A lo largo de mi vida he perdido varias cosas. Algunas me han dolido muchísimo, como un jersey de punto que le hizo mi madre a Romeo (se me cayó del carro un día que iba con prisa) o la primera cámara de fotos de mi hijo (me la dejé olvidada en los servicios de un puerto). Pero las pérdidas que peor llevo son aquellas pérdidas ocultadas. Es decir, cosas que dejé y no me devolvieron a pesar de reclamarlas. Entiendo y asumo el riesgo que existe de que no vuelvas a ver lo que dejas. Lo que no logro encajar es que no me digan que lo han perdido, si así ha sido, cuando pregunto por ello. Una vez se me ocurrió sorprender a una persona en su cumpleaños dejándole una de mis películas favoritas y nunca más supe de ésta. Otra vez dejé algo para un encargo a una persona que se ofreció a hacerlo y ni me lo hizo ni he sabido qué ha pasado. Observo que en las dos transacciones hubo algo perturbador: en la primera no fui yo quien se lo di en mano, pero sé que le llegó; en la otra el momento no era el más adecuado, plena vorágine de preparativos para una celebración familiar. Observo también que cuando no ha sido idea de la otra persona pedirme lo dejado, tengo más problemas para que me lo devuelvan. Así es que he aprendido a afinar más en mis préstamos: sólo lo que me piden y transacciones directas. Me cansa reclamar mis cosas y llevo mal que no me digan qué pasó con ellas. Para mí es como lo de la Memoria Histórica, pienso. Necesito saber dónde están para pasar página y trascender el duelo de la pérdida.
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