jueves, 26 de febrero de 2026

Novela de un Yo (7)

  

A las ocho y diez la luz se deslizó por debajo de la puerta corredera de la habitación donde dormía Macarena. Se estiró dentro del saco antes de levantarse y después de realizar sus tareas mañaneras (lavarse la cara y los dientes, hacer pesas, extenderse crema por todo el cuerpo después de un aseo frugal y repasar la agenda), se puso a escribir. Desplegó el ordenador portátil (lo llamaba Mónica porque ese era el nombre que estaba escrito en su antigua máquina de escribir, la que heredó de su tía María) sobre la bandeja mesa que le había regalado su abuelo, se sentó en la silla verde de instituto que le había dado su padre y echó un chorro de café en la taza que se había traído de Italia:

Herida N.º 8:

La madre de Macarenita no estaba en casa cuando sonó el teléfono un día a la hora de comer. Lo cogió el padre, escuchó, asintió y tras colgar dijo a sus hijas:

-Niñas, ha ocurrido una desgracia.

- ¿El qué, papá? - Dijeron casi al unísono.

-El tío Valentín y la tía Juani han tenido un accidente. El tío ha muerto en el acto. La tía y la prima Noelia están en la UVI y los primos están graves.

Macarenita oyó una voz en su cabeza que decía: “lo sabía”. Se acordó de la llamada de su abuelo el día anterior extrañándose de que no hubiera telefoneado Juanita, así llamaba a su hija mayor, para decir que ya habían llegado de Gandía, donde pasaban todos los años las vacaciones de Semana Santa. Se imaginó lo peor. Lo imaginado se había hecho realidad.

Macarenita y Clotilde están en la cocina con el padre. Mamá aún no ha llegado de la Escuela. Empiezan a comer en silencio. Al rato se abre la puerta: es ella. Antes de que deje el bolso, el padre se levanta de la mesa y le cuenta lo ocurrido. La madre se echa las manos a la cara, pero apenas emite un sonido. Se descalza, deja el resto de las cosas encima del mueble de la entrada y llama por teléfono a su padre, el abuelo de Macarenita, que le cuenta todo lo ocurrido. Decide irse esa misma tarde a Valencia, al Hospital de Quemados donde están ingresados su hermana y sobrinos. En la cocina siguen comiendo Clotilde, Macarenita y el padre. Sin hablar para que el abrir de boca no les quite el poco hambre que tienen. La madre anda trajinando por alguna habitación, en silencio, preparándose para marchar. Cuando terminan de comer y recoger ya está lista para irse a Valencia.

-Viene también la prima Elena. ¿Queréis ir vosotras? Yo pienso que casi mejor que no vengáis. Al parecer tu tía y prima están muy desfiguradas. Casi mejor que os quedéis con un buen recuerdo de ellas, pero como queráis.

Macarenita duda. Por una parte, le apetece, pero por otro le da miedo. Decide no ir. La madre se marcha dejando a los tres en silencio, sin saber qué decirse. Macarenita enseguida se encierra en su cuarto. Según el horario que tiene bajo la mesa le toca Matemáticas.

Así recuerda aquellos momentos del Accidente. Después mucho follón de llamadas y gestiones entre todos los familiares, para, finalmente, sus primos de quince y trece años quedarse al cargo de su tía Clara, la otra hermana, la que seguía en edad a Juanita. Antes habrían asistido todos al entierro y funerales, donde Macarena intentaría no acercarse mucho a sus otros primos, los hijos de Clara.

Pasaron los años como pudieron. Unos veranos todos juntos (para entonces la abuela ya no vivía, así es que eran tres familias y el abuelo los que quedaban de la rama materna) intentado hacérselo fácil a los primos huérfanos, y otros por separado. Cuando el mayor cumplió la mayoría de edad y se fue de casa todo estalló. Algo ocurrió en esa casa porque la tía Clara se enfadó muchísimo y por afinidad su madre también. Desde entonces nadie se habla con los primos huérfanos, sólo Macarena. Nunca supo qué pasó y por más que preguntó nunca se lo contaron. Es otro daño en la herida que tiene, el destierro que sufren sus primos y el no saber qué pasó aun habiéndolo preguntado. La tía Clara e hijos nunca le contestaron y su madre le contó algo sin mucha consistencia (para entonces ya era escenógrafa profesional). 

