A las ocho y diez la luz se deslizó por debajo
de la puerta corredera de la habitación donde dormía Macarena. Se estiró dentro del saco antes de levantarse y después de realizar sus tareas
mañaneras (lavarse la cara y los dientes, hacer pesas, extenderse crema por todo el cuerpo después de un aseo frugal y repasar la agenda), se puso a escribir. Desplegó el
ordenador portátil (lo llamaba Mónica porque ese era el nombre que
estaba escrito en su antigua máquina de escribir, la que heredó de su tía María)
sobre la bandeja mesa que le había regalado su abuelo, se sentó en la silla
verde de instituto que le había dado su padre y echó un chorro de café en la
taza que se había traído de Italia:
Herida N.º 8:
La
madre de Macarenita no estaba en casa cuando sonó el teléfono un día a la hora
de comer. Lo cogió el padre, escuchó, asintió y tras colgar dijo a sus hijas:
-Niñas,
ha ocurrido una desgracia.
- ¿El
qué, papá? - Dijeron casi al unísono.
-El
tío Valentín y la tía Juani han tenido un accidente. El tío ha muerto en el
acto. La tía y la prima Noelia están en la UVI y los primos están graves.
Macarenita
oyó una voz en su cabeza que decía: “lo sabía”. Se acordó de la llamada de su
abuelo el día anterior extrañándose de que no hubiera telefoneado Juanita, así
llamaba a su hija mayor, para decir que ya habían llegado de Gandía, donde
pasaban todos los años las vacaciones de Semana Santa. Se imaginó lo peor. Lo
imaginado se había hecho realidad.
Macarenita
y Clotilde están en la cocina con el padre. Mamá aún no ha llegado de la
Escuela. Empiezan a comer en silencio. Al rato se abre la puerta: es ella.
Antes de que deje el bolso, el padre se levanta de la mesa y le cuenta lo
ocurrido. La madre se echa las manos a la cara, pero apenas emite un sonido. Se
descalza, deja el resto de las cosas encima del mueble de la entrada y llama
por teléfono a su padre, el abuelo de Macarenita, que le cuenta todo lo
ocurrido. Decide irse esa misma tarde a Valencia, al Hospital de Quemados donde
están ingresados su hermana y sobrinos. En la cocina siguen comiendo Clotilde, Macarenita y el padre. Sin hablar para que el abrir de boca no les
quite el poco hambre que tienen. La madre anda trajinando por alguna
habitación, en silencio, preparándose para marchar. Cuando terminan de comer y
recoger ya está lista para irse a Valencia.
-Viene
también la prima Elena. ¿Queréis ir vosotras? Yo pienso que casi mejor que no
vengáis. Al parecer tu tía y prima están muy desfiguradas. Casi mejor
que os quedéis con un buen recuerdo de ellas, pero como queráis.
Macarenita
duda. Por una parte, le apetece, pero por otro le da miedo. Decide no ir. La
madre se marcha dejando a los tres en silencio, sin saber qué decirse.
Macarenita enseguida se encierra en su cuarto. Según el horario que tiene bajo
la mesa le toca Matemáticas.
Así recuerda aquellos
momentos del Accidente. Después mucho follón de llamadas y gestiones entre
todos los familiares, para, finalmente, sus primos de quince y trece años
quedarse al cargo de su tía Clara, la otra hermana, la que seguía en edad a
Juanita. Antes habrían asistido todos al entierro y funerales, donde Macarena
intentaría no acercarse mucho a sus otros primos, los hijos de Clara.
Pasaron
los años como pudieron. Unos veranos todos juntos (para entonces la abuela ya no vivía, así es que eran tres familias y el abuelo los que quedaban de la rama materna) intentado hacérselo fácil a
los primos huérfanos, y otros por separado. Cuando el mayor cumplió la mayoría
de edad y se fue de casa todo estalló. Algo ocurrió en esa casa porque la tía Clara se enfadó
muchísimo y por afinidad su madre también. Desde entonces nadie se
habla con los primos huérfanos, sólo Macarena. Nunca supo qué pasó y por más
que preguntó nunca se lo contaron. Es otro daño en la herida que tiene, el
destierro que sufren sus primos y el no saber qué pasó aun habiéndolo
preguntado. La tía Clara e hijos nunca le contestaron y su madre le contó algo
sin mucha consistencia (para entonces ya era escenógrafa profesional).
