jueves, 12 de febrero de 2026

Novela de un Yo (5)

  

El patio se veía más oscuro que otros días debido a una mezcla del efecto que producen los minutos que arranca al día el invierno y lo nublado que estaba. A pesar del malestar de ayer se levantó con energía. Volcar todo sobre Mónica le ponía de buen humor. Pensaba que así se vaciaba y amanecía una nueva Macarena.

Desplegó su ordenador portátil sobre la bandeja mesa que le había regalado su abuelo, se sentó en la silla de instituto que le había dado su padre y echó un chorro de café en la taza que se había traído de Italia.

6ª Herida:

Amanecía en un pueblo de Sevilla. Todos, incluído el patriarca y abuelo de Macarena, estaban sentados alrededor de una mesa una hora después. Menos Clotilde, que seguía dormida en el sofá cama de la misma estancia. Cuando Macarena y su familia llegaban de Madrid sus tíos María y Paco instalaban la mesa para comer en el salón. La podían ver desde allí. Estaba vestida con la ropa que se puso ayer por la tarde, un jersey negro ajustado y una minifalda. Debajo de la manta y sábanas caídas en el suelo asomaban las botas de tacón. Boca abajo como estaba se la oía respirar. Tenía un brazo fuera del sofá y el otro bajo su cuerpo. Empezaron a desayunar cuchicheando para evitar que se despertara. Había llegado cerca de las seis de la mañana, dijo la madre. Tenía unas ojeras bien pronunciadas debido a la noche de insomnio esperando a que llegara su hija. Su tío Paco asintió:

-Sí, yo la oí entrar.

Empezaron a desayunar en silencio. Cada uno con una taza en la mano y tostadas para coger de una bandeja en el centro. Unos con mantequilla y mermelada de naranja amarga, otros con aceite y sal, tierra de naranjas y almazaras. El café en la cafetera y el cazo con la leche caliente para servirse a discreción. Después de dar un sorbo a la taza, su tía María rompió el silencio:

-Macarena, ¿cómo no cuidaste de tu hermana para que no bebiera más?

Aquella pregunta le llegó como si estuviera a merced de un lanzador de cuchillos aficionado y le hubiera dado en el mismo corazón. No se lo esperaba de su tía María. No pudo contestar. Aún hoy le duele y acordarse de ese momento es motivo para que la costra de su herida se levante. ¿Dónde está escrito que una hermana tenga que ser responsable de lo que haga otra?

Punto final. Deja de escribir porque se tiene que preparar la comida para irse a trabajar pues, aunque hoy no le toca, debe un día por un cambio que pidió hace tiempo. La mañana se le ha pasado rápido suturando su herida, mirando por la ventana, recogiendo lo descolocado y bajando a comprar un paquete de queso rallado. También ha pensado. Le gusta su vida de otoño con lecturas en sofá, escritos y cine.

Piensa que a veces cuando tiene desencuentros con sus padres, sobre todo con su madre, echa de menos a su tía María. Fue quien la cuidó de niña, a excepción del capítulo de los abuelos maternos. Nada más nacer su hermana pasaba las tardes con ella, mientras sus padres corregían exámenes o atendían a Clotilde en la casa de Carabanchel.

Su tía María fue quien le dijo una vez que no le iba a comprar nubes de chucherías porque esas cosas eran porquerías. A lo que ella contestó: “no pompes María, pero no digas que son poquerías”.

Pero a su tía María no le gustaba el teléfono. No se llamaban, se escribían. No podía contar con ella para remendar una herida inmediata. Había veces que las cartas se alargaban en el tiempo porque el tema a tratar así lo requería. Otras veces mezclaban diferentes temas. Entonces, Macarena, con un orden aprendido en la escuela, iba respondiendo punto por punto. Una vez su tía María le dijo que no hacía falta que respondiera a todo lo que ella le decía. Cree que fue ahí cuando su tía se empezó a quedar sin palabras. El comienzo de que quisiera acumular los recuerdos que otros iban perdiendo. Sabe más de Macarena que nadie y, sin embargo, no la servía para escuchar sus pesares. Sus pesares escritos se desvanecen en el tiempo y dejan de serlos. Por eso, entre otras cosas, Macarena escribía. 

Su tía María le valía para resolver un asunto de costura, ya fuera de ganchillo, de punto o hilvanado, pues era hija de modista. Por otra parte, había entendido que su tía pretendía solucionar su vida a través de la de los demás. Quería que Macarena hiciera con su hermana lo que ella no hace con su hermano: hablar. También su madre tiene un hermano con el que no se trata y pretendió una vez que sus hijas se llevaran bien. Macarena ha heredado esa inercia y después de pararle los pies a su madre en el intento de juntarlas, consiguió que no las mezclara en ningún plan familiar.

