viernes, 20 de marzo de 2026

Novela de un Yo (10)

  

A la mañana siguiente, martes, la despierta Clotilde: por fin la operan de la hernia.

Macarena ya se había olvidado de ese asunto sanitario pendiente de su hermana. No así sus padres, que pasaban de preocuparse por su estabilidad laboral a la domiciliaria o sanitaria en menos que canta un gallo. En Granada tuvo un accidente de coche con daños físicos, morales y hasta un juicio en el que se vieron implicados, no pudiendo acudir por esto a una boda familiar. Como secuela le quedó un hombro dañado y a ello se agarró para jamás aprobar la plaza de bombero a la que eternamente aspiraba, como vocación secreta, que por lo visto siempre había tenido a pesar de haberse matriculado en Biología. Después vino la operación de la vista, que también le dificultó el estudio. También hubo dolores de cabeza infinitos, con los que sus padres ponían el grito en el cielo porque tenían un conocido a cuyo hijo le habían encontrado un tumor como consecuencia de dolores de cabeza interminables. La rodilla fue otro reclamo. Que siempre le estaba doliendo, sea por el duro entrenamiento bomberil u otras cosas. Cuando se fue a vivir a Asturias su madre iba y venía del centro al norte de España cada dos por tres y cuando no, sufría igualmente por las idas y venidas de ella. Por el contrario, su padre ya había apagado hace tiempo el botón del telediario filial y se mantenía al margen, observando desde la barrera.

Otro día más que le cancela un plan. No puede quedar hoy porque como la operan mañana tiene que estar en reposo. Macarena se imagina el emoticono de su hermana: una esfera con boca torcida hacia un lado o la de los ojos mirando hacia abajo. Aprovecha su día libre para sacar la ropa de abrigo, que dentro de poco llegará el frío y no tiene nada a mano. Mientras dobla camisetas de manga corta para guardarlas en bolsas herméticas de Ikea piensa que esta actividad anual ya no le merece la pena, pues hay veces que tiene que rebuscar en la ropa de verano en pleno otoño, que los octubres ya no son lo que eran. Así es que para de hacer lo que está haciendo y decide no volver a guardar nunca más la ropa de verano ni la de invierno. Tendrá toda disponible en el armario. Si la dobla bien, piensa, le puede caber toda. Además, así liberará espacio en el canapé donde a su vez podrá guardar otras cosas. Mientras hace esto, sacar toda la ropa que tiene y guardarla bien en el armario, se acuerda del verano que echaron a su hermana de uno de sus trabajos en el norte de España. Como un muñeco de hojalata al que le hubieran dado cuerda va hacia el salón y escribe en Mónica. No podrán quedar hasta la próxima semana que vuelva a librar.

Herida N.º 11:

Tuvo que volver a Madrid, pero entonces se inventó otra manera de vivir sin trabajar, que por aquel año estaba el tema de la crisis. Sus padres no tenían más remedio que mantenerla y aceptaron enseguida la idea que se le había ocurrido: ocupar la casa de la sierra. Para justificar su permanencia en la misma fue alternando explicaciones: los múltiples cursos que hacía allí para prepararse como bombero; los duros entrenamientos corriendo por las inmediaciones, que le habían dicho que en la sierra el corazón se ensancha; y finalmente su duro trabajo en la heladería-cafetería del pueblo donde le hacían salir a la una de la mañana.

Enseguida velaron por su descanso. Ahora ya no se podía usar aquella casa libremente, como hasta ahora, si no que dependían de los horarios y los días que Clotilde pudiera. Como la pobre salía tan tarde de trabajar... Macarenita llevaba saliendo a la misma hora o más tarde varios años y nunca penaron por ella.

Suena el teléfono:

- ¿Quién es?

-Hola, hija, soy mamá. Mira, que no entiendo por qué has echado a tu hermana de su casa…

- ¿Qué? Yo no he echado a Clotilde de ninguna casa y esa no es su casa. ¿Cómo me dices eso, mamá?

-Bueno, por lo visto, queréis ir allí pero no queréis que esté ella…

-Efectivamente, nos apetece pasar un fin de semana en pareja, los dos solos. Igual que a ella le apeteció pasar el verano con su novio. No creo que esté pidiendo algo fuera de lo normal…

-Ya hija, pero es su casa…

- ¿Cómo que es su casa? Es la casa familiar de la sierra hasta donde yo sé. ¿Qué pasa? ¿Se la habéis dado?

