jueves, 14 de mayo de 2026

Novela de un Yo (18)

 


Si alguien la viera por un agujerito pensaría que es sonámbula. No se ha quitado el pijama (un antiguo chándal desgastado), ni siquiera lavado la cara, ni hecho pis y ya está tecleando el ordenador. Hoy más pronto que nunca. Antes ha colocado la silla de instituto junto a la ventana del salón y ha echado un chorro de café de ayer en la taza de Italia.

Herida N. º 21:

En los inicios de un verano, comiendo todos juntos en el restaurante de la piscina de la urbanización de la sierra, otro pinchazo en el corazón. Hizo una pregunta que debió de molestar muchísimo y su padre le contestó con una salida de tono. Ella se dobló sobre la mesa hasta casi partirse por la mitad. Tras recuperarse un poco, se levantó para esconderse en el baño y llorar. Por un momento pensó que su madre iría tras ella para consolarla y apoyarla. Pero eso jamás ocurrió. Tiempo después cuando se trató el tema de la maldita pregunta tampoco recibió apoyo o disculpas.

- ¿Va a estar Clotilde en la casa de la sierra este verano?

Esa fue la pregunta que hizo estallar a su padre. Se inclinó hacia adelante metiendo casi la camisa en el estofado y gritó:

-¡A que te doy un bofetón!

Macarena vio su vena del mismo tamaño que el cuello y salió despedida hacia hacia atrás un metro, pero la incercia del dolor la hizo volver sobre la mesa. Ella pensaba que podría pasar unos días con su novio allí, ya que ese verano no tenían mucho dinero para irse a ningún lado. Pero nada, no la dejaron explicarse, como tantas y tantas veces.

Macarena para de escribir y mira por la ventana. La grieta de enfrente se ha hecho más grande. Cree que su vecina no se ha dado cuenta porque aún no ha llegado al borde de su ventana. Mientras observa la grieta confecciona su día libre. No tiene nada planeado, así es que sobre el lienzo en blanco de su mente empieza a colocar una cosa detrás de otra. Cuando acaba se da cuenta que no tiene ni ¡un hueco libre!

Su padre tiene un automático que le hace disparar cuando alguien le pregunta algo que él no sabe explicar. Una pregunta le puede sacar de quicio ante su incapacidad de responder y/o la incapacidad que él ve en el otro por preguntar aquello que ha preguntado también le puede poner en el disparadero.

El automático de su madre, en cambio, es ponerse a relatar su vida cuando escucha la de los demás. Es más, pregunta al otro para poder hablar sobre ella. Si le pregunta a su hija por su nueva nevera, acabarán hablando de la llegada de la primera nevera a casa de los abuelos de Macarena.

 

“Un verano, en la casa de la sierra, comiendo todos en el restaurante de la piscina, pregunté si Clotilde iba a seguir usando la casa y papá me echó un exabrupto. Nadie me contestó, sino todo lo contrario, papá me regañó por preguntar eso. Sentí dolor, rabia, impotencia, incomprensión… Esperé que te acercaras para consolarme, para decirme que papá se había equivocado gritándome, pero nada. Eso nunca llegó. No entendí ni la reacción de papá ni la tuya. Como no entendí, ni entiendo, el que Clotilde viva en una casa sin pagar alquiler ni comprarla como hacemos todos los demás. Papá me dijo una vez que “mientras vivas bajo mi techo harás lo que yo te diga” y eso fue el detonante para que me marcara una meta: tener mi propia casa. A Clotilde la dejáis hacer en vuestra casa, sin horarios (como tuve yo), y encima ahora vive en una casa que no paga. O al menos eso creo porque nunca me lo explicasteis cuando lo pregunté. “

“Siento haber sido tan arisca aquellos años que dices. Lo siento muchísimo, pues eso hizo, según me has dicho, romper la poca relación que teníamos. Siento no haber respondido más extensamente vuestras preguntas de "¿qué tal?". Se me ocurre pensar que quizás no tuve antes ni espacio ni tiempo para hablar con vosotros (se me calló muchas veces con un bofetón) y por eso quizás aquellos años no me salía. Se me ocurre también pensar que estaba llena de rencor por haberme matado a estudiar una carrera, como vosotros queríais, para nada. Se me ocurre pensar que un adolescente pasa por momentos complicados de relación con sus padres. Pero, pienso, que no por eso de adultos la relación tiene que seguir igual.”

 

Por la tarde en casa de los padres se sucede la siguiente escena:

-Bueno, sí, tiene que hacer reposo, pero si quiere salir…

-Entonces, esta mañana ¿era que no quería salir?

El padre que escucha todo al lado de la madre de repente aparece entre cuatro rejas, una pequeña cárcel del condado de Aluche. La madre es el sheriff y se balancea en la mecedora con una estrella de cinco puntas plateadas sobre el mandil de cocinar. Conforme avanza la escena la imagen se completa con un incipiente bigotillo en el labio superior de la madre, una mesa de madera robusta con una máquina de escribir que da la casualidad es la misma que usaba su abuelo y que ha estado guardada en una vitrina del salón, y alguna cosa más que Macarena va descubriendo según avanza la narración.

-No podía, hija, y sí, tampoco le apetecía.

-Pero ¿se lo preguntaste?

La madre la mira fijamente. Tanto que Macarena ha visto en sus ojos dos signos de interrogación. No sabe, no contesta.

Macarena sigue viendo a un lado y a otro de su padre y madre atrezo cinematográfico. Escuchar a su madre siempre le ha parecido que es como ver una película, aunque a veces no haya por donde cogerla ni sepa cuál es el principio ni cuál es el final. Pasado un rato se cansa y deja de escuchar. Como cuando te pones los tapones de los oídos para intentar dormir.