Herida N.º 7:
-Mientras
vivas bajo mi techo harás lo que yo te diga.
Su
padre se olvidó del “decidir entre todos” y sentenció así la velada. No se
ponían de acuerdo para la película de la semana. Macarenita quería ver una de Rob
Lowe que ponían en La Uno y su padre una del oeste que ponían en La Dos. Después
de ver el Telediario mientras cenaban, la costumbre era ver algo los cuatro
sentados en el sofá. Los viernes el Un, Dos, Tres, los martes El
Hombre y la Tierra…. Una vez a la semana, que solía ser los viernes, una
película que decidían entre todos. Su padre, nervioso aquel día, enseguida
zanjó el tema con aquella frase lapidaria. Macarenita se fue a su habitación,
se puso el pijama y se metió en la cama tapándose con la sábana del borde
gordito cabeza y todo porque le dolía hasta el aire que respiraba y así
parecía que se aislaba del mundo y no tenía que respirar. En el salón, sin más
dilación, se sucedieron los disparos y los aullidos de los indios.
Piensa
que aquella frase de su padre fue el pistoletazo de salida para emprender la
empresa de su vida: comprarse una casa, tener un espacio propio. Aparte de las
vivencias dentro de la casa, el tiempo de ocio y las vacaciones también estaban
marcados por los ritmos paternales. Recuerda una redacción que escribió en el
colegio titulada: Veranos marrones y
verdes. En ella narraba sus aburridos veranos de montaña donde los únicos
colores que se veían a muchos kilómetros de distancia eran el marrón y el
verde.
Otra frase que le hizo daño fue lo que le dijo su madre cuando comentó que quería
empezar a trabajar nada más cumplir los dieciocho años. “Pues anda que no te
queda”, le dijo. Lapidó así las ilusiones de su hija. Sin contemplar otras
posibilidades. Los estudios fueron siempre en esa casa como el aire para
respirar: algo necesario e imprescindible para vivir. De hecho, su padre le
dijo una vez que no sabía por qué la tenía que alabar por estudiar, que eso era
como hacerlo con alguien que respira. Es cierto que nunca la obligaron a
estudiar. Macarenita lo hacía porque había aprendido desde muy niña que era lo
que había que hacer. Sus padres se sentaban en el sofá a señalar en rojo los
exámenes de sus alumnos. Su padre decía que FP era para vagos. Enseguida
aprendió que para conseguir su reconocimiento y cariño tenía que estudiar y
sacar buenas notas que dieran que hablar en el instituto, el mismo donde él trabajaba.
Con diez años se construía ya horarios donde detallaba los quehaceres del día:
desayunar, colegio, llegar a casa, revisar la agenda de deberes, merendar,
matemáticas, lengua, inglés… lavarse los dientes… Los pegaba debajo de su mesa
para que nadie los viera.
Un día
que estaba cansada de estudiar su padre se acercó, le puso la mano en el hombro
y dejando que la luz del fluorescente le iluminara a él también la cara, le
dijo: “Si no quieres barrer cuando seas mayor, tienes que estudiar”. El tema
del estudio y el trabajo siempre han funcionado como un mantra en esa casa. Studet
el labora. Qué ironía de la vida: estudiar para tener su atención y nunca la
consiguió; sino todo lo contrario, el estudio le quitó tiempo de estar con
ellos. Sin embargo, su hermana que no lo hacía, lo consiguió de dos maneras:
pasando tiempo con ellos y ocupando su atención.
Los
años de las andanzas de su hermana por España y parte del extranjero: Asturias,
Soria, Italia… sufrió viendo la atención desmedida cada vez que se iba y volvía
mientras su relación con ellos se iba deteriorando. Estaba viviendo la parábola
del Hijo Pródigo.
