Esta semana, en la que llevo diez
días sin tener ningún tipo de contacto con mis padres, me acuerdo de un abrazo
que vi desde la taquilla. Un padre (imagino que sería el padre) y una hija
(imagino que sería la hija) se abrazaban de una manera como jamás he visto ni experimentado.
Me quedé observando durante todo el tiempo que duró el abrazo. No podía despegar
mi mirada de esa muestra de afecto. Me preguntaba por la razón de ésta, ya que
me parecía algo extraordinario: por la manera (brazos de uno y otra apretando
el cuerpo del contrario), por la duración (no creo que fuera menos de cinco
minutos) y el lugar (en la entrada del Cine), pero no daba con ella a no ser
que pusiera a trabajar mi imaginación. Se había muerto alguien cercano
recientemente. No se veían desde hacía mucho. Habían discutido y ese era el abrazo
de la reconciliación. Era el cumpleaños de alguno de ellos. Había ocurrido algo
extraordinario tanto bueno como malo en el ámbito familiar. Y ya no se me
ocurrían ni ocurren ninguna razón más. No entra en mi imaginación un abrazo así
porque sí, porque son padre e hija y nada más. Me estremece recordarlo. Parece
que estoy viendo todavía aquel cuadro de Klimt y, es curioso, pero, no me acuerdo
del aspecto que tenían, de sus rostros, pero sí del entrelazado de los brazos,
de la forma que tenía el abrazo. Los de ella por debajo de las axilas de él,
como si estuviera haciendo bíceps, los de él sobre su hombre
derecho uno, y otro rodeando su cadera por la izquierda. Manos grandes. Alrededor todo seguía su curso, gente entrando, otros saliendo, lo cual hacía más épico aún aquel abrazo que creo no olvidaré.