Desde hace tiempo incorporo la
meditación en mi vida. Creo que me ayuda a salir de la continua actividad en la
que estoy metida desde muy pequeña y por consiguiente a reconectar conmigo
misma. La he practicado de diferentes maneras. En este momento hago cosas que yo denomino “cosas de pensar” aunque en realidad son cosas
que hago sin pensar porque no me exigen esfuerzo, pero en las que pienso
muchísimo. Tengo una lista: hacer pan rallado, trocear chocolate, pelar
almendras, partir piñones, hacer jabón, amasar pan, colorear, hacer papel de
regalo, elaborar aceites y sales, dibujar gente leyendo, flores inventadas o
arte abstracto…
Ayer en una de estas meditaciones
diarias, pelando pimientos asados, pensé sobre la siguiente escena.
El otro día en casa de mis
padres. Ayudando a mi padre a prepararse para salir. Después de decirle que los
zapatos que se había puesto quizás le iban a hacer daño porque le quedaban muy
apretados con los calcetines gordos que llevaba. Intenté quitárselos porque no
lo hacía él, pero se opuso y me gritó. Lo mismo que hubiese hecho mi hijo
cuando tenía tres años después de advertirle algo. Una vez se puso unas botas
de agua sin calcetines en pleno verano y tuvimos que volver a los cinco minutos
porque tenía ampollas. Pero no me gritó porque le dejé hacer. Mi hijo aprendió.
Sin embargo, el poco tiempo que me queda con mi padre y el no estar en posición de maternaje con él, hizo que no me acordara
de esto el otro día. Así es que la escena fue por otros derroteros.
Mi madre que estaba al lado le
regañó. Le dijo que no me tenía que haber gritado ni hablado así. Hace años si
mi padre me hubiera gritado con un tono fuera de lugar y mi madre hubiera
presenciado la escena, ella no habría dicho ni hecho nada. Yo me habría ido a
mi cuarto llorando y habría esperado que llegara una madre que nunca llegó.
Ahora mi madre se siente con poder para regañarle. Ahora que él está enfermo y
depende totalmente de ella. Antes mi madre quizás tenía miedo y no se atrevía a
proteger a su hija. O quizás nunca pensó que aquellos gritos me podían herir. Ahora
ya no me voy llorando y no me hace falta que mi madre me proteja. Ahora entiendo
que en ocasiones nos embargan ciertas emociones. También sé que ellos no saben hacer
ciertas cosas, como yo no sé otras que ellos saben. Además, me acuerdo de mi
hijo de tres años y pienso en mi padre enfermo.
Este mes la frase con la que me
despierto todos los días es: el miedo, la ira y la angustia te paralizan, el
amor, la paz y la alegría te protegen.
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