Llegar a casa y después de
limpiarse los escritos del cuerpo con agua y jabón acostarse con Guerra
y paz entre las manos para levantarse a la mañana siguiente cuando el
sol le cubriera la cara y ponerse a escribir. Que así salía todo. No quería
dejarse nada dentro. Le gusta su vida de escritura y cine en el centro de
Madrid. Colocó a Mónica en la mesa bandeja junto a la ventana.
Arrimó a ésta la silla de instituto y continuó tejiendo heridas al ritmo que
marcaban sus latidos sobre el teclado. Sería una gran tirita de patchwork. Las
palabras aporreadas en el ordenador constituirían un tejido de explicaciones
narradas que le ayudarían a taponar esa sutura que se abría cada vez que su
familia actuaba.
Hoy iría a comer con ellos. De
vez en cuando lo hacía así los días que libraba. Se autoinvitaba y aparecía en
casa de sus padres a las dos y media. Aunque le había dicho a su madre varias
veces que le gustaba que se lo dijera, ésta le contestó una vez que no tenía
por qué decirle nada, que podía ir cuando quisiera. Lo que no se imaginaba es
que de nuevo se le abriría la herida cuando su madre le dijo que se iban a ver
a su hermana en navidades. No entendía por qué a ella nunca la preguntaban
dónde iba a estar. No entendía que no organizaran planes navideños con ella.
Así es que reventó.
El padre observaba desde la
barrera, como si estuviera esperando a salir para matar. Pero nunca mataba. Se
colocaba en cuclillas como hacen los orientales y así se podía pasar horas y
horas sin decir nada, observando desde esa posición la escena familiar.
-Ah, vale. Si es lo que queréis…
Ya me apaño yo sola en Madrid. No os preocupéis.
-Bueno, hija, parece que te
molesta.
-Hombre, pues sí, mamá, ya que lo
dices, sí. Ni siquiera me has preguntado qué me gustaría hacer en navidades, o
cómo nos vamos a organizar las fiestas. Me has informado de vuestro viaje y
punto, sin preguntarme antes.
-Pensé que lo entenderías. Que si
tu hermana este año está allí y no puede venir…
-Lo entiendo, mamá. Pero me
hubiese gustado que me preguntaras.
-Bueno, vale, pues no lo he
hecho. Tampoco creo que sea para tanto, ¿no?
En ese momento, justo en ese
preciso instante, llamó su hermana. A través de la cara de su madre pudo ver el
emoticono en el que se había convertido esta vez. Uno de los tres de su
repertorio. El de pobrecita. Esfera amarilla con una curva hacia abajo haciendo
de boca y dos rayitas como ojos. No hacía falta tenerla delante para ver su
cara de pobre hija.
Colgar su madre y anunciarlo de
nuevo:
-Nos vamos. Tu hermana nos
necesita.
Macarena decidió salir de allí.
Estaba sintiéndose mal y no quería gastar ni un minuto más.
Cuando llegó a casa tuvo que
ponerse a escribir.
5ª Herida:
-He oído que decíais que Clotilde
se va a quedar en Granada. ¿No habíais dicho que si no aprobaba se volvía?
-Si, eso dijimos, pero las
circunstancias han cambiado. Le atropelló un coche y no ha podido seguir bien
el curso. Pensamos que hay que darla otra oportunidad.
-Pues me parece súper injusto,
mamá. Yo me he matado a estudiar siempre, en cualquier circunstancia, y no
tengo una vida independiente todavía como tiene ella. A mí también me gustaría
vivir con amigos en una casa sin horarios, comiendo lo que me dé la gana,
haciendo fiestas, viajando… Me parece muy injusto, además, que yo por estudiar
no reciba vuestra atención y ella que dejó de hacerlo hace tiempo, seguramente
viendo que al dejarlo recibía más atención, viva ya de forma independiente y
con vuestra constante dedicación.
Macarenita vivió con mucha
injusticia la vida de su hermana fuera de casa, que además se iba alargando en
el tiempo: primero Granada subvencionada por sus padres porque en Madrid no le
alcanzaba la nota para estudiar la carrera que quería. Lo llamaron beca porque
sus padres, profesores jubilados, eran muy dados a usar términos académicos
para todo. Estuvo mucho tiempo en cama tras una operación de tobillo y no pudo
seguir el ritmo de las clases. Es por esto por lo que decidieron dejarla un
tiempo más en Granada, a ver si conseguía aprobar el primer año de carrera al
menos. Después a Jaén donde la carrera era más fácil. Sedujo a sus padres unos
años más para alargar “su vida independiente" becada y se volvió a Granada
con sus antiguas amigas. A continuación, Erasmus en Italia como su hermana, que
había oído que a los Erasmus les facilitaban el aprobado. Viviendo fuera con la
excusa de estudiar tenía manutención asegurada. Después les dijo a sus padres
que estaba cansada de estudiar y abandonó la carrera. Se tomó su tiempo, becada
también, viviendo de forma independiente, y finalmente regresó a Madrid donde
de nuevo les convenció para hacer un curso mientras vivía en un piso alquilado
con amigos. Ahora está en Suiza trabajando de canguro y se ha comprado una bicicleta
con su primer sueldo.
