Y así empezó el martes. Después
de lavarse cara, dientes, beber un vaso de agua caliente a sorbos, estirar
brazos y piernas, hacer pesas, darse crema, preparar las naranjas para el zumo
y consultar la agenda, ya estaba para darse a los suyos. Sobre la mesa que
separa el salón de la cocina (idea que cogió de un viaje a Estados Unidos) desayuno
de tostadas con anécdota de reina palomitera.
- ¿Sabéis quién vino ayer al
cine?
- ¿Quién? - dicen Daniel y
Eneko al unísono.
-Leticia.
- ¡Anda! ¿Le hiciste una foto?
-Pregunta Eneko.
-No… Le hice palomitas. No
tuve más remedio. Se me habían acabado y el guardaespaldas se me acercó para
decirme que “venían a este cine por las palomitas que hacíamos”. Total, que
tuve que hacer una olla para la reina. Por eso salí más tarde. Por eso te pillé
casi dormido.
- ¡Qué bueno, mamá!… ¡Hiciste
una olla para la reina de España!
Cuando la casa se queda vacia
Macarena se acomoda sobre la mesa-puerta junto a la ventana de la terraza a
través de la cual ve los tejados de Madrid. Coloca el té verde cerca de su
sillón negro giratorio sobre una enciclopedia que le regaló su tío abuelo y que
ahora hace las veces de mesita. Está en la estancia que llaman cuarto de arte
como contraposición al cuarto de estudio que llamaban sus padres al lugar de la
casa donde pasaban más tiempo. Antes de ponerse a escribir mira por encima del
ordenador la pared de enfrente donde tiene pegadas varias fotos de su hijo
sobre un antiguo almizcle. Piensa en Eneko y escribe:
Herida Nº 35:
-Cuando
traías a Eneko a casa más de una vez te dije que vinieras antes para poder
hablar y nunca podías.
- No recuerdo eso, mamá. De todas maneras, ¿por qué
siempre con Eneko de por medio? ¿Por qué la excusa tenía que ser siempre Eneko?
¿Por qué no podíamos quedar en otros momentos?
-Ay, hija, no sé, porque surgía así…
-Otra pregunta que tengo es ¿por qué siempre que
dejaba a Eneko en vuestra casa, avisabas a Clotilde para que fuera a verle sin
decirme a mí nada antes ni al día siguiente de que había estado con él? Que
también lo ocultabais hasta cuando iba Daniel a recogerle. Que siempre se iba
antes de que apareciera…. Como si no quisierais que nos enteráramos de que
había estado Clotilde con Eneko. Y otra pregunta con relación a esto es ¿por
qué siempre que hacéis planes con Eneko llamáis a Clotilde para que se una a
vuestro plan y a mí no me incluís? No lo entiendo. En definitiva, no entiendo
por qué la relación o no relación que tenemos ahora tiene que ser en función de
Eneko.
-Ay, hija, yo no lo veo así. Lo que veo es que
cuando no podíamos cumplir con lo que
querías que hiciéramos con él, esto nos ha impedido comunicarnos con normalidad.
Siempre hemos temido hacer algo mal.
-Vaya,
siento que os haya impedido comunicaros conmigo el hecho de querer lo mejor
para mi hijo. Yo también recuerdo una escena contigo y la abuela. Tendría yo
unos diez años. En la puerta de la casa de Donoso Cortés. Dijo: "esta niña
tiene que jugar más" y tú contestaste: "anda, mamá, calla" o
algo así. Te cuento esto para que veas que padres y abuelos muchas veces
criamos diferente. Sí siento que a veces, quizás, no os lo he dicho de buena
manera. Lo siento.
-Pues sí, debe ser eso, hija. Ahora estáis mejor
formados que lo estábamos nosotros. Ahora sabéis más y mejor. Nosotros teníamos
hijos como algo normal que hacía todo el mundo.
-Pues deber ser eso, mamá, que somos de generaciones
diferentes, tiempos diferentes, circunstancias diferentes, como tú dices.
Macarenita se reclina sobre el sofá orejero del
rincón donde se han sentado en el nuevo Rodilla de su barrio. La madre frente a
ella baja la cabeza y remueve con la cuchara en la taza de la manzanilla que no
tiene nada que remover porque no le echa azúcar. A continuación tras un suspiro sonoro apoya la cabeza sobre
la pared empapelada con flores blancas sobre fondo violeta frente a su hija.
Los de Rodilla tienen asientos que parecen cada uno
sacados “de su padre y de su madre”:
sillas colegiales se mezclan con antiguos sillones de barbero y sofás de
polipiel pelados. Es como las familias, como los hijos, llegados de padres y
madres que son diferentes, nacidos en diversas circunstancias, venidos al mundo
como “algo normal” o extraordinario…
Macarena
levanta la vista de la pantalla del ordenador para fijar esa idea en su cabeza.
Los tejados de Madrid que dan al río Manzanares le hacen imaginar familias
diferentes en tiempos diferentes. Algunos tejados echan humo, otros no, porque la
primavera también es así: fría para unos, calurosa para otros. Mezcla de ropa,
flores, naturaleza, fruta…
Se
le pasa la mañana enseguida y tiene que hacer la comida. Unas patatas a lo
pobre para acompañar el rabo de toro que ha descongelado, el que le dio su
suegra hace quince días. Eneko llega hambriento del colegio y se lo come en un
periquete. Para el Cine se lleva una berenjena al estilo Cristina.
El
metro se ha parado demasiado en Sol y llega dos minutos tarde. Isidro le hace
una mueca. Se lo esperaba. Sin cambiarse se adentra en la taquilla y después de
meter la clave en el ordenador empieza a despachar. Hoy hay jaleo por ser
martes. Las personas mayores de sesenta y cinco años sólo pagan dos euros. Lo
bueno que tiene ese día es que los títulos bailan al antojo de los ancianos:
Abre los ojos en lugar de Cierra los ojos, Emilia López en lugar de Emilia
Pérez…. Macarena sonríe a cada equívoco y sigue despachando. Le gusta
imaginarse que la sala en la pantalla del ordenador es un videojuego donde va
colocando las piezas que son las personas. Rojas las ocupadas, verdes las
libres. Otro de sus entretenimientos cuando está en la taquilla es observar la
vestimenta de la gente y apuntarse en la cabeza ideas que le gusten, como
aquella chica con pines en la solapa de su cazadora vaquera.
Recaudar
el dinero, apagar el ordenador, cambiarse, despedirse de sus compañeros y
marchar. El metro cada vez está más lleno. Ya no importa las horas del día a
las que se coja, piensa.
Antes
de acostarse y aprovechando que sus chicos duermen se sienta en el sofá gris y
se pone en la televisión un cachito de El mapa de los sonidos de Tokio.