-No, no. Me refiero a que es la casa donde ella vive ahora.

-Ya, mamá, pero no es suya. Es más, ella se fue allí sabiendo que era una casa compartida y así nos lo comunicó a nosotros diciéndonos que cuando quisiéramos la podíamos seguir usando. Me duele que me culpes sin escucharme antes, mamá. Siempre haces lo mismo.

Acto seguido Macarenita cuelga. No puede oír más palabras de su madre defendiendo a la hermana a capa y espada. Nada más dejar el auricular se lleva las manos a la cara, se acuna con ellas, se seca las lágrimas. Tiene un agujero en el corazón. No entiende cómo una madre puede hacer eso: culpar a una hija de algo sin haber oído antes las dos versiones. Recuerda las peleas de niñas. Su hermana siempre acababa llorando e iba acto seguido a su madre o padre, tras lo cual Macarenita acababa castigada sin salir de su habitación una hora o a veces más. Nunca la escuchaban a ella.

 

“Lo que me pasa en estos días desde que ocurrió lo de la casa de la sierra, es que he descubierto que ahora mismo necesito esto, mantenerme al margen, como mecanismo de defensa después de mucho dolor y reflexión. Porque cada vez que me decís algo de mi hermana es una desgracia que os mantiene unidos a ella, que os hace sufrir y estoy cansada de escuchar vuestro telediario particular. No me molesta el hecho de saber cosas de ella, sino que me recuerda cosas que considero injustas y me hacen sentir muy mal. Con este tema de la casa de la sierra todo esto ha empeorado en mí.

Me dices que como ve poco a Orlando no quiere compartir la casa de la sierra con nosotros, no entiendes que nosotros queramos pasar un fin de semana solos allí…. Como verás no tiene ni pies ni cabeza. Por una parte, defiendes el que quiera estar sola con Orlando y que los demás nos tengamos que acoplar a ello, por otro opinas que los que vayamos allí tenemos que compartir con ella. Por otro lado, que cómo vamos a compartir si va Orlando…. En fín, no entiendo nada.

Dices que desde que se fue a vivir allí se dijo que nos teníamos que poner de acuerdo para usar la casa. La única persona que nos comunicó su decisión de ir a vivir allí fue ella diciendo que “cuando quisiéramos podíamos usar la casa como siempre, que no teníamos más que decírselo con tiempo”. Las dos cosas lo hicimos esta vez y siempre: comunicárselo con tiempo (un mes y medio) y ponernos de acuerdo. Te vuelvo a recordar la escena: nada más decírselo nos dijo que ese fin de semana no le apetecía moverse, que había estado en Sevilla, Soria, que luego se iba a Mallorca… Aunque me pareció injusta su respuesta (no trabaja y en cambio Daniel trabaja muchos fines de semana que es cuando podemos ir…), nosotros buscamos otro fin de semana, pero imposible, no podíamos otro. Le dijo a Daniel que vale, que si no podía ser otro fin de semana que fuéramos ese. Al poco tiempo nos dijo que el viernes tenía una cata de cerveza y que a lo mejor estaba allí por la tarde y/o noche. Hablé con ella para intentar encontrar una solución, pues a nosotros nos apetecía estar solos. Como no la había, le dijimos que vale, que nos veíamos el viernes. A los pocos días me pide nuestra casa y yo me sorprendo. Cosa que parece que le sienta mal, que me sorprenda, y que le diga que tiene la vuestra que es donde va siempre en Navidades y siempre que le viene bien. Le digo que vale, que lo he hablado con Daniel, que tiene nuestra casa. Me contesta que no, que ya no se quiere quedar en nuestra casa. Me dice que el domingo tiene que dormir en la casa de la sierra porque tiene que estar pronto el lunes en no sé dónde. Me sienta igual de mal que lo del viernes, que parece que yo tengo que entender que ella quiera estar sola y ella no puede entender que nosotros queramos estar solos”.

