lunes, 12 de octubre de 2026

Mi agenda

  

Tengo una agenda crecedera. Esto es un cuaderno que uso de agenda al que voy añadiendo apartados conforme pasan los años: libros a leer, sitios a dónde ir, historias qué escribir… Como me dijo un amigo hace poco, voy “perfeccionando mi disfrute vital” y eso se refleja en mi agenda. Ahora bien, el otro día me di cuenta de que todavía tengo un sentido del deber demasiado estricto. O sea que todo lo apuntado en mi agenda lo tengo que hacer, aunque con el tiempo haya perdido para mí el sentido de hacerlo. Por ejemplo, hace tiempo apunté que tenía que ir a conocer una pastelería que hay en Fuenlabrada porque la había visto en algún programa de televisión o página web y me cautivó. Aprovechando que fuimos un día a Fuenlabrada metí esa visita con calzador dentro del momento planificado. Al final, resultó no ser del todo satisfactorio conocer dicha pastelería y encima nos quitó de hacer otras cosas. Creo que este sentido del deber que sobreviene a lo escrito por mí marca mi actividad y ritmo vital. Además, creo que es algo heredado del colegio. Recuerdo mi agenda de niña llena de los deberes que nos mandaban hacer para casa. Jamás dejé nada sin hacer. Hasta lo que veía más inútil, como pasar a limpio con dibujos en los márgenes para adornar el cuaderno que nos exigía el profesor de inglés, lo hacía. Lo mismo me pasa ahora: apunto cosas que se me ocurren hacer, inspirada por otras que hago, me dicen… etc y aunque pase el tiempo, si siguen escritas en mi agenda las hago. En mi camino por vivir desviviendo creo que a partir de ahora voy a dejar de hacer cosas que tenga escritas y que pasado el tiempo no me seduzcan. Creo que será un camino de libertad también.