lunes, 23 de marzo de 2026

Hablar con el lenguaje del otro


 

Dicen que en función de con quien nos relacionemos adoptamos una máscara o personaje diferente. Es decir, que según con quién estemos nos comportamos de una u otra forma, que cada uno adquirimos un papel diferente según con quién interactuemos, aunque no queramos o no sea un acto consciente. Esto, claro, también comprende el habla.

He observado que me va mejor cuando hablo a mi madre en su lenguaje. Es decir, como sé que sus prioridades en la vida son el estudio-trabajo y las enfermedades le hablo siempre en esos términos. Que tenemos que irnos pronto: nos vamos porque Romeo tiene que estudiar. Que no me apetece hacer algo: es que no me encuentro bien. Que necesito algo de ella: le digo que es para trabajar. Que necesito que me haga caso: le hablo de la enfermedad de alguien o de lo que tiene que hacer Romeo en el Instituto. Todo lo demás que le quiera contar está fuera de su radio de percepción. No lo va a oír, o si lo oye no va a surtir en ella ningún efecto.

Con mis compañeros de trabajo, sin embargo, me pasa otra cosa diferente: la queja es la bandera que está en el mástil casi todo el día y sé que me van a acoger mejor si como ellos la abandero. Me miran complacientes cuando me quejo y raro cuando no lo hago. Sin embargo, yo me niego a ondear esa bandera (no me da tantos beneficios como no hacerlo) y hablo en otros términos: para mi trabajar es jugar. “¿Quién sabe lo que podría suceder si pusiéramos el fervor alegre del niño que juega al servicio de nuestra organización social?”

Cuando mi hijo era pequeño ponía mucha atención en cómo le decía las cosas: usaba frases cortas y palabras que él pudiera entender. Sobre todo, lo de las frases cortas, pues las palabras si no las entendía me preguntaba. Ahora con mi padre enfermo también construyo frases cortas, aunque no hablo aún en su lenguaje dadaísta.

Tengo dos frases recurrentes: “es una manera de verlo” y “hay que saber qué batallas librar”, para cuando hablo con gente que no opina como yo. En esos casos, como no puedo adoptar el lenguaje del otro, acabo diciendo la primera frase y repitiéndome en la cabeza la segunda para no alternarme más de la cuenta.

 


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