“Me quedé con ganas de
escuchar entera tu versión de la historia de los primos. Lo que me ocurre es
que he perdido confianza en ti y me creo muy pocas cosas de las que me cuentas.
Por eso no quise escuchar más de lo que me parecía una reinvención tuya. Retomándola veo que te molesta las mismas cosas que haces tú.
Imagino lo siguiente: tú (o yo) te enteras por terceros, o incluso por la prensa, de algo de tu hermano con el que no te hablas. Igual que la tía
se enteró por otras vías de que Sergio se había comprado un piso. ¿Por qué un
niño al que se le detuvo la vida tiene que contar sus cosas a una tía que de
repente tiene que hacerse cargo de él? Tú escondes tu secreto del tío, tu
dolor, el porqué no te hablas con él. Sergio también tiene derecho a esconder su
secreto, que a lo mejor era su dolor. Te cuento esto para que te des cuenta de
que son cosas que pasan. Para mí son resultados de malas gestiones de las
emociones. Tú no te hablas con tu hermano, yo no me hablo con mi hermana. Las
circunstancias dan igual. Cada uno tenemos nuestras razones. Y todos los
sentimientos son válidos. ¿Tienes más derecho tú a no hablarte con tu hermano
que yo? ¿Quién lo dice? ¿Estaba obligado Sergio a contar sus planes de vida a la
tía? A mí lo de los primos me sigue afectando. No consigo trascenderlo. Me
dolió mucho que no fuerais a la boda de Sergio. Por cierto, decisión que respeté.
No como hizo la prima Elena conmigo con el asunto de los Reyes Magos... Como
ves todos tenemos sentimientos, motivos... y juzgar al otro sin saber de éstos,
pienso, hace daño. Como madre no digiero la historia de unos niños que
perdieron a sus padres y hermana y se les apartó del resto de la familia. Ahora
sé que el digerirla depende de mí. Quizás mi mirada y actitud de escritora me
ayude.”
Ha pasado la mañana y tiene
que hacerse la comida y la cena que llevará en el bolsito nevera. Esta vez no
le ha quedado tiempo para comer frente al televisor y lo hace frente a la
ventana del salón con vistas al patio interior, pero no hay ningún vecino
tendiendo la ropa que le pueda hacer de interlocutor los pocos minutos que le
quedan. De hecho, el edificio a esas horas está en completo silencio. Recoge
los restos de la ensalada y se dispone a salir con la mochila y bicicleta a
cuestas. Con sumo cuidado, como siempre, de no tener un traspié con los
escalones desiguales del primer piso, logra alcanzar el portal y salir a la
calle. Cruza la Plaza Mayor y se encamina por la Gran Vía hasta Cibeles para
subir a Puerta de Alcalá y atravesar el Retiro. Al otro lado de este parque
madrileño se encuentra el cine donde trabaja. Un cine de barrio, de clientela
habitual, gente mayor que piden la llave del servicio de minusválidos porque
les cuesta subir escaleras y que les abra la botella de agua porque no pueden con
la artrosis.
Isidro en la puerta claquea
con el pie derecho, a pesar de que esta vez Macarena ha llegado puntual. Es su
manera de estar en este mundo, nervioso ante cualquier acontecimiento, aunque
sólo sea ver llegar a una de sus empleadas. Antes, cuando fumaba, paliaba estos
nervios con el tabaco, ahora no le queda otra que dar golpecitos con pies y
manos en suelo y puerta. Asun ya se ha encerrado en la taquilla. Juan en la
cabina. David aún no ha llegado cuando Macarena se mete en el baño. Cuando sale
y empieza a colocar los productos en el palomitón le oye llegar. A ver con qué
pregunta la sorprende hoy. Pero esta vez no es una pregunta, es una
conversación sobre el dinero lo que la hace acordarse de otro agravio.
En el descanso, mientras
compartía con David conversación sobre finanzas encima del mostrador, junto a
trozos de queso y fruta, apareció su madre por la alfombra roja de la entrada.
Isidro le había dicho que estaba abajo, en el palomitón, cenando.
-Hola hija.
-Mamá, ¡qué sorpresa!
