jueves, 12 de marzo de 2026

Novela de un Yo (9)

  

A la mañana siguiente, lunes, desplegó su ordenador portátil sobre la bandeja mesa de madera que le regaló su abuelo, se sentó en la silla de instituto que le había dado su padre hace tiempo y echó un chorro de café en la pequeña taza que se había traído de Italia. Y escribió.

-Aquel fin de semana que pasamos en la casa de la sierra no fue para pasar un fin de semana especial contigo. Acabábamos de iniciar la reforma de la casa y necesitábamos dormir allí porque en Madrid con la casa recién pintada no podíamos. Tú sólo pensaste en tu cumpleaños, que papá no te felicitó, que no te hicimos nada especial. Yo eché en falta que nos ayudaras con la reforma. Ni se te ocurrió que podíamos necesitar ayuda para empaquetar y recoger todo.

-Pero bueno, mamá, ¿por qué no me lo pediste? ¿Por qué no me dijiste que necesitabais ayuda? ¿Cómo iba a saber yo que no vivo con vosotros, que no vi ni noté esa necesidad, que queríais que os ayudara? Ni me lo imaginé. Siempre me ha parecido que quieres hacer las cosas tú sola.

La madre sigue reprochando unos minutos más: que si sólo piensa en ella, que si papá le ayudó con su casa y ella nada, que si enfadarse por no felicitarla por su cumpleaños es muy infantil…

Aquel día la herida de Macarenita de nuevo se abrió. Un dolor que pasado un rato se encogía hasta tener el tamaño de una pelota de ping pong y se acoplaba cerca del esternón para intentar pasar desapercibido mientras la vida continuaba. Tan sólo escribir sobre ello lograba calmarla por momentos.

Eso había hecho aquella mañana, repasar lo escrito, describir minuciosamente el episodio de la casa de la sierra, para intentar entenderse, para intentar entenderles… Había leído en voz alta el episodio y escrito en una hoja aparte las palabras que no le sonaban bien, que no empastaban con los sonidos de otras palabras cercanas, las repetidas, las que se entendían mal… También se fijó en la estructura gramatical de algunas frases. Se había dado cuenta que repetía mucho la palabra “que” antes de la explicación a algo. Y dudaba con el le o la, por el laísmo madrileño. Tenía que hacerse aquella pregunta de: ¿a quién da Jaimito la pelota? Para despejar el complemento indirecto y sólo entonces estar segura de que era le y no la, el pronombre que tenía que escribir. Hechas las modificaciones volvía a leer el texto en silencio corrigiendo de nuevo lo errado. Siempre quedaba algo que desentonaba pero que en el instante de la revisión no era capaz de descubrir por qué. A pesar de los múltiples repasos consecutivos siempre quedaban cosas que no le convencían. A estas cosas las llamaba icebergs porque veía la punta del problema, pero en el mismo momento que ésta asomaba no podía ver el resto. Éste se le aparecía pasados unas horas, a veces días. Así por ejemplo en lugar de poner “¿por qué sus padres nunca aceptan ninguno de sus planes?” había puesto “¿por qué sus padres rechazan todos sus planes?” después de un viaje en metro o había dibujado a su hermana dormida boca abajo después de una noche de darle vueltas. Se podía decir que Macarena se desplazaba, dormía, etc con su Libro de Historia en la cabeza. Modificaba expresiones, buscaba palabras, ponía comas aquí o allí, limaba repeticiones y a pesar de que creía tener bien aprehendidas todas sus heridas, también retocaba ideas, creencias, sentimientos, emociones. Se podía decir también que con su Libro de Historia Macarena estaba construyendo otra Macarena. Cuando ella tenga hijos no se olvidará de sus cumpleaños. ¿Cómo ha podido pasarle eso a su padre?

Suena el timbre y Macarena deja de escribir. Se acerca a la puerta pensando en la posibilidad de que sea su madre. Así es:

-Hola, hija, vengo destrozadita. Tengo un tortícolis que no me puedo ni mover…

-Hola, mamá… Bueno, has llegado hasta aquí…

-Sí, hija, he venido porque tengo hora en el fisio, a ver si me dan un masaje…

-Pero, a ver, ¿dónde te duele…?

La madre le señala y Macarena observa su cuello. Después de frotarse las manos para calentarlas las coloca sobre la zona indicada.

-Ay, que me duele así, con tus manos. Debe ser por las uñas o no sé… Igual las tienes frías. Nada, no puedo.

