domingo, 7 de junio de 2026

Marcar territorio

 


Llevo tiempo pensando que las dos fuerzas que rigen el mundo son el miedo y el amor. Unas veces actuamos por miedo y otras por amor, o reaccionamos por miedo o por amor, creo.

El ámbito educativo es para mí un laboratorio donde he experimentado y observado esto. Todos los inicios de curso mi hijo me cuenta cómo llegan los profesores el primer día de clase: cómo saludan, se presentan, explican el funcionamiento de las clases…  Muy pocas veces el profesor adulto empieza la relación con el adolescente alumno empujado por la energía del amor: amor a su trabajo, amor a otro ser humano, a sí mismo… Casi siempre, pienso, es el miedo lo que les motiva a marcar el territorio: poner límites nada más entrar, no saludar, no sonreír, a veces ni presentarse si quiera…  Entran en la clase como si se tratara de un establo de animales: dando bufidos, soltando órdenes, mirando desde arriba… Romeo me contaba que una profesora nueva había llegado diciendo con aires de grandeza con quién se tenía que sentar cada uno. Le recordé que es una herramienta que tiene el profesorado para “hacerse con la clase”. Metiendo miedo piensan que sus pupilos van a estar más quietos, más callados… Cuando en realidad muchas veces sucede todo lo contrario, pues la vida no se puede reprimir. Las empresas se dieron cuenta hace tiempo que los directivos tenían que ser más amigables con el trabajador y algunas lo practican. Sin embargo, en el ámbito educativo (con sus excepciones) todavía el miedo se usa como herramienta de control en lugar de pararse a pensar por qué en una “cárcel” los niños y niñas tienen ganas de moverse, jugar, hablar, reír…  

Ayer en un autobús vi una escena que en seguida relacioné con esto: un niño se dirigió a la salida corriendo por el habitáculo. Cuando salió la madre, el conductor la llamó la atención desde dentro para decirle que tenía que decir al niño que eso que había hecho no estaba bien. Que no se puede correr dentro de un autobús. “Lo ha encajado bien”, dijo el autobusero porque la madre asintió y se fue. Acto seguido el conductor se puso en medio a explicarnos por qué se había enfadado. Que hoy en día los padres no dicen nada a los niños, que como son niños existe la creencia de que pueden hacer lo que quieran, que le dan ganas de decirles que se los lleven a sus trabajos para que allí correteen y hagan ruido, que a ver si así pueden trabajar… etc, etc. Yo me quedé pensando que, si un niño no puede moverse de nueve a cinco de la tarde, salvo veinte minutos en el recreo y una hora después de comer, es NORMAL que luego lo haga donde sea. Habría que enseñar a muchos adultos la asignatura de Desarrollo de un ser humano para que no sigan comportándose como animales con ellos. Pienso.


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