Martes.
En la casa del río se sucede la misma escena de casi todos los días: Macarena
está leyendo bajo la lámpara de luz anaranjada cuando Daniel y Eneko se
levantan. La fruta seleccionada espera en la cocina. Ya ha bebido su vaso de agua caliente, ha estirado,
ha hecho pesas, se ha lavado y se ha
dado crema hidratante por todo el cuerpo repitiendo la frase del mes: “pase lo
que pase, pese a quién pese, piensen lo que piensen”. También ha revisado su
agenda y el teléfono móvil por si tuviera algún WhatsApp urgente. El resto de
los mensajes los mira los días que trabaja en el Cine, lunes y martes, entre
sesión y sesión. Es en ese espacio y
tiempo donde se pone al día con su gente. No puede mirar el móvil cuando la
vida le está hablando porque para ella escuchar activamente es esencial. Por
eso tampoco contesta los mensajes no urgentes cuando no está en el Cine, porque
es sólo ahí donde es consciente de que está haciendo sólo eso mientras el mundo
sigue viviendo a su alrededor. Piensa que si leyera y contestara todos los
WhatsApp que recibe en el momento que los recibe estaría gran parte del día
mirando hacia abajo y con el tiempo andaría a cuatro patas. Además, cuando
habla le gusta que le escuchen con los seis sentidos activados porque le supone
un esfuerzo sumo y si no recibe escucha activa y atenta no le merece la pena. Es
por eso por lo que tampoco desenfunda el teléfono móvil cuando tiene a alguien
delante y por ello no lo mezcla con otras situaciones.
Cuando
la casa se queda en silencio Macarena se da cuenta que ya ha cavado todas las
fosas comunes de sus heridas, que ya no tiene más historias que desenterrar,
que ahora su pasado es el presente que se va haciendo: los mensajes, cartas,
llamadas que intercambia con su madre y que muchas veces lejos de reparar el
daño hecho, ahondan más en su herida.
“Me da la impresión de que las dos estamos echando de menos afecto y apoyo
de parte de cada una y no nos sale dárnoslo. Como TÚ decías: no lo sientes. Yo
tampoco (por todas las heridas recibidas). Con la diferencia de que tú eres la
madre y yo soy la hija. Yo SÓLO tengo que maternar a mi hijo.
Tengo la sensación de que
siempre que hacemos algo juntos os supone un esfuerzo enooorme: lo de Toledo,
lo del parque de Carabanchel (papá estaba muy cansado, me dijiste el otro
día...), las tortitas... No me extraña que no nos veamos.
Me dices que no compare tu no
hablar con el tío Jose con el mío de Clotilde cuando tú lo has estado haciendo
continuamente. Me comparas con ella cuando hablas de las veces que voy a ver a
papá, etc, etc, etc, etc. Si lo haces, yo aprendo a hacerlo. Aparte que nunca
me contaste porque no te hablas con él, así es que para mí es lo mismo.
Dices
que hablo del pasado todo el rato reprochándoos cosas, y que no se puede estar
así siempre. Te recuerdo que empecé a indagar en mi pasado hace tiempo cuando
la herida que tenía se me abrió. Es la única manera que encuentro de poder
avanzar. Parece mentira que me lo digas tú, profesora de Historia. Díselo a los
de la Memoria Histórica, que olviden el pasado y pasen página. Muchas veces,
aunque se quiera (ojalá yo pudiera olvidar muchas cosas), no se puede. Todavía
recuerdo el daño que me hizo tu llamada para culparme de "echar a Clotilde
de su casa". ¿Quién culpa a quién?
