Al día siguiente también se da
cuenta de que su día libre se convierte en día ocupado, que ella es su motivo
más fuerte de estrés, que no necesita jefe para sentirse bajo presión. Sentirse
ocupada le hace olvidar cosas que no quiere pensar.
Antes de empezar con todo lo
que ha planificado para hoy despliega el ordenador portátil color cobre sobre
la bandeja de madera que le regaló su abuelo en un cumpleaños, se sienta en la
silla verde de instituto que le dio su padre cuando se jubiló y se toma un café
solo en la pequeña taza Segafredo que se trajo de Italia cuando regresó de su
año Erasmus. Y escribe:
Herida N. º 22:
Era martes, uno cualquiera.
Macarenita salió de casa para comprar algo en la farmacia, pero alargó un poco
más el camino pues le apetecía airearse antes de volver a sentarse frente al
ordenador. Entonces le pareció ver el abrigo de piel marrón de su padre con la
bufanda roja. También la boina. Era su padre, pues frente a él estaba sentada su
madre y al lado de ésta su hermana. Le dio un vuelco el corazón. No se podía
creer que estuvieran tomando algo en una terraza del barrio y no la hubieran
avisado. ¿Por qué no la incluían en sus planes? No entendía este comportamiento
que tenían de no llamarla cuando hacían algo los tres juntos. Tampoco entendía
por qué con su hermana cada vez que venía a Madrid hacían tantos planes y con
ella nada. Macarenita se dijo así misma que si alguna vez llegaba a ser madre
no le pasaría eso.
Cuando se acercó a ellos tuvo
que contener la tristeza que se empezaba a mezclar con enfado en las líneas de
su rostro. Se acordó de la sonrisa pintada de Joker para poder saludar sin que
le salieran culebras de la boca.
- ¡Hola!
- ¡Hola, hija!
- ¿Qué tal, todo bien?
-Sí, todo bien. Aquí tomando
algo antes de irnos al centro, que queremos dar una vuelta….
Macarenita ya no pudo oír más.
Tampoco escucharlo. Proyectó una película en su cabeza para no desdibujar su
sonrisa de payaso herido. Amélie es una película que siempre le ha regalado
buenas sensaciones. Como la de deslizar los dedos de la mano entre las legumbres del mercado…
Deja de escribir para
disponerse a hacer lo que acaba de crear. Mete la película de Amélie en
el reproductor de DVD y la avanza rápidamente para llegar a la escena de las
legumbres. Se queda un rato así, hipnotizada por las imágenes, metida en la
película que se proyecta en la pantalla del televisor. Hasta que se acuerda de
su agenda para hoy.
A última hora de la mañana ha
quedado con su madre para dar un paseo por el centro de Madrid. Un par de horas
antes, metida en el saco aún, con los ojos abiertos, había diseñado el trazado
que harían. Pasearían por el barrio de Malasaña, donde estaba la Escuela en la
que impartió clases su madre durante cuarenta años. La idea era recorrer
espacialmente aquellos años. Quería que su madre le enseñara dónde tomaba café
con sus compañeros, dónde hacían las comidas de Navidad, dónde compraban el
material de dibujo sus alumnos, dónde consultaba las obras de arte que veían en
las diapositivas de clase, dónde le gustaba pasear durante los recreos… En
definitiva, cuál era el trozo de vida de su madre que no compartieron durante
los años de guardería, colegio, instituto y universidad. Quedaron a la salida
de la estación del metro San Bernardo y desde allí fueron caminando hasta la
calle La Palma. Macarena tenía ordenados en la cabeza todos los momentos que
quería su madre le marcara sobre la calle. Empezaron por el desayuno con
compañeros (le sorprendió el tugurio donde se metía el grupo de profesores): un
sitio pintado de negro hasta el techo, ¡con grifos de toda clase de cerveza y
colillas en el suelo a las diez de la mañana! Le gustó la biblioteca del
barrio: pequeñita, pero muy bien surtida. Cuando llegaron a la Plaza Dos de
Mayo se sentaron a descansar y Macarena aprovechó para preguntar a su madre
algo que le rondaba por la cabeza desde hacía tiempo.
-Mamá, ¿por qué no te hablas
con el tío Jose?
- ¡Uy! y ¿eso? ¿A qué viene
ahora?
-Bueno, es algo que te he
querido preguntar desde hace tiempo…
-Ah, ya veo… Pues, mira, no me
hablo con el tío Jose porque en un momento dado él dejó de hablarme… Fue aquel
verano que compartimos en Portugal. No sé si te acuerdas…. Hubo un malentendido
cuando un día por la mañana hablando de la ruta que íbamos a hacer ellos querían
ir hacia un sitio y nosotros a otro… Y bueno, al final ellos cedieron a
regañadientes, pero luego en el camping donde paramos, no sé si te acuerdas….
Hubo un encontronazo entre tu hermana y Adrián por una cantimplora que querían
los dos, cosas de niños, y ahí le salió toda la rabia que tenía acumulada por el malentendido de la mañana… Se puso como una fiera. Empezó a decirme
cosas…. No sé, quizás cosas que tenía guardadas de hace tiempo…. Que si a los
hermanos pequeños siempre se les consiente todo, que si siempre es igual con
los pequeños, que si hay favoritismos… Se le hinchó la vena del cuello y yo
tuve que retirarme porque tenía miedo, que hasta verde como La Masa parecía que
se iba a poner.
Hasta ahí escuchó Macarena.
Después sólo veía a su madre mover la boca sobre imágenes que surgían
proyectadas en el aire. Esta vez el decorado era un gran bosque de árboles
infinitos del que surgía su tío convertido en La Masa. Estaba perfectamente caracterizado
con sus pantalones rotos y todo. Tenía la barba y la sonrisa inconfundible de
su tío, una que le hacía achinar los ojos.
A pesar de tener la jornada
llena de actividades, hasta ahí se quedarían sus recuerdos de aquel día.
Aquella explicación de su madre con el personaje de La Masa como aderezo se
quedó en su cabeza y le hizo pensar que las historias se repiten. Que la
Historia es circular. Que si ella en un futuro no se hablaba con su hermana
(cada vez lo hacían menos) no tenía más que buscar explicación en el devenir de
la Historia, las circunstancias que tanto repetía su madre. Que éstas son
cíclicas.
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