viernes, 20 de febrero de 2026

Novela de un Yo (6)

 

Herida N.º 7:

-Mientras vivas bajo mi techo harás lo que yo te diga.

Su padre se olvidó del “decidir entre todos” y sentenció así la velada. No se ponían de acuerdo para la película de la semana. Macarenita quería ver una de Rob Lowe que ponían en La Uno y su padre una del oeste que ponían en La Dos. Después de ver el Telediario mientras cenaban, la costumbre era ver algo los cuatro sentados en el sofá. Los viernes el Un, Dos, Tres, los martes El Hombre y la Tierra…. Una vez a la semana, que solía ser los viernes, una película que decidían entre todos. Su padre, nervioso aquel día, enseguida zanjó el tema con aquella frase lapidaria. Macarenita se fue a su habitación, se puso el pijama y se metió en la cama tapándose con la sábana del borde gordito cabeza y todo porque le dolía hasta el aire que respiraba y así parecía que se aislaba del mundo y no tenía que respirar. En el salón, sin más dilación, se sucedieron los disparos y los aullidos de los indios.

Piensa que aquella frase de su padre fue el pistoletazo de salida para emprender la empresa de su vida: comprarse una casa, tener un espacio propio. Aparte de las vivencias dentro de la casa, el tiempo de ocio y las vacaciones también estaban marcados por los ritmos paternales. Recuerda una redacción que escribió en el colegio titulada: Veranos marrones y verdes. En ella narraba sus aburridos veranos de montaña donde los únicos colores que se veían a muchos kilómetros de distancia eran el marrón y el verde.

Otra frase que le hizo daño fue lo que le dijo su madre cuando comentó que quería empezar a trabajar nada más cumplir los dieciocho años. “Pues anda que no te queda”, le dijo. Lapidó así las ilusiones de su hija. Sin contemplar otras posibilidades. Los estudios fueron siempre en esa casa como el aire para respirar: algo necesario e imprescindible para vivir. De hecho, su padre le dijo una vez que no sabía por qué la tenía que alabar por estudiar, que eso era como hacerlo con alguien que respira. Es cierto que nunca la obligaron a estudiar. Macarenita lo hacía porque había aprendido desde muy niña que era lo que había que hacer. Sus padres se sentaban en el sofá a señalar en rojo los exámenes de sus alumnos. Su padre decía que FP era para vagos. Enseguida aprendió que para conseguir su reconocimiento y cariño tenía que estudiar y sacar buenas notas que dieran que hablar en el instituto, el mismo donde él trabajaba. Con diez años se construía ya horarios donde detallaba los quehaceres del día: desayunar, colegio, llegar a casa, revisar la agenda de deberes, merendar, matemáticas, lengua, inglés… lavarse los dientes… Los pegaba debajo de su mesa para que nadie los viera.

Un día que estaba cansada de estudiar su padre se acercó, le puso la mano en el hombro y dejando que la luz del fluorescente le iluminara a él también la cara, le dijo: “Si no quieres barrer cuando seas mayor, tienes que estudiar”. El tema del estudio y el trabajo siempre han funcionado como un mantra en esa casa. Studet el labora. Qué ironía de la vida: estudiar para tener su atención y nunca la consiguió; sino todo lo contrario, el estudio le quitó tiempo de estar con ellos. Sin embargo, su hermana que no lo hacía, lo consiguió de dos maneras: pasando tiempo con ellos y ocupando su atención.

Los años de las andanzas de su hermana por España y parte del extranjero: Asturias, Soria, Italia… sufrió viendo la atención desmedida cada vez que se iba y volvía mientras su relación con ellos se iba deteriorando. Estaba viviendo la parábola del Hijo Pródigo.

