A la misma hora que ayer el
rayo de luz del nuevo día atraviesa la rendija formada entre el suelo y la
puerta de su habitación. Se levanta después de estirarse todo lo ancho y largo
que el saco le permite.
Desplegó su ordenador portátil color cobre sobre la bandeja mesa de madera que le había regalado su abuelo, se sentó en la silla verde de instituto que le había dado su padre al poco de jubilarse y echó un chorro de café en la pequeña taza Segafredo que se había traído de Italia cuando regresó de su año Erasmus.
Herida N.º 20:
Sus
tíos María y Paco venían de vez en cuando a Madrid. Se daban una vuelta por
Argüelles, su barrio preferido, quedaban con amigos de la infancia, iban a
algún teatro o exposición y de paso veían a los padres de Macarenita. A ésta le
gustaba siempre organizar algún plan con ellos, algo de lo que luego pudieran
hablar en el pueblo: algún restaurante, una película en su Cine, una comida en
su casa… Un día se le ocurrió invitarles a un cocido. Invitó también a sus padres,
pero sólo fue la madre.
-Papá no ha querido venir-, le dijo su madre.
Aquello
le dolió, pero se calló. No hubo explicaciones posteriores. Nunca supo por qué
su padre no había querido degustar un delicioso cocido en su casa con su
hermana, cuñado, mujer e hija.
Macarena golpea la tecla del punto
con ahínco y aparta por un instante su vista de la pantalla. Le ha venido a la
cabeza otra escena similar en la que se recrea el resto de la mañana. Se ha acostumbrado tanto a ese sentimiento de dolor de persona herida por otros que a veces se pregunta si llegará el día en que sus cicatrices no se manifesten, no le duela cerca del esternón. A veces es un dolor tan intenso que le cuesta respirar. Entonces se pone la mano en el pecho cual caballero y hace repaso de la lista de agravios como si fuera la lista de los Reyes Godos. El futuro no se hace de reproches, le dijo su madre una vez, quien por entonces buscaba en archivos del pasado para explicar el futuro a sus alumnos. Macarenita le contestó que para saber a dónde vamos tenemos que saber de dónde venimos. Lo que le dijo su padre en otra ocasión.
Casa de sus padres, interior, tarde. Han comido todos juntos, tíos de Sevilla incluidos, y Macarenita propone como sobremesa ver las fotos de su viaje a México. Para ello ha llevado un cd dónde las ha grabado después de una ardua selección en su casa. El padre no quiere verlas. Macarenita siente una puñalada en la cicatriz. No pregunta por qué, pues piensa que la respuesta le puede infectar la herida interna. Su padre es un apasionado de México y todo lo relacionado con ese país. Su obsesión mexicana empezó con las películas de indios y vaqueros, después continuó con los nativos mexicanos amedrentados por la fiebre del oro, hasta consagrarse cuando su mujer, profesora de Historia del Arte, le enseñó en el Museo Británico las reliquias aztecas expoliadas. Ven las fotos sin el padre.
Ha llegado una carta al Cine.
Isidro la ha recogido del suelo cuando ha subido esta tarde el cierre. Tenía
remite de Vallecas. Asun vivió allí mucho tiempo y conoce
la calle que aparece escrita en el reverso del sobre. Pero el destinatario no es
ninguno de ellos. Va dirigida a un tal Pablo. David coge el sobre e intenta ver
al trasluz lo que hay dentro. No ve nada. Es más, parece que ni siquiera haya
nada escrito. De hecho, ya nadie escribe a mano, piensa Macarena. Hace poco
escuchó que la práctica de la escritura a mano facilita la detención del
Alzheimer.
En la hora del descanso habla
con su madre por teléfono. Le cuenta que su padre ha ido al urólogo, que le van
a hacer una prueba, que tiene que estar tres días en reposo sin salir de casa.
Justo ahora que necesitaba verle. Hace tiempo que están desconectados por esa
actitud suya de ver todo desde la barrera, en cuclillas como un oriental. Sin embargo, últimamente la
desconexión que ve en él, no sólo con ella sino con el mundo entero, es
exagerada. Necesita saber qué ocurre.
La jornada continúa sin
contratiempos y cuando llega a su fin recoge las palomitas, el dinero, barre,
friega, se cambia, saluda y quita el candado de la bicicleta para marcharse.
Cuando llega a casa, enfundada
en el pijama dentro del saco, desenfunda una chocolatina Kit-Kat que ha cogido del
Cine. Le gusta el ruido que hacen las barritas de la chocolatina al separarlas.
Le gusta comerlas de una en una. Antes de dar un mordisco a la primera las
observa. Son cuatro, como los miembros de su familia, pero ahora tiene una en
la mano y quedan tres juntas, como ellos, tres C: Clotilde, Carmen y Carlos. Se
acuerda de otra escena en la que la dejaron tirada, pero no quiere pensarla,
quiere dormirse para no tener que rumiarla por la noche. Mañana por la mañana
la escribirá y así la sacará de su cuerpo. Se termina el Kit-Kat y coge Ordesa.
Antes de que le entre sueño se levanta para lavarse los dientes, la cara y
hacer pis y otra vez dentro del saco después de pensar en lo bueno y lo malo
del día, se duerme. Tampoco hoy tenía nada escrito importante en el cuerpo.
“Te quiero aclarar lo del
cocido en tu casa con los tíos. Me dijiste que les habías dicho que fueran a
tomar un cocido y que si queríamos que fuéramos nosotros también. Sentí que nos
incluías por compromiso. Yo fui y me
sentí mal. Traté de convencer a papá y no quiso ir porque le rechazabas y no le
mirabas.
Totalmente
erróneo. Efectivamente, la excusa era que estaban los tíos aquí. Como cuando tú
fuiste invitada por tu sobrino porque estaba Clotilde en Madrid. Según esto que
sentiste, aunque fuera de una idea errónea, imagínate cómo me debo de sentir yo
cuando me entero de un plan en el que no estoy invitada. En el cocido os
invité, pero pensasteis que no lo había hecho, en lo de Javier no fui invitada.”
¿Puede sentir una madre o un padre la ausencia de la mirada filial? ¿No es la mirada de una madre lo que conforma el ser de una persona?