Leemé

viernes, 19 de abril de 2013

Romeo se enfada


 
Ya he comentado en alguna entrada que cuando Romeo tenía meses, emitía unos gritos sorprendentes por su intensidad, que muchas veces no sabíamos por qué era y nos hubiese gustado saberlo. Pero por entonces no ponía palabras a lo que sentía, y antes que nada, seguramente, no sabía que estaba sintiendo algo. Ahora Romeo creo que lo sabe.  Por otro lado, en casa le damos mucha importancia a las palabras. Nos encantan las palabras, jugamos con ellas, las inventamos, las coleccionamos, las regalamos, decoramos la casa con palabras… y por supuesto las utilizamos para vestir nuestros sentimientos. Así es que Romeo ha aprendido a decir que está enfadado cuando lo está, aunque a veces no sepa por qué. Otras veces Romeo se enfada porque mamá no le da leche, se enfada porque mamá o papá le cambian el pañal, se enfada porque le visten para salir a la calle, se enfada porque sabe que después de comer es necesario lavarse los dientes y no quiere… Curioso esto de la escritura que me hace pensar mientras lo escribo (y no al revés) la manera de reconvertir estas frases, estas acciones, para que Romeo no se enfade: no cambiarle el pañal (lo mismo lo acaba pidiendo él cuando se le salga ya el pis por todos los lados), no vestirle para salir y que vaya en pijama (al fin y al cabo es ropa), lavarse los dientes cuando pase un rato después de comer… Aunque en esto dudo mucho que lo hiciera, que el juego le distrae de cualquier cosa; pero por probar, nunca se sabe. También me doy cuenta de que el enfado forma parte de la vida y por qué descartarlo. Y de nuevo me acuerdo de mi querida Rebeca Wild: todo organismo vivo está limitado, los límites nos ayudan a ser más libres. Algo así decía.

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