-Sí, es que pasaba por aquí,
que he venido a recoger recetas de Asisa… y te quería decir que no vamos a
poder ir a tu cumpleaños, que nos vamos a Praga. Nos han llamado Julio y
Julia para irnos con ellos en un viaje del Imserso. Que, aunque hemos estado ya
varias veces, es una oportunidad…
Macarena observa a su madre
que hace aspavientos con las manos para ilustrar su discurso. De repente saca
del bolso un folleto que pone Praga y al desplegarlo comienzan a salir de él
varios objetos: un tren que echa humo, un carrillón que gira, una iglesia… La
madre habla y habla sin parar vanagloriando las virtudes de la capital checa y la
exquisita y única oportunidad que se les presenta ahora de viajar allí en otoño
con sus amigos Julio y Julia. Hoy lleva un traje rosa palo de chaqueta y falda
y como siempre el bolso de Mary Popins del que saca todo el atrezo para
montar escenas. Escenógrafa municipal del reino la van a nombrar, piensa
Macarena.
-Vale, mamá, que os lo paséis
muy bien. Buen viaje.
La quiere despachar cuanto
antes porque si no se le va a abrir de nuevo la herida, la cual ya estaba
tocada de la conversación financiera que ha interrumpido cuando ha llegado. Es
una herida perpetrada el día que le metieron prisa para echar a andar, y que se
ha ido profundizando con el tiempo a base de injusticias sentidas. Es algo por
lo que lleva sufriendo mucho tiempo sin saberlo. Una herida cuyo vendaje quitó
su compañero David con aquella pregunta sobre sus padres, el big-bang de su
actual existencia.
La madre recoge los bártulos
de la escena que ha montado y sale por la puerta del cine diciendo adiós a Isidro y a Asun.
Finalizada la jornada, que no
ha traído alteraciones al curso normal del establecimiento, Macarena recoge las
palomitas restantes (un paquete se lo lleva a casa, el
resto lo tira a la basura con pena), junta la recaudación, barre, friega, se
cambia y se marcha en bicicleta diciendo adiós desde la puerta a sus
compañeros, que ya están con la palabra “cagaprisas” en la boca.
Cuando llega al portal se da
cuenta que no ha pasado el camión de la basura y sube deprisa para volver a
bajar con las bolsas. No hace frío. El otoño todavía no deja pasar al invierno.
En breve el centro de Madrid se llenará de turistas con décimos de lotería y
palos selfis. Ya en casa, se lava los dientes, la cara y algún resto de tinta
en el cuerpo, se pone el pijama y se enfunda en el saco sobre el colchón de la
habitación pequeña, la que en un futuro usará para invitados. Antes de dormirse
piensa en lo que le ha gustado y lo que no le ha gustado del día. Spiderman en
la Plaza Mayor, visita de su madre. También lee.
“El juicio al que tuvimos que ir cuando la
boda de Sergio fue en Oviedo por el accidente de Clotilde. Claro que no fue el
día de la boda, pero teníamos que ir antes para hablar con el abogado. Si
íbamos nos venía todo justo y preferíamos no ir porque no lo pasé bien en la graduación de su hermano. No me siento con ánimo de relacionarme con ellos.
Cuando te digo que respeto sus
opiniones, me refiero a que se independizaron y ellos y sus primos sabrán por
qué no se relacionan. Yo respeto lo que opinen unos y otros, pero no lo puedo
hacer de otra manera”.
“Te
he preguntado varias veces por qué y todavía no lo sé. Sé que nunca me lo
dirás, pero es algo que me incomoda y a veces me quita el sueño. Pregunté cuando les desterraron por la
razón y nadie me contestó. Quizás tenga que asumir (aunque me cuesta) que es
así, que de repente dejas de hablar a alguien porque sí, como me dijiste cuando
te pregunté por el tío Jose. Pero entonces, espero también que vosotros, los
tíos, los primos y todos a los que involucras con nuestras historias dejen de
juzgarme. Si tú dejas de hablar porque sí, yo también puedo dejar de hacerlo,
¿no? No por venganza, sino simplemente porque no me sale.”
“El dinero es un sistema de
representación simbólica de valor, familiarmente aceptado, dentro de una
economía que permite superar las limitaciones de la expresión afectiva,
optimizar la eficiencia del intercambio afectivo y coordinar actividades
familiares complejas entre múltiples agentes”.
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