Mi primer sofá fue uno que me dio
un compañero de trabajo. Me lo traje de Móstoles al centro de Madrid. Allí me
sentaba a ver películas en VHS, pegar fotos en mis álbumes, hablar con amigos… Después
heredé uno verde de mis padres donde di de mamar a mi hijo, celebré encuentros,
arreglé calcetines… El que tengo ahora es el segundo que he comprado. Es un
sofá también multiusos que se extiende como si fuera un barco y se encoje
adoptando la forma de una L. Es nuestro cine de los lunes, desde donde vemos
las fotos de los martes, los vídeos de los viernes y las series del fin de
semana. Mi rincón de lectura de los días que llego a casa de madrugada. Además,
es nuestra cama en Los Óscars, Los Goyas, The Game Awards y en el All-Star.
También es la cama de las visitas y la siesta de mi padre. En el confinamiento lo
usamos hasta de casa. A Romeo se le ocurrió que el mundo era nuestra casa y la
casa era el sofá. Así es que estuvimos todo un día viviendo en él.
Hoy he leído en un libro: “no era
un permiso para pasar el tiempo en el sofá, sino un recordatorio para dedicarse
a conectar con uno mismo y con las personas importantes de verdad”. Y me he
acordado de todas esas frases que escucho con la palabra sofá referidas a no
hacer nada. Inmediatamente me he acordado de nuestro día en el sofá. La
cantidad de cosas que hicimos subidos a él: jugamos al parchís, dibujamos,
leímos, escribimos, comimos, construimos una cabaña, nos vestimos, hablamos por
teléfono… Mi mundo puede ser tan pequeño como un sofá o tan grande como de aquí
a Japón. Y eso me gusta.
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