Dices ahora que nos respetas
cuando te comunico alguna decisión nuestra, como parafraseando expresiones
mías. Pero muy pocas veces lo has hecho. No respetas mis sentimientos casi
nunca. Dices que los Reyes Magos es una
fiesta más para los niños (en contestación a por qué no tuvisteis en cuenta mi
propuesta de ir a Sevilla) y varios años te has empeñado en que fuéramos a
vuestra casa (adultos también), sin respetar nuestra decisión, que luego encima
dices que RESPETAS. ¡Mentira! El año de la suegra de Clotilde me pusisteis a
parir las dos porque no fuimos, porque preferíamos que Eneko tuviera tiempo de
estar en casa con sus juguetes.
Me has dicho hoy que parece
que no quiero saber nada de vuestra vida y es justo LO MISMO que siento yo de
vosotros: que no sabéis ni queréis saber nada de la mía. Siempre habéis
preguntado por el trabajo de Daniel y por el colegio de Eneko. Por mi trabajo
no preguntas nunca porque, como me dijiste un día, no es tan importante”.
Después de revisar estos
mensajes piensa que no sabe ni por qué lo hace. Le viene a la memoria algo que
le decía su mejor amiga en el colegio: “qué pesada eres con el pasado” y lo que
le mencionaron una vez en un curso sobre la voz: que la suya tenía un tinte
nostálgico. Cree que como hija de profesores de Historia siempre ha necesitado
arroparse con el pasado para vivir en el presente y proyectar el futuro.
Prepara la comida en los minutos que le quedan después de sus cuatro horas de
trabajo en casa. Esta vez no tiene más que calentar un caldo gallego que
congeló de lo que sobró un domingo. Cuando llega Eneko comen juntos
agradeciendo lo caliente de la ingesta por el día lluvioso que hace.
-Hoy no ha habido Historia y
hemos jugado al ping-pong, mamá.
-Anda, y ¿cómo habéis jugado
al ping-pong en clase de Historia?
-Pues porque no ha venido
ninguna profe de guardia y hemos juntado cuatro mesas y como Ángel se había
traído las raquetas y yo la pelota… Pues listo. Ha estado genial.
-Qué bien, cómo me alegro. Así
es como se construye la Historia, además, ¡viviendo! Haciendo las cosas que nos
gustan.
Mientras Eneko juega con su
Nintendo Switch, Macarena descansa en la cama, lee y duerme diez minutos de
siesta reparadora que le vienen genial.
A las cinco sale de casa con
la mochila del Cine. Cuando llega sigue lloviendo y Rosa recoge con la fregona
las gotas de los paraguas. Más de una vez se ha caído algún anciano en la
entrada como consecuencia de los charcos que se forman y han tenido que llamar
al Samur. Macarena vuelca la olla de las palomitas que ya está funcionando
cuando llega. Isidro no ha podido esperar a su llegada para preparar el maíz.
De hecho, no tiene más que cambiarse la camiseta y esperar a que llegue algún
cliente. Todo lo demás está hecho: vasos en su sitio, cartones dispuestos,
chocolatinas revisadas…. Hoy es un día tranquilo.
Eli, la taquillera, se queja
de que le entra la lluvia por el agujero de la taquilla. Entonces Macarena se
acuerda de Juan el proyeccionista que le hizo a Asun, la anterior taquillera,
una maderita para tapar ese agujero y no sufrir así las inclemencias del
tiempo. Ni frío, ni calor, ni agua, ni aire entraban con el invento de Juan,
quien aprendió el oficio de su padre carpintero a los catorce años. Se decantó
por el cine cuando haciendo una mesa para el nuevo cine de verano, le
contrataron. Estuvo un tiempo compaginando ambos trabajos, carpintero por la
mañana, proyeccionista por la tarde. Pero el poder de la imagen cambió su vida
para siempre. Fue también en el cine donde conoció a su mujer, quien iba todos
los miércoles con una falda escocesa plisada y una bolsa grande de pipas. Juan
ya no está entre ellos y Macarena piensa que se ha ido a algún paisaje de las
películas que proyectaba. A Madison con Meryl Streep, su favorita.
Llega a casa con una luna
enorme que se ve clara entre nubes sin lluvia ya.