas hicieran lo
que ella no hace con su hermano, el padre de Macarena: hablar. También su madre tiene un hermano con
el que no se trata y pretendió una vez que sus hijas se llevaran bien. Macarena
ha heredado esa inercia y después de pararle los pies a su madre en el intento
de juntarlas, consiguió que no las mezclara en ningún plan familiar.
Sacó un táper con un resto de
arroz de la nevera y se lo calentó en la sartén junto con unas espinacas de una
bolsa que ponía “lavadas y listas para comer”. Añadió un poco de jamón que le
había sobrado del bocadillo que se hizo el otro día. Comió sentada en el sofá color verde manzana que es el único que tiene, mientras veía
un trozo de una película grabada: Mystic Pizza. Por la noche,
si le apetecía, se vería el resto. En cuanto terminó recogió todo y salió de
casa con la bici a cuestas. Un día de estos, pensaba, se iba a caer con ella
por las escaleras. Los escalones de aquel edificio del Madrid de los
Austrias eran cada uno de su padre y de su madre, y había veces que daba
zancadas y otros en cambio pasitos de baile para bajarlos.
Cuando llegó, después de
atravesar el centro de Madrid, Isidro en la puerta parecía que llevaba varias
horas de jornada por lo mimetizado que se le veía. Vaso de café en mano,
uniforme impecable y cine a punto para recibir a sus empleados. Asun, la
taquillera, la saludó al entrar con una bajada de cabeza desde la pecera, como siempre
hacía. David, el acomodador, estaba en el
baño, seguramente lavándose dientes y manos. Juan, el proyeccionista, en la
cabina colocando los rollos de película. Ella se acomodó también. Después de
cambiarse la camiseta negra, uno de esos básicos como decía su madre, por la
sudadera celeste con el nombre del cine bordado, Renoir Retiro; hacer
una olla de palomitas, colocar los vasos de refresco y revisar el resto de los
productos, se sentó en el palomitón a leer mientras esperaba.
Los clientes se fueron
acercando con cuentagotas aquel jueves víspera de estrenos con dos películas
españolas en cartelera. A pesar de ser un barrio habitado en su mayoría por
ancianos que no entendían el cine en versión original, aquella semana no se
había hecho mucha recaudación con las españolas. Llevaban ya un tiempo y “es lo
que tiene”. Isidro siempre tenía explicaciones para los resultados de taquilla.
Aparte de que Bardem no genera mucha simpatía en el barrio. Tampoco Pedro
Almodóvar gustaba demasiado a los vecinos. Aprovechó para leer y escribir una
carta a su tía María. Durante la cena David le preguntaría de nuevo acerca de su familia. Está últimamente muy pesadito con ese tema. Hace poco se
separó de la mitad de la suya, la de su padre, en busca y captura por
vender gasolina adulterada, y parece que quiere poner a las familias de su
alrededor patas arriba para justificar su decisión.
- ¿Y con tu hermana? ¿Cómo te
llevas con tu hermana? Nunca me has hablado de ella…
-Pues, mira, con mi hermana no
me llevo. Mi hermana es un emoticono con patas. Unas veces es el de pobre hija,
otra el de enferma, y otra el de cara de sorpresa. Su especialidad es
dar sorpresas debido a que estuvo desde el primer mes de nacer en una guardería
y aprendió que mi madre aparecía siempre por sorpresa. A veces estaba detrás
del biberón, otras detrás de las manos que la cambiaban el pañal... y otras no
era ninguna de las dos. Así es que ella ahora es sorpresera profesional.
- Pero, ¿cómo es eso de que no
te llevas?
-Pues eso, que no nos
relacionamos. Cuando sé algo de ella es porque mi madre me lo cuenta. Parece el telediario dándome siempre malas noticias: que si la ha atropellado
un coche, que si le han quedado no sé cuántas asignaturas de la carrera, que si
la pobre sale muy tarde de trabajar… Y entonces yo desconecto porque estoy
harta de las historias de mi hermana, y se me aparece como un emoticono. Tal
cual, como te lo cuento.
-O sea que te has saturado de
hermana.
-Sí, creo que sí, a lo mejor
es eso.
-Típico en hermanos mayores.
Yo como no tengo hermanos no sé lo que es eso.
Terminó la jornada sin
cansarse demasiado, aunque con la cabeza espesa debido a las preguntitas de
David. Madre mía, qué pesado se pone con el tema de la
familia. Recogió
las palomitas que habían sobrado, juntó la recaudación, barrió y fregó, se
cambió y se marchó en bicicleta diciendo adiós desde la puerta a sus compañeros
que siempre salían más tarde que ella, la cagaprisas.
Cuando llegó a casa se acordó
de los cumpleaños de su hermana, en verano, tan especiales y familiares por ello. Una vez le
hicieron una fiesta en el camping donde estaban, otra vez sus primos la
agasajaron con una tarta decorada en la casa familiar de la sierra... Hace poco su tía le ha dicho que como su hermana era la pequeña daban más ganas de
hacerla cucamonas a ella.
Macarena piensa que su herida
tiene una cicatriz interna que no se ve y que con cada acción injusta que ella
percibe se abre. Tejer el patchwork de esas injusticias puede ayudar a
cicatrizarla para que no se vuelva a abrir nunca más o por el contrario hacerla más visible, como pasa con las arrugas, para poder compadecerse de ella y de los que la
rodean.