“Aún recuerdo cuando dijisteis
que, si Clotilde no aprobaba el primer año de carrera, se volvía de Granada.
Era como la consecuencia que iba a equilibrar los dos comportamientos, el suyo
y el mío. Al menos yo lo veía de esa manera. Pero no fue así. Yo me mataba a
estudiar y de ese modo conseguí matricularme en la Universidad de Madrid y
Clotilde, que ya empezaba a no hacerlo, se tuvo que ir a estudiar a Granada
aparentemente contra vuestra voluntad, que como reprimenda la dijisteis eso del
primer año. Pasó el primer año, no aprobó y allí se quedó. ¡Qué injusto! Yo en
Madrid con vosotros, aguantándoos en esa edad en la que lo que menos apetece es
aguantar a los padres, y ella en Granada haciendo la vida que le daba la gana y
que vosotros le pagabais. Que yo no podía hacer eso aún, irme de "vuestro
techo". Además, como me dijo papá un día, tenía que hacer lo que dijerais.
Por eso enseguida me busqué un trabajo y conseguí, ahorrando, comprarme una
casa para por fin hacer la vida que yo quería. Esto fue a los veinticinco años,
mi hermana llevaba haciéndolo desde los veinte”.
Macarena levanta la vista.
Observa la combinación de colores de la que será su habitación, la grande.
Desde el lugar donde está sentada en el salón, al lado de la ventana que da al
patio interior del edificio, ve la pared verde de la izquierda y la amarilla
del fondo. Le gustan los colores y le gustan los contrastes. Por eso ha pintado
toda la casa con tonos fuertes: cada pared de un color. Le gusta su vida de
colores, palabras y cine. Sigue escribiendo:
-Venga, lee. Así no te parecerá
que estás perdiendo el tiempo.
Su tía se rio a carcajadas,
mientras Macarenita desde una esquina del sofá miraba a un lado y a otro al
resto de la familia que también se reía. Sus padres sentados en el mismo sofá
que ella no decían nada.
Ahora mira por la ventana.
Intenta aproximarse a escenas pasadas con sus primos para escudriñar el
sentimiento de haber sido acosada.
Su hermana y su prima se aliaban
para dejarla de hablar. Un día las encontró riéndose encima de la cama de uno
de sus primos, el hermano mediano de ésta. Macarenita no entendía nada. No la
explicaban la razón de tanta risa y cuánto más preguntaba más se reían. Le
dieron ganas de llorar. Fue un momento al baño y después de secarse las
lágrimas y preguntarse en el espejo qué la estaban haciendo, se dirigió a la
cocina para rallar pan al lado de su tía que hacía croquetas.
En el Cine hoy era el día de los
mayores. Estaba de bote en bote. Había que tener paciencia con ellos porque no
se enteraban de nada: les da pereza leer los horarios de las películas, sacar
las entradas del bolsillo, mover las manos para abrir las botellas de agua, y
no digamos cuando tienen que subir escaleras para ir al baño.... Para colmo
cuanta más prisa tiene, el datáfono se queda sin papel.
Cuando llegó a casa Macarena
siguió aporreando las teclas del ordenador un rato más. El patio se veía ya
oscuro a través de la ventana. Cuando notó escozor en los ojos recogió el
ordenador y la taza con el resto del caldo y se preparó para acostar: lavarse
los dientes, la cara, revisar los escritos del cuerpo y si procedía
transcribirlos antes de limpiárselos, ponerse el pijama y enfundarse con el
saco sobre el colchón en la habitación pequeña, la que primero se calentaba.
Antes de dormirse hacía el repaso diario: lo que le había gustado y lo que no
le había gustado del día.
Después leía un rato.
“Son las nueve y veinte,
acabamos de desayunar, mi momento favorito del día cuando me siento ante el
papel o la pantalla en blanco, hasta la jubilación no lo he conseguido
totalmente. Aunque lo que de verdad me gustaba era que me sorprendiera el
amanecer, cuando entraba a segunda o tercera hora, repasando algún texto, ya
fuera literario o un guion de clase. ¡Eso sí que era una gozada!
