viernes, 16 de octubre de 2026

Novela de un Yo (40)

 

 

Viernes. Hace días que no sabe nada de sus padres. Casi desde que empezó a transcribir los mensajes de su madre. De hecho, piensa que lo hace por eso, para al menos así sentirla cerca.

Hoy Eneko se ha ido al instituto repitiendo en voz alta los nombres de los huesos del cuerpo. Macarena se ha despedido de él con un beso y un “pura vida”, como hace siempre, y se ha ido a casa repasando mentalmente sus heridas: andar, nacimiento hermana, ropa robada, injusticia discotecas, beca de casa y dinero, casa de la sierra, Budapest, Reyes, Sevilla…

Por la tarde ven un documental en la televisión que eligen entre los tres mientras cenan crepes con salmón y champiñones. Los viernes tienen por costumbre cocinar algún tipo de “fast food”. Eneko está deseando hacer hamburguesas otra vez. A través de la pantalla observan cómo el 11-S cambió el mundo. A través de la ventana que da al río, en el extremo del sofá donde está sentada Macarena, piensa que el día que su madre le dijo que “no a todos los hijos se les quiere por igual” cambió su existencia. Su cuerpo lo tiene registrado. Quedó también escrito en el aire cuando se lo dijo ese día en el único momento que encontraron para verse bajando por el parque hacia la Farmacia de la esquina para comprar las pastillas de la tensión. Aún tiene calenturas en la boca.

El fin de semana transcurre entre planes que elabora a lo largo del mes teniendo en cuenta los gustos de cada uno de ellos (este fin de semana evento multitudinario de videojuegos en la Casa de Campo), asuntos pendientes de casa, deberes escolares de Eneko y por supuesto Cuentamé. La historia de sus días en común es también la sucesión de los audiovisuales que ven durante la semana y los viajes que realizan cada año.

 

 

Lunes. Ya es pleno día cuando están los tres desayunando en la mesa que hace las veces de separador de espacios. Hoy toca cereales y Eneko está feliz. Empezar el día con algo que le gusta y de lo que dispone para repetir, le pone de buen humor. Pero Macarena enseguida se da cuenta de la inercia que adquiere y le aparta el paquete de Kellogs. Mediante ese control intenta acompañar el desarrollo de su hijo para que éste sea perfecto y armónico, aunque sabe que tampoco eso es una garantía. Todos los padres lo hacen así, lo mejor que pueden y saben. Este es el mantra que se repite todos los días antes de dar puntadas en el patchwork de sus heridas. Pero escribir le calma, el tecleo continuo le ayuda a apaciguar el rencor y la rabia interna.

Mesa puerta de escritorio, silla reciclada, té verde, paisaje de Madrid Río y a reescribir:

“Macarena: sigues parafraseándome cuando empleas los términos comparar, sentir, percibir... sin venir a cuento”.

 De vez en cuando se pasea por la casa en silencio. Piensa en el libro de Joe Dispensa, Deja de ser tú. Piensa también en lo que le comentó un amigo médico, de que todos tendemos a arroparnos con el sentimiento de víctima y buscamos un victimador que lo ampare. En su caso éste sería su madre encarnando la incompetencia para gestionar ciertos episodios de su vida. Como aquel asunto de la ropa. ¿Por qué una madre en un momento dado decide coger sin preguntar la ropa de su hija mayor en ausencia de ésta para dejársela a su hija pequeña sabiendo que la pequeña no deja nada a la mayor y que por ende a ésta tampoco le gusta dejársela?

Sigue sin saber nada de ellos. Por una parte, lo agradece, porque siempre que llama es para contarle alguna pena, pero por otra la echa de menos. Sin embargo, sabe que ese vacío maternal no cubierto en su niñez no podrá ser satisfecho jamás, ni aunque, ahora, empezaran a llamarse todos los días.

Hoy tiene pensado comer en el Cine. Lo ha hecho varias veces. Cuando hay una película que le interesa y dura hora y media o menos y coincide que ese día entra tarde, a las cinco y media, se va antes para verla en la primera sesión. Deja una nota encima de la mesa a Eneko con la comida que tiene que calentarse. Son decisiones que le cuesta tomar. Hoy le ha costado un poco menos porque la película es de su directora favorita, Isabel Coixet. Así es que hacia las tres sale de casa con la mochila y la neverita con la comida y cena. Bocata de queso y anchoas, su preferido, para comer y calabacín al estilo de su suegra, para cenar. En el metro se adormece. Y en el trayecto que tiene que recorrer andando hacia su Cine llama a Eneko.

-Hola, ¿qué tal la mañana? ¿Has llegado bien?

-Si, bien todo. Una cosa, mama, ¿de postre?

-Hay fruta en la nevera y también tienes yogures.

-Ah, vale, pues me cojo fruta y yogurt.

Ya estamos con la manía de los dos postres, piensa Macarena, pero no quiere discutir por teléfono y no le dice nada.

Ha visto la película que quería, momentazo de peli con bocata de anchoas y queso: Mapa de los sonidos de Tokio. Después la jornada se ha desarrollado sin muchos contratiempos: un cambio de ácido en mal momento, un cartón de palomitas caído en medio de la entrada, una silla de ruedas esperando a que le pusieran la rampa y su propietaria con mala cara cuando por fin ha podido entrar… En el descanso ha salido un rato a airearse.

“Me han confundido con alguien del cine. En la Fnac, un hombre moreno. Me ha preguntado si trabajaba en el cine, qué directores me gustaban, en qué película trabajaba, si era española… Como era de esperar, he intentado alejarme como fuera de aquel intruso en mi vida. Luego me he mirado en los espejos de la Fnac y no sé, a lo mejor mi cara irradiaba una luz especial o algo y parecía una “estrella” sacada de mi Cine…”

Llega a casa con la luz encendida del salón todavía. Daniel está viendo un partido de baloncesto grabado. Se ha puesto los subtítulos para sordos para que Eneko no se despierte. Macarena, después de sacar las cosas de la mochila y ponerse el pijama, se sienta junto a él en el sofá gris. Ver un partido de baloncesto mientras piensa es como tomar clases de vals para irse a dormir.