 

“Me quedé con ganas de escuchar entera tu versión de la historia de los primos. Lo que me ocurre es que he perdido confianza en ti y me creo muy pocas cosas de las que me cuentas. Por eso no quise escuchar más de lo que me parecía una reinvención tuya. Retomándola veo que te molesta las mismas cosas que haces tú. Imagino lo siguiente: tú (o yo) te enteras por terceros, o incluso por la prensa, de algo de tu hermano con el que no te hablas. Igual que la tía se enteró por otras vías de que Sergio se había comprado un piso. ¿Por qué un niño al que se le detuvo la vida tiene que contar sus cosas a una tía que de repente tiene que hacerse cargo de él? Tú escondes tu secreto del tío, tu dolor, el porqué no te hablas con él. Sergio también tiene derecho a esconder su secreto, que a lo mejor era su dolor. Te cuento esto para que te des cuenta de que son cosas que pasan. Para mí son resultados de malas gestiones de las emociones. Tú no te hablas con tu hermano, yo no me hablo con mi hermana. Las circunstancias dan igual. Cada uno tenemos nuestras razones. Y todos los sentimientos son válidos. ¿Tienes más derecho tú a no hablarte con tu hermano que yo? ¿Quién lo dice? ¿Estaba obligado Sergio a contar sus planes de vida a la tía? A mí lo de los primos me sigue afectando. No consigo trascenderlo. Me dolió mucho que no fuerais a la boda de Sergio. Por cierto, decisión que respeté. No como hizo la prima Elena conmigo con el asunto de los Reyes Magos... Como ves todos tenemos sentimientos, motivos... y juzgar al otro sin saber de éstos, pienso, hace daño. Como madre no digiero la historia de unos niños que perdieron a sus padres y hermana y se les apartó del resto de la familia. Ahora sé que el digerirla depende de mí. Quizás mi mirada y actitud de escritora me ayude.”

 

Ha pasado la mañana y tiene que hacerse la comida y la cena que llevará en el bolsito nevera. Esta vez no le ha quedado tiempo para comer frente al televisor y lo hace frente a la ventana del salón con vistas al patio interior, pero no hay ningún vecino tendiendo la ropa que le pueda hacer de interlocutor los pocos minutos que le quedan. De hecho, el edificio a esas horas está en completo silencio. Recoge los restos de la ensalada y se dispone a salir con la mochila y bicicleta a cuestas. Con sumo cuidado, como siempre, de no tener un traspié con los escalones desiguales del primer piso, logra alcanzar el portal y salir a la calle. Cruza la Plaza Mayor y se encamina por la Gran Vía hasta Cibeles para subir a Puerta de Alcalá y atravesar el Retiro. Al otro lado de este parque madrileño se encuentra el cine donde trabaja. Un cine de barrio, de clientela habitual, gente mayor que piden la llave del servicio de minusválidos porque les cuesta subir escaleras y que les abra la botella de agua porque no pueden con la artrosis.

Isidro en la puerta claquea con el pie derecho, a pesar de que esta vez Macarena ha llegado puntual. Es su manera de estar en este mundo, nervioso ante cualquier acontecimiento, aunque sólo sea ver llegar a una de sus empleadas. Antes, cuando fumaba, paliaba estos nervios con el tabaco, ahora no le queda otra que dar golpecitos con pies y manos en suelo y puerta. Asun ya se ha encerrado en la taquilla. Juan en la cabina. David aún no ha llegado cuando Macarena se mete en el baño. Cuando sale y empieza a colocar los productos en el palomitón le oye llegar. A ver con qué pregunta la sorprende hoy. Pero esta vez no es una pregunta, es una conversación sobre el dinero lo que la hace acordarse de otro agravio.

En el descanso, mientras compartía con David conversación sobre finanzas encima del mostrador, junto a trozos de queso y fruta, apareció su madre por la alfombra roja de la entrada. Isidro le había dicho que estaba abajo, en el palomitón, cenando.

-Hola hija.

-Mamá, ¡qué sorpresa!