Sacó un táper con un resto de arroz de la nevera y se lo calentó en la sartén junto con unas espinacas de una bolsa que ponía “lavadas y listas para comer”. Añadió un poco de jamón que le había sobrado del bocadillo que se hizo el otro día. Comió sentada en el sofá verde, que es el único que tiene, mientras veía un trozo de una película que tenía grabada: Mystic Pizza. Por la noche, si le apetecía, se vería el resto. En cuanto terminó recogió todo y salió de casa con la bici a cuestas. Un día de estos, pensaba, se iba a caer con ella por las escaleras, que los escalones de aquel edificio del Madrid de los Austrias eran cada uno de su padre y de su madre, y había veces que daba zancadas y otros en cambio pasitos de baile para bajarlos.

Cuando llegó, después de atravesar el centro de Madrid, Isidro en la puerta parecía que llevaba varias horas de jornada por lo mimetizado que se le veía. Vaso de café en mano, uniforme impecable y cine a punto para recibir a sus empleados. Asun, la taquillera, la saludó al entrar con una bajada de cabeza desde la pecera, como siempre hacía. David, el acomodador, estaba en el baño, seguramente lavándose dientes y manos. Juan, el proyeccionista, en la cabina colocando los rollos de película. Ella se acomodó también. Después de cambiarse la camiseta negra, uno de esos básicos como decía su madre, por la sudadera celeste con el nombre del cine bordado, Renoir Retiro; hacer una olla de palomitas, colocar los vasos de refresco y revisar el resto de los productos, se sentó en el palomitón a leer mientras esperaba.

Los clientes se fueron acercando con cuentagotas aquel jueves víspera de estrenos con dos películas españolas en cartelera. A pesar de ser un barrio habitado en su mayoría por ancianos que no entendía el cine en versión original, aquella semana no se había hecho mucha recaudación con las españolas. Llevaban ya un tiempo y “es lo que tiene”. Isidro siempre tenía explicaciones para los resultados de taquilla. Aparte de que Bardem no genera mucha simpatía en el barrio. Tampoco Pedro Almodóvar gustaba demasiado a los vecinos. Aprovechó para leer y escribir una carta a su tía María. Durante la cena de nuevo David le preguntaría acerca de su familia. Está últimamente muy pesadito con ese tema. Hace poco se separó de la mitad de la suya, la de su padre, que está en busca y captura por vender gasolina adulterada, y parece que quiere poner a las familias de su alrededor patas arriba para justificar su decisión.

- ¿Y con tu hermana? ¿Cómo te llevas con tu hermana? Nunca me has hablado de ella…

-Pues, mira, con mi hermana no me llevo. Mi hermana es un emoticono con patas. Unas veces es el de pobre hija, otra el de enferma, y otra el de cara de sorpresa. Además, su especialidad es dar sorpresas debido a que estuvo desde el primer mes de nacer en una guardería y aprendió que mi madre aparecía siempre por sorpresa. A veces estaba detrás del biberón, otras detrás de las manos que le cambiaban el pañal... y otras no era ninguna de las dos. Así es que ella ahora es sorpresera profesional. 

- Pero ¿cómo es eso de que no te llevas?

-No, ya te digo que no nos relacionamos. Cuando sé algo de ella es porque mi madre me lo cuenta, que parece el telediario dándome siempre malas noticias: que si la ha atropellado un coche, que si le han quedado no sé cuántas asignaturas de la carrera, que si la pobre sale muy tarde de trabajar… Y entonces yo desconecto, porque estoy harta de las historias de mi hermana, y se me aparece como un emoticono. Tal cual, como te lo cuento.

-O sea que te has saturado de hermana.

-Sí, creo que sí, a lo mejor es eso.

-Típico en hermanos mayores. Yo como no tengo hermanos no sé lo que es eso.

Terminó la jornada sin cansarse demasiado, aunque con la cabeza espesa debido a las preguntitas de David. Madre mía, qué pesado se pone con el tema de la familia. Recogió las palomitas que habían sobrado, juntó la recaudación, barrió y fregó, se cambió y se marchó en bicicleta diciendo adiós desde la puerta a sus compañeros que siempre salían más tarde que ella, la cagaprisas.

Cuando llegó a casa se acordó de los cumpleaños de su hermana, en verano, tan especiales por ello. Una vez le hicieron una fiesta en el camping donde estaban, otra vez sus primos la agasajaron con una tarta decorada en la casa familiar de la sierra... Hace poco una tía le ha dicho que como su hermana era la pequeña daban más ganas de hacerla cucamonas a ella.

Macarena piensa que su herida tiene una cicatriz interna que no se ve y que con cada acción injusta que ella percibe se abre. Tejer el patchwork de esas injusticias puede ayudar a cicatrizar para que no se vuelva a abrir nunca más o por el contrario marcarla más, como pasa con las arrugas, para poder compadecerse de ella y de los que la rodean.