Intentaré contestar a alguna
de tus cuestiones, hacerlo a todas me resulta abrumador. Por otro lado, nunca
contesto de inmediato, si acaso contesto, a las cartas que me llegan, muy
pocas, necesito dejar las ideas en reposo. Ya no me funciona la cabeza como
cuando cortejaba a la que sería tu madre con un mamotreto de diez o doce
cuartillas cada semana.
Veamos:
«Lo que os he intentado explicar
es que me da mucha rabia y rencor pensar en todos los años malgastados de
estudio, años que podía haber dedicado a hacer lo que me gustaba en ese
momento, en cada momento. Dejar espacio al disfrute para alcanzar a ser la persona
que se es. Así se hace una vida feliz y no malgastando tiempo de preparación
para un trabajo que ni siquiera se sabe si va a existir en un futuro, si te va
a gustar...
Se nos decía y prometía casi, que con el estudio íbamos a alcanzar la vida plena, un trabajo en condiciones y que íbamos a ser mucho más felices que quien no estudiaba. Nada más lejos de la realidad. Pues estudiar por obligación ya te estaba alejando de esa felicidad prometida, y el trabajo… ¿Quién sabía si en el futuro estudiar serviría para alcanzar el trabajo soñado, tal y como os había ocurrido a vosotros? El futuro no se puede predecir como he aprendido más tarde. Un día que no me apetecía estudiar (esta escena la recuerdo muchas veces) me dijiste: “¿tú quieres pasarte la vida barriendo escaleras? No, verdad. Pues estudia, entonces”. Ni me dejaste contestar. Respondiste por mí».
¿Qué te gustaba? ¿Por qué no
me lo dijiste cuando te lo pregunté en vez de darme la callada por respuesta?
De habérnoslo dicho, tal vez podríamos haberte orientado o buscado quien lo
hiciera, pero el juego de las adivinanzas al parecer se nos da muy mal.
¿No pudiste pensar que si no te
contestaba es que no lo sabía? En el momento que me preguntaste eso, no sé lo
que me gustaría. Intuyo que podía ser leer, escribir, hacer manualidades,
fotos, jugar, salir con los amigos, ver películas... No sé.
En cualquier caso, lo de
estudiar tiene o tenía el sentido de adquirir capacitación precisa o los
conocimientos necesarios para ejercer una profesión u oficio, porque ya no
funciona el sistema de aprendizaje gremial del Antiguo Régimen.
¿Acaso tener un título funciona?
«Odié el trabajo del
periódico Ya, pero a vosotros os hacía muy felices. Había que
aguantar. Era un rollo tremendo».
Sin duda sería un rollo,
siempre que se empieza de peón debe serlo, pero era al parecer para lo que te
habías preparado en la Facultad de Periodismo. El recién fallecido Gabriel
García Márquez, Premio Nobel, también tuvo que trabajar de periodista para ganarse
el pan de cada día y como él muchos otros, que aprovecharon ese oficio para
encontrar historias que luego llevaban a sus libros.
Para tu información, tu hija
Macarena nunca estudió en la Facultad de Periodismo, o sea que nunca se preparó
para trabajar de periodista. Nunca entré a trabajar en el Diario Ya como
peón, sino como periodista de la sección de Nacional. Aprendí sobre la marcha a
escribir noticias, nunca me habían enseñado a hacerlo. Allí aprendí lo que era
un teletipo, lo que era volcar, lo que era una rotativa... etc. No supe nada
hasta que no empecé a trabajar allí. Un ejemplo de cómo se aprende un trabajo:
trabajando.
«Ya por entonces llevaba años
escribiendo. Sin darme cuenta estaba haciendo una “carrera” paralela que no
atendía a reconocimientos, títulos, ni nada que se le pareciera. Sino que la
hacía porque me hacía sentir bien, me encontraba muy a gusto haciéndolo. Me di
cuenta de que quería vivir así, escribiendo».
Tengo ya una pésima memoria.
Tú madre me recuerda “La Ñ compañera de Colón” que ganó un premio. Tal vez
también nos dijiste que querías vivir de la escritura...
«Conseguir un trabajo sin
responsabilidad alguna, que me dejara la cabeza libre para poder crear, que no
me ocupara mucho tiempo y me reportara lo justo para vivir. Y así ha sido todos
estos años trabajando en cines y en una agencia de viajes. En esta me di cuenta
de que, aunque me proporcionaba viajes que me inspiraban, no me dejaba
suficiente tiempo libre. Así es que volví a los cines donde barro, vendo
palomitas, entradas y me imagino mil historias que luego plasmo en mi
literatura.
