Ella no sabía que el bullying también se podía dar entre primos. Ni que está mal visto acarrear heridas familiares, pues son “agua pasada”, a diferencia de aquellas sufridas por la guerra civil. En su caso heridas de guerra y familiares iban unidas como descubrió más tarde escribiendo su Libro de Historia.
-Hola, soy mamá. Mira, que papá está con fiebre y no va a poder ir esta tarde al cine.
-Anda, vaya. ¿Salisteis
anoche?
-Fuimos al concierto
de Navidad. Y sí, debió coger frío esperando en la cola y luego dentro hacía
calor…
-Pues debe ser eso,
que hay mucha gripe.
-Sí, claro, el otro día
nos cruzamos con Marisa y venga a toser mientas hablábamos… Y en la farmacia lo
mismo, todo el mundo tosiendo. Igual que en el supermercado, que le pregunté a
una reponedora…
En cuanto Macarena oye
estos tres momentos apaga el mamómetro y empieza a ver
la escena a través del teléfono. De repente toda la ciudad aparece bajo una
boina de gripe del mismo color y forma que la que se ve en días de cielo
claro desde lo alto del cerro Garabitas. Poco a poco como hologramas que surgieran
del aire van desfilando todos los personajes que la madre menciona: Marisa, la
farmacéutica, la reponedora… Todos con ojos rojos, pañuelo, mocos y tos. Cuando
ya no puede sostener más la escena que dirige su madre, pregunta si les apetece ir a desayunar mañana a su casa.
-Es que pensábamos ir a
ver a los grupos folclóricos del barrio que actúan mañana por la mañana. Si
papá está bien.
Macarena siente un
pinchazo en la herida: la llamada de su madre a las diez de la mañana para
anularle la quedada de por la tarde, sin proponerle ninguna alternativa. Ni siquiera le preguntan si quiere ir con ellos. Cuando después ella propone otros planes, también le dicen que no. Le han dicho que no también a la propuesta para dentro de una semana: comer en su
casa. No ve manera de establecer una relación fluida con sus padres similar a la que tienen algunas amigas suyas. Sin embargo, la han juzgado por ello mismo.
Después de vender el
último cartucho de palomitas se sentó. Era la hora del descanso. Enseguida
escuchó los pasos de David que se colocó frente a ella apoyado en el mostrador
con la cena: un mango y queso fresco sobre una gran servilleta de papel. Se remangó el traje y le dijo:
-Oye Macarena, tú con
tus padres, ¿qué tal?
-Bien, ¿por?
-No, por nada. ¿Con quién
te llevas mejor con tu padre o con tu madre?
Cree que fue ahí donde se
dio el bing-bang de su actual existencia, donde empezó a trabajar sobre el patchwork de
su pasado.
Aquella pregunta de David le incomodó. Se clavó como un alfiler en su cabeza para el resto del día. Madre mía, qué pesado se ponía a veces. Ella pensaba que con sus padres le iba bien, pero parecía que su compañero lo cuestionaba. ¿Por qué sería? Además, no tenía ninguna preferencia. Es cierto que se asemejaba más al carácter del padre: los dos tenían como medio de expresión y de relación con el mundo la escritura. Por eso llevaba siempre un bolígrafo colgado de un cordón al cuello. Al final del día parecía salida de una intensiva sesión de tatuaje. Sin embargo, él tenía los labios gordos y la nariz chata. Se parecía mucho más a su madre: la misma nariz con caballete y los mismos labios finos. Pero los ojos eran andaluces como los de su padre y los pintaba de negro con un perfilador de su madre. Así es que era una mezcla perfecta de su padre y de su madre y no tenía por qué decantarse por uno u otro, pensaba entonces.
De su madre, además del
físico, también alta y con larga cabellera negra que peinaba con
raya al medio, compartía sonrisa. Amabilidad envuelta en sonrisa que repartía a
diestro y siniestro. Su madre desplegaba todos sus encantos cada vez que se
cruzaba por la calle con alguien conocido. Macarena jugaba a ser Amélie
haciendo feliz a la gente: a cada uno lo suyo. También compartían el gusto por
las historias. Su madre era una gran contadora de la vida. Relataba un episodio
vecinal como si se tratara de Galdós con los Nacionales. Otra cosa en la que coincidían era su amor por los libros. Su madre adoraba el libro como objeto y
hace poco había aprendido a cuidarlos: los restauraba y encuadernaba con tal
mimo que Macarena a veces sentía celos. Además, acumula bolígrafos gastados. Todos los que utilizaba su hija mayor con sus escritos. Bolígrafos que han
pasado muchas horas colgados de un cordón al cuello. Cuando Macarena se los da se acuerda del gran esfuerzo que tuvo que hacer pariéndola, que de
tanto empujar y revueltas que dio salió con el cordón enrollado al cuello. Era su manera secreta de agradecerle el esfuerzo por darle la vida.