“Mientras
vivas bajo mi techo harás lo que yo te diga”. “Pues anda que no te queda”. “Si
no quieres barrer cuando seas mayor, tienes que estudiar”. Tres lindezas,
tres frases lapidarias, que Macarenita recibió como tres puñaladas al corazón. Intentar
dirigir la vida de alguien hace daño y más si lo hace una persona a la que
quieres, piensa. También piensa ahora que, quizás, si le volvieran a decir esas
tres frases hoy en día no le producirían una herida. Si las observa con lupa ve en
ellas incapacidad por controlar la situación, condescendencia ante las ilusiones de una
hija y prejuicios mezclados con preocupación. Cosas que no tienen por qué ser herramientas de ataque, sino, quizás, muestras de incapacidad y debilidad. Pero claro, Macarenita no
era Macarena.
“Empecé
a perfilar mi vida en mi casa, con un trabajo, con tiempo para mí... mientras
mi hermana se aprovechaba de la importancia que le dabais a la carrera
universitaria para hacer su vida sin tener que trabajar, con casa, recibiendo
un sueldo todos los meses que vosotros denominasteis beca hasta cuando se fue a
vivir con unas ¡amigas en Madrid! Es decir, una beca por no estudiar. Cuando yo
me había matado a estudiar porque eso es lo que queríais vosotros, no porque yo
lo quisiera. Lo hacía por vosotros y nunca me disteis una muestra de
aprobación. Es normal hacerlo, como el respirar, dijo papá un día años más
tarde. Encima, ahora se va a vivir a la casa familiar de la sierra.”
Su
madre está cerca. Lo siente. Cada vez que quedan se le acelera el corazón. Si
está delante del ordenador deja de leer o escribir para mirar por la ventana.
Se levanta sin ganas de hacer pis. Comprueba varias veces que tiene todo lo
necesario metido en la mochila del Cine. Din-don. Llaman al telefonillo.
- ¡Ya
bajo!
Se
saludan con dos besos fríos (de pescadilla, los llama Macarena) cuando se
acerca a ella.
La
madre está tensa, Macarena lo nota en sus facciones: labios apretados, cejas
levantadas a dos aguas… Se descuelga del hombro derecho el enorme bolso verde
con capacidad para llevar un jamón dentro y allí mismo en el portal empieza a
montar su escena.
-Nos
vamos a Cádiz una semana.
-
¡Anda! ¿No decías que ahora no podíais viajar por todos los médicos que teníais
pendientes?
-Bueno,
en realidad nos vamos cuando terminemos los médicos.
La
madre de Macarena se ha puesto el aparato de auscultar para escenificar lo que
está diciendo.
-
¿Pero no decías que no le venía bien a papá dormir fuera de casa?
-Bueno,
pero es Cádiz, que en realidad está cerca de su casa, de dónde nació, de
Sevilla.
Una
pamela con la forma de la Torre del Oro encima aparece de su bolso y se la
planta en la cabeza. Macarena no puede hacer más que sorprenderse del discurso
escenificado de su madre y hasta se olvida por instantes de la dirección que
está adquiriendo la conversación. Salen del portal y caminan por las calles
estrechas del Madrid antiguo.
- ¿Y
cómo vais a ir? Porque tú sigues sin conducir y el Ave no llega a Cádiz.
-Nos
lleva tu hermana.
-Ah,
ósea que es un viaje que hacéis con ella.
Esta
vez es Macarena quién ha colocado en la escena unas transparencias: papá, mamá
y su hermana que va en el carrito. Macarenita no está, quizás está con la
abuela materna o la tía María.
-Sí,
es un viaje pensado hace mucho tiempo.
En ese
instante sale un reloj con patitas como el de Érase una vez el hombre.
Desaparece rápido de la escena.
-Vaya,
qué bien que lo podáis hacer. Mis planes con vosotros, mis propuestas de viaje,
se quedan siempre en el olvido…
La
madre de Macarena hace una mueca para soltar una frase pareja a la de la
película Casablanca, pero esta vez a Macarena no le hace ni pizca de
gracia el guiño al cine de su madre y estalla.
-Mamá,
¿no te das cuenta de que nada de lo que yo es propongo lo hacéis? ¿Que siempre
me pones múltiples excusas: médicos, papá, transporte…?
