jueves, 5 de marzo de 2026

Novela de un Yo (8)

 

A la mañana siguiente desplegó su ordenador portátil sobre la bandeja mesa que le había regalado su abuelo, se sentó en la silla verde de instituto que le dio su padre y echó un chorro de café en la pequeña taza que se había traído de Italia:

Herida N.º 9:

-Hoy hemos estado en el banco con Clotilde. Hemos incluido su firma en nuestra cartilla para que pueda sacar dinero si lo necesita.

-Anda, ¿y yo? ¿No habéis pensado en la posibilidad de que también lo pueda necesitar?

-Sí, bueno, lo tenemos que hacer también contigo…

Ahí se quedó la intención. En eso.

Pasado el tiempo un día Macarenita preguntó a su madre si todavía seguían dándole dinero para vivir a su hermana, un sueldo vamos, y le contestó que sí. Que qué iban a hacer. Que habían pensado más de una vez quitarle dicha beca, pero que a lo mejor se lo reprochaba más adelante.

Hace una pausa para mirar por la ventana. El patio interior permanece en silencio, pero cree que si abriera una de las hojas el aire se llenaría de cocido, lombarda u otro guiso estacional. Hace frío y prefiere ventilar la casa a última hora de la mañana. Hojas secas, caminatas por la montaña, colores en los árboles, guisos y pucheros, cenas en casa, lluvia, mezcla de ropa... Otoño.

Recuerda un fin de semana en el que aceptó la propuesta de sus padres de pasar el cumpleaños en la casa de la sierra. Le hacía especial ilusión, pues hacía tiempo que no pasaba dos días en exclusiva con ellos fuera de casa y, además, al coincidir con su cumpleaños tenía la esperanza de que le obsequiaran con una sorpresa en forma de celebración, regalo, tarta… Nada de eso tuvo lugar. Todo lo contrario: su padre se olvidó de felicitarla. Le dolió en el alma.

Macarena vuelve a la pantalla para plasmar la Herida N. º 10. La luz de ésta la ayuda a clarificar. Piensa que todo esto tiene que quedar registrado como si de un libro de historia se tratara. Para que sus hijos sepan quién es, sus nietos entiendan quién fue.

Ha pasado la mañana tecleando el ordenador entre sorbos de café, mirar por la ventana y pensar. También se ha puesto un fragmento de un video grabado, otro Imprescindible, Emilia Pardo Bazán, para comer la ensalada sobre el sofá verde. Después con la bicicleta a cuestas ha bajado los escalones diferentes y ha enfilado la calle Toledo para atravesar la Plaza Mayor y llegar a la Gran Vía. Calle que recorre por la acera sorteando a turistas despistados, trabajadores apurando el bocadillo, mujeres cargadas con bolsas de Zara… De vez en cuando, un municipal hace que se le encoja el corazón, pero ella sigue montada en su bicicleta haciendo frente a la posible multa. Cibeles, Puerta de Alcalá y Retiro.

Recuerda los libros que su tía María le regaló hace años: Cuentos por teléfono, tenía por título uno de ellos. Siempre quiso inculcar a su sobrina el amor por la lectura. Un verbo que ella aprendió a base de esfuerzo y dolor con la severa y rígida disciplina a la que le sometía su padre militar, el abuelo sevillano de Macarena. Cuando su sobrina aprendió a leer por otros métodos más actuales, pretendió que el gusto por la lectura ya establecido creciera. Como vivía lejos, en Menorca por aquel entonces, no podía leerle cuentos como había hecho cuando la cuidaba de pequeña. Un día paseando por Ciudadella vio ese título en un escaparate de una librería e inmediatamente lo compró. Se lo regalaría para que lo leyera y se acordara de los cuentos que le leía antes por la noche y que ahora de vez en cuando le recordaba por teléfono. Lo mismo hizo más tarde cuando en Sevilla, donde vivía ahora, vio en el escaparate de la librería “La Caótica” el libro Si me necesitas, llámame.

Por la mañana había llamado a su madre:

-Hola mamá, soy Macarena.

-Hola, hija, ay… que casi no llego a coger el teléfono. Que vengo de casa de Marisa, la vecina, que me ha contado…

Es pronunciar la palabra “vecina” y Macarena desconecta de la conversación al instante. Fue entonces cuando le vino a la cabeza aquellos títulos que le regaló su tía.

