Al día siguiente no se
escuchan sonidos en el patio hasta pasadas las nueve de la mañana. Es entonces
cuando Macarena abre los ojos y se estira a lo largo de todo el colchón para
deshacer el ovillo en el que ha permanecido toda la noche. Observa el envigado del techo tan
parecido al de la Casa de Cervantes, piensa. Tras unos minutos de mirar hacia
arriba se levanta y arrastrando los pies dentro de las pantuflas se dirige al
baño. Después a la cocina. Alguna vez antes del café se toma una fruta, como
hoy, una naranja que ha cogido de la nevera mientras mira por la ventana que da también al patio interior y
piensa. En el salón despliega su ordenador portátil color cobre sobre la
bandeja mesa que le regaló su abuelo, se sienta en la silla verde de instituto
que le había dado su padre hace tiempo, cuando se jubiló e hizo acopio de cosas
que le hicieran recordar sus años allí, y echa un chorro de café en la pequeña
taza Segafredo que se trajo de Italia.
Herida N. 19º:
Cuando
Clotilde se fue a trabajar a El Hierro, enseguida buscaron días para ir a
verla, aunque fuera en navidades, sin contar con Macarenita ni preguntarle cómo
iba a organizarse las fiestas. Lo mismo que cuando se fue a Suiza. Le dolió en
el alma, ahí por donde siempre se partía en dos. Meses antes había hecho con sus
padres un miniviaje a Toledo. Le costó horrores sacarles de casa dos días, que
eran muchos, decían, y que “papá se va a cansar”. Sin embargo, en El Hierro
estuvieron una semana. Le duele que nunca vayan a verla a su trabajo, aunque
esté en el mismo Madrid, y sí lo hagan con el de su hermana, aunque sea en El
Hierro o en Suiza. Le duele que su madre le echara en cara que no había contado
con ella para ir a Budapest y ahora ella no cuente con Macarenita para ir a El
Hierro. ¿Por qué es tan injusta? Además, le duele que para una vez que
planifica un viaje junto a sus padres hayan querido quedar con un amigo. Piensa
que estando jubilados pueden ir a Toledo cuando les dé la gana y que ella, en
cambio, no puede contar con ellos cuando quiera. Le acaba de venir a la cabeza
otro rechazo. Macarenita (escribe Macarena) necesita escribir en su diario de
tristezas:
Llama
a sus padres antes de irse a trabajar. Se le ha ocurrido una idea genial y la
quiere compartir enseguida.
-
¿Quién es?
-Hola,
mamá, soy yo, Macarena. Mira, que os quería proponer una cosa: que cuando
vayamos ahora en navidades al pueblo, pasemos antes por Botija y así podéis
conocer la fábrica de quesos de Jaci y Laura. Seguro que os gusta y así
aprovechamos el viaje para conocer esa zona. ¿Os apetece?
-Uy,
hija, no sé. Lo veo complicado. Es mucho lío, quizás. La tía María se pone muy
nerviosa cuando llegamos tarde…
-Bueno,
mamá, no hace falta llegar tarde, podemos salir pronto y estar en Botija un par
de horas nada más. Pienso que para las siete de la tarde podemos llegar de
sobra al pueblo.
-Lo
consulto con tu padre, pero ya te digo, que yo creo que no va a poder ser.
La
conversación acaba aquí después de una despedida pobre, fría de “pescadilla”
también. A continuación, cuelga el teléfono con un dolor que le empieza en el
brazo y le llega hasta el corazón. Otra vez más aquella sensación. Como cuando
propuso excursiones por Cádiz día tras día hasta que se cansó y se salió de la
familia aquel verano yéndose sola a Madrid en autocar. Es una historia que se
repite en el guion de su vida y no entiende por qué: la negativa de sus padres
a sus propuestas. Aquella idea de pasar los Reyes en el pueblo, la de ir a
Botija ahora… Cada negativa, un rechazo.
La
Macarenita de Macarena termina de escribir su tristeza a la vez que Macarena su
herida. Ha pasado la mañana así, recordando varias escenas, varios rechazos.
Intentando comprender a sus padres, para acabar diciéndose a sí misma que
quizás hasta que no sea madre no lo va a entender. Esto se lo ha dicho tumbada
en el sofá verde y mirando de nuevo el techo envigado. Cuando su cabeza
empezaba a tomar un tamaño considerable debido a todos los recuerdos que le iban
llegando, ha decidido prepararse para ir a trabajar.
Al atravesar Madrid con su
Plaza Mayor, Gran Vía, Pueta de Alcalá y Retiro, como siempre, le sorprendió
ver que ya estaban puestas algunas de las luces de Navidad.
David la saludó nada más
entrar. Había llegado antes que ella y ya lucía impecable con su traje de
acomodador en la puerta. Primera y última vez que se ponía traje y corbata en
la vida, recordaba siempre que iba a trabajar y así se lo quería dejar claro a
los demás. Asun ya había empezado a despachar entradas e Isidro andaba nervioso
de aquí para allá. Por lo visto Juan, el proyeccionista, estaba enfermo y no
había podido ir hoy lunes, uno de los días que más gente iba por ser el Día de
la Tercera Edad. Juan o Juanito, como le llamaba Asun, fumaba mucho. Aquel
dolor en la espalda acompañado de aquella tos… “Un bichillo que tengo”, había
dicho un día. De momento no había venido hoy a trabajar y no saben si mañana
vendría.
A las cuatro menos cuarto,
cuando se abrieron las puertas, la gente empezó a descender por la rampa de
entrada. Macarena esperó en su trinchera de palomitas a que se acercara algún
cliente. Había hecho una olla de palomitas y se disponía a hacer la segunda
cuando llegaron los primeros, los Ken. Unos ingleses afincados en Madrid desde
hacía tiempo que iban al Cine todos los lunes. Pidieron lo de siempre: dos
menús familiares. Los chicos eligieron para beber Aquarius, que la madre les
tenía prohibida la Coca-Cola. Ellos, en cambio, pidieron Coca-Colas, Zero para
ella, normal para él. Iban vestidos en tonos pasteles verdes y rosas
distribuidos en pantalones para los niños, uno corto y otro largo, vestido
largo con cuello de encaje la madre y traje de chaqueta el padre. Parecían
salidos de Sonrisas y Lágrimas. Pagó el padre y los hijos cogieron las
palomitas. Se olvidaban una de las Coca-Colas y volvieron al instante a por
ella. Al verlos marchar Macarena pensó
en sus padres y en su hermana.
Pensaba que el cine era una
reproducción a pequeña escala de la sociedad. Lo que no entendía era por qué en
esa reproducción no encontraba nunca reflejada a su familia, o mejor dicho por qué
su familia no hacía nada de lo representado por aquellas familias.
Nada más llegar a casa ha
recordado un par de escenas que no va a tener más remedio que escribir mañana
por la mañana. Cree que son dos puñaladas que en sendos momentos también
abrieron su herida primaria. Dentro del saco piensa en cómo desarrollará las
dos escenas. Esta vez sólo lee dichos pasajes, futuros escritos suyos, que se
le han metido en la cabeza.