Veo a mi alrededor familias con la siguiente formación: un hijo (a veces el mayor, otras el pequeño, otras el del medio) vive en casa de los padres (a veces sólo queda el padre, otras la madre) a una edad adulta. Este hijo o hija no siente la necesidad de independizarse. Vive feliz mantenido por sus padres o, si no viven ellos, feliz en la casa que le han dejado sus padres como resultado de una costumbre alargada en el tiempo. Los padres, madre o padre, tampoco sienten la necesidad de quedarse sin hijo/a dentro de casa. Constituyen una relación simbiótica.
Una amiga mía: “mi hermano sigue
en su castillo. Lo que más me molesta es que no me deje ir cuando yo quiera”.
Otra amiga mía: “mi hermano se ha
quedado con la casa de mis padres”.
Mi compañera de trabajo: “espero
que mi madre me deje la casa a mi después de todo lo que la he cuidado”.
Tres hermanos amigos enfadados
porque la hermana del medio se ha quedado a vivir en la casa de los padres
donde ha permanecido los últimos años cuidando del padre hasta que éste falleció.
También conozco casos en los que
un hijo no vive permanentemente con ellos, pero va y viene a la casa paterna a
su antojo y se queda en ella cual hotel también a su antojo, mientras años atrás han juzgado al hijo/a por hacer eso: usar su casa como un hotel.
Digamos que he observado que muchas veces hay un hermano que es el necesitado de la familia, el “débil”, al que
los padres tienen que ayudar económicamente hasta sus últimos días, creándose
así una relación simbiótica. De tal manera que el débil hace de débil porque ha
observado que de esta manera tiene el apoyo de los padres y los padres
justifican su diferente reparto (si tienen varios hijos) sosteniendo que dan al
que les da, al que está con ellos, que es el que tienen más presente, en su
propia casa, porque ellos mismos han alimentado esa circunstancia. No sostienen
que dan porque es más débil porque eso sería poner de manifiesto algo incómodo
para ellos. Por otra parte, también supondría subrayar el mal endémico de esta
sociedad: ayudar sólo al necesitado (pienso que mientras haya necesitadores habrá
necesitados). Justifican su reparto discriminado con una respuesta condicional
hacia el que les ayuda, el que les atiende cuando lo necesitan…, sin tener en
cuenta que el que les ayuda no puede ser otro que el que sabe que necesitan
ayuda, el que tienen más presente, el débil.
Hay quien sostiene que hay que
amparar al débil, al necesitado, porque ha tenido menos suerte en la vida. Que,
si un hijo no puede estudiar más, encontrar trabajo, comprarse una casa… etc es
porque no puede, porque no ha tenido suerte en la vida. Estos padres, pienso,
no contemplan la posibilidad del no querer. Ese no poder o no tener suerte es
lo que explica su narrativa de mantenerse unido a él o ella mediante un cordón
umbilical en relación simbiótica olvidándose de que, aparte de no poder o de la
suerte (si es que existe), también puede haber no querido salir nunca del nido
paterno porque allí se está muy a gusto y calentito.
Estas navidades, en El Corte
Inglés, vi a un señor vestido con harapos sentado en una mesa de la sección de
cocina. Era una mesa expuesta para la ocasión festiva del momento. Al parecer
ningún empleado se había dado cuenta de la existencia de ese hombre dormitando
allí. Me recordó a la campaña de caridad cristiana: ponga a un pobre en su mesa,
que veo en tantas familias a mi alrededor. Aunque aquel pobre no había sido puesto allí por ninguna familia y menos la suya.