lunes, 19 de enero de 2026

Pensando sin pensar

  

Desde hace tiempo incorporo la meditación en mi vida. Creo que me ayuda a salir de la continua actividad en la que estoy metida desde muy pequeña y por consiguiente a reconectar conmigo misma. La he practicado de diferentes maneras. En este momento hago cosas que yo denomino “cosas de pensar” aunque en realidad son cosas que hago sin pensar porque no me exigen esfuerzo, pero en las que pienso muchísimo. Tengo una lista: hacer pan rallado, trocear chocolate, pelar almendras, partir piñones, hacer jabón, amasar pan, colorear, hacer papel de regalo, elaborar aceites y sales, dibujar gente leyendo, flores inventadas o arte abstracto…

Ayer en una de estas meditaciones diarias, pelando pimientos asados, pensé sobre la siguiente escena.

El otro día en casa de mis padres. Ayudando a mi padre a prepararse para salir. Después de decirle que los zapatos que se había puesto quizás le iban a hacer daño porque le quedaban muy apretados con los calcetines gordos que llevaba. Intenté quitárselos porque no lo hacía él, pero se opuso y me gritó. Lo mismo que hubiese hecho mi hijo cuando tenía tres años después de advertirle algo. Una vez se puso unas botas de agua sin calcetines en pleno verano y tuvimos que volver a los cinco minutos porque tenía ampollas. Pero no me gritó porque le dejé hacer. Mi hijo aprendió. Sin embargo, el poco tiempo que me queda con mi padre y el no estar en posición de maternaje con él, hizo que no me acordara de esto el otro día. Así es que la escena fue por otros derroteros.

Mi madre que estaba al lado le regañó. Le dijo que no me tenía que haber gritado ni hablado así. Hace años si mi padre me hubiera gritado con un tono fuera de lugar y mi madre hubiera presenciado la escena, ella no habría dicho ni hecho nada. Yo me habría ido a mi cuarto llorando y habría esperado que llegara una madre que nunca llegó. Ahora mi madre se siente con poder para regañarle. Ahora que él está enfermo y depende totalmente de ella. Antes mi madre quizás tenía miedo y no se atrevía a proteger a su hija. O quizás nunca pensó que aquellos gritos me podían herir. Ahora ya no me voy llorando y no me hace falta que mi madre me proteja. Ahora entiendo que en ocasiones nos embargan ciertas emociones. También sé que ellos no saben hacer ciertas cosas, como yo no sé otras que ellos saben. Además, me acuerdo de mi hijo de tres años y pienso en mi padre enfermo.

Este mes la frase con la que me despierto todos los días es: el miedo, la ira y la angustia te paralizan, el amor, la paz y la alegría te protegen.  

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