Han pasado veinte años desde
la pregunta de David. Ahora podría responderle, pero sólo con una palabra. Aún
quedan muchos sentimientos sin colocar para elaborar un discurso que explique
ese escozor que tiene en el corazón. En este tiempo ha tenido contacto
intermitente con sus padres: o bien llamaba su madre para preguntar por Eneko y
el enfermo de turno; se acercaba a su casa si tenía que hacer algún recado por
la zona; o bien era Macarena la que iba al centro de operaciones.
Desde que su padre está
enfermo busca la manera de establecer más contacto con ellos, pero le resulta
igual de difícil que cuando los veía corregir exámenes sin parar y ella buscaba
la manera de sentirles cerca. Su padre subía y bajaba la pierna con ella sobre el
empeine mientras marcaba en rojo los descuidos de sus alumnos. Decía que le
venía bien para la bicicleta el ejercicio de subir y bajar la pierna con su
hija encima y por su parte Macarena niña simulaba montar a caballo y
divertirse. Nunca dejaban el bolígrafo para cogerla en brazos. Ahora tampoco:
cuando no eran los médicos, eran las clases de encuadernación, cuando no su
hermana… El caso es que Macarena sentía un movimiento contrario al sentido por
amigos de su edad: sus padres cada vez tenían menos tiempo de estar con ella.
Hoy jueves les llama. Tiene un
plan que ofrecerles que piensa cuadra mucho con ellos y espera un sí:
dar un paseo por el Retiro para ver la primavera.
-Pues no vamos a poder ir,
hija. A tu padre le han dicho que haga reposo tres días.
-Vaya, así es que hoy no vais
a salir.
-Pues no… Si te quieres venir
a comer…
Macarena acepta y come allí.
Mientras sus padres terminan de ver el telediario siestea un rato y cuando se
despierta los ve en la entrada poniéndose los zapatos. Ante la pregunta de
¿no tenía que hacer reposo? La madre despliega todo el equipo para crear
una escena.
En primer plano aparece el
padre caracterizado como Mortadelo, pero más bajito y con tripilla. A su lado la madre habla y gesticula con las manos al ritmo de lo que va
escenificando. Mortadelo-padre va cambiando de vestimenta y situación:
primero es un accidentado que se presenta vendado hasta la coronilla tumbado en
una cama, después es un tetrapléjico que se desplaza en silla de ruedas, más
tarde un viejecito añoso que usa andador, luego un viejecito menos añoso con
bastón… hasta llegar a un atlético montañero como usaba parecer su padre hace
unos años. Todo esto para explicar que cuando hablaron con Macarena no podía
salir, debía guardar reposo, pero ahora se sentía con ganas e iban a salir a
pesar de la prescripción médica. Habían quedado con Julio y Julia.
Por la tarde ya en su casa
Macarena se acerca a Ataíta. Así llama a su nuevo ordenador, uno portátil.
Antes tuvo uno de mesa que sustituyó a Mónica. La comida en casa de sus
padres de nuevo la ha desinflado, la ha escocido donde siempre, en su herida.
Se coloca frente a la puerta antigua que instalaron a modo de mesa en el
estudio y empieza a escribir:
Herida Nº 29:
Hace
años dio un paseo por el centro con su madre. Recorrieron el barrio donde ella
había estado trabajado como profesora, el de La Escuela de Artes y Oficios Artísticos. Le
enseñó dónde desayunaba con sus compañeros, dónde compraba material, dónde
cogía libros prestados… Después pensó: qué bonito sería repetir esto, “paseos
con mi madre” titularía esa parte de su vida si lo hacían. Pero en eso se
quedó, en un paseo. Cuando está Eneko es Eneko. Cuando Clotilde está enferma,
son las enfermedades de Clotilde. Cuando están en la piscina, son las
vecinas... Fue en ese paseo cuando le preguntó si aún le seguían dando la
“beca” a Clotilde y por qué no se relacionaba con su hermano ni sobrinos.
Cuando termina el párrafo mira
a través de la ventana que tiene a su derecha los tejados de Madrid sobre el
parque de Madrid Río. Ya no hay fisuras en la imagen, como las de su vieja casa
en la calle Tabernillas. Ahora el cielo es azul sin roturas y las casas están
demasiado lejos para apreciar cualquier fractura en la pared.
Un día
que fue a comer al centro de operaciones se llevó las fotos de un viaje que
acababan de realizar a México. Su padre no quiso verlas. Macarena no lo
entendió y se puso triste. Aún hoy la falta de esa presencia de su padre viendo
las fotos de su viaje le duele, igual que cuando no quiso ir a comer cocido a
su casa aquella vez que vinieron sus tíos. Le duele más todavía si piensa que
el país preferido de su padre es México y que su comida favorita es el cocido.
