jueves, 16 de julio de 2026

Novela de un Yo (26)

 


Han pasado veinte años desde la pregunta de David. Ahora podría responderle, pero sólo con una palabra. Aún quedan muchos sentimientos sin colocar para elaborar un discurso que explique ese escozor que tiene en el corazón. En este tiempo ha tenido contacto intermitente con sus padres: o bien llamaba su madre para preguntar por Eneko y el enfermo de turno; se acercaba a su casa si tenía que hacer algún recado por la zona; o bien era Macarena la que iba al centro de operaciones.

Desde que su padre está enfermo busca la manera de establecer más contacto con ellos, pero le resulta igual de difícil que cuando los veía corregir exámenes sin parar y ella buscaba la manera de sentirles cerca. Su padre subía y bajaba la pierna con ella sobre el empeine mientras marcaba en rojo los descuidos de sus alumnos. Decía que le venía bien para la bicicleta el ejercicio de subir y bajar la pierna con su hija encima y por su parte Macarena niña simulaba montar a caballo y divertirse. Nunca dejaban el bolígrafo para cogerla en brazos. Ahora tampoco: cuando no eran los médicos, eran las clases de encuadernación, cuando no su hermana… El caso es que Macarena sentía un movimiento contrario al sentido por amigos de su edad: sus padres cada vez tenían menos tiempo de estar con ella.

Hoy jueves les llama. Tiene un plan que ofrecerles que piensa cuadra mucho con ellos y espera un sí: dar un paseo por el Retiro para ver la primavera.

-Pues no vamos a poder ir, hija. A tu padre le han dicho que haga reposo tres días.

-Vaya, así es que hoy no vais a salir.

-Pues no… Si te quieres venir a comer…

Macarena acepta y come allí. Mientras sus padres terminan de ver el telediario siestea un rato y cuando se despierta los ve en la entrada poniéndose los zapatos. Ante la pregunta de ¿no tenía que hacer reposo? La madre despliega todo el equipo para crear una escena.

En primer plano aparece el padre caracterizado como Mortadelo, pero más bajito y con tripilla. A su lado la madre habla y gesticula con las manos al ritmo de lo que va escenificando. Mortadelo-padre va cambiando de vestimenta y situación: primero es un accidentado que se presenta vendado hasta la coronilla tumbado en una cama, después es un tetrapléjico que se desplaza en silla de ruedas, más tarde un viejecito añoso que usa andador, luego un viejecito menos añoso con bastón… hasta llegar a un atlético montañero como usaba parecer su padre hace unos años. Todo esto para explicar que cuando hablaron con Macarena no podía salir, debía guardar reposo, pero ahora se sentía con ganas e iban a salir a pesar de la prescripción médica. Habían quedado con Julio y Julia.

Por la tarde ya en su casa Macarena se acerca a Ataíta. Así llama a su nuevo ordenador, uno portátil. Antes tuvo uno de mesa que sustituyó a Mónica. La comida en casa de sus padres de nuevo la ha desinflado, la ha escocido donde siempre, en su herida. Se coloca frente a la puerta antigua que instalaron a modo de mesa en el estudio y empieza a escribir:

Herida Nº 29:

Hace años dio un paseo por el centro con su madre. Recorrieron el barrio donde ella había estado trabajado como profesora, el de La Escuela de Artes y Oficios Artísticos. Le enseñó dónde desayunaba con sus compañeros, dónde compraba material, dónde cogía libros prestados… Después pensó: qué bonito sería repetir esto, “paseos con mi madre” titularía esa parte de su vida si lo hacían. Pero en eso se quedó, en un paseo. Cuando está Eneko es Eneko. Cuando Clotilde está enferma, son las enfermedades de Clotilde. Cuando están en la piscina, son las vecinas... Fue en ese paseo cuando le preguntó si aún le seguían dando la “beca” a Clotilde y por qué no se relacionaba con su hermano ni sobrinos. 

Cuando termina el párrafo mira a través de la ventana que tiene a su derecha los tejados de Madrid sobre el parque de Madrid Río. Ya no hay fisuras en la imagen, como las de su vieja casa en la calle Tabernillas. Ahora el cielo es azul sin roturas y las casas están demasiado lejos para apreciar cualquier fractura en la pared.

