lunes, 26 de octubre de 2026

Las creencias de mi madre

 

Cuando empecé a trabajar mi madre me dijo que tenía que cambiar el turno para poder trabajar por las mañanas. Como había hecho ella. Pensaba que eso era mejor y que era lo que hacía casi todo el mundo o qué sé yo. No sé por qué se empeñaría en que tenía que trabajar por las mañanas. No entendía que los cines abren por la tarde o quizás no le gustaba que trabajara en un cine.

Otra de las cosas que me llama la atención de lo que piensa mi madre es que para ella una persona es la profesión que realiza. Es decir, que fulanito no es fulanito sino un bombero. Recuerdo una vez que me dijo que le tenía que dar las gracias porque eran profesores y que por eso me habían llevado a museos, a ver iglesias… Como si una persona que no sea profesor no pudiera hacer lo mismo. O como si yo no supiera que aman visitar museos e iglesias más allá de su profesión.

También me sorprendió cuando una vez me dijo que si alguien le regalaba un libro que ya tenía se lo quedaba porque era un regalo. A caballo regalado, no le mires el diente. Recitó después. Y me puse a imaginar un mundo en el que la gente acumulara regalos repetidos. Fulares con los nenúfares de Monet, ajedreces, esclavas de plata, plumas para escribir… Todo multiplicado por mil.

Me sorprenden muchas cosas de lo que piensa y cree mi madre, pero como me dijo una vez una persona, tengo que observar el contexto, las circunstancias, que llama mi madre, en las que ha vivido y vive, y seguir mi senda que no es la de ella, respetando la suya, aunque ella no haya sabido respetar en ocasiones la mía.

Acabo de leer a una amiga: «Me gusta mucho saber las diferentes maneras en las que la gente hace el arroz». Me gusta saber estas cosas de la gente: no me interesan sus logros, ni su profesión, mucho menos su edad. Me gusta saber cómo empiezan el día, qué desayunan, qué libro les gustaría haber escrito, si hacen la tortilla de patata o la compran...