Cuando se olvida de que cada
ser humano tiene su propio ritmo y no sirve de nada acelerarlo ni ralentizarlo,
el desayuno se convierte en un campo de batalla. Le pone nerviosa ver a Eneko
mirando al vacío mientras ella teje bien juntos todos los minutos de la hora
previa de salida hacia el colegio. Sin duda su abuelo militar debió instruir a
su padre en el arte de ensamblar una actividad con otra y este a su vez se lo
transmitió a Macarena.
Después de acompañar a su hijo
hasta la mitad del camino regresa a casa y enciende Ataíta. Madrid Río
es un remanso de paz para la vista cuando las lágrimas quieren salir. Hoy
escribe:
Herida Nº 30:
Macarenita
no entiende por qué sus padres no han ido a la boda de su primo pequeño, uno de
los del fatal accidente. Siguen sin hablarse con ninguno de los dos hermanos
huérfanos. La madre ha montado de nuevo una escena:
-Tenemos un juicio dos días después. Por el coche aquel que atropelló a tu hermana. No podemos ir.
Es decirle esto por teléfono y
Macarenita ve su casa convertida en cine: butacas, pantalla sobre la pared del
salón y la madre en escena frente a un juez con toga y birrete que lee un
texto. Macarenita no dice nada. Sabe que es una decisión ya tomada y que su
madre no va a cambiar de opinión. Si enumerara las razones de su madre cada vez
que ha querido eludir la relación con sus sobrinos cree que superaría en número
a sus heridas, a las teorías que rigen el mundo y al mundo mismo. No le queda
otra que respetarlo, aunque ella no lo haya hecho así en otras ocasiones. No ha
respetado el modo en que su hija se ha relacionado con otras personas. Como,
por ejemplo, cuando “no miraba” a su padre, como dijo su tía exagerando la mala
relación que tenían por aquel entonces.
Macarena dirige la vista de nuevo hacia fuera. Se da cuenta de que su interior está lleno de rencor. Todo lo que critican de ella, lo hacen ellos. No respetan el que no quiera ir a verlos en determinadas ocasiones o el que no se relacione con ciertas personas, mientras ellos no van a los acontecimientos cuando no les conviene o no se relacionan con miembros de la familia por lo mismo. Ver en los demás las cosas que nosotros mismos hacemos es un juego de espejos.
Ha pasado toda la mañana
pensando en esta idea. De vez en cuando se levantaba para calentarse el expreso
en la taza de Italia, para pasearse por la casa y mirarse en el espejo… Sigue escribiendo:
Herida N º 31:
Unas
navidades Macarena no andaba muy fina con sus padres, pasaban otra racha
tormentosa. Un dieciocho de diciembre, día de la virgen Macarena, mientras
recibía miles de mensajes por parte de su familia política felicitándola, su
madre le reprochaba que hubiese “usado a su hijo de mensajero”. Era la época en
que estaba abierta en canal por la herida del abandono en el viaje a Sevilla.
Habían ido al entierro de su tío y a ella no la habían avisado. La comunicación
se volvió a romper entre madre e hija. La mandaba mensajes pidiendo
explicaciones, reclamando muestras de amor, pero ésta no
respondía. Así es que un día le dijo a su hijo Eneko que le dijera a su abuela
que tenía mensajes sin responder. La abuela buscando en su memoria frases
célebres, tópicos y refranes como tantas veces hacía, le soltó aquello de: “has
usado a tu hijo de mensajero”. La semana pasada Eneko le trajo un mensaje de la
abuela: que si querían fueran a comer a casa algún día del fin de semana.
Macarena esperaba que se lo dijera ella misma, ya que tanto había criticado lo
de la mensajería a través de otros. Pasó el fin de semana y no le dijo nada.
Son estas contradicciones, este ver la paja en el ojo ajeno, con lo que
Macarenita no puede.
Como es viernes, después de
cenar ven juntos un programa de humor. Esta vez presenta Berto Romero que dice
responder “lo que me da la gana”. Antes de que acabe, cierra los ojos
sobre el sofá gris junto a su hijo y su marido.