Viernes. Hace días que no sabe
nada de sus padres. Casi desde que empezó a transcribir los mensajes de su
madre. De hecho, piensa que lo hace por eso, para al menos así sentirla cerca.
Hoy Eneko se ha ido al instituto
repitiendo en voz alta los nombres de los huesos del cuerpo. Macarena se ha
despedido de él con un beso y un “pura vida”, como hace siempre, y se ha ido a
casa repasando mentalmente sus heridas: andar, nacimiento hermana, ropa robada,
injusticia discotecas, beca de casa y dinero, casa de la sierra, Budapest,
Reyes, Sevilla…
Por la tarde ven un documental
en la televisión que eligen entre los tres mientras cenan crepes con salmón y
champiñones. Los viernes tienen por costumbre cocinar algún tipo de “fast
food”. Eneko está deseando hacer hamburguesas otra vez. A través de la pantalla
observan cómo el 11-S cambió el mundo. A través de la ventana que da al río, en
el extremo del sofá donde está sentada Macarena, piensa que el día que su madre
le dijo que “no a todos los hijos se les quiere por igual” cambió su
existencia. Su cuerpo lo tiene registrado. Quedó también escrito en el aire
cuando se lo dijo ese día en el único momento que encontraron para verse bajando
por el parque hacia la Farmacia de la esquina para comprar las pastillas de la
tensión. Aún tiene calenturas en la boca.
El fin de semana transcurre
entre planes que elabora a lo largo del mes teniendo en cuenta los gustos de
cada uno de ellos (este fin de semana evento multitudinario de videojuegos en
la Casa de Campo), asuntos pendientes de casa, deberes escolares de Eneko y por
supuesto Cuentamé. La historia de sus días en común es también la
sucesión de los audiovisuales que ven durante la semana y los viajes que
realizan cada año.
Lunes. Ya es pleno
día cuando están los tres desayunando en la mesa que hace las veces de
separador de espacios. Hoy toca cereales y Eneko está feliz. Empezar el día con
algo que le gusta y de lo que dispone para repetir, le pone de buen humor. Pero
Macarena enseguida se da cuenta de la inercia que adquiere y le aparta el
paquete de Kellogs. Mediante ese control intenta acompañar el desarrollo
de su hijo para que éste sea perfecto y armónico, aunque sabe que tampoco eso es
una garantía. Todos los padres lo hacen así, lo mejor que pueden y saben. Este
es el mantra que se repite todos los días antes de dar puntadas en el patchwork
de sus heridas. Pero escribir le calma, el tecleo continuo le ayuda a apaciguar
el rencor y la rabia interna.
Mesa puerta de escritorio,
silla reciclada, té verde, paisaje de Madrid Río y a reescribir:
“Macarena: sigues
parafraseándome cuando empleas los términos comparar, sentir, percibir...
sin venir a cuento”.
Sigue sin saber nada de ellos.
Por una parte, lo agradece, porque siempre que llama es para contarle alguna
pena, pero por otra la echa de menos. Sin embargo, sabe que ese vacío maternal
no cubierto en su niñez no podrá ser satisfecho jamás, ni aunque, ahora,
empezaran a llamarse todos los días.
Hoy tiene pensado comer en el
Cine. Lo ha hecho varias veces. Cuando hay una película que le interesa y dura
hora y media o menos y coincide que ese día entra tarde, a las cinco y media,
se va antes para verla en la primera sesión. Deja una nota encima de la mesa a
Eneko con la comida que tiene que calentarse. Son decisiones que le cuesta
tomar. Hoy le ha costado un poco menos porque la película es de su directora
favorita, Isabel Coixet. Así es que hacia las tres sale de casa con la mochila
y la neverita con la comida y cena. Bocata de queso y anchoas, su preferido,
para comer y calabacín al estilo de su suegra, para cenar. En el metro se adormece. Y
en el trayecto que tiene que recorrer andando hacia su Cine llama a Eneko.
-Hola, ¿qué tal la mañana?
¿Has llegado bien?
-Si, bien todo. Una cosa,
mama, ¿de postre?
-Hay fruta en la nevera y
también tienes yogures.
-Ah, vale, pues me cojo fruta
y yogurt.
Ya estamos con la manía de los
dos postres, piensa Macarena, pero no quiere discutir por teléfono y no le dice
nada.
Ha visto la película que
quería, momentazo de peli con bocata de anchoas y queso: Mapa de los sonidos
de Tokio. Después la jornada se ha desarrollado sin muchos contratiempos:
un cambio de ácido en mal momento, un cartón de palomitas caído en medio de la
entrada, una silla de ruedas esperando a que le pusieran la rampa y su
propietaria con mala cara cuando por fin ha podido entrar… En el descanso ha
salido un rato a airearse.
“Me han confundido con alguien
del cine. En la Fnac, un hombre moreno. Me ha preguntado si trabajaba en el
cine, qué directores me gustaban, en qué película trabajaba, si era española…
Como era de esperar, he intentado alejarme como fuera de aquel intruso en mi
vida. Luego me he mirado en los espejos de la Fnac y no sé, a lo mejor mi cara irradiaba una luz especial o algo y parecía una “estrella” sacada de mi
Cine…”
Llega a casa con la luz
encendida del salón todavía. Daniel está viendo un partido de baloncesto
grabado. Se ha puesto los subtítulos para sordos para que Eneko no se
despierte. Macarena, después de sacar las cosas de la mochila y ponerse el
pijama, se sienta junto a él en el sofá gris. Ver un partido de baloncesto
mientras piensa es como tomar clases de vals para irse a dormir.