jueves, 7 de mayo de 2026

Novela de un Yo (17)

 

 

A la misma hora que ayer el rayo de luz del nuevo día atraviesa la rendija formada entre el suelo y la puerta de su habitación. Se levanta después de estirarse todo lo ancho y largo que el saco la deja.

Desplegó su ordenador portátil color cobre sobre la bandeja mesa de madera que le había regalado su abuelo, se sentó en la silla verde de instituto que le había dado su padre cuando se jubiló y echó un chorro de café en la pequeña taza Segafredo que se había traído de Italia cuando regresó de su año Erasmus.

Herida N.º 20:

Sus tíos María y Paco venían de vez en cuando a Madrid. Se daban una vuelta por Argüelles, su barrio preferido, quedaban con amigos de la infancia, iban a algún teatro o exposición y de paso veían a los padres de Macarena. A ésta le gustaba siempre organizar algún plan con ellos, algo de lo que luego pudieran hablar en el pueblo: algún restaurante, una película en su Cine, una comida en su casa… Un día se le ocurrió invitarles a un cocido. Invitó también a sus padres, pero su padre no fue.

-Papá no ha querido venir-, le dijo su madre.

Aquello le dolió, pero se calló. No hubo explicaciones posteriores. Nunca supo por qué su padre no había querido degustar un delicioso cocido en su casa con su hermana, cuñado, mujer e hija.

Macarena golpea la tecla del punto con ahínco y aparta por un instante su vista de la pantalla. Le ha venido a la cabeza otra escena similar en la que se recrea el resto de la mañana.

Casa de sus padres, interior, tarde. Han comido todos juntos, tíos de Sevilla incluidos, y Macarenita propone como sobremesa ver las fotos de su viaje a México. Para ello ha llevado un cd dónde las ha grabado después de una ardua selección en su casa. El padre no quiere verlas. Macarenita siente una puñalada en la cicatriz. No pregunta por qué, pues piensa que la respuesta le puede infectar la herida. Su padre es un apasionado de México y todo lo relacionado con ese país. Su obsesión empezó con las películas de indios y vaqueros, de nativos mexicanos amedrentados por la fiebre del oro, y se prolongó cuando su mujer, profesora de Historia del Arte, la enseñó en el Museo Británico las reliquias aztecas expoliadas. Ven las fotos sin el padre. 

Ha llegado una carta al Cine. Isidro la ha recogido del suelo cuando ha subido esta tarde el cierre. Tenía remite de Vallecas. Lo han sabido porque Asun vivió allí mucho tiempo y conoce la calle que aparece escrita en el reverso del sobre. Pero el destinatario no es ninguno de ellos. Va dirigida a un tal Pablo. David coge el sobre e intenta ver al trasluz lo que hay dentro. No ve nada. Es más, parece que ni siquiera haya nada escrito. De hecho, ya nadie escribe a mano, piensa Macarena. Hace poco escuchó que la práctica de la escritura a mano facilita la detención del Alzheimer.

En la hora del descanso habla con su madre por teléfono. Le cuenta que su padre ha ido al urólogo, que le van a hacer una prueba, que tiene que estar tres días en reposo sin salir de casa. Justo ahora que necesitaba verle. Hace tiempo que están desconectados por esa actitud suya de ver todo desde la barrera, en cuclillas como un oriental. Sin embargo, últimamente la desconexión que ve en él, no sólo con ella sino con el mundo entero, es exagerada… Necesita saber qué ocurre.

La jornada continúa sin contratiempos y cuando llega a su fin recoge las palomitas, el dinero, barre, friega, se cambia, saluda y quita el candado de la bicicleta para marcharse.

Cuando llega a casa, enfundada en el pijama dentro del saco, desenfunda una chocolatina Kit-Kat que ha cogido del Cine. Le gusta el ruido que hacen las barritas de la chocolatina al separarlas. Le gusta comerlas de una en una. Antes de dar un mordisco a la primera las observa. Son cuatro, como los miembros de su familia, pero ahora tiene una en la mano y quedan tres juntas, como ellos, tres C: Clotilde, Carmen y Carlos. Se acuerda de otra escena en la que la dejaron tirada, pero no quiere pensarla, quiere dormirse para no tener que rumiarla por la noche. Mañana por la mañana la escribirá y así la sacará de su cuerpo. Se termina el Kit-Kat y coge Ordesa. Antes de que le entre sueño se levanta para lavarse los dientes, la cara y hacer pis y otra vez dentro del saco después de pensar en lo bueno y lo malo del día, se duerme. Tampoco hoy tenía nada escrito importante en el cuerpo.

 

Te quiero aclarar lo del cocido en tu casa con los tíos. Me dijiste que les habías dicho que fueran a tomar un cocido y que si queríamos que fuéramos nosotros también. Sentí que nos incluías por compromiso. Yo fui y me sentí mal. Traté de convencer a papá y no quiso ir porque le rechazabas y no le mirabas.

Totalmente erróneo. Efectivamente, la excusa era que estaban los tíos aquí. Como cuando tú fuiste invitada por tu sobrino porque estaba Clotilde en Madrid. Según esto que sentiste, aunque fuera de una idea errónea, imagínate cómo me debo de sentir yo cuando me entero de un plan en el que no estoy invitada. En el cocido os invité, pero pensasteis que no lo había hecho, en lo de Javier no fui invitada.”