A la mañana siguiente, después
de colocar lo que no guardaba el orden establecido: el libro de Guerra y Paz en el suelo, los calcetines
encima del sofá, el bolso de tela con el anuncio de Coca-Cola en la cocina…, hace
como todos los días: abre su ordenador portátil color cobre sobre la bandeja
mesa de madera que le había regalado su abuelo, se sienta en la silla verde de
instituto que le había dado su padre hace tiempo y echa un chorro de café en la pequeña taza
que se había traído de Italia. La misma hora de siempre, las nueve. Hoy también
libra por un cambio de turnos así es que no tiene que ir a jugarbajar.
Piensa que si dejáramos de oponer juego y trabajo igual podría cambiar el
mundo. “¿Quién sabe lo que podría suceder si pusiéramos el fervor alegre del
niño que juega al servicio de nuestra organización social?”.
Y escribe:
Herida N.º 14:
-Hola
tía, soy Macarena. Muchas felicidades. ¿Cómo estás?
-Hola
Macarena. Contigo quería yo hablar… ¿Te ocurre algo? ¿Cómo es que no diriges la
palabra a tu padre? Bueno, ni siquiera le miras, me ha dicho tu madre…
-
¿Cómo? ¿Eso te ha dicho?
-Sí, y
más cosas…. Macarena, que son tus padres, que no les puedes tratar así….
-Así,
¿cómo? No te entiendo. No entiendo por qué me dices esto. Y además ahora que te
estoy llamando para felicitarte por tu cumpleaños.
-Macarena,
que no, que no puedes tratarles así, con ese despreci….
Macarenita
cuelga, le hacen demasiado daño las palabras de su tía Clara.
Dos
días después recibe un mensaje de su prima en el móvil:
“Hola
prima, me ha dicho mi madre que no vas a ir en Reyes a casa de tus padres…
¡Madre mía! Me parece fatal. ¿Cómo puedes hacerles algo así? “
Macarenita
se siente acorralada. De repente parece que todos los de esa familia se han
puesto en contra de ella. Esto le genera aún más sentimientos de rechazo hacia sus
primos. Esos que se burlaban de ella llamándola Macarrona y culo gordo en las
reuniones familiares mientras su madre miraba para otro lado.
Piensa
que sus primos siguen haciéndole bullying cuando no la invitan a las reuniones
familiares, pero lo que más le duele es que su madre no haga nada por
impedirlo. Le duele la soledad en la que la envuelve su madre.
- ¿Y
qué quieres que le haga si no has sido invitada? Le dijo una vez.
A
ellos no les dice que la llamen, que la incluyan en sus planes familiares. Sin
embargo, a ella le montó aquel número en el bar de Budapest diciéndole que
había preparado el viaje para que su hermana no fuera. Ve todo muy injusto.
Deja de escribir en el mismo
punto donde lo hace siempre, cuando se rompe por la mitad. Serán todos esos
cachos de ella los que recompongan su futuro.
Recoge ordenador, taza y mesa.
Ha quedado con un antiguo compañero para comer un bocata de calamares en la
Plaza Mayor. Mientras se ducha piensa en qué ponerse. Necesita algo cómodo por
si se sientan en el suelo, abrigado, elegante pero no demasiado. Elige el peto
vaquero con una camiseta de rayas de colores y la cazadora plateada, que cambia
en el último momento por una negra porque no quiere que las cucarachas o
chicles pegados en el suelo de la Plaza Mayor se la ensucien.
-Hola, Álvaro.
-Hola, ¡cuánto tiempo! ¿Qué
tal?
-Bien, tenía ganas de verte. Y
de tomarme un bocata de calamares, para qué te voy a engañar…
-No, si ya… Están buenísimos,
la verdad. ¿A cuál vamos? Porque he visto que hay unas colas en los dos….
-Ya imagino, está todo a tope
y eso que aún no ha empezado la Navidad…. ¡Madre mía!
Después de comprar los
bocadillos de calamares en el bar que parecía menos lleno, cogen unas latas de
cerveza del Chino más cercano y se sientan en mitad de la Plaza Mayor.
Macarena recuerda cuando su ex se le declaró allí mismo. Escucha a Álvaro, pero
piensa en su ex. Álvaro trabajó con ella en unos multicines. Llegó de Santander
recién licenciado para buscar trabajo en una empresa, pero todavía no ha podido
rentabilizar sus conocimientos de Marketing y Empresariales. Su madre le ayudó
con el trabajo final de carrera falsificando su letra porque Álvaro entró en
pánico de todo lo que tenía que estudiar y se bloqueó. No le obedecían las
manos ni la cabeza. Cuando se lo contó, Macarena pensó: eso es amor de
madre.
Pasa un rato muy
agradable con él en la Plaza Mayor, comiendo, riendo, hablando… A las cinco se
despiden. Álvaro trabaja. Macarena dedica su tarde a leer tumbada en el sofá
verde. En la mesilla de noche, junto a otros que esperan a ser leídos, tiene Ordesa
que parece decir léeme ya, pero sigue con Guerra y Paz, no quiere
dejarlo tan pronto.
Hacia las diez de la noche en
el patio oscuro se oyen bajar persianas. Una detrás de otra. Parece un animado
concierto. Ella pone el punto final bajando las suyas y se acuesta.
“También te quiero explicar
que no soy responsable de que no te llame la familia de Alcalá. Cuando la tía
Clara y la prima me preguntaron les dije lo que pasaba y expliqué lo que pude y
entendía. No soy culpable de cómo te juzguen, ni de lo que piensen. Yo pienso
una cosa, tu piensas otra, y ellos pensarán otra. Yo no he estropeado nada.
No
comparto esa impresión. Tú fuiste la que explicaste (mal explicado), luego tú
fuiste la que pusiste algo en su cabeza. Pero independientemente de ello,
tampoco haces nada cuando te manifiesto mi malestar. Ni siquiera lo sientes.
"¿Y qué quieres que le haga si a ti no te invitan?", me dijiste. Qué
dolor. Que una madre no sienta que su hija está mal por no sentirse incluida.”
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