 

“Deduzco exigencias a mi comportamiento que no logro entender. Según tú: si no me sale preguntar por mi hermana o ir a verla, ¿tengo que hacerlo? ¿Crees que estarías o estaría satisfecha si lo hiciera a la fuerza, porque tú me lo dijeras? Yo pienso que no, que no cambiaría nada. Os pongo el ejemplo de vuestras muestras de cariño. En algún momento yo he comentado algo de vuestros besos, vuestros abrazos, caricias, lo frío que me parecen, y aunque habéis hecho pequeñas enmiendas, yo he seguido percibiendo lo mismo: frialdad. No me satisface nada y por eso he dejado de besaros. Prefiero la distancia, no duele tanto. Además, que he comprendido que no puedo pedir nada a nadie que no tenga dentro, que vaya contra su naturaleza. No me sale el preguntar por mi hermana por lo que te he explicado más arriba, como mecanismo de defensa, y no, no se me ocurre ayudarla o preocuparme de otra manera que no sea mandando su C.V a mil sitios, mandándole mil correos de cursos, trabajos y mil historias más, regalándole sesiones de cosas que creo la pueden ayudar… ¿Te parece que hago poco por ella? ¿Que los demás hacen más? No me importa, sigue pensándolo si quieres. Es lo que me sale y no voy a hacer nada que no me salga.

Una pregunta que me he hecho a veces: ¿por qué ella celebra su cumpleaños con todo el mundo menos con nosotros? Aquella comida a la que nos iba a invitar, aquel regalo que me tenía preparado… Pues eso, no le sale y no pasa nada. Me lo he preguntado, pero ya no lo hago. Sólo tú, ahora, me lo recuerdas.

¿Acaso yo os he exigido que me leáis como hace otra gente que me quiere? Te digo algo con el mismo “formato” que me dijiste lo de la operación de la hernia de Clotilde, mamá: ¿cómo puede ser que todo mi mundo me lea, me acompañe en mis escritos, menos mis padres y hermana? Es algo que me ha chocado a veces y he echado en falta, que la gente está encantada con lo que escribo, pero vosotros lo desconocéis y seguiréis desconociéndolo. No pasa nada, porque no os sale meteros en internet o indagar sobre lo que escribo. Y si ahora lo hicierais tampoco arreglaría nada. Aparte que arreglar ya lo he arreglado yo comprendiendo que vosotros lo hacéis lo mejor que sabéis y sois”.

 

 Y cuando te dije que no me parecía bien que Clotilde tuviera que marcharse de la casa de la sierra porque ibas tú, te lo dije porque así lo acordé con la tía, que si iba alguien se compartía.

Compartir con una hermana que no comparte nada conmigo, no me apetece. Y aunque compartiera tampoco me apetecería. Es nuestro plan para hacer en pareja. Siento que no lo entiendas. Sin embargo, parece que si entendiste que a ella le apeteciera pasar sola unos días allí con su novio.”

 

“Tengo rabia por todas las injusticias que veo en vuestro comportamiento con Clotilde.

Léete la parábola del Hijo Pródigo, capítulo 15 del Evangelio de San Lucas, versículos 11 al 32.

Aunque soy ateo desde hace mucho tiempo, siento una enorme admiración y respeto por Jesús de Nazaret, un revolucionario radical y antisistema, cuya imagen han secuestrado y manipulado la Iglesia y todos los poderosos.

Por cierto, lo de la casa de la sierra: es copropiedad de tu tía Clara y de tu madre. Habla con ellas.

Ya he hablado con mamá, pero pienso que como padre también puedes opinar. Aunque ya veo que no, otra muestra de falta de interés que me produce un inmenso dolor”.

 

Se pasa gran parte de su día libre escribiendo en el salón, pegada a la ventana que da al patio interior, sentada en la silla verde de instituto y tomando a sorbitos una infusión.

