viernes, 10 de abril de 2026

Novela de un Yo (13)

  

Viernes, ocho y media de la mañana. Abre los ojos. Después de estar unos minutos dentro del saco decide levantarse. Isidro le ha pedido que llegue un poco antes hoy por el estreno de la nueva película con Penélope Cruz. Así es que tiene menos tiempo para hacer “sus cosas”. Las dos actividades que la sostienen, las que entreteje en sus rutinas: escribir y leer. Le gusta su vida. Después de pasar por el baño y cocina abre el ordenador portátil color cobre sobre la bandeja mesa de madera que le regaló su abuelo, se sienta en la silla verde de instituto que le había dado su padre hace tiempo y echa un chorro de café en la pequeña taza Segafredo que se trajo de Italia.

Herida N.º 15:

Un pueblo de Sevilla. La familia Mena se reúne para decir adiós al patriarca, el abuelo Aurelio. Ha muerto en la casa de su hija que, a diferencia del hijo, profesor de instituto en Madrid, vive desde hace tiempo en el mismo pueblo que lo vio nacer. Junto a ella ha pasado los últimos años de su vida. Macarenita habla con sus primas, Gloria y Carmen, nietas del finado, hijas de su tía María y su tío Paco. Visten todos de negro, como manda la tradición, a pesar del chascarrillo que ha contado mil y una vez su tía María. Su madre, Manola la modista, abuela de Macarenita, le decía que cuando ella muriera seguro que iba de rojo al entierro, por lo revolucionaria que era, que se casó con traje de pantalón y chaqueta. Todos están en la puerta esperando el coche fúnebre que tiene que recoger al abuelo. Macarenita está triste por la pérdida y sobre todo porque no ha visto a su abuelo en los últimos meses. Ni recuerda la última vez que lo vio vivo. Por fin llega y después de cargar el cuerpo empieza el desfile: unos andando, otros en coche. A la comitiva se va uniendo poco a poco gente del pueblo, otros miran desde las ventanas enrejadas. Cuando llegan al cementerio ya forman una buena piña. Todos detrás del féretro que llevan unos pocos a hombros como un paso de Semana Santa. Macarenita camina despacio, sola entre mucha gente. Delante su padre y su tía van agarrados del brazo. Detrás, su madre y su tío Paco. La ceremonia es breve, como en las películas: todos alrededor de una tumba y el enterrador echando tierra con la pala. Cuando termina, empiezan los pésames. Esto sí dura más. Macarenita junto a sus primas observa la escena. También a ellas se les acerca algún familiar. Cuando se va clareando el lugar y los puntitos negros se dispersan por otras zonas del cementerio, se acerca a sus padres. Ve cómo su padre acaricia la cara de su hermana y la abraza. No puede callarse:

-Papá, yo también… Yo también necesito con-sue-lo….

- ¡Qué va! ¡Tú eres fuerte!

Macarenita se parte en dos como si le hubieran hecho el harakiri.

Años más tarde cuando se lo contó a su madre con la intención de que comprendiera su malestar de aquel día, le gritó diciendo: ¿y qué, si a ti papá no te consuela? De nuevo se partió en dos. Esta vez con más dolor si cabe. La fría incomprensión de su madre se convertía en desamor dentro de ella.

Macarena mira hacia el patio, coge aire por la nariz y en un suspiro sonoro lo suelta por la boca. Madre mía, murmura. Sigue escribiendo. Se ha acordado de otro momento en que le extrañó la reacción de su madre. Quiere desentrañar todos esos momentos de la relación con su madre, aquellos en los que ésta no se ha mostrado justa, amorosa, como ella esperaba que se tenía que comportar una madre… Cree que así podrá explicarse muchas cosas de su vida y quizás demostrar lo que lleva tiempo pensando: que no a todos los hijos se les quiere por igual.

Herida N.º 16:

Budapest, viaje de mujeres. Es el segundo que hacen: madre, hijas, tía María y primas. Organizado todo por Macarenita que trabaja en una agencia de viajes y tiene facilidades. Están en una cafetería haciendo un descanso después de comer mientras degustan un té verde unas, negro otras, rojo y hasta blanco. Para gustos, los colores. La mañana ha sido cansada viendo un montón de cosas. La madre de Macarenita se mueve en su asiento, parece nerviosa. Finalmente, dice:

-Macarena, la próxima vez ni se te ocurra organizar el viaje en una fecha en la que tu hermana no pueda viajar, que sé que lo has hecho aposta para que ella no viniera.

-Pero… mamá, ¿cómo puedes decir eso? ¿En serio crees que yo he organizado el viaje para que no venga Clotilde?

-Pues sí…

-No me lo puedo creer. Es alucinante. ¿No sabes que he estado esperando hasta el último momento para que ella me dijera las fechas que podía? ¿Que hemos estado a punto de no poder comprar los billetes por esperarla?

