A la mañana siguiente su madre
la despierta para darle la buena nueva de que han operado ya a su hermana:
-Está en cama, pero se
encuentra bien. Ha sido muy pronto, a las ocho de la mañana. Creen que en dos
días le darán el alta.
Macarena escucha sin mucho
interés. Siente un escozor por dentro cada vez que oye su nombre. Ha notado que
le pasa desde hace tiempo. Piensa que no podrá ir a verla al hospital.
-Macarena, ¿estás ahí?
-Sí, mamá, estoy aquí. Te
estoy escuchando. ¿Tienes que contarme algo más de Clotilde?
-No, hija, salvo lo que tú
quieras saber. Pensé que querrías ir a verla y me pedirías el número de
habitación.
-Pues no, mamá. No voy a ir a
verla.
Siente como si le saliera un
sarpullido cada vez que aparece su hermana en las conversaciones. Algo similar
a lo que le pasaba con las iglesias y museos que visitaba en vacaciones con sus
padres. Hartita acabó.
-Bueno, tú sabrás, pero pienso
que deberías. Ella lo haría si estuvieras en su situación.
-De verdad, mamá, ¿así lo
crees? Si no ha venido a verme en casi diez años que lleva fuera de casa...
¿Crees que si estuviera en un hospital vendría a verme? Bueno… Sí, en ese caso, sí vendría a verme. Pero sólo en ese caso, es el drama
de esta familia, de esta sociedad, que sólo atendemos a los que sufren, a los
enfermos, a los pobres… Hay que estar enfermo para que te hagan caso. Si no
lloras, no mamas; dice el refrán.
-Vale, hija, lo que tú digas.
Hasta otro día. Que te vaya bien.
-Adiós, mamá.
“Me
dices, mamá, que la vida no se hace de reproches y tú lo primero que haces nada
más empezar a hablar es reprocharme el que no pregunte por mi hermana. El que
no la fuera a visitar cuando se operó de la hernia. Ya sabes la respuesta. No
me apetece seguir manteniendo el papel de apoyo a la pobrecita de la familia
porque me hace mal. Ese es el desprecio que tú percibes, mi mecanismo de
defensa.
Por
otra parte, cuando he preguntado no se me ha contestado o se me ha contestado de malas maneras o con un berrido. El año pasado, en verano, quise saber de sus
planes y papá me contestó con un grito delante de todos en la terraza del bar
de la piscina. Mi herida sangró y nadie se preocupó por mí. Un día llegó
llorando a casa y vosotros la atendisteis. Al día siguiente, cuando creí
oportuno, le pregunté sobre lo que le había pasado y no me contestó”.
Macarena cuelga el teléfono y
se deja caer sobre el sofá verde contenedor de sus alegrías, de sus penas, de
sus ansiedades… Pasa su día libre en casa haciendo cosas de casa y casas
de cosas. Como, por ejemplo, arreglar con lo poco que le queda del pegamento Súper
todo lo que ha ido acumulando los últimos días: un candelabro que se compró con su ex en
Granada y se rompió al colocarlo a oscuras sobre su mesilla; un imán
de nevera de un oso que le trajo de Asturias su madre al que se le había
despegado el imán; la mano de una figurita de un pastor del Belén, que lo
encontró roto el año pasado cuando fue a ponerlo… y alguna cosa más. Los súper
pegamentos del Chino tienen una pega muy grande y es que una vez
abiertos hay que usarlos porque si no se secan y ya no sirven. Por eso va
acumulando cosas y una tarde se dedica a pegarlas hasta gastar el envase. Además,
ha cosido un poquito de la manta que está haciendo con guantes encontrados en
la calle. Forma parte de su actividad como constructora de cosas hechas con
cosas. A las siete de la tarde piensa que se va a poner el resto de película
que le quedó el otro día, Perfect Days, con un kéfir para cenar. Así su
cabeza no da vueltas. Pero nada más ver al japonés limpiando sanitarios,
Macarena no puede evitar pensar y luego escribir.
