Viernes, ocho y media de la
mañana. Abre los ojos. Después de estar unos minutos dentro del saco decide
levantarse. Isidro le ha pedido que llegue un poco antes hoy por el estreno de
la nueva película con Penélope Cruz. Así es que tiene menos tiempo para hacer
“sus cosas”. Las dos actividades que la sostienen, las que entreteje en sus
rutinas: escribir y leer. Le gusta su vida. Después de pasar por el baño y
cocina abre el ordenador portátil color cobre sobre la bandeja mesa de madera
que le regaló su abuelo, se sienta en la silla verde de instituto que le había
dado su padre hace tiempo y echa un chorro de café en la pequeña taza Segafredo
que se trajo de Italia.
Herida N.º 15:
Un
pueblo de Sevilla. La familia Mena se reúne para decir adiós al patriarca, el
abuelo Aurelio. Ha muerto en la casa de su hija que, a diferencia del hijo,
profesor de instituto en Madrid, vive desde hace tiempo en el mismo pueblo que
lo vio nacer. Junto a ella ha pasado los últimos años de su vida. Macarenita
habla con sus primas, Gloria y Carmen, nietas del finado, hijas de su tía María
y su tío Paco. Visten todos de negro, como manda la tradición, a pesar del
chascarrillo que ha contado mil y una vez su tía María. Su madre, Manola la
modista, abuela de Macarenita, le decía que cuando ella muriera seguro que iba de rojo al entierro,
por lo revolucionaria que era, que se casó con traje de pantalón y chaqueta.
Todos están en la puerta esperando el coche fúnebre que tiene que recoger al
abuelo. Macarenita está triste por la pérdida y sobre todo porque no ha visto a
su abuelo en los últimos meses. Ni recuerda la última vez que lo vio vivo.
Por fin llega y después de cargar el cuerpo empieza el desfile: unos andando,
otros en coche. A la comitiva se va uniendo poco a poco gente del pueblo, otros
miran desde las ventanas enrejadas. Cuando llegan al cementerio ya forman una
buena piña. Todos detrás del féretro que llevan unos pocos a hombros como un
paso de Semana Santa. Macarenita camina despacio, sola entre mucha gente.
Delante su padre y su tía van agarrados del brazo. Detrás, su madre y su tío Paco.
La ceremonia es breve, como en las películas: todos alrededor de una tumba y el
enterrador echando tierra con la pala. Cuando termina, empiezan los pésames.
Esto sí dura más. Macarenita junto a sus primas observa la escena. También a
ellas se les acerca algún familiar. Cuando se va clareando el lugar y los
puntitos negros se dispersan por otras zonas del cementerio, se acerca a sus
padres. Ve cómo su padre acaricia la cara de su hermana y la abraza. No puede
callarse:
-Papá,
yo también… Yo también necesito con-sue-lo….
- ¡Qué
va! ¡Tú eres fuerte!
Macarenita
se parte en dos como si le hubieran hecho el harakiri.
Años
más tarde cuando se lo contó a su madre con la intención de que comprendiera su
malestar de aquel día, le gritó diciendo: ¿y qué, si a ti papá no te consuela?
De nuevo se partió en dos. Esta vez con más dolor si cabe. La fría
incomprensión de su madre se convertía en desamor dentro de ella.
Macarena mira hacia el patio,
coge aire por la nariz y en un suspiro sonoro lo suelta por la boca. Madre mía,
murmura. Sigue escribiendo. Se ha acordado de otro momento en que le extrañó la
reacción de su madre. Quiere desentrañar todos esos momentos de la relación con
su madre, aquellos en los que ésta no se ha mostrado justa, amorosa, como ella
esperaba que se tenía que comportar una madre… Cree que así podrá explicarse
muchas cosas de su vida y quizás demostrar lo que lleva tiempo pensando: que no
a todos los hijos se les quiere por igual.
Herida N.º 16:
Budapest,
viaje de mujeres. Es el segundo que hacen: madre, hijas, tía María y primas.
Organizado todo por Macarenita que trabaja en una agencia de viajes y tiene
facilidades. Están en una cafetería haciendo un descanso después de comer
mientras degustan un té verde unas, negro otras, rojo y hasta blanco. Para
gustos, los colores. La mañana ha sido cansada viendo un montón de cosas. La
madre de Macarenita se mueve en su asiento, parece nerviosa. Finalmente, dice:
-Macarena,
la próxima vez ni se te ocurra organizar el viaje en una fecha en la que tu
hermana no pueda viajar, que sé que lo has hecho aposta para que ella no
viniera.
-Pero…
mamá, ¿cómo puedes decir eso? ¿En serio crees que yo he organizado el viaje
para que no venga Clotilde?
-Pues
sí…
-No me
lo puedo creer. Es alucinante. ¿No sabes que he estado esperando hasta el
último momento para que ella me dijera las fechas que podía? ¿Que hemos estado
a punto de no poder comprar los billetes por esperarla?