Un día que fue a comer al centro de operaciones se llevó las fotos de un viaje que acababan de realizar a México. Su padre no quiso verlas. Macarena no lo entendió y se puso triste. Aún hoy la falta de esa presencia de su padre viendo las fotos de su viaje le duele, igual que cuando no quiso ir a comer cocido a su casa aquella vez que vinieron sus tíos. Le duele más todavía si piensa que el país preferido de su padre es México y que su comida favorita es el cocido.

Llega Eneko del colegio y como siempre timbra varias veces. Ella le abre timbrando varias veces también como si así se comunicaran por morse. Con su hijo tiene una comunicación que no tuvo, tiene ni tendrá con sus padres. Desde el “piel con piel” de cuando nació, hasta los millones de besos que se dan a diario “porque, mamá, tienes un moflete muy blandito”, hasta examinarla de videojuegos para ver si se ha enterado de todo lo que le ha contado de camino al colegio o en las largas caminatas por el campo. Sin embargo, con sus padres enseguida fue el no cogerlas “que luego se acostumbran”, no más besos por pudor, el “si tienes algo que contarme…” que le dijo un día su madre cuando Macarena se quejó de su poca curiosidad. También está el “todo en orden” de su padre que sigue a su pregunta y tras el cual éste se queda tranquilo también porque su hija le ha dicho que están bien.

Comen los dos frente a frente mientras se cuentan su mañana. El profe de Historia le ha llamado la atención por pedirle a un compañero que le dejara tocar sus guantes de fútbol. Por la tarde se dedica en cuerpo y alma a su hijo, menos el rato que él juega a videojuegos después de comer, que aprovecha para leer y dormir diez minutos de siesta. Hoy que no está Daniel cocinarán juntos lo que le han visto hacer a un youtuber: perritos calientes envueltos en espaguetis. Cuando los están comiendo llama Daniel que está de viaje en Santander y le envían una foto.

Sigue frotándose con agua y jabón aquellas partes del cuerpo donde ha escrito a lo largo del día. Eneko la espera en su cama para leer juntos Tom Sawyer. Cuando padres y madres de catorces han dejado ya la lectura compartida, ella sigue disfrutando de ese momento junto a su hijo como el que más. “Resúmelo”, le dice después porque quizás la cabeza de su hijo no estaba en el momento de la misma manera que la de ella. A Macarena le compensa sentirle cerca con sus manos de hoyitos todavía, su incipiente bigotillo, su olor a sudor descafeinado…. “Hoy no, mamá, mañana me ducho…”.

 

“Me comenta tu madre que has afirmado, si te ha entendido bien, que todas las enfermedades tienen un origen mental.

Yo nunca he dicho eso. Léete, si quieres, como tú me dices con otros libros: La enfermedad como camino.

 Con toda la prudencia del mundo, por si acaso no te ha interpretado correctamente, he de responderte que es muy fácil hacer esa afirmación cuando se ha tenido una infancia y juventud en la que todas tus necesidades básicas han estado cubiertas. La tuberculosis, en el viejo bachillerato se estudiaba en la asignatura de Ciencias Naturales, en BUP no lo sé, la produce el bacilo de Koch, descubierto por este investigador alemán, que infectó a tu abuela por contagio cuando en los primeros años de la posguerra residió en una casa en la que el hijo de la dueña tenía esa enfermedad. Desde entonces su vida ya no fue la misma: mi hermana y yo, siendo muy niños (yo tendría la edad que ahora tiene Eneko y la de mi hermana puedes calcularla), cuando más la necesitábamos estuvimos sin verla durante año y medio. Para ella también debió ser durísimo. Pero la enfermedad no la abandonó, porque recayó un par de veces, que yo recuerde al menos, la última ya en Madrid estuvo seis meses en el hospital de Guadarrama hacia 1965 y nunca dejó de acudir a revisiones periódicas. Para colmo no pudo ejercer ya su profesión de modista que tanto amaba: tenía los pulmones tan dañados que la ahogaba cualquier esfuerzo. No fue un caso mental, sino de la miseria que trajo una guerra criminal e infame.

También tu tío José María y yo padecimos raquitismo en la infancia, sin duda por la misma causa. De mí sé decirte que abominaba aquellos potajes de legumbres que tenía que comer porque no había otra cosa. Los dos nos quedamos pequeñitos sin superar la estatura de nuestros padres como fue lo normal en nuestra generación, particularmente entre los niños que estaban mejor alimentados.

Pienso que una necesidad básica también es el afecto y la expresión de cariño. Sin ello muchas personas y animales se mueren. Y no lo digo yo, lo dicen muchos titulados y personas importantes de esos que os gustan.”