A la mañana siguiente, lunes,
desplegó su ordenador portátil sobre la bandeja mesa de madera que le regaló su
abuelo, se sentó en la silla de instituto que le había dado su padre hace
tiempo y echó un chorro de café en la pequeña taza que se había traído de
Italia. Y escribió.
-Aquel
fin de semana que pasamos en la casa de la sierra no fue para pasar un fin de
semana especial contigo. Acabábamos de iniciar la reforma de la casa y
necesitábamos dormir allí porque en Madrid con la casa recién pintada no
podíamos. Tú sólo pensaste en tu cumpleaños, que papá no te felicitó, que no te
hicimos nada especial. Yo eché en falta que nos ayudaras con la reforma. Ni se
te ocurrió que podíamos necesitar ayuda para empaquetar y recoger todo.
-Pero
bueno, mamá, ¿por qué no me lo pediste? ¿Por qué no me dijiste que necesitabais
ayuda? ¿Cómo iba a saber yo que no vivo con vosotros, que no vi ni noté esa
necesidad, que queríais que os ayudara? Ni me lo imaginé. Siempre me ha
parecido que quieres hacer las cosas tú sola.
La
madre sigue reprochando unos minutos más: que si sólo piensa en ella, que si
papá le ayudó con su casa y ella nada, que si enfadarse por no felicitarla por
su cumpleaños es muy infantil…
Aquel
día la herida de Macarenita de nuevo se abrió. Un dolor que pasado un rato se
encogía hasta tener el tamaño de una pelota de ping pong y se acoplaba cerca
del esternón para intentar pasar desapercibido mientras la vida continuaba. Tan
sólo escribir sobre ello lograba calmarla por momentos.
Eso
había hecho aquella mañana, repasar lo escrito, describir minuciosamente el
episodio de la casa de la sierra, para intentar entenderse, para intentar
entenderles… Había leído en voz alta el episodio y escrito en una hoja aparte
las palabras que no le sonaban bien, que no empastaban con los sonidos de otras
palabras cercanas, las repetidas, las que se entendían mal… También se fijó en
la estructura gramatical de algunas frases. Se había dado cuenta que repetía
mucho la palabra “que” antes de la explicación a algo. Y dudaba con el le o la,
por el laísmo madrileño. Tenía que hacerse aquella pregunta de: ¿a quién da Jaimito
la pelota? Para despejar el complemento indirecto y sólo entonces estar segura de
que era le y no la, el pronombre que tenía que escribir. Hechas las
modificaciones volvía a leer el texto en silencio corrigiendo de nuevo lo
errado. Siempre quedaba algo que desentonaba pero que en el instante de la
revisión no era capaz de descubrir por qué. A pesar de los múltiples repasos
consecutivos siempre quedaban cosas que no le convencían. A estas cosas las
llamaba icebergs porque veía la punta del problema, pero en el mismo momento
que ésta asomaba no podía ver el resto. Éste se le aparecía pasados unas horas,
a veces días. Así por ejemplo en lugar de poner “¿por qué sus padres nunca
aceptan ninguno de sus planes?” había puesto “¿por qué sus padres rechazan
todos sus planes?” después de un viaje en metro o había dibujado a su hermana
dormida boca abajo después de una noche de darle vueltas. Se podía decir que
Macarena se desplazaba, dormía, etc con su Libro de Historia en la cabeza. Modificaba
expresiones, buscaba palabras, ponía comas aquí o allí, limaba repeticiones y a
pesar de que creía tener bien aprehendidas todas sus heridas, también retocaba
ideas, creencias, sentimientos, emociones. Se podía decir también que con su Libro
de Historia Macarena estaba construyendo otra Macarena. Cuando ella tenga hijos
no se olvidará de sus cumpleaños. ¿Cómo ha podido pasarle eso a su padre?
Suena el timbre y Macarena
deja de escribir. Se acerca a la puerta pensando en la posibilidad de que sea
su madre. Así es:
-Hola, hija, vengo
destrozadita. Tengo un tortícolis que no me puedo ni mover…
-Hola, mamá… Bueno, has
llegado hasta aquí…
-Sí, hija, he venido porque
tengo hora en el fisio, a ver si me dan un masaje…
-Pero, a ver, ¿dónde te
duele…?
La madre le señala y Macarena
observa su cuello. Después de frotarse las manos para calentarlas las coloca
sobre la zona indicada.
-Ay, que me duele así, con tus
manos. Debe ser por las uñas o no sé… Igual las tienes frías. Nada, no puedo.
-Pero si me las corté ayer,
mamá. Y lo de frías, espera un momento que me las caliento más.
