Al día siguiente, en el momento
en que se disponía junto a la ventana del salón para sentarse a escribir,
llamaron a la puerta.
-Hola, mamá, ¿cómo tú por aquí?
¿Pasa algo?
-No, no, que vengo de la
mercería…. Esa que me gusta tanto. Que ya quedan pocas así, de las de toda la
vida.
-Pasa, pasa…
-Mira, es que por comprar tres bragas me han dado un vale de diez euros y te he comprado unos calcetines, que como siempre se te hacen agujeros por el juanete y estás falta de ellos…
La madre se acomoda en el pequeño
sofá verde del salón y saca de un bolso tipo Mary Poppins la mercancía: un paquete de plástico transparente con tres bragas blancas
y otro paquete de cuatro calcetines unidos por un cartoncillo que pone: “lo
mejor para tus pies”. Mientras Macarena se dirige a la cocina la madre sigue
hablando en el salón.
-Me ha parecido buena oferta. Ya
ves tú, cuatro calcetines por tres bragas… No lo he podido resistir. Merece la
pena. Son de buena calidad. Y cada uno de un color para que te combine con
todo.
Cuando Macarena regresa al salón
la madre se levanta del sofá. Viste un conjunto de chaqueta y pantalón verde
chillón a juego con los zapatos abotinados y con el lazo que corona su media melena de ahora. Habla al tiempo que sigue sacando de su gran bolso calzoncillos,
medias, botones… Lo que ha adquirido en la mercería de toda la vida.
-Que estaban en liquidación,
hija, y tenía que aprovechar. Es que creo que la van a traspasar. A mí me hacen
polvo porque yo le compro muchos calzoncillos a papá allí, pero es que la hija
tiene cáncer y tienen que cuidarla.
Mientras habla mueve muchos las
manos y alza las cejas que enmarcan sus ojos cual tejado a dos aguas. Prosigue
con la historia de los dueños de la mercería, pero Macarena ya no está allí. Su
madre ha llegado con todo el atrezo para montar la escena y ella observa hasta
que la película le aburre. Es escenógrafa. Se le da de miedo inventar escenas
para explicar sus actos de vida. Como esta vez, una historia repetida con
decorados diferentes. Siempre que le trae algo a su hija recrea una
escenografía que lo justifica.
Ser la hija mayor vino
acompañado de injusticias intrínsecas. Esta es la tercera historia que más le
duele a Macarena. Cuando todas sus amigas se depilaban e iban a discotecas, a
ella le dijeron que no lo podía hacer hasta que no tuviera dieciocho años. Sin
embargo, a su hermana con dieciséis la dejaron hacer las dos cosas. Nunca lo
entendió.
Cuando se fue su madre se puso a
escribir.
Herida N.º 3:
-Mamá, este viernes quiero ir a
Nacional con mis amigas, que van todas.
-No, hija. Ya lo hemos hablado.
Tu padre y yo pensamos que hasta que no cumplas los dieciocho años no puedes ir
a la discoteca. Mientras tanto, puedes hacer otras cosas que no ir a esos
sitios que son para mayores de edad.
-No, mamá, a Nacional se puede ir
con dieciséis.
-No insistas, Macarena. Está
decidido y no vamos a cambiar de opinión.
Un año más tarde, la
misma secuencia con su hermana. Sin embargo, esta vez su madre dijo que sí
olvidando lo que había acordado con su marido un año atrás. Macarenita sintió
un pinchazo agudo cerca del esternón. Con ese dolor permaneció varios días,
pero nadie lo notó, y además era agua pasada.
“En primer lugar me gustaría saber por qué cuando mi hermana cumplió los dieciséis años no os comportasteis de la misma manera que os habíais comportado conmigo a esa edad. Es decir: no dejándola depilar las piernas, haciéndola volver a casa pronto, no permitiéndola ir a las discotecas... Igual vuestra respuesta es que al ser yo la mayor, abrí el camino. Fui vuestro conejillo de indias ante situaciones que no sabíais cómo resolver y que más tarde, sólo un año más tarde, con ella no resolvisteis de la misma manera. Sin embargo, necesité que me lo dijerais así, porque yo siempre lo vi como una injusticia jamás juzgada. ¿Por qué no me lo explicasteis cuando yo os decía "que no había derecho"? Tal vez ni vosotros erais conscientes de ello, ni queríais pensar en ello, ni me escuchasteis”.