La
madre repliega la escenografía que, aunque por momentos de tan hollywoodiense ha
desviado el enfado de Macarena, ya ha cumplido su misión. El paseo acaba con
otros dos besos de pescadilla y un adiós al unísono.
Son las 14:30, viernes.
Macarena come frente al pequeño televisor que le regaló su exnovio. Tiene
grabado un programa que no le dio tiempo a ver en su día: Imprescindibles de
Antonio Machado. Aprovecha los momentos de comidas para ver cosas que le
interesan en la televisión u ordenador. Tira las espinas del lenguado a la
basura junto con las cáscaras de la manzana (hubo un tiempo en que en el Cine la
llamaban “la chica manzana”) y sin fregar los cacharros que va acumulando en la
pila hasta el domingo, se dispone a salir con la bicicleta. Casco, mochila a la
espalda y calcetines por encima de los pantalones. Madrid es transitable a esas
horas en que la mayoría de la gente está comiendo, aunque piensa que ya no es como antes que sólo en navidades
estaba el centro intransitable. Ahora es casi todo el año.
Llega al Cine y como de
costumbre Isidro está en la puerta. La saluda con cara de pocos amigos porque
ha llegado un minuto tarde. Esta vez deja la bici candada fuera para no
entretenerse en bajarla al almacén y corriendo entra en el baño para cambiarse.
Asun, David y Juan la saludan con una sonrisa desde sus respectivos puestos de
trabajo. Entra en el palomitón y deprisa hace una olla de palomitas, coloca los
vasos con el logo de Coca-cola junto a la caja registradora y revisa
chocolatinas y caramelos. A los cinco minutos está sentada leyendo mientras
espera a que se aproxime algún cliente.
De vez en cuando llegan los
que ella denomina “terapias familiares”, parejas de padre con hija o madre con
hijo. A Macarena le da envidia y se acuerda de su madre y padre que nunca van a
su Cine. Hubo un tiempo que la razón era que estaba muy lejos: desde donde
vivían sus padres, en el extrarradio sur de la ciudad, tenían que hacer un
transbordo de metro y cuarenta y cinco minutos de viaje. La madre se lo
explicaba dibujando en el aire la red de metro y señalando con el dedo el inicio
y final. Luego llegó el “papá no quiere, no le apetece” y a Macarena se le
rompía de nuevo el corazón. Cuando la madre ilustraba esta excusa ponía al
padre a escribir en su estudio del final de la casa, la que había sido
habitación de Macarena, la única que tenía vistas a la sierra madrileña:
montañas violetas sobre los edificios de toldos verdes. Allí escribía su padre
sin parar, sin levantarse de la silla para nada. Ese era el padre que dibujaba
la madre para explicárselo a Macarena. Ahora la realidad era otra.
- ¿Y por qué no vienes tú,
mamá?
-No me gusta ir sola al cine.
-Pero, mamá, yo me puedo
adaptar el horario de trabajo y verme una película contigo si vienes.
La madre se quedaba en
silencio, miraba hacia arriba, buscaba elementos escenográficos con el que
poder seguir ilustrando su excusa.
-No me gustan las películas en
V.O.
Mientras decía esto salían de
su boca un montón de letras, subtítulos en castellano.
-No quiero leer.
-Pero mamá, también hay
españolas en las que no tienes que leer…
Otra mirada para arriba porque
no encuentra nada para decirle a su hija que no, que no quiere ir, que no le
gusta su Cine, que no le gusta que trabaje allí.
Hoy ha venido la terapia
familiar madre-hijo estresado. La madre llega primero y compra la entrada y el
hijo llega desanudándose la corbata cuando la película está a punto de empezar.
La madre ya acomodada le espera en la sala.
En la cena hablando con David
de relaciones familiares, como últimamente siempre hacen, le contó lo del
accidente. El resto de la jornada transcurrió sin incidentes y a las diez y
media recogió las palomitas que habían sobrado, juntó la recaudación, barrió y
fregó el suelo, se cambió y se marchó en bicicleta diciendo adiós desde la
puerta a sus compañeros.