-Bueno,
tampoco hubiese pasado nada…
-Mamá,
si no querías hacer el viaje sin ella tenías que haberlo dicho.
-Nadie
me lo preguntó.
-Pero
todas estabais al tanto de toda la organización con los correos comunes que yo
os iba mandando…
-Ya
sabes que yo no uso mucho eso.
-Lo
podías haber dicho también cuando Clotilde dijo que no iba… Es alucinante que
me eches la culpa.
-Nunca
has querido hacer planes con ella y menos viajar.
-
¿Cómo puedes pensar eso después de todo lo que he estado esperando y haciendo
por ella?
Macarenita
no puede más, cree que se va a partir del todo por la mitad, se levanta del
sitio y sale de la cafetería a respirar aire fresco, que en diciembre en
Budapest es bastante fresco.
Ha pasado la mañana entre
Sevilla y Budapest. Finalizado el segundo viaje, se levanta de la silla verde de
instituto, estira los brazos hacia arriba mirando a la vez por la ventana que
da al patio interior y se prepara para ir al Cine. Esta vez se lleva un
bocadillo de queso con anchoas para cenar, su preferido. Se lo merece, piensa.
Atraviesa Madrid en bicicleta y cuando llega al Cine Isidro la está esperando
con el nudo de la corbata por encima de la nuez y una gota de sudor cayéndole
por la sien. Están a punto de abrir y en breve comenzarán a llegar los del
estreno: prensa, actores y actrices, director… A Macarena no le gustan estos
saraos en los que tiene que estar, aunque no sea más que para ver cómo engullen
canapés y beben copas de vino. De palomitas en estas ocasiones poco, pero no
puede leer ya que tiene que permanecer de pie por si acaso. Además, viene el
jefe y debe estar todo impoluto. Se ha traído por ello la camiseta nueva,
la de la R dorada, y antes de abrir repasa con limpiacristales el mostrador y
las estanterías donde están las gominolas y chocolatinas.
Entre los invitados hay algún
niño y niña, a los que Macarena observa con atención. Uno que no aparenta más
de seis años lleva en la mano un globo rosa de helio. Es de Tecnocasa. Los
están repartiendo en la calle. Nadie le ha dicho al niño que no puede entrar
con el globo en la sala y esto alterará el orden de la tarde. Al rato de
empezar la proyección una sombra oculta el ángulo superior izquierdo de la
pantalla. Revuelo, pitidos, protestas… El globo de helio se ha escapado de la
mano del niño y está pegado al techo delante del flujo de luz emitido por el
proyector. Imposible alcanzarlo. Esta sería la anécdota de la tarde que más
adelante serviría como entretenimiento en forma de chascarrillo.
Terminada la jornada Macarena
se cambia en el baño. Está agotada. Sólo le quedan fuerzas para coger la bici y
dejarse caer en ella cuesta abajo atravesando El Retiro y la Plaza Mayor. Nada
más llegar se acuesta. Ya bajará la basura mañana.
“En el viaje que hicimos a
Budapest, me dijiste que yo era la culpable de que Clotilde no hubiera venido,
que había organizado todo para que no pudiera venir. ¿Por qué piensas eso? ¿Por
qué no valoraste todo el trabajazo que hice para juntar a casi todas y que el
viaje saliera adelante? Algo le dijiste a Gloria también y la pediste perdón
más adelante. A mí nunca me lo pediste. Me sentí desagradecida e injustamente
castigada.
Del viaje a Budapest: yo no te
eché la bronca por "haber planeado el viaje en una fecha para que no fuera
Clotilde". No te dije que lo planearais con esa intención. Comentó la tía
María de hacer otro viaje de mujeres y dije que me gustaría que se hiciera
cuando también pudiera Clotilde, que justamente había comentado que en esas
fechas estaba con exámenes. Nunca dije que lo hubierais planeado exprofeso para
que no fuera ella.
Mentira.
En Budapest, en una cafetería, dijiste que yo lo había planeado aposta para que
no fuera. Así me lo dijiste allí. Antes del viaje no comentaste nada de querer
hacerlo cuando Clotilde pudiera. Ella nunca sabía cuándo podía ni cuándo no. La
estuvimos esperando y estuvimos pendiente de ella hasta el último momento,
cuando los billetes ya no podían esperar más. Fue ella quien nos dijo que lo
hiciéramos y tú no comentaste nada de que sin ella no te apetecía”.
“Cuando se murió el abuelo
Aurelio, papá no me consoló como hizo con Clotilde. Se lo dije y me contestó
que yo era fuerte. Un día te lo conté y me dijiste que “¿y qué pasa si papá no
te consoló?”. Tu respuesta me dolió muchísimo, pues yo buscaba empatía y recibí
un varapalo. ¿Por qué opinas que a mí no me tenía que consolar y a Clotilde, en
cambio, sí? Me sentí incomprendida, no acompañada, sola…”