Llegó tarde al Cine y tuvo que
lidiar con la cara de Isidro, que la miraba enfadado con las manos en la
cintura y el pie derecho haciendo claqué. Después de cambiarse de ropa en el
baño empezó la jornada como siempre hacía. Por un lado, preparó los productos:
hizo una olla de palomitas llenando hasta arriba el cubilete de maíz al que
añadió un cacito de sal. Colocó los vasos vacíos en la barra de mayor a menor
junto a sus correspondientes tapas y repasó todas las chocolatinas comprobando
que estuvieran en buen estado, sin caducar. Después a sus cosas: se sentó a
leer Guerra y Paz.
Durante el descanso, a las ocho y
media, la llamó Clotilde. Que no le daba tiempo a llegar porque
tenía que hacer no sé qué papeleo del paro, que ya se verían otro día. A través
del teléfono móvil Macarena vio a su hermana convertida en emoticono de agobio: dientes apretados o el de la sonrisa con una lágrima en la sien. Esa era la
peculiaridad de su hermana: podía convertirse en emoticono en un abrir y cerrar
de ojos. Toda ella, sin piernas, ni brazos, una figura redonda con ojos y boca.
Otra semana más que no la vería. Ahora vivía en Suiza.
Herida N.º 4:
Fue poco antes de irse Clotilde
de casa cuando vino el tema de la ropa. No dejaba la ropa a Macarenita
porque decía que no la cuidaba, así es que ésta decidió hacer lo mismo. Hasta
ese momento habían compartido muchas cosas: habitación, juguetes, ropa... Pero
Clotilde, más interesada en las tareas de la casa que ella, no soportaba que su
hermana no dejara los jerséis doblados bien alineados en el armario después de
prestárselos. El problema vino cuando su madre se hizo cómplice cogiendo a su
hija mayor los pantalones de cuero para una actuación de teatro que tenía la pequeña en el instituto. Cuando Macarenita la vio sobre el escenario con sus
pantalones sintió un tremendo pinchazo en el esternón, donde la otra vez. Había
disfrutado de la obra y de compartir ese momento junto a su madre en el salón
de actos hasta ese instante. Como ya había pasado otras veces, se tuvo que
tragar el enfado para no teñir de negro el momento. La misma sensación que
cuando descubrió por una foto familiar que su madre se había hecho de nuevo
cómplice de su hermana para quitarle una camiseta con el fin de que ésta se la
pusiera el día de la boda de un primo. De nuevo tuvo que engullirse el enfado.
Todavía arrastraba ese dolor, el dolor de saberse injustamente tratada por una
madre, aunque sabía que era agua pasada.
Este era el cuarto tema que más
le dolía. Otro trozo de vida cosido en el patchwork de su pasado con el que
seguía arropándose en el futuro.
La jornada se sucedió sin
complicaciones, y después: recoger las palomitas que habían sobrado, dinero,
barrer, fregar, cambiarse, despedirse y marchar. La anécdota del día fue que
vino la Sartorius con un chico alto, bien vestido. Asun, la taquillera, comentó
que siempre había venido mucho al Cine. Asunción lleva muchos años trabajando
de taquillera y sabe mucho de la clientela. Se lleva treinta años con Macarena.
Ha estado en varios cines, hasta en el Cervantes que era de películas X, y
finalmente en este. Es de Santander, de un pueblo llamado Cama. Le encanta el
queso. Vive por Rio Rosas sola en una casa enorme.
“Le diste a Clotilde mis
pantalones de cuero negros para que se los pusiera, violando así la norma de mi
armario: si ella no me dejaba la ropa (ella fue quien empezó a no dejarme su
ropa), yo tampoco se la dejaría. ¿Por qué cogiste los pantalones sin mi permiso
cuando ella no me dejaba coger su ropa?
Más adelante lo repetiste: le
diste sin mi permiso (mientras yo estaba en Italia) una camiseta mía. Cuando me
quejé, me contestaste que no tenía nada que ponerse para ir a la boda del
primo. ¿Por qué ella podía ponerse algo mío cuando yo no podía ponerme nada de
ella?”.
“Sigo escribiendo para vaciarme,
pero me duele pensar que no contestarás a todas las cosas que te he escrito.
Que con suerte contestarás alguna, las demás se quedarán ahondando aún más mi herida.
No entiendo como una madre puede
robar a una hija para darle lo robado a otra y luego no disculparse. Por poner
un ejemplo de la lista”.
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