-Pero si me las corté ayer, mamá. Y lo de frías, espera un momento que me las caliento más.

-No, hija, déjalo, no te preocupes, si ya he pedido hora en el fisio.

-Como veas, pero igual yo te podía aliviar…

La madre hace por retirarse del lado de su hija y se coloca de nuevo el bolso verde en bandolera, del lado que más le duele, pero es así como mejor va, cuando tiene la presión de algo, le dice a Macarena.

-Bueno, mamá, pues si quieres te puedo hacer reiki a distancia.

-Reiki es lo que me dijo una vez Estrella en la piscina porque bla, bla, bla…

Macarena ya ha desconectado para no escuchar otra de las historias vecinales de la madre. Es oír el nombre de una de sus vecinas o la palabra piscina y desenchufarse de ella. Piensa en lo que quiere hacer antes de ir a trabajar. Mientras ve cómo se mueve la boca alargada de su madre bajo los triángulos de sus ojos, diseña su menú del día: lentejas con chorizo, que se hacen en un pis pás. Para cenar, una ensalada, que por no perder más tiempo se hará en el cine agitándola en uno de los vasos de Coca-Cola con el aliño que prepare. Además, con un poco de suerte todavía queda aceite del que llevó para compartir con sus compañeros.

La madre no sabe que Macarena hizo un taller de masaje hace años. En su afán por formarse como persona completa hubo un tiempo en que se dedicó a hacer todo tipo de talleres, hasta de reflexología, vino y plantas medicinales. El de masaje lo aprovechó bien con su ex, quien sufría de dolores de espalda frecuentes. Hoy se lo ha ofrecido a la madre: un masaje por cuello y espalda porque ha amanecido con tortícolis. Además, le ha dicho que le aplicaría también reiki, otro de los talleres que hizo cuando el centro cultural de su barrio se dio a conocer. Pero la madre que rehúye del contacto filial, le ha dicho que no. En cambio, ha concertado una cita en el nuevo centro spa que han abierto cerca de la casa de su hija. 

Media hora más tarde, su madre se ha ido y ella por fin puede prepararse la comida. Ya no le apetece escribir, tiene demasiado ruido en la cabeza y necesita relajarse viendo algo mientras come. Se pone la película de Bailando en la oscuridad que todavía conserva en VHS. Ver a Björk trabajando en la fábrica mientras crea canciones en su cabeza le recuerda a ella vendiendo Coca-Colas en el Cine y le gusta. Está contenta de tener la casa que tiene en el centro de Madrid, el sofá verde heredado de sus padres, la televisión que le regaló su exnovio, la película comprada en el Rastro, el mundo de Lars Von Trier que hace suyo por momentos…

A las dos y media sale de casa con la bicicleta a cuestas bajando los escalones con mucho cuidado de no tropezar. A esa misma hora llega el vecino de arriba cuyo perro pasa por su lado como una ráfaga y la hace desequilibrar.

Atraviesa Madrid: Calle Toledo, Plaza Mayor, Gran Vía, Cibeles, Puerta de Alcalá y Retiro.

En el Cine se suceden las mismas o parecidas escenas de siempre entre los saludos y las despedidas, como si fueran los títulos de crédito del principio y final de una película. Coca-Colas, palomitas, clientes habituales y conversaciones con David.

Cuando se dispone a marchar Isidro está desmontando el decorado del escenario de Ápterix en el vestíbulo. Pocas veces ha habido un decorado tan espléndido como el de ahora. Hasta han contratado decoradores. Ha debido funcionar porque el fin de semana se ha llenado. Macarena ha vendido un montón de cartuchos de palomitas. Antes de empezar a pedalear se queda mirando cómo Isidro recoge la paja de la aldea gala.

Ha llegado a casa y después de bajar la basura, se lava los dientes, la cara y se pone el pijama (no tenía nada que borrar de su cuerpo) para ponerse cómoda en el sofá verde y ver una película. No le apetece leer porque piensa que su historia familiar hoy tan hablada con David le va a bailar entre los renglones y prefiere que sean las imágenes lo que le desvíe de estar pensando en ello todo el rato.  Así es que de nuevo se pone una peli de “trabajos rutinarios”, Perfect Days. Le encanta ver a trabajadores haciendo todos los días lo mismo. Personas que llegan a casa sin problemas laborales en la cabeza y que dedican su tiempo libre a crear, además del tiempo que les deja sus respectivas ocupaciones laborales cuando no tienen que usar la cabeza. Le gusta su vida.