Si alguien la viera por un
agujerito pensaría que es sonámbula. No se ha quitado el pijama (un antiguo
chándal desgastado), ni siquiera lavado la cara, ni hecho pis y ya está
tecleando el ordenador. Hoy más pronto que nunca. Antes ha colocado la silla de
instituto junto a la ventana del salón y ha echado un chorro de café de ayer en
la taza de Italia.
Herida N. º 21:
En los
inicios de un verano, comiendo todos juntos en el restaurante de la piscina de
la urbanización de la sierra, otro pinchazo en el corazón. Hizo una pregunta
que debió de molestar muchísimo y su padre le contestó con una salida de tono.
Ella se dobló sobre la mesa hasta casi partirse por la mitad. Tras recuperarse
un poco, se levantó para esconderse en el baño y llorar. Por un momento pensó
que su madre iría tras ella para consolarla y apoyarla. Pero eso jamás ocurrió.
Tiempo después cuando se trató el tema de la maldita pregunta tampoco recibió
apoyo o disculpas.
- ¿Va
a estar Clotilde en la casa de la sierra este verano?
Esa fue la pregunta que hizo estallar a su padre. Se inclinó hacia adelante metiendo casi la camisa en el estofado y gritó:
-¡A que te doy un bofetón!
Macarena vio su vena del mismo tamaño que el cuello y salió despedida hacia hacia atrás un metro, pero la incercia del dolor la hizo volver sobre la mesa. Ella pensaba que podría pasar
unos días con su novio allí, ya que ese verano no tenían mucho dinero para irse
a ningún lado. Pero nada, no la dejaron explicarse, como tantas y tantas veces.
Macarena para de escribir y
mira por la ventana. La grieta de enfrente se ha hecho más grande. Cree que su
vecina no se ha dado cuenta porque aún no ha llegado al borde de su ventana.
Mientras observa la grieta confecciona su día libre. No tiene nada planeado, así es
que sobre el lienzo en blanco de su mente empieza a colocar una cosa detrás de
otra. Cuando acaba se da cuenta que no tiene ni ¡un hueco libre!
Su padre tiene un automático
que le hace disparar cuando alguien le pregunta algo que él no sabe explicar.
Una pregunta le puede sacar de quicio ante su incapacidad de responder y/o la
incapacidad que él ve en el otro por preguntar aquello que ha preguntado
también le puede poner en el disparadero.
El automático de su madre, en
cambio, es ponerse a relatar su vida cuando escucha la de los demás. Es más,
pregunta al otro para poder hablar sobre ella. Si le pregunta a su hija por su
nueva nevera, acabarán hablando de la llegada de la primera nevera a casa de
los abuelos de Macarena.
“Un verano, en
la casa de la sierra, comiendo todos en el restaurante de la piscina, pregunté si
Clotilde iba a seguir usando la casa y papá me echó un exabrupto. Nadie me
contestó, sino todo lo contrario, papá me regañó por preguntar eso. Sentí dolor,
rabia, impotencia, incomprensión… Esperé que te acercaras para consolarme, para
decirme que papá se había equivocado gritándome, pero nada. Eso nunca llegó. No
entendí ni la reacción de papá ni la tuya. Como no entendí, ni entiendo, el que
Clotilde viva en una casa sin pagar alquiler ni comprarla como hacemos
todos los demás. Papá me dijo una vez que “mientras vivas bajo mi techo harás
lo que yo te diga” y eso fue el detonante para que me marcara una meta: tener
mi propia casa. A Clotilde la dejáis hacer en vuestra casa, sin horarios (como
tuve yo), y encima ahora vive en una casa que no paga. O al menos eso creo
porque nunca me lo explicasteis cuando lo pregunté. “
“Siento haber sido tan arisca
aquellos años que dices. Lo siento muchísimo, pues eso hizo, según me has
dicho, romper la poca relación que teníamos. Siento no haber respondido más
extensamente vuestras preguntas de "¿qué tal?". Se me ocurre pensar
que quizás no tuve antes ni espacio ni tiempo para hablar con vosotros (se me
calló muchas veces con un bofetón) y por eso quizás aquellos años no me salía.
Se me ocurre también pensar que estaba llena de rencor por haberme matado a
estudiar una carrera, como vosotros queríais, para nada. Se me ocurre pensar que un adolescente pasa por
momentos complicados de relación con sus padres. Pero, pienso, que no por eso
de adultos la relación tiene que seguir igual.”
Por la tarde en casa de los padres se sucede la siguiente escena:
-Bueno, sí, tiene que hacer
reposo, pero si quiere salir…
-Entonces, esta mañana ¿era
que no quería salir?
El padre que escucha todo al
lado de la madre de repente aparece entre cuatro rejas, una pequeña cárcel del
condado de Aluche. La madre es el sheriff y se balancea en la
mecedora con una estrella de cinco puntas plateadas sobre el mandil
de cocinar. Conforme avanza la escena la imagen se completa con un incipiente
bigotillo en el labio superior de la madre, una mesa de madera robusta con una
máquina de escribir que da la casualidad es la misma que usaba su abuelo y que ha
estado guardada en una vitrina del salón, y alguna cosa más que Macarena va
descubriendo según avanza la narración.
-No podía, hija, y sí,
tampoco le apetecía.
-Pero ¿se lo preguntaste?
La madre la mira fijamente.
Tanto que Macarena ha visto en sus ojos dos signos de interrogación. No sabe,
no contesta.
Macarena sigue viendo a un
lado y a otro de su padre y madre atrezo cinematográfico. Escuchar a su madre
siempre le ha parecido que es como ver una película, aunque a veces no haya
por donde cogerla ni sepa cuál es el principio ni cuál es el final. Pasado un
rato se cansa y deja de escuchar. Como cuando te pones los tapones de los oídos
para intentar dormir.