Herida N.º 12:

“Mientras vivas en esta casa, harás lo que yo te diga” fue el pistoletazo de salida para que Macarenita trazara un plan con el que conseguir una vida independiente. Ya había conseguido un cachito con aquella minitelevisión que le regaló su novio para que pudiera ver lo que se le antojara sin depender de su padre que ejercía poder absoluto sobre el mando. A partir de ahí vino el trabajar y el ahorrar para poco a poco acumular una cantidad que le permitiera dar la entrada para su piso en Madrid. Todo lo contrario que su hermana, quien no tenía prisa por irse de casa, aunque ya tenía un pie fuera becada por el hecho de estudiar. Ni cuando se fue a Suiza a trabajar pensó en la posibilidad de vaciar su cuarto. Allí estaba todavía el Pluto de goma, el cuento de ¿Cómo se hacen los niños?, el Quién es quién. Desidia, pereza o falta de ganas de construir un hogar propio. Un poco de todo, pensaba Macarenita, a quien le extrañó que su madre un día le contara orgullosa que Clotilde había empleado los cincuenta primeros euros del sueldo como cuidadora de niños en comprarse un traje de tirolesa.

-Ah, qué bien, no tiene casa y se compra un vestido. -Le dijo Macarenita a la orgullosa de su madre.

Con ella, en cambio, no había manifestado orgullo nunca: ya podía trabajar de socorrista los veranos, dar clases de inglés particulares, ganar un concurso de relato o hacer el Camino de Santiago desde Madrid, que nada parecía suficiente para su madre. Esto la heridaba aún más.

Estaba en casa de sus padres cuando la madre de Macarenita contó lo del traje de tirolesa y al instante se puso a escenificar una escena cual Heidi en la montaña con sus ovejas y todo, que su madre no escatimaba en la producción cinematográfica.

Macarena levanta la vista cuando acaba el párrafo para acto seguido seguir escribiendo:

Un día su hermana la llamó y la preguntó:

- Si yo no tuviera casa, Macarena, ¿podría quedarme en la vuestra?

A Macarenita le sorprendió la pregunta. Le inseguridad vital que tenía a estas alturas. Le contestó:

-La casa es de Daniel.

Después, fue a contárselo a su madre, como siempre había hecho cada vez que tenían un altercado, y ésta, recreadora de historias nata, transformó ese momento: “te preguntamos si podíamos hacer la celebración del cumpleaños de papá en vuestra casa y me dijiste que la casa era de Daniel”.

También extendió en esta ocasión todo tipo de decorado festivo: confetis que le salían de las manos cada vez que hacía un ademán, una mesa repleta de comida cumpleañera que se interpuso entre ella y la madre: sándwiches, empanada, tortilla de patata, sangría….

Macarena mira por la ventana. Es levantar la vista y empezar los recuerdos. Tendría unos diecinueve años cuando su hermana llegó llorando a casa un día. Ella estaba en su cuarto estudiando como era habitual. Desde esa posición escuchó. La puerta del salón se cerró al instante y desde allí salían ininterrumpidos los sollozos de su hermana. Entre ellos intentaba adivinar las palabras de su madre, pero no le llegaban nítidas por la distancia, el pasillo en medio. De repente un largo silencio y al fin se abrió la puerta. Macarena salió también de su habitación despacio. Se acercó a la persona que formaban su madre y hermana abrazadas y preguntó.

- ¿Qué pasa?

-Nada, hija, un disgusto.

-Pero ¿qué le ha pasado?

-Uno, que le ha dado un susto en el portal…

-Pero…

-Nada, no te preocupes. Ha sido un susto, tu hermana está asustada.

Al momento aparecieron como veladuras al óleo figuras fantasmagóricas, manos de Freddy Kruger y Dráculas detrás de la madre que seguía unida a su hija pequeña. Macarena la oía, pero no la escuchaba. Las imágenes de su madre, la escenógrafa, eran de nuevo demasiado poderosas. Al principio, siempre sucedía así, parecían hologramas, imágenes muy débiles flotando en el aire que se mezclaban con la realidad, pero conforme avanzaban las explicaciones de su madre se tornaban más poderosas hasta ajustarse a la realidad como un zapato a su horma. En este proceso había dos implantaciones: en la primera la madre sobre un papel representaba el decorado de la obra y lo implantaba en otro plano sobre la escena y en la segunda implantación llevaba esos planos al escenario, que provocaban algunas variaciones respecto a los planos iniciales, reajustando y recolocando algunos elementos de la implantación del plano.

Esta vez su madre hablaba situada entre un fantasma de sábana blanca y un vampiro salido de la película de Coppola. No era Brad Pitt. Había veces que estos elementos escenográficos tomaban cuerpo en la madre. Macarena vio que le había salido un colmillo.