Sábado. Va a tener que
arreglar la bandeja mesa. Ya no son sólo las grietas de la madera y las patas
que se abren como Bambi, sino una de las asas que se ha partido cuando la ha
cogido del hueco entre la nevera y la pared de la cocina donde la guarda. Luego
lo hará pues ahora, antes que nada, necesita escribir. Se hace un café y al rato está
sentada en la silla de instituto frente al ordenador.
Herida N. 24:
El padre observa, agachado en cuclillas como los orientales, en una esquina del salón, la escena que se ha montado en su casa con motivo de la llegada de su hija mayor. Macarenita y su madre están de nuevo enfrascadas en una de esas discusiones interminables de “tú dijiste-yo hice”. El salón se ha convertido en escenario de fiesta de cumpleaños con sus guirnaldas, tarta y regalos que se acumulan en torno a una mesa llena de viandas. Todo gracias al arte escénico de la madre que ha desplegado toda la indumentaria correspondiente para recrear mejor el momento del que están hablando: cuando Macarenita les invitó a su fiesta de cumpleaños tras conseguir su primer trabajo como socorrista en una piscina del barrio y no fueron porque se iban a Praga.
En la escena también aparece el Puente de San Carlos. Parecen dos transparencias que se sobreponen: las casas grises de Praga sobre fondo de confeti de la fiesta por todo lo alto que ha preparado. No la disfrutaría del todo, que le faltaron sus padres para brindar por aquel primer trabajo. Echó de menos que le dijeran que estaban orgullosos de ella, pues se había sacado el título de socorrista compaginando las duras clases de natación en Chamartín por la noche con las clases de la Universidad por la mañana. Una paliza de año. La madre seguía hablando detrás del doble escenario:
-Es un
viaje que teníamos pensado desde hacía mucho tiempo.
-Pero,
mamá, si ya habíais estado en Praga.
-Ya,
hija, pero nos gusta mucho y surgió la oportunidad de repente, que nos llamaron
porque habían quedado dos plazas libres en el grupo del centro cultural.
Praga
y la fiesta como dos diapositivas superpuestas que se proyectaban en la pared
alternándose según el orden de quien hablara. Ante la fuerza del discurso de
Macarenita de nuevo Praga se ocultaba entre guirnaldas, paquetes de regalos
multicolores y todo tipo de chucherías, ya que en aquella ocasión quiso tirar
la casa por la ventana.
-Mamá,
un mes antes me habíais confirmado que veníais y en el último momento
cancelasteis. Me dio mucha pena que no estuvierais allí. Os eché mucho de
menos.
- ¡Era
un viaje a Praga! Una de las cunas del arte para admirar las vidrieras que
tanto hemos explicado en clase…
- ¿Eso
era más importante que acompañar a vuestra hija en la celebración de su veinte cumpleaños?
Esta
vez la película que ha escenografiado la madre no ha tenido que convencer de
nada a Macarenita. Sus justificaciones chocan con los deseos de ésta. Tienen
que poner el punto final a aquella representación sin líneas convergentes.
Sin
embargo, esa necesidad no satisfecha quedó estratificada en su dermis y más
tarde, ese mismo día, reclamó de nuevo reconocimiento, el que no le pudieron dar en la fiesta
de cumpleaños.
No se encontraba
bien. Se le había abierto de nuevo la herida del desamor por la discusión acaecida
nada más llegar a casa de sus padres y ahora que habían terminado de comer y
las aguas estaban más tranquilas necesitaba una tirita de cariño para cerrarla.
-Mamá,
qué bien que me sacara el título de socorrista, ¿verdad?
-Sí,
estuvo bien. Te pudiste sacar un dinerillo para tus caprichos en verano.
-Bueno,
no sólo para caprichos, también para otras cosas necesarias... Te recuerdo que
así empecé a ahorrar para comprarme mi casa. Y además no sólo me sirvió para
eso, sino para poder socorrer a papá cuando se golpeó la cabeza contra el
mueble bailando sevillanas. ¿No te acuerdas?
-Pero
si fue tu hermana la que le curó.
- ¡¿Que
fue mi hermana?! ¿Pero qué estás diciendo? Mamá, fui yo. Por aquella época ella
estaba estudiando fuera. No estaba en casa. Era yo la que os ayudaba y os
atendía cuando lo necesitabais.
Macarenita
de nuevo se ha roto, se ha doblado por la mitad al abrirse la herida de su
corazón. Un corazón que lo es todo, que sobresale sobre todos los órganos de su
cuerpo. Que pesa, ocupa y siente más que cualquier parte de su organismo.
Deja de escribir y se prepara
para irse a trabajar. Esta vez lleva para cenar la receta de su amiga Cristina:
berenjena asada y cortada en tiras
aderezada con tomate en trozos, perejil, ajo, queso de cabra y aceite. Lo
lleva todo en un túper y allí lo cocinará en el microondas que dejó un antiguo
compañero. Madrid de Navidad está imposible. Se tiene que bajar de la bicicleta
en varias ocasiones porque teme atropellar a algún viandante.
En el Cine se reencuentra con
Óscar, otro antiguo compañero, que ha venido a hacer suplencias. David está
enfermo. Tiene una pequeña libreta como prolongación de uno de sus brazos y un lápiz
como prolongación del otro. Y cuando no está dibujando hace trucos de magia con
una baraja de cartas que guarda en el bolsillo de la chaqueta del uniforme.
Macarena se pasa la tarde viendo cómo aparecen y desaparecen números de las
cartas mágicas de Óscar.
Cuando llega a casa se
desviste y se ducha, que tiene un montón de cosas apuntadas en el cuerpo. No
sabe lo que le ha pasado esta vez. Le llegaban ideas de todo lo que veía y oía:
de los clientes, de los carteles de las películas, de los chistes de Isidro, la
magia de Óscar… Después se acuesta con Mi familia y otros animales entre
las manos hasta que se le cierran los ojos pensando en las risas de hoy.
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