A la mañana siguiente se
despierta pensando en la cita con sus padres en Aluche, cumpleaños de su madre.
No sabe a quién más ha invitado. Se pregunta si irá su hermana, ya que acaba de llegar de
Suiza. No le apetece verla. El emoticono de pobre hija le pone nerviosa.
Desplegó su ordenador portátil
color cobre sobre la bandeja mesa que le había regalado su abuelo cuya madera,
de Ceiba costarricense, empezaba a agrietarse; se sentó en la silla verde de
instituto que le había dado su padre hace tiempo; y echó un chorro de café en
la pequeña taza Segafredo que se había traído de Italia. Consume la mañana así,
terminando de pulir alguna escena, alguna de sus heridas, y después se prepara
para marchar, pues antes de ir a Aluche quiere comprarla un regalo.
Herida N. 18º:
Se presenta a la una en casa
de sus padres con un paquete de napolitanas de crema que ha comprado en La
Mallorquina, las preferidas de la madre. Dos besos de “pescadilla”, de esos que
no se sienten, de uno y otro para después sentarse a comer. Ya está todo
preparado: la vajilla de La Cartuja, los cubiertos color plata que le recuerdan
a Mondrian y una enorme fuente que sale del horno directa al centro de la mesa.
Al momento aparece la cara de su hermana asomando por detrás de la puerta
corredera de la cocina y al instante se transforma en un gran emoticono que se
relame.
-¡Merluzaca al horno con
patatas! ¡Qué bien!
En torno a la mesa los cuatro
de la familia. Es raro verlos así. Desde que Clotilde se fue a estudiar fuera
coinciden pocas veces. Además, su madre puso punto final a las celebraciones desde entonces. Como la del aniversario de boda los trece de febrero. Una cena con
velas en recuerdo de los tiempos difíciles que tuvieron que pasar en aquella
época ahorrando electricidad a partir de las ocho de la tarde. Macarena no
puede evitar la pregunta que le nació ayer después de la llamada de su madre:
- ¿Cómo es que te ha dado por
celebrar de nuevo tu cumpleaños, mamá?
-No sé, hija, de repente se me
ocurrió el otro día…
-Y qué pronto coméis ahora,
¿no?
Junto a la cabeza de la madre
ha aparecido una bombillita como la de los cómics, la que ponen cuando un
personaje tiene una ocurrencia. Macarena recuerda como si tuviera su piel grabada con un hierro de marcar los estrictos horarios de cuando vivía con sus
padres: comida a las dos y media, cena a las nueve. Una de las razones por las que se compró su casa.
-Bueno… Es que nos ha invitado
tu primo Javier a merendar esta tarde aprovechando que está tu hermana.
-Ah…
Macarena se rompe. De nuevo ese dolor en el pecho que la parte por la mitad. La madre sigue hablando.
-Es que quiere enseñarnos un
museo nuevo que han abierto en Alcalá.
Al instante aparece, como una
prolongación de la mesa donde están sentados, un bodegón del Museo Cervantes
colocado en otra mesa de madera. Macarena mira a un lado y a otro la
escenografía montada por su madre. Parece que eso le ayuda a disipar el agudo
dolor en el pecho. Van surgiendo cuadros de la nada que se descuelgan como por
arte de magia del cielo de la cocina. La madre habla y habla.
También está la pluma de Cervantes moviéndose sobre algo parecido a una hoja de
papel que se balancea por encima de sus cabezas. Además, la estancia se ha
llenado de mobiliario de la época: un bargueño con su tintero, pluma y la
salvadera; un lagar con sus uvas incluidas, una cama con cortinajes, sillas y
taburetes de madera de roble, palmatorias, candelabros, vasijas de porcelana
china… Todo va saliendo de las manos y boca de la madre convirtiendo el
salón en la misma casa de Miguel de Cervantes con sus vigas de madera en el
techo y todo.
Terminada la exposición de su madre, de la que ya ha desconectado hace tiempo mientras observa las
estampas mitológicas y religiosas de la época escenificada, apuran la ensalada
del centro y llega el postre: natillas aflanadas, especialidad de la
homenajeada. Pero no tiene ganas de más. Decide irse de allí sin hacer
sobremesa. Ya ha tenido bastante. Se siente engañada y desplazada una vez más. Siente desgarro porque la han dividido de lo que ella pensaba era indivisible. Igual que cuando nació su hermana y la dejaron en la casa de la sierra. Pero nadie dice nada. A todos les parece normal. Cómo han podido dejarla fuera. Es
como invitar a alguien a merendar y decirle que tiene que venir sólo con una pierna. Tiene la herida abierta de nuevo.
Días depués sobre la Ceiba constraricense escribiría la escena junto con lo de "¿y qué quieres que le haga si a tí no te ha invitado?" que le dijo su madre cuando la vio llorar. Fue como si la partiera un rayo por la mitad. Desde el día que vio a sus padres alejarse con su hermana recién nacida no había sentido tanto dolor.
Ni el Cine hoy domingo hace
que su pinchazo deje de pincharle. La jornada con lleno casi absoluto se
desarrolla sin incidencias y, a pesar del difícil equilibrio que tiene que
mantener para servir los vasos de Coca-Cola y llenar los cartones de palomitas
sobre su dolor pectoral, consigue no derrumbarse.
Rosa, la señora de la
limpieza, no ha parado. En realidad, hace de todo: sirve palomitas cuando la
cola llega hasta los baños, corta entradas cuando David se ausenta para ir a la
sala (siempre hay alguien que necesita ayuda con la linterna para acomodarse) o
a la cabina (la gente se queja cuando el sonido de la publicidad está muy alto). Cuando
empezó a trabajar en el cine, pensó que era sudamericana por
los rasgos de su cara: ancha, nariz aporratada, piel oscura, ojos rasgados,
pelo negro… Luego le habló de Tetuán y su linaje y descartó la idea.
Hoy le ha contado que ha
despertado a Toñín, su hijo, para que viera nevar. Lo ha acurrucado lo que ha
podido entre sus brazos, silla de ruedas incluida, y se han quedado arropados así con la cortina del salón viendo nevar. Hasta que han dado las siete y media en
el reloj y se ha tenido que ir para entrar a las ocho a trabajar. Esta mañana ha
tenido la suerte de ver las calles blancas. Ha remoloneado un poco con sus
compañeras hablando de la gran nevada porque no les apetecía nada ponerse a limpiar. Pero enseguida han cogido la escoba y se han puesto a barrer los
copos de maíz que había debajo de las butacas. Recogiendo rápido la suciedad
parecía que pasaba antes el tiempo. Ella en la sala de abajo y su compañera
Mari Jose en la de arriba. Así se lo reparten. A media mañana la ha llamado su
amigo de Zaragoza y estaba contenta por eso.
Macarena se va a casa
compungida, con el dolor en el pecho sobre el que también apoya el túper de
natillas que le ha dado la madre. Cuando llega, después de descalzarse, lavarse
los dientes, la cara y ponerse el pijama sin tatuajes que borrar, se mete en el
saco con la bolsa de lectura de la que extrae el nuevo libro: Ordesa. Madre mía, qué ganas tenía de
empezarlo ya.
Castañas, Navidad, casa de la
sierra, estar en casa, Cafés, esquiar, chocolate, caldos, infusiones, nieve...
Invierno.
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