-No, hija, déjalo, no te
preocupes, si ya he pedido hora en el fisio.
-Como veas, pero igual yo te
podía aliviar…
La madre hace por retirarse
del lado de su hija y se coloca de nuevo el bolso verde en bandolera, del lado
que más le duele, pero es así como mejor va, cuando tiene la presión de algo,
le dice a Macarena.
-Bueno, mamá, pues si quieres
te puedo hacer reiki a distancia.
-Reiki es lo que me dijo una
vez Estrella en la piscina porque bla, bla, bla…
Macarena ya ha desconectado
para no escuchar otra de las historias vecinales de la madre. Es oír el nombre
de una de sus vecinas o la palabra piscina y desenchufarse de ella. Piensa en
lo que quiere hacer antes de ir a trabajar. Mientras ve cómo se mueve la boca
alargada de su madre bajo los triángulos de sus ojos, diseña su menú del día:
lentejas con chorizo, que se hacen en un pis pás. Para cenar, una ensalada, que
por no perder más tiempo se hará en el cine agitándola en uno de los vasos de
Coca-Cola con el aliño que prepare. Además, con un poco de suerte todavía queda
aceite del que llevó para compartir con sus compañeros.
La madre no sabe que Macarena
hizo un taller de masaje hace años. En su afán por formarse como persona
completa hubo un tiempo en que se dedicó a hacer todo tipo de talleres, hasta
de reflexología, vino y plantas medicinales. El de masaje lo aprovechó bien con
su ex, quien sufría de dolores de espalda frecuentes. Hoy se lo ha ofrecido a
la madre: un masaje por cuello y espalda porque ha amanecido con tortícolis.
Además, le ha dicho que le aplicaría también reiki, otro de los talleres que
hizo cuando el centro cultural de su barrio se dio a conocer. Pero la madre que
rehúye del contacto filial, le ha dicho que no. En cambio, ha concertado una
cita en el nuevo centro spa que han abierto cerca de la casa de su hija.
Media hora más tarde, su madre
se ha ido y ella por fin puede prepararse la comida. Ya no le apetece escribir,
tiene demasiado ruido en la cabeza y necesita relajarse viendo algo mientras
come. Se pone la película de Bailando en la oscuridad que todavía
conserva en VHS. Ver a Björk trabajando en la fábrica mientras crea canciones
en su cabeza le recuerda a ella vendiendo Coca-Colas en el Cine y le gusta.
Está contenta de tener la casa que tiene en el centro de Madrid, el sofá verde
heredado de sus padres, la televisión que le regaló su exnovio, la película
comprada en el Rastro, el mundo de Lars Von Trier que hace suyo por momentos…
A las dos y media sale de casa
con la bicicleta a cuestas bajando los escalones con mucho cuidado de no
tropezar. A esa misma hora llega el vecino de arriba cuyo perro pasa por su
lado como una ráfaga y la hace desequilibrar.
Atraviesa Madrid: Calle
Toledo, Plaza Mayor, Gran Vía, Cibeles, Puerta de Alcalá y Retiro.
En el Cine se suceden las
mismas o parecidas escenas de siempre entre los saludos y las despedidas, como
si fueran los títulos de crédito del principio y final de una película. Coca-Colas,
palomitas, clientes habituales y conversaciones con David.
Cuando se dispone a marchar
Isidro está desmontando el decorado del escenario de Ápterix en el vestíbulo.
Pocas veces ha habido un decorado tan espléndido como el de ahora. Hasta han
contratado decoradores. Ha debido funcionar porque el fin de semana se ha
llenado. Macarena ha vendido un montón de cartuchos de palomitas. Antes de
empezar a pedalear se queda mirando cómo Isidro recoge la paja de la aldea gala.
Ha llegado a casa y después de
bajar la basura, se lava los dientes, la cara y se pone el pijama (no tenía
nada que borrar de su cuerpo) para ponerse cómoda en el sofá verde y ver una
película. No le apetece leer porque piensa que su historia familiar hoy tan
hablada con David le va a bailar entre los renglones y prefiere que sean las
imágenes lo que le desvíe de estar pensando en ello todo el rato. Así es que de nuevo se pone una peli de
“trabajos rutinarios”, Perfect Days. Le encanta ver a trabajadores haciendo
todos los días lo mismo. Personas que llegan a casa sin problemas laborales en
la cabeza y que dedican su tiempo libre a crear, además del tiempo que les deja
sus respectivas ocupaciones laborales cuando no tienen que usar la cabeza. Le
gusta su vida.