Después de ponerse la sudadera negra (las tienen de dos colores, una azul celeste y otra negra, que Macarena alterna según el estado de ánimo), hacer una olla de palomitas, colocar los vasos de refresco y revisar el resto de los productos, se sentó en el palomitón a leer.

Hoy domingo estará ajetreado el Cine, piensa, y aunque no le apetece despachar demasiado cree que va a ser una buena ocasión para registrar conversaciones, coger ideas, escuchar historias inspiradoras…  Efectivamente, a las cuatro menos cuarto Isidro abre las puertas y un aluvión de personas bajan hacia el palomitón colocándose en fila para que Macarena les atienda por orden de llegada. Palomitas, refrescos, chocolatinas, caramelos para la tos que estamos en plena temporada de catarros… Despacha rápido y tiene tiempo también para observar una cazadora que le gusta: la propietaria ha colocado en la solapa chapas y pines de diferentes motivos. Le gusta la idea. Atiende a la señora del abrigo de pieles, la que le pide siempre que le abra la botella de agua. Todavía no se ha puesto las pieles. Y cómo no, también está el americano de las palomitas grandes:

-Unajs palomita grande y un coca-cola.

Su mujer al lado, española, vigila que diga todo correctamente.  Durante media hora más sigue vendiendo. Luego hora y media de lectura sentada junto a la barra, otra media hora de servir palomitas y refrescos y otra hora y media de lectura más. Teme el momento de la cena, que es cuando David aprovecha para debatir y sacar temas escabrosos. Desde esta mañana después de escribir sobre el agravio financiero de la cuenta a nombre de su hermana y acordarse después del fin de semana en la casa de la sierra con sus padres, tiene también otra idea que no para de rondar su cabeza: ¿Por qué sus padres no aceptan ninguna de sus propuestas? Recuerda la cantidad de veces que ha propuesto pasar el Día de Reyes con la familia de Sevilla, en lugar de reunirse con ellos en Nochebuena como hacen todos los años, y como una y otra vez sus padres le dicen que no, que no puede ser, sin dar ningún tipo de explicación. Esto le va socavando más la herida. El no entendimiento funciona como un aguijón en su cerebro.

Cinco minutos después de atender al último cliente de aquel domingo, se dispone a recolocar los cartuchos y vasos que con las prisas se le han caído, vaciar el calentador de palomitas, reponer los productos acabados, juntar la recaudación, barrer, fregar, cambiarse y marcharse después de decir adiós a sus compañeros.

Atravesar Madrid un domingo a las once de la noche es torres de sillas en las terrazas junto a sus castillos-bares, transeúntes despidiéndose y la luna llena jugando al escondite con las farolas. Una pareja besándose bajo uno de los arcos de la Plaza Mayor le hace recordar a su ex. Hasta las relaciones tenían que ser primero aceptadas por sus padres. Por eso su padre le dijo aquel día: “no te juntes con pintejas”. Y se le partió de nuevo el corazón. El amor de su vida menospreciado por su padre.  Piensa que también esto ha ahondado en su herida.

Le da tiempo a subir a casa y bajar la basura, que todavía no han pasado a recogerla. Antes de meterse en el saco pone en el televisor un fragmento de una película que dejó a medias hace dos días: Paterson. Le encanta. Le gusta ver cómo un conductor de autobuses imagina poemas mientras conduce. Cuando le entra sueño recoge el plato con las pepitas de las uvas y se vuelve a meter en el saco. En realidad, le gusta su vida. Es un placer llegar a casa después de trabajar en un cine y verse un trozo de película calentita dentro de un saco.

 

“Aquel cumpleaños que viniste a la casa de la sierra papá ni se acordó, efectivamente, y no te prestamos atención. Sí. Estábamos más pendientes de nuestro traslado allí porque había empezado la obra del piso. Claro que no te atendimos y aunque te parezca que no me importe cómo te sientes, me duele porque no eres alguien ajeno a mí.

Esa fue otra de mis últimas (ha habido varias) intenciones de pasar tiempo con vosotros, pero de nuevo fue fallido. Yo tenía muchas esperanzas, con mi cumple de por medio, pero fue un fiasco. Darse cuenta de que tu padre (con facultades mentales plenas) no se acuerda de tu cumpleaños es muy duro”.