Tengo una agenda crecedera. Esto
es un cuaderno que uso de agenda al que voy añadiendo apartados conforme pasan
los años: libros a leer, sitios a dónde ir, historias qué escribir… Como me
dijo un amigo hace poco, voy “perfeccionando mi disfrute vital” y eso se refleja
en mi agenda. Ahora bien, el otro día me di cuenta de que todavía tengo un
sentido del deber demasiado estricto. O sea que todo lo apuntado en mi agenda
lo tengo que hacer, aunque con el tiempo haya perdido para mí el sentido de
hacerlo. Por ejemplo, hace tiempo apunté que tenía que ir a conocer una
pastelería que hay en Fuenlabrada porque la había visto en algún programa de
televisión o página web y me cautivó. Aprovechando que fuimos un día a
Fuenlabrada metí esa visita con calzador dentro del momento planificado. Al
final, resultó no ser del todo satisfactorio conocer dicha pastelería y encima
nos quitó de hacer otras cosas. Creo que este sentido del deber que sobreviene
a lo escrito por mí marca mi actividad y ritmo vital. Además, creo que es algo
heredado del colegio. Recuerdo mi agenda de niña llena de los deberes que nos
mandaban hacer para casa. Jamás dejé nada sin hacer. Hasta lo que veía más
inútil, como pasar a limpio con dibujos en los márgenes para adornar el
cuaderno que nos exigía el profesor de inglés, lo hacía. Lo mismo me pasa
ahora: apunto cosas que se me ocurren hacer, inspirada por otras que hago, me
dicen… etc y aunque pase el tiempo, si siguen escritas en mi agenda las hago. En mi camino por vivir desviviendo creo que a
partir de ahora voy a dejar de hacer cosas que tenga escritas y que pasado el
tiempo no me seduzcan. Creo que será un camino de libertad también.