Este año el jefe nos ha regalado
una cesta de Navidad. Me hizo muchísima ilusión. Hace tiempo que no recibía un
regalo así de parte de mi empresa. Además, era un pedazo de cesta. Mejor dicho,
un arcón preciosísimo lleno de contenido suculento. Así es que doble ilusión
por el regalo en sí y por el gesto. Triple, pues la recibí en casa, con lo cual
no tuve que moverme ni transportarla. Mejor dicho, cuádruple, pues la recibí
con la ilusión de que te entreguen un paquete inesperado una mañana cualquiera.
Tiempo después le vi y quise agradecerle el regalo, pero no fui capaz. Pensé
que nadie lo hacía y me daba vergüenza. Que si lo hacía me iban a mirar mal,
hablar de mí o yo qué sé. Pensar que la empresa es un enemigo (derivado,
quizás, de creer que trabajamos como castigo) es de las cosas que, pienso, nos
van deshumanizando poco a poco.
Esta mañana he leído un artículo
de una pedagoga que en su viaje a Barcelona para impartir unas clases le
hubiera gustado entablar conversación con los pasajeros que, como ella habían
tenido que esperar más de la cuenta el tren. Antes, dice, se hacía eso, hablar. Ahora todos esconden su frustración en las pantallas de los móviles. Yo hace
tiempo que llevo pensando que el Japón del 2008 que tanto me sorprendió ya lo
tenemos aquí. No hay vagón en el metro donde veas una cara que no esté mirando una
pantalla. Me da pena que cada vez se hable menos. Esto, el uso de la
tecnología, también pienso nos va deshumanizando poco a poco.
Carlos me contó que en su trabajo
llaman a las personas por la empresa a la que pertenecen aun sabiendo el nombre
de cada uno por los muchos años que llevan juntos: los prosegur, los Esteban
Rivas… Esto, pensar que las personas somos solo trabajo, también, pienso nos va
deshumanizando poco a poco.
El otro día me vi un cachito de
la última película de Jim Jarmusch en el que estaban contando un chiste donde
la nueva pandemia mundial se llamaba Humanidad. Ojalá.