-Sí, es que pasaba por aquí, que he venido a recoger recetas de Asisa… y te quería decir que no vamos a poder ir a tu cumpleaños, que nos vamos a Praga. Nos han llamado Julio y Julia para irnos con ellos en un viaje del Imserso. Que, aunque hemos estado ya varias veces, es una oportunidad…

Macarena observa a su madre que hace aspavientos con las manos para ilustrar su discurso. De repente saca del bolso un folleto que pone Praga y al desplegarlo comienzan a salir de él varios objetos: un tren que echa humo, un carrillón que gira, una iglesia… La madre habla y habla sin parar vanagloriando las virtudes de la capital checa y la exquisita y única oportunidad que se les presenta ahora de viajar allí en otoño con sus amigos Julio y Julia. Hoy lleva un traje rosa palo de chaqueta y falda y como siempre el bolso de Mary Popins del que saca todo el atrezo para montar escenas. Escenógrafa municipal del reino la van a nombrar, piensa Macarena.

-Vale, mamá, que os lo paséis muy bien. Buen viaje.

La quiere despachar cuanto antes porque si no se le va a abrir de nuevo la herida, la cual ya estaba tocada de la conversación financiera que ha interrumpido cuando ha llegado. Es una herida perpetrada el día que le metieron prisa para echar a andar, y que se ha ido profundizando con el tiempo a base de injusticias sentidas. Es algo por lo que lleva sufriendo mucho tiempo sin saberlo. Una herida cuyo vendaje quitó su compañero David con aquella pregunta sobre sus padres, el big-bang de su actual existencia.

La madre recoge los bártulos de la escena que ha montado y sale por la puerta del cine diciendo adiós a Isidro y a Asun.

Finalizada la jornada, que no ha traído alteraciones al curso normal del establecimiento, Macarena recoge las palomitas restantes (un paquete se lo lleva a casa, el resto lo tira a la basura con pena), junta la recaudación, barre, friega, se cambia y se marcha en bicicleta diciendo adiós desde la puerta a sus compañeros, que ya están con la palabra “cagaprisas” en la boca.

Cuando llega al portal se da cuenta que no ha pasado el camión de la basura y sube deprisa para volver a bajar con las bolsas. No hace frío. El otoño todavía no deja pasar al invierno. En breve el centro de Madrid se llenará de turistas con décimos de lotería y palos selfis. Ya en casa, se lava los dientes, la cara y algún resto de tinta en el cuerpo, se pone el pijama y se enfunda en el saco sobre el colchón de la habitación pequeña, la que en un futuro usará para invitados. Antes de dormirse piensa en lo que le ha gustado y lo que no le ha gustado del día. Spiderman en la Plaza Mayor, visita de su madre. También lee.

 

 

 “El juicio al que tuvimos que ir cuando la boda de Sergio fue en Oviedo por el accidente de Clotilde. Claro que no fue el día de la boda, pero teníamos que ir antes para hablar con el abogado. Si íbamos nos venía todo justo y preferíamos no ir porque no lo pasé bien en la graduación de su hermano. No me siento con ánimo de relacionarme con ellos.

Cuando te digo que respeto sus opiniones, me refiero a que se independizaron y ellos y sus primos sabrán por qué no se relacionan. Yo respeto lo que opinen unos y otros, pero no lo puedo hacer de otra manera”.

 

“Te he preguntado varias veces por qué y todavía no lo sé. Sé que nunca me lo dirás, pero es algo que me incomoda y a veces me quita el sueño. Pregunté cuando les desterraron por la razón y nadie me contestó. Quizás tenga que asumir (aunque me cuesta) que es así, que de repente dejas de hablar a alguien porque sí, como me dijiste cuando te pregunté por el tío Jose. Pero entonces, espero también que vosotros, los tíos, los primos y todos a los que involucras con nuestras historias dejen de juzgarme. Si tú dejas de hablar porque sí, yo también puedo dejar de hacerlo, ¿no? No por venganza, sino simplemente porque no me sale.”

 

“El dinero es un sistema de representación simbólica de valor, familiarmente aceptado, dentro de una economía que permite superar las limitaciones de la expresión afectiva, optimizar la eficiencia del intercambio afectivo y coordinar actividades familiares complejas entre múltiples agentes”.

 

 

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