miércoles, 14 de enero de 2026

Novela de un yo (1)

Ella no sabía que el bullying también se podía dar entre primos. Ni que está mal visto acarrear heridas familiares, pues son “agua pasada”, a diferencia de aquellas sufridas por la guerra civil. En su caso heridas de guerra y familiares iban unidas como descubrió más tarde escribiendo su Libro de Historia.

-Hola, soy mamá. Mira, que papá está con fiebre y no va a poder ir esta tarde al cine.

-Anda, vaya. ¿Salisteis anoche?

-Fuimos al concierto de Navidad. Y sí, debió coger frío esperando en la cola y luego dentro hacía calor…

-Pues debe ser eso, que hay mucha gripe.

-Sí, claro, el otro día nos cruzamos con Marisa y venga a toser mientas hablábamos… Y en la farmacia lo mismo, todo el mundo tosiendo. Igual que en el supermercado, que le pregunté a una reponedora…

En cuanto Macarena oye estos tres momentos apaga el mamómetro y empieza a ver la escena a través del teléfono. De repente toda la ciudad aparece bajo una boina de gripe del mismo color y forma que la que se ve en días de cielo claro desde lo alto del cerro Garabitas. Poco a poco como hologramas que surgieran del aire van desfilando todos los personajes que la madre menciona: Marisa, la farmacéutica, la reponedora… Todos con ojos rojos, pañuelo, mocos y tos. Cuando ya no puede sostener más la escena que dirige su madre, pregunta si les apetece ir a desayunar mañana a su casa.

-Es que pensábamos ir a ver a los grupos folclóricos del barrio que actúan mañana por la mañana. Si papá está bien.

Macarena siente un pinchazo en la herida: la llamada de su madre a las diez de la mañana para anularle la quedada de por la tarde, sin proponerle ninguna alternativa. Ni siquiera le preguntan si quiere ir con ellos. Cuando después ella propone otros planes, también le dicen que no. Le han dicho que no también a la propuesta para dentro de una semana: comer en su casa. No ve manera de establecer una relación fluida con sus padres similar a la que tienen algunas amigas suyas. Sin embargo, la han juzgado por ello mismo.

Después de vender el último cartucho de palomitas se sentó. Era la hora del descanso. Enseguida escuchó los pasos de David que se colocó frente a ella apoyado en el mostrador con la cena: un mango y queso fresco sobre una gran servilleta de papel. Se remangó el traje y le dijo:

-Oye Macarena, tú con tus padres, ¿qué tal?

-Bien, ¿por?

-No, por nada. ¿Con quién te llevas mejor con tu padre o con tu madre?

Cree que fue ahí donde se dio el bing-bang de su actual existencia, donde empezó a trabajar sobre el patchwork de su pasado.

Aquella pregunta de David le incomodó. Se clavó como un alfiler en su cabeza para el resto del día. Madre mía, qué pesado se ponía a veces. Ella pensaba que con sus padres le iba bien, pero parecía que su compañero lo cuestionaba. ¿Por qué sería? Además, no tenía ninguna preferencia. Es cierto que se asemejaba más al carácter del padre: los dos tenían como medio de expresión y de relación con el mundo la escritura. Por eso llevaba siempre un bolígrafo colgado de un cordón al cuello. Al final del día parecía salida de una intensiva sesión de tatuaje. Sin embargo, él tenía los labios gordos y la nariz chata. Se parecía mucho más a su madre: la misma nariz con caballete y los mismos labios finos. Pero los ojos eran andaluces como los de su padre y los pintaba de negro con un perfilador de su madre. Así es que era una mezcla perfecta de su padre y de su madre y no tenía por qué decantarse por uno u otro, pensaba entonces.

De su madre, además del físico, también alta y con larga cabellera negra que peinaba con raya al medio, compartía sonrisa. Amabilidad envuelta en sonrisa que repartía a diestro y siniestro. Su madre desplegaba todos sus encantos cada vez que se cruzaba por la calle con alguien conocido. Macarena jugaba a ser Amélie haciendo feliz a la gente: a cada uno lo suyo. También compartían el gusto por las historias. Su madre era una gran contadora de la vida. Relataba un episodio vecinal como si se tratara de Galdós con los Nacionales. Otra cosa en la que coincidían era su amor por los libros. Su madre adoraba el libro como objeto y hace poco había aprendido a cuidarlos: los restauraba y encuadernaba con tal mimo que Macarena a veces sentía celos. Además, acumula bolígrafos gastados. Todos los que utilizaba su hija mayor con sus escritos. Bolígrafos que han pasado muchas horas colgados de un cordón al cuello. Cuando Macarena se los da se acuerda del gran esfuerzo que tuvo que hacer pariéndola, que de tanto empujar y revueltas que dio salió con el cordón enrollado al cuello. Era su manera secreta de agradecerle el esfuerzo por darle la vida.

