Leemé

lunes, 27 de mayo de 2013

Romeo se abrocha


 
Junta la barbilla contra el pecho y con la manita coge la cremallera, iniciada ya por su papá o mamá, para subirla hasta el cielo si pudiera. Entonces se queda tan a gusto, lleno de haber realizado tan grande hazaña. Algunas veces pide que se lo haga yo, porque no le apetece o porque quiere tenerme a su lado, intuyo. Pero casi siempre es él el que se sube las cremalleras, que le encanta eso de abrocharse chaquetas y abrigos. También maneja ya muy bien el arte de pegar el cierre de velcro de los zapatos. Una vez un amigo me dijo que a él no le importaba esperar a la gente porque eso le suponía un regalo de tiempo, tiempo que le regalaba esa gente para estar consigo mismo cuando le hacían esperar. Pues bien, ese es otro de los regalos que me hace Romeo cada día. Tiempo de observarle cuando le veo abrocharse su abriguito. Pensaba acabar esta entrada diciendo que mi tiempo es como de película muda acelerada y el de él es de documental de naturaleza que muestra a tiempo real el crecimiento de una flor. Que si antes no tenía tiempo por todo lo que supone hacerle a un bebé: alimentarle, cambiarle, dormirle…; ahora tampoco lo tengo por lo que supone que un niño aprenda. Pero me he dado cuenta que en ese su aprendizaje también está el mío, saber estar sin hacer nada, observándole, y ese es un regalo muy grande.

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