“Mientras vivas bajo mi techo harás lo que yo te diga”. “Pues anda que no te queda”. “Si no quieres barrer cuando seas mayor, tienes que estudiar”. Tres lindezas, tres frases lapidarias, que Macarenita recibió como tres puñaladas al corazón. Intentar dirigir la vida de alguien hace daño y más si lo hace una persona a la que quieres, piensa. También piensa ahora que, quizás, si le volvieran a decir esas tres frases hoy en día no le producirían una herida. Si las observa con lupa ve en ellas incapacidad por controlar la situación, condescendencia ante las ilusiones de una hija y prejuicios mezclados con preocupación. Cosas que no tienen por qué ser herramientas de ataque, sino, quizás, muestras de incapacidad y debilidad. Pero claro, Macarenita no era Macarena.

 

“Empecé a perfilar mi vida en mi casa, con un trabajo, con tiempo para mí... mientras mi hermana se aprovechaba de la importancia que le dabais a la carrera universitaria para hacer su vida sin tener que trabajar, con casa, recibiendo un sueldo todos los meses que vosotros denominasteis beca hasta cuando se fue a vivir con unas ¡amigas en Madrid! Es decir, una beca por no estudiar. Cuando yo me había matado a estudiar porque eso es lo que queríais vosotros, no porque yo lo quisiera. Lo hacía por vosotros y nunca me disteis una muestra de aprobación. Es normal hacerlo, como el respirar, dijo papá un día años más tarde. Encima, ahora se va a vivir a la casa familiar de la sierra.”

 

Su madre está cerca. Lo siente. Cada vez que quedan se le acelera el corazón. Si está delante del ordenador deja de leer o escribir para mirar por la ventana. Se levanta sin ganas de hacer pis. Comprueba varias veces que tiene todo lo necesario metido en la mochila del Cine. Din-don. Llaman al telefonillo.

- ¡Ya bajo!

Se saludan con dos besos fríos (de pescadilla, los llama Macarena) cuando se acerca a ella.

La madre está tensa, Macarena lo nota en sus facciones: labios apretados, cejas levantadas a dos aguas… Se descuelga del hombro derecho el enorme bolso verde con capacidad para llevar un jamón dentro y allí mismo en el portal empieza a montar su escena.

-Nos vamos a Cádiz una semana.

- ¡Anda! ¿No decías que ahora no podíais viajar por todos los médicos que teníais pendientes?

-Bueno, en realidad nos vamos cuando terminemos los médicos.

La madre de Macarena se ha puesto el aparato de auscultar para escenificar lo que está diciendo.

- ¿Pero no decías que no le venía bien a papá dormir fuera de casa?

-Bueno, pero es Cádiz, que en realidad está cerca de su casa, de dónde nació, de Sevilla.

Una pamela con la forma de la Torre del Oro encima aparece de su bolso y se la planta en la cabeza. Macarena no puede hacer más que sorprenderse del discurso escenificado de su madre y hasta se olvida por instantes de la dirección que está adquiriendo la conversación. Salen del portal y caminan por las calles estrechas del Madrid antiguo.

- ¿Y cómo vais a ir? Porque tú sigues sin conducir y el Ave no llega a Cádiz.

-Nos lleva tu hermana.

-Ah, ósea que es un viaje que hacéis con ella.

Esta vez es Macarena quién ha colocado en la escena unas transparencias: papá, mamá y su hermana que va en el carrito. Macarenita no está, quizás está con la abuela materna o la tía María.

-Sí, es un viaje pensado hace mucho tiempo.

En ese instante sale un reloj con patitas como el de Érase una vez el hombre. Desaparece rápido de la escena.

-Vaya, qué bien que lo podáis hacer. Mis planes con vosotros, mis propuestas de viaje, se quedan siempre en el olvido…

La madre de Macarena hace una mueca para soltar una frase pareja a la de la película Casablanca, pero esta vez a Macarena no le hace ni pizca de gracia el guiño al cine de su madre y estalla.

-Mamá, ¿no te das cuenta de que nada de lo que yo es propongo lo hacéis? ¿Que siempre me pones múltiples excusas: médicos, papá, transporte…?