De ambos tenía muchas similitudes tanto físicas como psíquicas. No podía elegir. Con los dos se llevaba bien, al menos hasta el momento.

La jornada se desenvolvió sin contratiempos. Lo que dio lugar a finalizar también sin cambios: palomitas, dinero, barrer, fregar, cambiarse, despedirse y marchar.

Sin embargo, cuando llegó a casa, para su sorpresa, no tenía ganas de leer como siempre hacía para que le entrara sueño. Llegaba tan excitada de cruzar Madrid en bicicleta que le costaba dormir a pesar de lo tarde que era. Esa noche seguía pensando en aquello que le había preguntado David.

Herida Nº 1:

Le contaron muchas veces que cuando iba a nacer su hermana, mamá la apremiaba para que empezara a caminar. La noticia del segundo embarazo sorprendió a todos. Con tan sólo diecisiete meses de diferencia su hermana se disponía a nacer arrebatándole la atención de mamá que vivió con angustia su aprendizaje en el arte de caminar, pues se veía incapaz de llevar a dos bebés en brazos.

-Mira, Macarenita, mira lo que tengo. ¿Lo quieres? Pues ven hacia aquí y te lo doy. Ven a dónde está mamá.

Macarenita permanece agarrada al mueble del televisor sin moverse, aunque ha girado la cabeza hacia donde está su madre para ver lo que ésta le ofrece: una ardillita de peluche.

-Esta niña, nada, que no quiere y no quiere. Por dios, pero venga, ven hacia dónde está mamá…

Unas semanas después en brazos de su tía María, Macarenita observaba a su madre tendida en una cama blanca de hospital. No había terminado de recorrer con los ojos la amplia cama con su madre allí tumbada cuando ya le estaban diciendo que mirara hacia la cuna que había al lado.

-Esta es tu hermana Clotilde.

Acto seguido su tía la dejó en el suelo y ella se agarró con fuerza al borde de la cama donde estaba mamá. Ésta se incorporó y alargando el brazo cogió su manita para que se acercara a la cuna. Con un solo paso torpe pudo alcanzarla. Y sí, allí estaba algo que se movía y que como ella tenía brazos, piernas… Lo que no entendía era todo el alboroto alrededor por una cosa tan pequeña. Se agarró fuerte a las patas de la cuna y todos le decían que la mirara, que la tocara… Pero antes de llegar a su cara un brazo adulto la cogió y la apartó de allí.

A partir de entonces los brazos de mamá siempre estarían ocupados. Si quería subir con mamá sabía que aquella estaría también, que tendría que compartir el mismo espacio calentito. También el del carro, que todavía no existían los gemelares, y más adelante habitación, juguetes, ropa…

La llamó La Ia que quería decir la niña en su idioma. Y madre mía, pensó Macarena, ahora esto es la inteligencia artificial, algo que suponen nos va a facilitar la vida.

 

“Estos días y gracias a todo esto que por fin está dando frutos en mí, estoy entendiendo que la responsabilidad de veros como os veo está en mí, que es una perspectiva mía y sólo mía. Estoy interiorizando (que saberlo lo sabía) que vosotros siempre lo habéis hecho lo mejor que habéis creído y podido. Me refiero a nuestra educación, el modo en que nos habéis criado y seguís tratándonos. Estoy completamente segura de que me queréis igual que queréis a mi hermana. Las circunstancias (que vosotros tanto repetís y os creéis víctimas de ellas) hicieron que yo no fuera acompañada en mis celos de pequeña y que eso se haya perpetuado en el tiempo por el papel que hemos adoptado cada una dentro de la familia: la débil, la fuerte. Pero la vida da oportunidades y esta es la mía. Este es mi momento para cambiar de perspectiva, para que mi corazón entienda lo que ya entendió mi cabeza hace tiempo”.

 

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