-Bueno, tampoco hubiese pasado nada…

-Mamá, si no querías hacer el viaje sin ella tenías que haberlo dicho.

-Nadie me lo preguntó.

-Pero todas estabais al tanto de toda la organización con los correos comunes que yo os iba mandando…

-Ya sabes que yo no uso mucho eso.

-Lo podías haber dicho también cuando Clotilde dijo que no iba… Es alucinante que me eches la culpa.

-Nunca has querido hacer planes con ella y menos viajar.

- ¿Cómo puedes pensar eso después de todo lo que he estado esperando y haciendo por ella?

Macarenita no puede más, cree que se va a partir del todo por la mitad, se levanta del sitio y sale de la cafetería a respirar aire fresco, que en diciembre en Budapest es bastante fresco.

Ha pasado la mañana entre Sevilla y Budapest. Finalizado el segundo viaje, se levanta de la silla verde de instituto, estira los brazos hacia arriba mirando a la vez por la ventana que da al patio interior y se prepara para ir al Cine. Esta vez se lleva un bocadillo de queso con anchoas para cenar, su preferido. Se lo merece, piensa. Atraviesa Madrid en bicicleta y cuando llega al Cine Isidro la está esperando con el nudo de la corbata por encima de la nuez y una gota de sudor cayéndole por la sien. Están a punto de abrir y en breve comenzarán a llegar los del estreno: prensa, actores y actrices, director… A Macarena no le gustan estos saraos en los que tiene que estar, aunque no sea más que para ver cómo engullen canapés y beben copas de vino. De palomitas en estas ocasiones poco, pero no puede leer ya que tiene que permanecer de pie por si acaso. Además, viene el jefe y debe estar todo impoluto. Se ha traído por ello la camiseta nueva, la de la R dorada, y antes de abrir repasa con limpiacristales el mostrador y las estanterías donde están las gominolas y chocolatinas.

Entre los invitados hay algún niño y niña, a los que Macarena observa con atención. Uno que no aparenta más de seis años lleva en la mano un globo rosa de helio. Es de Tecnocasa. Los están repartiendo en la calle. Nadie le ha dicho al niño que no puede entrar con el globo en la sala y esto alterará el orden de la tarde. Al rato de empezar la proyección una sombra oculta el ángulo superior izquierdo de la pantalla. Revuelo, pitidos, protestas… El globo de helio se ha escapado de la mano del niño y está pegado al techo delante del flujo de luz emitido por el proyector. Imposible alcanzarlo. Esta sería la anécdota de la tarde que más adelante serviría como entretenimiento en forma de chascarrillo.

Terminada la jornada Macarena se cambia en el baño. Está agotada. Sólo le quedan fuerzas para coger la bici y dejarse caer en ella cuesta abajo atravesando El Retiro y la Plaza Mayor. Nada más llegar se acuesta. Ya bajará la basura mañana.

 

“En el viaje que hicimos a Budapest, me dijiste que yo era la culpable de que Clotilde no hubiera venido, que había organizado todo para que no pudiera venir. ¿Por qué piensas eso? ¿Por qué no valoraste todo el trabajazo que hice para juntar a casi todas y que el viaje saliera adelante? Algo le dijiste a Gloria también y la pediste perdón más adelante. A mí nunca me lo pediste. Me sentí desagradecida e injustamente castigada. 

Del viaje a Budapest: yo no te eché la bronca por "haber planeado el viaje en una fecha para que no fuera Clotilde". No te dije que lo planearais con esa intención. Comentó la tía María de hacer otro viaje de mujeres y dije que me gustaría que se hiciera cuando también pudiera Clotilde, que justamente había comentado que en esas fechas estaba con exámenes. Nunca dije que lo hubierais planeado exprofeso para que no fuera ella.

Mentira. En Budapest, en una cafetería, dijiste que yo lo había planeado aposta para que no fuera. Así me lo dijiste allí. Antes del viaje no comentaste nada de querer hacerlo cuando Clotilde pudiera. Ella nunca sabía cuándo podía ni cuándo no. La estuvimos esperando y estuvimos pendiente de ella hasta el último momento, cuando los billetes ya no podían esperar más. Fue ella quien nos dijo que lo hiciéramos y tú no comentaste nada de que sin ella no te apetecía”.

 

“Cuando se murió el abuelo Aurelio, papá no me consoló como hizo con Clotilde. Se lo dije y me contestó que yo era fuerte. Un día te lo conté y me dijiste que “¿y qué pasa si papá no te consoló?”. Tu respuesta me dolió muchísimo, pues yo buscaba empatía y recibí un varapalo. ¿Por qué opinas que a mí no me tenía que consolar y a Clotilde, en cambio, sí? Me sentí incomprendida, no acompañada, sola…”

 

 

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