La madre repliega la escenografía que, aunque por momentos de tan hollywoodiense ha desviado el enfado de Macarena, ya ha cumplido su misión. El paseo acaba con otros dos besos de pescadilla y un adiós al unísono.

Son las 14:30, viernes. Macarena come frente al pequeño televisor que le regaló su exnovio. Tiene grabado un programa que no le dio tiempo a ver en su día: Imprescindibles de Antonio Machado. Aprovecha los momentos de comidas para ver cosas que le interesan en la televisión u ordenador. Tira las espinas del lenguado a la basura junto con las cáscaras de la manzana (hubo un tiempo en que en el Cine la llamaban “la chica manzana”) y sin fregar los cacharros que va acumulando en la pila hasta el domingo, se dispone a salir con la bicicleta. Casco, mochila a la espalda y calcetines por encima de los pantalones. Madrid es transitable a esas horas en que la mayoría de la gente está comiendo, aunque piensa que ya no es como antes que sólo en navidades estaba el centro intransitable. Ahora es casi todo el año.

Llega al Cine y como de costumbre Isidro está en la puerta. La saluda con cara de pocos amigos porque ha llegado un minuto tarde. Esta vez deja la bici candada fuera para no entretenerse en bajarla al almacén y corriendo entra en el baño para cambiarse. Asun, David y Juan la saludan con una sonrisa desde sus respectivos puestos de trabajo. Entra en el palomitón y deprisa hace una olla de palomitas, coloca los vasos con el logo de Coca-cola junto a la caja registradora y revisa chocolatinas y caramelos. A los cinco minutos está sentada leyendo mientras espera a que se aproxime algún cliente.

De vez en cuando llegan los que ella denomina “terapias familiares”, parejas de padre con hija o madre con hijo. A Macarena le da envidia y se acuerda de su madre y padre que nunca van a su Cine. Hubo un tiempo que la razón era que estaba muy lejos: desde donde vivían sus padres, en el extrarradio sur de la ciudad, tenían que hacer un transbordo de metro y cuarenta y cinco minutos de viaje. La madre se lo explicaba dibujando en el aire la red de metro y señalando con el dedo el inicio y final. Luego llegó el “papá no quiere, no le apetece” y a Macarena se le rompía de nuevo el corazón. Cuando la madre ilustraba esta excusa ponía al padre a escribir en su estudio del final de la casa, la que había sido habitación de Macarena, la única que tenía vistas a la sierra madrileña: montañas violetas sobre los edificios de toldos verdes. Allí escribía su padre sin parar, sin levantarse de la silla para nada. Ese era el padre que dibujaba la madre para explicárselo a Macarena. Ahora la realidad era otra.

- ¿Y por qué no vienes tú, mamá?

-No me gusta ir sola al cine.

-Pero, mamá, yo me puedo adaptar el horario de trabajo y verme una película contigo si vienes.

La madre se quedaba en silencio, miraba hacia arriba, buscaba elementos escenográficos con el que poder seguir ilustrando su excusa.

-No me gustan las películas en V.O.

Mientras decía esto salían de su boca un montón de letras, subtítulos en castellano.

-No quiero leer.

-Pero mamá, también hay españolas en las que no tienes que leer…

Otra mirada para arriba porque no encuentra nada para decirle a su hija que no, que no quiere ir, que no le gusta su Cine, que no le gusta que trabaje allí.

Hoy ha venido la terapia familiar madre-hijo estresado. La madre llega primero y compra la entrada y el hijo llega desanudándose la corbata cuando la película está a punto de empezar. La madre ya acomodada le espera en la sala.

En la cena hablando con David de relaciones familiares, como últimamente siempre hacen, le contó lo del accidente. El resto de la jornada transcurrió sin incidentes y a las diez y media recogió las palomitas que habían sobrado, juntó la recaudación, barrió y fregó el suelo, se cambió y se marchó en bicicleta diciendo adiós desde la puerta a sus compañeros.

