viernes, 29 de mayo de 2026

Novela de un Yo (20)

  

Viernes. Desplegó su ordenador portátil color cobre sobre la bandeja de madera que le había regalado su abuelo en un cumpleaños y que hace las veces de mesa porque así la diseñaron a pesar de que a veces las patas parecen las de Bambi, se sentó en la silla verde de instituto que le había dado su padre cuando se jubiló y echó un chorro de café en la pequeña taza Segafredo que se había traído de Italia cuando regresó de su año Erasmus.

Herida N. º 23:

-Hola, soy mamá. Mira, que vamos camino de Sevilla porque se ha muerto el tío Pedro, el primo de papá.

- ¿Cómo? ¿Qué dices? ¿Cuándo? ¿De qué?

-Sí, por lo visto estaba muy enfermo. No nos lo habían dicho por no preocuparnos y ayer le ingresaron y murió en el hospital de una parada cardíaca. Tenía cáncer, un tumor en la cabeza. Ha sido rápido. Se lo diagnosticaron en verano.

-Ay, madre mía… Pero, entonces ¿estáis ya de camino a Sevilla?

-Sí, nos lleva Clotilde.

-Pero bueno, ¿y cómo no me habéis dicho nada para ir yo también?

-Ha sido todo muy rápido…

-Me parece fatal, mamá. No me lo puedo creer...

-Lo hemos decidido en el último momento… y se me ha olvidado llamarte.

- ¿Que se te ha olvidado llamarme…? Estoy alucinando.

-Bueno, hija, lo importante es que hemos conseguido organizarnos para apoyarles en este difícil momento…

-Vale, mamá, me alegro por vosotros. Gracias por no avisarme.

Macarenita cuelga el teléfono porque no puede más. No puede creer que se hayan olvidado de ella... ¿Cómo puede una madre olvidarse de su hija? ¿Cómo puede un padre no acordarse de su hija mayor? ¿Cómo una hermana le ha podido hacer eso?  

El tío Pedro era un primo hermano de su padre. Su abuelo paterno había tenido nueve hermanos y uno de ellos repitió historia teniendo nueve hijos. Este era el segundo de los nueve, cuya familia era con la que más se relacionaba su padre en el pueblo aparte de su hermana, la tía María. Macarena recuerda su sonrisa y su abrazo apretado nada más verlas cuando llegaban al pueblo en Semana Santa. También los aperitivos que les ponía en el patio andaluz a cualquier hora del día que se presentaran de visita.

Sevilla era el pueblo de su padre, a cuarenta kilómetros de la capital andaluza. Una manera de abreviar y ensalzar el origen sevillano de su padre en Madrid.

Los días siguientes a esa llamada no tuvo ánimo de nada. Se levantaba a mediodía, con el tiempo justo para irse a trabajar. No escribía, no leía, no veía películas y apenas comía. La taza de café quedó enterrada entre los cacharros también sin fregar del resto de la semana. No le apetecía seguir leyendo Mi familia y otros animales porque ya no tenía familia, pues aún no la habían llamado desde que se fueron. Tampoco le apetecía salir a pasear o quedar con alguien. Le habían crecido los dos pelos de la barbilla y no se los había quitado a pesar de verlos todos los días en los aseos del Cine. Todos notaron que andaba más despistada de lo habitual, aunque como muchas veces “estaba en su mundo” tampoco le dieron demasiada importancia. Pasado un mes llamó su madre cuando estaba en casa preparándose para salir:

-Hola, soy mamá. Lo siento, hija, no me acordé de llamarte para ir a Sevilla. Lo siento mucho.

Aquellas palabras entraron por su oreja directas al corazón. Fueron un bálsamo que suavizó la hemorragia de los cachitos en los que éste se había roto.

-Gracias, mamá.

No pudo decir más. Por fin, aunque tarde, había sabido que su madre lo sentía, que estaba arrepentida de no haberla llamado, que no fue algo premeditado y que por las circunstancias actuales se le había olvidado. A su madre le gustaba mucho mencionar la palabra “circunstancias”. Se creía víctima reaccionando siempre ante ellas y nunca accionándolas. En ningún momento era dueña de su vida, pensaba Macarenita, sino que iba a la deriva de las circunstancias, que unas veces eran estas, otras aquellas.  

Pero Macarenita ya tenía la herida bastante profunda, que un mes da para mucho, y a pesar de las palabras de su madre ésta no pudo cicatrizar. Además, su padre y hermana aún no habían dicho nada.

Macarena levanta la cabeza para coger aire y seguir escribiendo:

Tras un viaje a Arenas de San Pedro, sede de la familia materna, pues es allí donde se criaron sus abuelos antes de vivir en Madrid, descubre que sus padres y hermana han estado por allí antes para visitar a su tío abuelo, hermano de su abuelo materno. Tampoco le habían dicho nada. Se siente desplazada cada vez que no cuentan con ella. No sabe por qué lo hacen así. Macarenita piensa de nuevo que si tuviera hijos contaría con todos, aunque siempre hubiera alguno que dijera que no puede, no le apetece o lo que fuera. Pero al menos se lo preguntaría.

 

 

“Me acaba de llamar Clotilde para decirme que tú le habías dicho que me dijera lo siento. No sabía ni por qué me lo tenía que decir. No ha entendido nada y me temo que tú tampoco. Después de explicarle lo de Sevilla, ha dicho que no se acordó de mí por cómo la trato. Así es que estamos igual: a mí no me sale y a ella no le sale. No sé cuál fue el origen: ¿los pantalones? ¿la injusticia de Jaén? No lo sé, el caso es que no me sale. Y esto, lo de Sevilla, es un episodio más de la lista. Cuanto más daño menos me saldrá. Me gustaría que lo respetarais. Pienso que no tenías que haberle contado lo hablado entre nosotras. Con decirle que estaba dolida porque no me llamó para ir a Sevilla bastaba. Me ha enjuiciado por mis dolores y estoy aún más dolida. No me pidáis lo que no me dais. Dejadme en paz. Seguiré monosilábica, como me ha llamado, porque a una extraña no me apetece contarle nada.

