Llega el día en cuestión,
sábado. Van a comer. A pesar de que se plantea cada encuentro con sus
padres como si entrara en un santuario donde las palabras son sagradas para
cuidar muy mucho todo lo que salga de su boca, vuelve a irse de esa casa con
malestar.
-Oye, mamá, ¿sabes si
estará libre la casa de la sierra la primera semana de julio?
-Sí, no. No está libre. Se va a quedar una de las nieta de tu tía, que ha encontrado trabajo por allí.
-Anda, pues nosotros
queríamos ir la primera semana de julio.
-Pues es que va a estar
ella.
-Bueno, pues compartimos,
¿no era esa la norma que impusisteis la tía y tú cuando Clotilde estuvo
viviendo allí?
-Vale, se lo digo. Lo que
no sé es si ella querrá compartir contigo.
-Bueno, mamá, pues tendrá
que hacerlo. Te recuerdo que a mí me obligasteis a compartir la casa con
Clotilde a la fuerza y me pusisteis verde porque no quería.
-Ya, pero las cosas
cambian…
-Otra de mis frases. Ya
veo cómo las usas cuando te interesa…
Macarena tiene de nuevo
el corazón encogido, la herida sangrando y muchísimas ganas de salir de esa
casa. Sigue comiendo hasta acabarse los tres platos con los que intenta
llenarse para no sentir nada. Cuando acaban, Daniel, Eneko y ella se despiden.
Forman un equipo perfecto en el que apenas son necesarias palabras en
situaciones así. Si se quedan va a ser peor y los tres lo saben. Ya no
aguantan más escenografías. Al principio hasta Eneko se divertía, pero ahora le
puede el hecho de ver a su madre destrozada.
En casa, nada más llegar,
Macarena necesita escribir y sentada frente al ordenador transcribe antiguos mensajes del teléfono móvil:
“Mamá me ha dicho que
están pensando pasar los Reyes en Asturias estas navidades. Me siento dolida. Me parece injusto, pues cuando hace unos años yo propuse pasarlos en Sevilla, ella dijo que Los Reyes siempre los pasaban en Madrid y
ahora que a mi hermana le viene mejor en Asturias para allá que se van. A mí
también me venía mejor ese año,
pero nadie aceptó mi idea".
“Acabo de ver un trozo de
una película donde la hija le dice al padre: me duele que no te intereses por
mi vida. Me ha recordado a ti (en el papel del padre). Sigues sin querer saber,
ver, nada de mi vida y me duele. Eres la persona que conozco que menos sabe de
mi vida actual.
Me pregunto cómo puede
ser que desde hace un mes no nos hayamos visto viviendo como vivimos en la
misma ciudad, barrio casi. No me creo que no hayáis hecho nada en todo este
tiempo por mucha enfermedad y desgracias que os acechen. Sigues igual, sin
incluirme en tu vida. Busco respuestas, pero sigo sin encontrarlas.
Ayer cuando pasamos por
vuestra casa en nuestro camino a la Renfe, no os llamamos. Por miedo a esas no
respuestas, por miedo a descubrir que de nuevo no estoy en vuestra vida.
Mañana nos unirá por unos
minutos una mochila de Eneko. Esa es nuestra relación desde hace tiempo.
Porque yo no estoy sola, ni enferma y tengo trabajo fijo (aunque esto no sea
verdad).
Mañana cumplo lo que
ofrecí, ayudar con papá, sin haber cumplido tú lo tuyo: tenerme en cuenta en
los planes. Me has vuelto a herir no diciéndome que ibais a Arenas. Hasta que
no me incluyas en tu vida no me vuelvas a llamar para ayudaros en nada.
“Clotilde nos salió al
paso". Menuda frase para salir del paso. Valga la redundancia. Como si no lo hubieseis planificado... Y
luego soy yo la desapegada y la que no cuento con vosotros... ¡Menuda jeta tienes!
Me he levantado sin ganas
de llevar a papá, herida, no tengo fuerzas para ayudaros. Lo siento.
Es mentira que no puedas
ver WhatsApp. Cuando estuvisteis comiendo en casa, buscaste unos que te había
mandado la prima Elena.
No hace falta doblar
planes para dar afecto a otra hija. Puedes incluirme en tu vida sin hacer las
mismas cosas conmigo que haces con Clotilde. Hay muchas maneras de mostrar cariño. Si no puedes, te lo tenías que haber pensado antes de tener dos.
¿Por qué me mentiste con
el asunto "Sevilla"? ¿Por qué me dijiste que con el lío de papá os
habíais olvidado de mí? ¿O es que ahora
el discurso es otro: que entre los tres decidisteis ir sin mí porque Clotilde y
yo no nos hablamos? ¿En qué quedamos?
Me dijiste que
"sentías el haberte olvidado de mí" y yo me lo creí.
De nuevo siento vuestro
desprecio, y eso que añadiste que "lo de Sevilla" no había sido un
desprecio hacia mí. Si no es desprecio escoger a una de tus hijas,
¿qué es?”
Macarena ha pasado el
resto del día mustia. A pesar de las tonterías que de vez en cuando le hacen
sus chicos para que se ría, no han conseguido sacarle más que una sonrisa cuando
los ha visto cachorrear y darse besos orejiles, que es como llaman a los besos
pequeños cerca de las orejas.
Recuerda un catálogo de
besos que hizo cuando su hijo era pequeño. Se duerme recordando ese momento en el
que los dos se sentaban a inventar tipos de besos en la mesa de la cocina.
Primero lo practicaban en vivo y después lo dibujaban en hojas que luego
recortaban del tamaño de un cromo para adaptarlo al espacio de un viejo álbum
de billetes.