Del libro de Vivian Gornick cogí la idea de llevar a cabo paseos con
mi madre. Desde hacía mucho tiempo notaba que estábamos alejadas. Se lo
propuse un día que dimos un paseo por el barrio de la escuela donde trabajó. No
contestó. No hemos vuelto a pasear las dos solas.
Hay muchas maneras de hacer las
cosas, tantas como individuos habitan el mundo, y una de ellas es la manera de
ser madre. No me imagino de vieja sin interesarme por las cosas de mi hijo.
Hace poco me llamó la atención el
comentario de una amiga que me dijo que cada vez le compensaba menos estar con
su hija, que tiene ocho años. También me sorprendió otro padre cuando me dijo
que ya le contaría lo que bebe su hijo adolescente después de verme hablar con
él de sus primeras salidas nocturnas y más cosas.
Una vez me dijo un acompañante de
la escuela de mi hijo que las familias eligen escuelas por muchos y variados
motivos. Lo mismo pienso de ser padres. Un día me dijo mi madre que “antes lo
de ser padres era algo normal”. Luego matizó con algún comentario más. Llegué a
la conclusión de que lo que me quería decir es que cuando ella fue madre lo de
planteárselo y tenerlo era algo que venía unido al hecho de ser mujer. Que se
tenía hijos como el que hace sus necesidades diarias. Que era una cosa más y no
trascendía de otras necesidades humanas. Toca en un momento dado, igual que
toca irse de casa, emparejarse, comprarse un coche, casa…
Este motivo de llegar a ser padre
o madre es el que creo pudiera ser el que lleva a esos desapegos feroces de no
apetecer estar con tu hija, no saber lo que hace tu hijo o no pasear ni un solo
día con él/ella. Es como ir por la vida con el piloto automático haciendo las
cosas porque tocan y no se parara uno a pensar si realmente se quiere hacer lo
que supuestamente toca.