Resumo: al olvidaros de mi para lo de Sevilla me sentí muy dolida. Estuve un mes triste y con muchísimo dolor. Viendo que no lo entendías decidí escribirte mi historial doloroso en relación con vosotros. (Papá cuando le conté mi dolor de la casa de la sierra dijo que “qué sensible" era. No entendió nada). No pretendía con ello que te fustigaras, pero sí necesitaba y necesito que me dijeras que lo sentías, que te habías equivocado... etc. Todos esos dolores hacen que el mínimo olvido, error... me duela muchísimo. Sé que no te olvidaste de mí a propósito, pero el hecho es que te olvidaste. También Clotilde se olvidó porque soy una extraña para ella. Me reclamáis continuamente atención, pero si te das cuenta vosotros mismos no me la dais. No contasteis conmigo para lo de Sevilla, tampoco después me llamasteis. No sabéis nada de mí porque no os ocupáis de mí y por lo mismo no me puedo ocupar de vosotros.

Por cierto, que Clotilde me ha dicho que ni se acordó de mí para ir a Sevilla y tú me dijiste que fue la única que se acordó. ¿En qué quedamos? Estoy hasta las narices de tus mentiras”.

 

“Alguien miente, efectivamente, y tú, cuando puedas, quieras o te apetezca, lo puedes averiguar.

Mentimos para que nos quieran. Lo escuché hace muchos años en La Radio de Julia, programa de Julia Otero en Onda Cero. Yo en la radio aprendo bastante. Ahora estoy en otra onda, otra emisora, quiero decir.”

 

“Hice dos intentos de arreglar nuestro distanciamiento hace años, pero veo que es imposible. Sigue sin contar conmigo que yo seguiré monosilábica.

Cuando me llames, llama porque quieres tú y sabiendo para qué. Tu llamada de ayer ha empeorado todavía más todo.

Siento mucho todo el dolor que dices que te he causado a lo largo de toda la vida.  Te llamé queriéndote llamar, si no quisiera llamarte, no lo hubiera hecho.

Al decir que mamá te había dicho que me llamaras pensé que la idea surgió de ella. Además, dijiste que no sabías qué tenías que sentir.”

 

En el Cine Rosa ha recibido un ramo de rosas rojas. Las ha traído un mensajero en mitad de la primera sesión. Eso ha dado que hablar durante toda la jornada. Macarena piensa que no es feliz en su matrimonio. Vive con su familia: un marido que le obedece y tres niños. Ha cambiado mucho, le dijo un día a Macarena, de ser un completo machista para hacer de todo en la casa. Lo que mejor se le da es cocinar risotto y gachas, que las hace buenísimas. Un día le explicó cómo tiene que estar a menudo con las piernas abiertas y acaba destrozada porque él siempre tiene ganas de sexo. Se queja de que no es detallista y que no la coge de la mano por la calle. Eso hasta que ocurrió lo de Bilbao y por eso, piensa Macarena, le ha mandado hoy un ramo de rosas al Cine. Además, se afeitó el bigote. Desde entonces se mandan mensajes cada dos por tres con textos de amor. Pero ella sigue buscando escape en el chat. Ha conocido a gente en Zaragoza, Alicante y Bilbao.

 

“Seguiros ocupando de la débil (como dijo papá) y sola (como me dijiste tú), alimentando su debilidad y soledad así. Pero no me vuelvas a pedir jamás cosas como que vaya a vuestra casa el día de Reyes con tu consuegra.

Otra cosa, por si se te ocurre desahogarte con la tía Clara otra vez. Hace años me puso verde porque no miraba a papá. Yo necesitaba distancia vuestra. Estaba aún recuperándome de la herida de la casa de la sierra. Estaba muy dolida y desesperada. Por eso llevé a cabo aquel tratamiento que me dijo un terapeuta. Para entonces papá ya era un extraño para mí pues nunca preguntaba por mis cosas, se olvidó de mi cumple, no me consoló cuando murió el abuelo, se mantuvo aparte sin tratar de entenderme... No me salía mirarle. Eso y sólo eso es lo que tendrías que hablar con la tía si quieres solucionar algo de lo que estropeaste.

Y si le cuentas lo de la casa de la sierra (que me llamaste para preguntarme por qué había echado a Clotilde de "su" casa sin escuchar mi versión) y no entiende mi dolor, le puedes decir, como dice papá, que soy muy sensible por vivencias familiares. Así sin más. No vaya a ser que la líes más.

No te he leído hasta ahora porque he estado en cama con fiebre. No te he mentido porque Clotilde nos convenció para ir y ya de camino preguntó si te habíamos llamado. Yo comento lo que me ocurre con quien me parece.

Me parece alucinante que, de una historia dolorosa, el olvidaros de mí para ir a despedir a un ser querido, sigas provocándome más dolor. Si me sinceré contigo contándote mis heridas era para hacerme entender, sentirme querida escuchando vuestro "lo siento"... ¿Tan difícil es eso? Siento que no ha servido de nada las dos mañanas que hemos quedado. Siento que te he perdido como madre. Estoy llorando y muy triste. No me veo con fuerzas de veros, ni relacionarme con vosotros próximamente. Lo siento. Me habéis hecho muchísimo daño”.