He disfrutado con un libro
ilustrado de Deok-Kyu Choi, Las manos de mi padre. En él se cuenta, sin
palabras escritas, la vida de un hijo cuando era niño junto a su padre y junto
a su padre cuando es adulto. Recuerda las manos de su padre que le paseaban, le
sostenían en brazos, le daban papillas… y observa las manos de su padre ahora a
las que pasea, sostiene para ayudarle a vestir o limpia cuando se mancha al
comer… No he podido evitar crearme en la
cabeza una historia paralela: la de mi padre conmigo. Le recuerdo al borde de
mi cama dándome el beso de buenas noches y arropándome con sus manos.
Sosteniendo los cuentos que nos traía de Cartagena mientras me los leía.
Martilleando alguna de sus creaciones de madera. Pintando gaviotas en el techo del
salón. Y sus manos de ahora: colocando la cuchara al borde del tazón en
equilibrio circense, recogiendo algo que ha visto del suelo y le ha llamado la
atención, juntando las miguitas cuidadosamente sobre el mantel, doblando la
servilleta en un triángulo perfecto…
A veces cuando estoy con él viajo a otros tiempos. Tiempos de niña en los que, después de corregir exámenes, jugaba con nosotras a lo que le gustaba: tren de Famóbil, construcciones de madera, cuentos… Y tiempos de adulta con bebé. Esta es otra manera de vivir mi etapa sándwich:
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