jueves, 22 de enero de 2026

Novela de un Yo (2)

 

La luz entró por la ventana de la cocina en línea recta hasta la rendija entre el suelo y la puerta corredera de la habitación donde dormía. Despertándola así antes de que lo hicieran los ruidos del edificio. Acto seguido se levantó y preparó un café. Después, como cada mañana, desplegó su ordenador sobre la bandeja mesa que le había regalado su abuelo, se sentó en la silla de instituto que le había dado su padre y echó un chorro de café en la taza que se había traído de Italia. Con eso y con lo que había rumiado su cabeza durante la noche empezó a escribir después de los puntos suspensivos donde lo había dejado el día anterior.

Herida N.º 2:

Macarenita en brazos de su abuela materna mira a su madre que al otro lado de la verja se despide de ella:

-Adiós, mi niña, hasta dentro de unos días. Sé buena.

Su abuela le retira los pelos de “ratilla” de la cara y le suena los mocos mientras ella se revuelve.  Quiere bajar y salir corriendo, si supiera hacerlo, detrás del coche en el cual habían desaparecido sus padres. Cuando su abuela, que la sujetaba con fuerza, se dio la vuelta para regresar a la casa sintió un pinchazo cerca del esternón que todavía hoy le dura. El abuelo rastrillaba la maleza del camino de entrada. Había observado la escena desde esa distancia, ni muy cerca, ni muy lejos, sin dejar de rastrillar.

Cuatro días pasaron hasta que su madre regresó a por ella.

Este es el segundo episodio que más le duele: pensarse esperando a sus padres en la puerta de la casa de la sierra. Su madre le explicó años más tarde que la llevaron allí aceptando el ofrecimiento de sus abuelos a quedarse con ella mientras se recuperaban del parto. Le duele pensarse en la verja de la entrada llamando a papá y a mamá todos los días.

Esta vez llegó al Cine descargada. Había volcado su malestar sobre el ordenador por la mañana y pensaba que así nada ni nadie alteraría su equilibrio. Ese que debía mantener para llenar vasos de Coca-cola mientras rellenaba cartuchos de palomitas y preguntaba al cliente si quería algo más.

Isidro, el encargado, estaba gracioso ese día y cada vez que se acercaba al palomitón le contaba un chiste. Juan, el proyeccionista, sin embargo, apoyaba en la barra su cuerpo encorvado para contarle desgracias. Que había pillado a la hija fumando, que su mujer se había quedado sin trabajo… Madre mía, la de malas noticias que podían salir de él. Se equilibraban así, en ese espacio cinematográfico, desgracias y alegrías, como en las historias del cine, como en la vida misma, pensaba Macarena.

- Soy una gran matemática. - ¿Sí? ¿Una portenta? -30.

Isidro a risotadas con su propio chiste delante de ella y de Juan. Macarena se fijó en sus dientes. Amarillos. Seguro que había sido fumador. Igual que lo era Juan que no dejaba el cigarro nada más que cuando se metía en la cabina de proyección a comprobar si el empalme de acetato pasaba desapercibido o la imagen estaba bien enfocada.

La jornada se desenvolvió sin contratiempos y finalizó también sin cambios: palomitas, juntar la recaudación para dársela a Isidro, barrer, fregar, cambiarse, despedirse y marchar.

Sin embargo, cuando llegó a casa localizó de nuevo esa incomodidad en el estómago. Tenía que acallarlo de alguna manera. Se le ocurrió zamparse una bolsa de gominolas de ositos de colores caducada que había cogido en el Cine mientras veía Dirty Dancing en el viejo reproductor de VHS. Para estar más cómoda se llevó la televisión de quince pulgadas a su habitación y se metió en el saco. Hace poco que se había independizado y todavía no tenía sábanas ni mantas, ni siquiera somier. Dormía en un colchón puesto en el suelo. Noviembre en Madrid en un mini piso de cuarenta metros sin calefacción. ¿Se llevaba bien con sus padres?

Hubo un tiempo en el que el mundo para Macarena y su familia era a lo largo y ancho del planeta. Cada vez que tenían vacaciones: los meses de verano en edades escolares, Navidad, Semana Santa y algún puente. Habían ido al Valle de las Batuecas, Los Alpes, Holanda... Pero de repente, ese mundo encogió. Macarena no sabe qué desencadenó el cambio, aunque sí recuerda una discusión grande entre sus padres. A partir de ese momento se redujeron los viajes, menos los que eran para ir a ver a su hermana que estaba estudiando fuera. Después Madrid sería el único radio de acción (museos, iglesias, escuela de mamá, instituto de papá, casa de Macarena) y ahora, jubilados, apenas salían del barrio. Además, su madre siempre amenizaba las comidas con alguna historia vecinal, lo que hacía todavía más pequeño el mundo por el que ella sentía se movían sus padres.

-Alejandro ya no sale de casa. Necesita silla de ruedas para moverse. 

Mientras dice esto, se ha puesto a dar vueltas por el comedor sobre su silla a la que le han aparecido unas ruedas.

-Iginia, su mujer, es quien hace la compra y todo, menos el periódico que nos lo encarga a nosotros, - añade desde la puerta antes de salir al pasillo para seguir probando su nueva invención.

 

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