De ambos tenía muchas
similitudes tanto físicas como psíquicas. No podía elegir. Con los dos se
llevaba bien, al menos hasta el momento.
La jornada se desenvolvió
sin contratiempos. Lo que dio lugar a finalizar también sin cambios: palomitas,
dinero, barrer, fregar, cambiarse, despedirse y marchar.
Sin embargo, cuando llegó a casa, para
su sorpresa, no tenía ganas de leer como siempre hacía para que le entrara
sueño. Llegaba tan excitada de cruzar Madrid en bicicleta que le costaba
dormir a pesar de lo tarde que era. Esa noche seguía pensando en aquello que
le había preguntado David.
Herida Nº 1:
Le contaron muchas veces
que cuando iba a nacer su hermana, mamá la apremiaba para que empezara a
caminar. La noticia del segundo embarazo sorprendió a todos. Con tan sólo
diecisiete meses de diferencia su hermana se disponía a nacer arrebatándole la
atención de mamá que vivió con angustia su aprendizaje en el arte de caminar, pues se veía incapaz de llevar a dos bebés en brazos.
-Mira, Macarenita, mira lo
que tengo. ¿Lo quieres? Pues ven hacia aquí y te lo doy. Ven a dónde está mamá.
Macarenita permanece
agarrada al mueble del televisor sin moverse, aunque ha girado la cabeza hacia
donde está su madre para ver lo que ésta le ofrece: una ardillita de peluche.
-Esta niña, nada, que no
quiere y no quiere. Por dios, pero venga, ven hacia dónde está mamá…
Unas semanas después en
brazos de su tía María, Macarenita observaba a su madre tendida en una cama
blanca de hospital. No había terminado de recorrer con los ojos la amplia cama
con su madre allí tumbada cuando ya le estaban diciendo que mirara hacia la
cuna que había al lado.
-Esta es tu hermana
Clotilde.
Acto seguido su tía la
dejó en el suelo y ella se agarró con fuerza al borde de la cama donde estaba
mamá. Ésta se incorporó y alargando el brazo cogió su manita para que se
acercara a la cuna. Con un solo paso torpe pudo alcanzarla. Y sí, allí estaba
algo que se movía y que como ella tenía brazos, piernas… Lo que no entendía era
todo el alboroto alrededor por una cosa tan pequeña. Se agarró fuerte a las
patas de la cuna y todos le decían que la mirara, que la tocara… Pero antes de
llegar a su cara un brazo adulto la cogió y la apartó de allí.
A partir de entonces los
brazos de mamá siempre estarían ocupados. Si quería subir con mamá sabía que
aquella estaría también, que tendría que compartir el mismo espacio calentito.
También el del carro, que todavía no existían los gemelares, y más adelante habitación, juguetes, ropa…
La llamó La
Ia que quería decir la niña en su idioma. Y madre mía, pensó Macarena, ahora esto es la inteligencia artificial, algo que suponen nos va a
facilitar la vida.
“Estos días y gracias a
todo esto que por fin está dando frutos en mí, estoy entendiendo que la
responsabilidad de veros como os veo está en mí, que es una perspectiva mía y
sólo mía. Estoy interiorizando (que saberlo lo sabía) que vosotros siempre lo
habéis hecho lo mejor que habéis creído y podido. Me refiero a nuestra
educación, el modo en que nos habéis criado y seguís tratándonos. Estoy
completamente segura de que me queréis igual que queréis a mi hermana. Las
circunstancias (que vosotros tanto repetís y os creéis víctimas de ellas)
hicieron que yo no fuera acompañada en mis celos de pequeña y que eso se haya
perpetuado en el tiempo por el papel que hemos adoptado cada una dentro de la
familia: la débil, la fuerte. Pero la vida da oportunidades y esta es la mía. Este
es mi momento para cambiar de perspectiva, para que mi corazón entienda lo que
ya entendió mi cabeza hace tiempo”.
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