Herida N.º 13:
-Hola, Clotilde, necesito
verte. Tengo una cosa que darte.
-Sólo voy a estar en Madrid un
día, pero quizás puedo pasarme con el coche y verte un momento en tu Cine o si
no puedo aparcar, sales y me lo das.
Así hicieron. Aquel día que su
hermana pasaba por Madrid pasó también por su Cine y por ella. Hablaron dentro
de una furgoneta Renault frente a la puerta. Le dio la muñeca que le había
hecho.
-Mira,
quiero compartir contigo lo mejor que hay en mí y te lo ofrezco con este regalo
que lo simboliza. No importa lo que haya sucedido en el pasado, somos hermanas
iguales y hay amor entre nosotras. Tú tienes tu vida, yo la mía, y podemos
seguir compartiendo lo mejor de nosotras cuando ambas lo deseemos, y podemos
enfadarnos y aun así saber que hay amor.
Le
soltó de sopetón todo lo que le habían dicho que dijera. Clotilde la miró
estupefacta y cogió la muñeca que su hermana le ofrecía. Dijo un gracias con la
boca pequeña y a continuación miró el reloj.
-Me
tengo que ir. Lo dicho, gracias. Que te vaya bien.
Otra
vez la misma frase. La que le había dicho su madre. Que
Macarenita recibía como un puñetazo en el estómago, como si la dejaran en el
ring después de un derechazo. Dos besos de pescadilla y salió del
Renault para volver al Cine donde ya había alguien esperando para comprar.
Aparte del ejercicio de tejer una muñeca y regalársela recomendado por un terapeuta, antes intentó también arreglar la relación con su hermana. Aquella vez, unas navidades, incluso comentó que le había tocado la lotería porque pensó que la había recuperado después de hablar con ella. Las dos fallidas. En el primer encuentro su hermana le dijo: y ahora, ¿qué quieres, que te aplauda? Otra frase directa al estómago que la dejó aplastada como si hubiera salido el airbag. No entendía como una hermana con quien te has disfrazado de abeja Maya y Willi, Epi y Blas, dado y cubilete... le podía decir aquello. Algo se rompió entre ellas hace mucho tiempo.
Cuando murió su abuelo su
madre dejó de hablar a su tío, el anterior en edad a ésta. Por más que
Macarenita preguntó, nunca se lo contó o lo que le contó para salir del
paso, piensa, no le pareció razón para dejar de hablar a un hermano con el que
has compartido veranos en la edad adulta. En ocasiones su madre la ha juzgado
por no hablar cuando se enfada, por no contar lo que le pasa. Macarenita tiene
maestra: su madre jamás le contó lo que pasó entre su hermano y ella, entre sus
sobrinos y su hermana, lo que le ocurrió a su hija pequeña un día que llegó
llorando a casa… Incluso aquella pregunta de Macarenita en la piscina de la
casa de la sierra… jamás fue contestada…
En la película que está viendo
con los pies en la mesa que se hizo con un palé, junto al envase de kéfir
vacío, aparece la hermana del protagonista y también parece que la relación no
fluye entre ellos. No puede evitar acordarse de la fiesta de cumpleaños
sorpresa que Clotilde le montó a sus treinta años, en el parque de al lado de
su casa, con sus amigos más íntimos. Macarena no sabía dónde meterse. Le
fastidió la tarde. Había planificado con su pareja una cena romántica.
Se quedó sin cena y sin romanticismo. La tensión se cortaba en porciones. La
historia de Clotilde en relación con el mundo es la historia de las sorpresas
que ha dado. Es su especialidad, aparte de convertirse en emoticono a su antojo.
Cuando termina la película ya está demasiado cansada para recoger el envase de
Kéfir y los cojines desparramados por el suelo. Se lava los dientes, la cara,
se pone el pijama después de leer su cuerpo y se mete en el saco. Cuando pase
el invierno, en las rebajas, se comprará un buen edredón y sábanas para el
verano. Le gusta su vida. Se duerme con el libro entre las manos que se escurre
hacia el suelo cuando se da la vuelta dentro del saco.