Llegó a su casa cuando acababa de pasar el camión de la basura, así es que ya no bajó a tirarla. Lo haría al día siguiente si conseguía llegar antes que ellos.

 

“Estudié tanto que no tuve tiempo de averiguar lo que me gustaba, pues no dejaba tiempo al ocio, al placer, al descubrimiento de ser quién se es. Así llegué al final del Instituto sin saber quién era. Quería ver películas porque no podía verlas nunca, hacer fotos me parecía divertido, leer y escribir también. Pero desconocía cómo se podía trabajar haciendo eso que me gustaba porque nunca había tenido ni siquiera la opción de crecer haciendo lo que me gustaba. Así es que, ¿cómo iba a pensar siquiera en una vida futura haciendo lo que me gustara si no sabía vivir disfrutando? Ni siquiera se me habló de la posibilidad de no estudiar una carrera, con las múltiples opciones que había de no hacerlo. En vuestra cabeza estaba que por narices había que ir a la Universidad. Así es que no me quedó más remedio que elegir la única carrera que podía tener algo de lo que creía me gustaba. Recuerdo que a la mitad me salió un trabajo de meritorio en un laboratorio de fotografía y yo toda contenta os lo dije. Enseguida me quitaste la idea. Que mejor me centrara en los estudios y que no empezara a trabajar tan pronto. Cuando terminé empecé a hacer cosas por mí misma y empecé a crecer. Odié el trabajo del periódico Ya, que me había salido al terminar la carrera, pero a vosotros os hacía muy felices. Había que aguantar. Era un rollo tremendo.”

Me sorprendió que te matricularas en Imagen en la Facultad de Periodismo, pero yo no tenía ni idea sobre la cuestión y nada dije. En cualquier caso, pensé que por lo menos disfrutarais en la Facultad, que ya resolveríais el asunto profesional luego.

¿Por qué para disfrutar había que estudiar una carrera? Yo entonces quería hacer fotos y en la mía, a pesar de llamarse Imagen, no se hacían fotos. Sí las hubiera hecho seguramente como meritorio, pero no os pareció bien. Que primero había que estudiar. Me sorprende que defiendas tanto la Universidad como método de preparación y luego digas que ciertas carreras no sirven para nada. ¿Para qué tienen que servir según tú? ¿Es que hay unas carreras mejores que otras? o ¿unas profesiones mejores que otras?

Una alumna me planteó un dilema: Arqueología o Periodismo. De la Arqueología no vas a vivir, pero vas a disfrutar más. Periodismo es más comestible... No sé qué estudiaría. La última vez que la vi componía “haikus”, esos poemas mínimos japoneses. Creo que eran buenos, pero no sé de qué comía, porque los “haikus” no dan para comer. Creo recordar vagamente que había estudiado Periodismo, pero no estoy seguro.

Toda persona que se quiera un poquito a sí misma al final siempre acaba haciendo lo que le da placer, lo que le gusta, lo que cada uno es, por muchas carreras, academias, trabajos... etc por los que haya pasado. Y si no lo hace, es que no se quiere y seguirá siendo un desgraciado. Como tú mismo dices, el asunto de la comida se resuelve por sí sólo luego. Pienso.

Cuando yo manifesté a mis padres que no quería ser militar, aunque no dije que pretendiera dedicarme a escribir, porque la escritura como profesión nunca la vi clara, ni tampoco me sobraba imaginación para ello, me dijeron: “pero estudia algo de lo que puedas comer”. Ese ha sido siempre el gran problema de los pobres.

Eso te lo dijeron a ti, otros tiempos totalmente diferentes. En nuestro tiempo: ¿por qué solo estudiar con todas las opciones que hay? ¿Es que uno no se puede ganar la vida de otra manera que no sea a través de una preparación de estudio que ni siquiera te asegura que sea acorde con un futuro próximo? ¿Es que no existen los aprendices, los talleres, las prácticas, los trabajos sin más? ¿Cómo sería el mundo sin los barrenderos y muchas otras profesiones?