Llegó a su casa cuando acababa
de pasar el camión de la basura, así es que ya no bajó a tirarla. Lo haría al
día siguiente si conseguía llegar antes que ellos.
“Estudié
tanto que no tuve tiempo de averiguar lo que me gustaba, pues no dejaba tiempo
al ocio, al placer, al descubrimiento de ser quién se es. Así llegué al final
del Instituto sin saber quién era. Quería ver películas porque no podía verlas
nunca, hacer fotos me parecía divertido, leer y escribir también. Pero
desconocía cómo se podía trabajar haciendo eso que me gustaba porque nunca
había tenido ni siquiera la opción de crecer haciendo lo que me gustaba. Así es
que, ¿cómo iba a pensar siquiera en una vida futura haciendo lo que me gustara
si no sabía vivir disfrutando? Ni siquiera se me habló de la posibilidad de no
estudiar una carrera, con las múltiples opciones que había de no hacerlo. En
vuestra cabeza estaba que por narices había que ir a la Universidad. Así es que
no me quedó más remedio que elegir la única carrera que podía tener algo de lo
que creía me gustaba. Recuerdo que a la mitad me salió un trabajo de meritorio
en un laboratorio de fotografía y yo toda contenta os lo dije. Enseguida me quitaste
la idea. Que mejor me centrara en los estudios y que no empezara a trabajar tan
pronto. Cuando terminé empecé a hacer cosas por mí misma y empecé a crecer.
Odié el trabajo del periódico Ya, que
me había salido al terminar la carrera, pero a vosotros os hacía muy felices.
Había que aguantar. Era un rollo tremendo.”
Me sorprendió que te
matricularas en Imagen en la Facultad de Periodismo, pero yo no tenía ni idea
sobre la cuestión y nada dije. En cualquier caso, pensé que por lo menos
disfrutarais en la Facultad, que ya resolveríais el asunto profesional luego.
¿Por
qué para disfrutar había que estudiar una carrera? Yo entonces quería hacer
fotos y en la mía, a pesar de llamarse Imagen, no se hacían fotos. Sí las
hubiera hecho seguramente como meritorio, pero no os pareció bien. Que primero
había que estudiar. Me sorprende que defiendas tanto la Universidad como método
de preparación y luego digas que ciertas carreras no sirven para nada. ¿Para
qué tienen que servir según tú? ¿Es que hay unas carreras mejores que otras? o
¿unas profesiones mejores que otras?
Una alumna me planteó un
dilema: Arqueología o Periodismo. De la Arqueología no vas a vivir, pero vas a
disfrutar más. Periodismo es más comestible... No sé qué estudiaría. La última
vez que la vi componía “haikus”, esos poemas mínimos japoneses. Creo que eran
buenos, pero no sé de qué comía, porque los “haikus” no dan para comer. Creo
recordar vagamente que había estudiado Periodismo, pero no estoy seguro.
Toda
persona que se quiera un poquito a sí misma al final siempre acaba haciendo lo
que le da placer, lo que le gusta, lo que cada uno es, por muchas carreras,
academias, trabajos... etc por los que haya pasado. Y si no lo hace, es que no
se quiere y seguirá siendo un desgraciado. Como tú mismo dices, el asunto de la
comida se resuelve por sí sólo luego. Pienso.
Cuando yo manifesté a mis
padres que no quería ser militar, aunque no dije que pretendiera dedicarme a
escribir, porque la escritura como profesión nunca la vi clara, ni tampoco me
sobraba imaginación para ello, me dijeron: “pero estudia algo de lo que puedas
comer”. Ese ha sido siempre el gran problema de los pobres.
Eso
te lo dijeron a ti, otros tiempos totalmente diferentes. En nuestro tiempo:
¿por qué solo estudiar con todas las opciones que hay? ¿Es que uno no se puede
ganar la vida de otra manera que no sea a través de una preparación de estudio
que ni siquiera te asegura que sea acorde con un futuro próximo? ¿Es que no
existen los aprendices, los talleres, las prácticas, los trabajos sin más?
