lunes, 25 de mayo de 2026

Un sofá para todo

 

Mi primer sofá fue uno que me dio un compañero de trabajo. Me lo traje de Móstoles al centro de Madrid. Allí me sentaba a ver películas en VHS, pegar fotos en mis álbumes, hablar con amigos… Después heredé uno verde de mis padres donde di de mamar a mi hijo, celebré encuentros, arreglé calcetines… El que tengo ahora es el segundo que he comprado. Es un sofá también multiusos que se extiende como si fuera un barco y se encoje adoptando la forma de una L. Es nuestro cine de los lunes, desde donde vemos las fotos de los martes, los vídeos de los viernes y las series del fin de semana. Mi rincón de lectura de los días que llego a casa de madrugada. Además, es nuestra cama en Los Óscars, Los Goyas, The Game Awards y en el All-Star. También es la cama de las visitas y la siesta de mi padre. En el confinamiento lo usamos hasta de casa. A Romeo se le ocurrió que el mundo era nuestra casa y la casa era el sofá. Así es que estuvimos todo un día viviendo en él.

Hoy he leído en un libro: “no era un permiso para pasar el tiempo en el sofá, sino un recordatorio para dedicarse a conectar con uno mismo y con las personas importantes de verdad”. Y me he acordado de todas esas frases que escucho con la palabra sofá referidas a no hacer nada. Inmediatamente me he acordado de nuestro día en el sofá. La cantidad de cosas que hicimos subidos a él: jugamos al parchís, dibujamos, leímos, escribimos, comimos, construimos una cabaña, nos vestimos, hablamos por teléfono… Mi mundo puede ser tan pequeño como un sofá o tan grande como de aquí a Japón. Y eso me gusta.   

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