Leemé

miércoles, 18 de mayo de 2011

SUEÑO


Un día, durante mi paseo mañanero para despejar ideas, conocí a un trapecista que decía que nunca recordaba sus sueños. El mismo día por la tarde me presentaron a Carol, una trapecista del circo Roma, el que aparecía todos los inviernos en el descampado antes de que aterrizaran los del Starcity, circo al que pertenecía el primer trapecista del que te hablo. Carol, la segunda trapecista, en cambio decía que todas las mañanas se despertaba con un sueño en la cabeza.
Esa noche me fui a la cama con el presentimiento de que me iba a costar dormirme. Aquellas dos personas y sus historias de redes y sueños me habían excitado sobremanera y como imaginé que me pasaría no pegué ojo en toda la noche. No encontraba la fórmula para hacer que se conocieran, hacer que entre los dos solucionaran sus carencias o excesos de sueños. Si pudiera traspasar sueños de uno a otro..., pensé.
Lorca, que así llamaban al primer trapecista por su habilidad en hacer que las palabras rimasen, lo había intentado todo: desde ponerse el despertador en mitad de la noche para ver si así se sorprendía con un sueño en la cabeza, hasta dejar encendida una grabadora por si le daba por hablar dormido y podía enterarse de lo que había soñado. Pero nada, no había manera; jamás llegó a recordar ninguno, me contó. Yo le dije para consolarle, que no se preocupara; que quizás era que tenía todos sus sueños cumplidos y no necesitaba soñar con nada. Pero esto en vez de tranquilizarle le enfadó más todavía por no tomarme en serio el tema de su subconsciente. Me llamó «imbécil con piercing», haciendo alusión al que llevaba él en la oreja, pensé.
Carol, menuda y fibrosa, por contra no sabía qué hacer con tantos sueños. Había llegado a pensar que no debía ser nada bueno acumular muchos. Por eso un día, nada más acabar la función, se puso con su mesa y silla plegable en la puerta del circo a vender dibujos «oníricos», los llamó, que hacía con varios spray y cartulinas que iba poniendo y quitando. En cada dibujo plasmaba un sueño y así se desprendía de él, decía.
Fue en este punto del relato de su vida de sueños y trapecios, cuando se me ocurrió lo que empecé a hacer a partir de entonces, después de al menos tres noches en vela. Todos los días, a eso de las ocho y media, me acercaba al descampado y tras la explosión de aplausos sabía que una Carol sin maquillar y embutida en un largo abrigo marrón saldría y se colocaría en la puerta del circo a vender sus dibujos. Y así, después de que me contara sus visiones desde el trapecio, le compraba uno sin pedirle explicaciones ni significados del mismo; cosa que le extrañaba. Pero a mí sólo me interesaba el soporte de uno de sus sueños. Ese era el fin último de mi adquisición. Después se los regalaba a mi amigo Lorca. Éste en un primer momento se encogía de hombros, pero tras observarlo un rato, llegaba a ver hasta poesía en los colores y entonces empezaba a soñar...
Primero se acostumbró a hacerlo despierto, contemplando los estallidos multicolores de Carol, y después pasó a hacerlo dormido. De tanto como le gustaba contemplar estas impresiones siderales hechas a base de pistoletazos azules y violetas, porque decía que le relajaban, empezó a verlos por la noche, en sueños... Fue entonces cuando apareciste tú. Bueno, antes vino la lucha de los dos circos por establecerse en el descampado, con el consiguiente encuentro entre ellos dos...

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