Es así como soy feliz. Esa soy
yo, vuestra hija, a la que no conocíais todavía, la que sigue sin contestar tu
pregunta».
Lo acabas de hacer, aunque
tardíamente.
Te quedaste en ese día y no me lo
has vuelto a preguntar. Yo ese día seguramente no lo sabía. Podías haberte
interesado más adelante, antes que ahora si tarde te ha parecido. No todo el
mundo se desarrolla a la misma velocidad.
Llorando estoy de leer toda esta
falta de atención, de interés por vuestra hija mayor”.
“Cuando dejé de ser niña no me
supisteis acompañar: me seguíais diciendo lo que tenía que hacer (estudiar una
carrera), con quién tenía que estar (“no vayas con pintejas”, me dijo papá en
referencia a Daniel), y no sentía que escuchabais ni atendíais mis sugerencias
(vosotros seguíais dictando los veraneos y el ocio). Para resguardarme,
protegerme, de esta falta de acompañamiento, me escudé en los estudios, que
sabía le dabais mucha importancia, para lograr así vuestra atención que no
lograba de otra manera. Yo entendía que si estudiaba estabais contentos, me
aprobaríais. Aunque, sin embargo, no lo demostrabais. Que ya me dijo papá un
día: que no entendía por qué tenía que felicitar a alguien por estudiar, que
era como quien felicitaba por ¡respirar! Me perdí muchas cosas por estudiar
“obligada”. Lo entrecomillo porque es verdad que nunca nos obligabais a
hacerlo, al menos a mí de una manera directa, no hacía falta, ya lo hacía, e
incluso me puse un horario para hacerlo desde que tenía diez años por lo menos.
Y todo por lograr vuestro amor, por recibir vuestro cariño. Me perdí tiempos de
juego, tiempos de estar con los amigos, incluso tiempos de estar con vosotros
(¡qué ironía de la vida!) por estudiar. Que estudiando alcanzaría el premio: un
beso, un abrazo vuestro… Pero nada de eso llegaba. Al menos no lo recuerdo. No
tengo ni un solo recuerdo de vosotros dándome cariño. Cuando pienso en esto me
pongo triste. Sí recuerdo, sin embargo, un comentario que hizo papá una vez, de
que estaba un poco sorprendido de lo que estudiaba, de que, si decía que no me
gustaba, lo hiciera con tanto ahínco. Lo que no sabíais vosotros es que era una
estrategia mía para llamar vuestra atención, para que me aprobarais como
persona. Ni yo misma lo sabía".
“Por mis observaciones y
reflexiones de varios años hacia acá, me doy cuenta de que vía
email-escritura es la mejor forma que tengo de comunicarme con vosotros.
Primero porque ordeno mejor mis ideas (como me pasa con cualquier tema),
después porque evito que mi discurso se desvíe con irritaciones y enfados,
y por último porque vosotros me "escucháis" del todo, sin
interrumpirme y sin hacer oídos sordos a lo que digo porque no os gusta la
forma que tengo de decirlo (muy cortante, como dice papá).
Aclarado esto, por eso os
escribo, porque no puedo más y estoy estallando poco a poco y necesito que me
escuchéis. Además de que cada vez me doy más cuenta de las continuas
peticiones de ayuda para solucionar el problema (os pregunto cosas de mí y me
salís con cosas de Clotilde, por poner un ejemplo), aunque no me lo pidáis
directamente porque no os atrevéis o no queréis.
Bueno, pues ya está, me involucro
en el problema del que hace años me desvinculé porque yo no debía tener
"cartas en el asunto", etc. He estado hablando con ella y me ha dicho
que está mal porque está cansada y saturada de estudiar, porque quiere ya ser
independiente. Mantiene que quiere terminar la carrera porque para todos los
trabajos que ya le han ofrecido como bióloga le piden el título. Pero dice que
ahora tal como está, mal, no puede continuar, tampoco se ve con fuerzas de
buscar trabajo, porque es consciente de que esa desgana y ese malestar le
va a influir a la hora de buscar o de superar una entrevista. Por otro
lado, dice que la carrera le está desmotivando, que se le quitan las
ganas de dedicarse a la Biología, que la naturaleza siempre ha sido su
pasión y la universidad se la está quitando. Sin embargo, tampoco se ve en otra
cosa, no se ve trabajando encerrada en una oficina”.