¿Cómo sería el mundo sin los barrenderos y muchas otras profesiones?
Sin duda yo nunca te lo
planteé tan claro, pero daba por supuesto que estudiar algo o elegir una
profesión incluía dos requisitos básicos: uno que sirviera para comer y otro
que fuera satisfactorio. Naturalmente a esto segundo me refería cuando te
comenté que no ibas a “pasarte la vida limpiando escaleras”. Seguramente se
puede comer de ello, pero no pasa nada, o sea, no estimula la autoestima, la
imaginación, ni la creatividad, ingredientes todos ellos muy necesarios para
sobrevivir, al menos de una manera directa, que uno siempre puede imaginar que
está construyendo la escalinata de la plaza de España, la que sube a la cúpula
de Brunelleschi o una escala para alcanzar las estrellas... Vete tú a saber.
No
te puedes imaginar lo que estimula la imaginación el hacer un trabajo repetitivo
que no te ocupe la cabeza con nada que tú no quieras. Creatividad a raudales. Y
la autoestima porque me siento bien y no hay nada como sentirse bien.
Hay un saber instrumental en
el que sin embargo sí creo que fracasamos: el aprendizaje del inglés.
Estuvisteis en Inglaterra durante dos veranos y fue un fiasco, lo que nos hizo
desistir de cualquier otro intento. Porque lo del Instituto Británico fue muy
efímero, tampoco os vimos muy entusiasmadas. Pero sin duda debimos insistir
más. Tu abuela, mi madre, me repetía a menudo que aprendiera inglés, pero yo no
sabía cómo, ni me gustaba, ni me podía financiar una academia, ni sabía que
hubiera una Escuela Oficial en que sólo había que pagar la matricula.
Otra
vez el estudio, lo académico, como medio para aprender algo. ¿Acaso Daniel
estudió inglés para aprenderlo? Nunca. Daniel habla perfectamente inglés y lo
aprendió cuando lo necesitó. ¿Acaso no hablo yo inglés que me he ido yo sola a
un campo de trabajo donde no había ni un solo español? ¿Acaso no hablo inglés o
francés que me fui a vivir tres meses a Canadá? ¿Acaso no viajo por el mundo
hablando inglés, francés e italiano? De nuevo que poquito sabéis de mí. Es
verdad que Inglaterra y el Instituto Británico en ese momento no nos sirvieron
de nada porque no lo necesitábamos, porque así, forzado, es muy difícil
aprenderlo.
En fin, todo es muy
complicado, especialmente porque la memoria es frágil y siempre tendemos a auto
justificarnos.”
“Lo de vuestro techo se me
quedó grabado y así fue como me puse a ahorrar para irme cuanto antes de casa.
Trabajé en varias cosas: repartir publicidad (dinero que empleé en comprarme
unos pantalones de cuero que vosotros no queríais comprarme. Enseguida aprendí
que si algo quería no podía depender de vosotros para conseguirlo), dar clases,
cuidar niños, socorrista… Y así fue como antes del dos mil, carrera acabada,
trabajando en un cine, me compré (con ayuda vuestra) una casa. Lo iba a hacer
sí o sí y vosotros visteis que si me dabais un millón las condiciones eran
mejores. Me independicé a los veinticinco años. Ya no me teníais que dar nada,
ya podía hacer lo que quisiera, pero no me quitaba de la cabeza que para
conseguirlo había tenido que trabajar y trabajaba como una burra, mientras mi
hermana seguía por ahí sin estudiar ni trabajar, haciendo lo que quisiera,
mantenida por vosotros. De nuevo, ¡qué injusticia más grande!
Espero que pronto esta rabia
interna que tengo de todo lo que estudié por vosotros, para alcanzar algo que
mi hermana alcanzó sin estudiar ni privarse de nada, desaparezca y pueda vivir
más plenamente y en libertad. A ello aspiro.”
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