Llega Eneko del colegio y como
siempre timbra varias veces. Ella le abre timbrando varias veces también como
si así se comunicaran por morse. Con su hijo tiene una comunicación que no
tuvo, tiene ni tendrá con sus padres. Desde el “piel con piel” de cuando nació,
hasta los millones de besos que se dan a diario “porque, mamá, tienes un
moflete muy blandito”, hasta examinarla de videojuegos para ver si se ha
enterado de todo lo que le ha contado de camino al colegio o en las largas
caminatas por el campo. Sin embargo, con sus padres enseguida fue el no
cogerlas “que luego se acostumbran”, no más besos por pudor, el “si tienes algo
que contarme…” que le dijo un día su madre cuando Macarena se quejó de su poca
curiosidad. También está el “todo en orden” de su padre que sigue a su pregunta
y tras el cual éste se queda tranquilo también porque su hija le ha dicho que
están bien.
Comen los dos frente a frente
mientras se cuentan su mañana. El profe de Historia le ha llamado la atención
por pedirle a un compañero que le dejara tocar sus guantes de fútbol. Por la
tarde se dedica en cuerpo y alma a su hijo, menos el rato que él juega a
videojuegos después de comer, que aprovecha para leer y dormir diez minutos de
siesta. Hoy que no está Daniel cocinarán juntos lo que le han visto hacer a un
youtuber: perritos calientes envueltos en espaguetis. Cuando los están comiendo
llama Daniel que está de viaje en Santander y le envían una foto.
Sigue frotándose con agua y
jabón aquellas partes del cuerpo donde ha escrito a lo largo del día. Eneko la
espera en su cama para leer juntos Tom Sawyer. Cuando padres y madres de
catorces han dejado ya la lectura compartida, ella sigue disfrutando de ese
momento junto a su hijo como el que más. “Resúmelo”, le dice después porque
quizás la cabeza de su hijo no estaba en el momento de la misma manera que la
de ella. A Macarena le compensa sentirle cerca con sus manos de hoyitos
todavía, su incipiente bigotillo, su olor a sudor descafeinado…. “Hoy no, mamá,
mañana me ducho…”.
“Me comenta tu madre que has
afirmado, si te ha entendido bien, que todas las enfermedades tienen un origen
mental.
Yo
nunca he dicho eso. Léete, si quieres, como tú me dices con otros libros: La
enfermedad como camino.
Con toda la prudencia del mundo, por si acaso
no te ha interpretado correctamente, he de responderte que es muy fácil hacer
esa afirmación cuando se ha tenido una infancia y juventud en la que todas tus
necesidades básicas han estado cubiertas. La tuberculosis, en el viejo
bachillerato se estudiaba en la asignatura de Ciencias Naturales, en BUP no lo
sé, la produce el bacilo de Koch, descubierto por este investigador alemán, que
infectó a tu abuela por contagio cuando en los primeros años de la posguerra residió
en una casa en la que el hijo de la dueña tenía esa enfermedad. Desde entonces
su vida ya no fue la misma: mi hermana y yo, siendo muy niños (yo tendría la
edad que ahora tiene Eneko y la de mi hermana puedes calcularla), cuando más la
necesitábamos estuvimos sin verla durante año y medio. Para ella también debió
ser durísimo. Pero la enfermedad no la abandonó, porque recayó un par de veces,
que yo recuerde al menos, la última ya en Madrid estuvo seis meses en el
hospital de Guadarrama hacia 1965 y nunca dejó de acudir a revisiones periódicas.
Para colmo no pudo ejercer ya su profesión de modista que tanto amaba: tenía
los pulmones tan dañados que la ahogaba cualquier esfuerzo. No fue un caso
mental, sino de la miseria que trajo una guerra criminal e infame.
También tu tío José María y yo
padecimos raquitismo en la infancia, sin duda por la misma causa. De mí sé
decirte que abominaba aquellos potajes de legumbres que tenía que comer porque
no había otra cosa. Los dos nos quedamos pequeñitos sin superar la estatura de
nuestros padres como fue lo normal en nuestra generación, particularmente entre
los niños que estaban mejor alimentados.
Pienso
que una necesidad básica también es el afecto y la expresión de cariño. Sin
ello muchas personas y animales se mueren. Y no lo digo yo, lo dicen muchos
titulados y personas importantes de esos que os gustan.”