Sin duda yo nunca te lo planteé tan claro, pero daba por supuesto que estudiar algo o elegir una profesión incluía dos requisitos básicos: uno que sirviera para comer y otro que fuera satisfactorio. Naturalmente a esto segundo me refería cuando te comenté que no ibas a “pasarte la vida limpiando escaleras”. Seguramente se puede comer de ello, pero no pasa nada, o sea, no estimula la autoestima, la imaginación, ni la creatividad, ingredientes todos ellos muy necesarios para sobrevivir, al menos de una manera directa, que uno siempre puede imaginar que está construyendo la escalinata de la plaza de España, la que sube a la cúpula de Brunelleschi o una escala para alcanzar las estrellas... Vete tú a saber.

No te puedes imaginar lo que estimula la imaginación el hacer un trabajo repetitivo que no te ocupe la cabeza con nada que tú no quieras. Creatividad a raudales. Y la autoestima porque me siento bien y no hay nada como sentirse bien.

Hay un saber instrumental en el que sin embargo sí creo que fracasamos: el aprendizaje del inglés. Estuvisteis en Inglaterra durante dos veranos y fue un fiasco, lo que nos hizo desistir de cualquier otro intento. Porque lo del Instituto Británico fue muy efímero, tampoco os vimos muy entusiasmadas. Pero sin duda debimos insistir más. Tu abuela, mi madre, me repetía a menudo que aprendiera inglés, pero yo no sabía cómo, ni me gustaba, ni me podía financiar una academia, ni sabía que hubiera una Escuela Oficial en que sólo había que pagar la matricula.

Otra vez el estudio, lo académico, como medio para aprender algo. ¿Acaso Daniel estudió inglés para aprenderlo? Nunca. Daniel habla perfectamente inglés y lo aprendió cuando lo necesitó. ¿Acaso no hablo yo inglés que me he ido yo sola a un campo de trabajo donde no había ni un solo español? ¿Acaso no hablo inglés o francés que me fui a vivir tres meses a Canadá? ¿Acaso no viajo por el mundo hablando inglés, francés e italiano? De nuevo que poquito sabéis de mí. Es verdad que Inglaterra y el Instituto Británico en ese momento no nos sirvieron de nada porque no lo necesitábamos, porque así, forzado, es muy difícil aprenderlo.

En fin, todo es muy complicado, especialmente porque la memoria es frágil y siempre tendemos a auto justificarnos.”

 

“Lo de vuestro techo se me quedó grabado y así fue como me puse a ahorrar para irme cuanto antes de casa. Trabajé en varias cosas: repartir publicidad (dinero que empleé en comprarme unos pantalones de cuero que vosotros no queríais comprarme. Enseguida aprendí que si algo quería no podía depender de vosotros para conseguirlo), dar clases, cuidar niños, socorrista… Y así fue como antes del dos mil, carrera acabada, trabajando en un cine, me compré (con ayuda vuestra) una casa. Lo iba a hacer sí o sí y vosotros visteis que si me dabais un millón las condiciones eran mejores. Me independicé a los veinticinco años. Ya no me teníais que dar nada, ya podía hacer lo que quisiera, pero no me quitaba de la cabeza que para conseguirlo había tenido que trabajar y trabajaba como una burra, mientras mi hermana seguía por ahí sin estudiar ni trabajar, haciendo lo que quisiera, mantenida por vosotros. De nuevo, ¡qué injusticia más grande!

Espero que pronto esta rabia interna que tengo de todo lo que estudié por vosotros, para alcanzar algo que mi hermana alcanzó sin estudiar ni privarse de nada, desaparezca y pueda vivir más plenamente y en libertad. A ello aspiro.”