Llevo tiempo pensando que las dos
fuerzas que rigen el mundo son el miedo y el amor. Unas veces actuamos por
miedo y otras por amor, o reaccionamos por miedo o por amor, creo.
El ámbito educativo es para mí un
laboratorio donde he experimentado y observado esto. Todos los inicios de curso
mi hijo me cuenta cómo llegan los profesores el primer día de clase: cómo
saludan, se presentan, explican el funcionamiento de las clases… Muy pocas veces el profesor adulto empieza la
relación con el adolescente alumno empujado por la energía del amor: amor a su
trabajo, amor a otro ser humano, a sí mismo… Casi siempre, pienso, es el miedo
lo que les motiva a marcar el territorio: poner límites nada más entrar, no
saludar, no sonreír, a veces ni presentarse si quiera…
Entran en la clase como si se tratara de un establo de animales: dando bufidos, soltando
órdenes, mirando desde arriba… Romeo me contaba que una profesora nueva había
llegado diciendo con aires de grandeza con quién se tenía que sentar cada uno. Le
recordé que es una herramienta que tiene el profesorado para “hacerse con la
clase”. Metiendo miedo piensan que sus pupilos van a estar más quietos, más
callados… Cuando en realidad muchas veces sucede todo lo contrario, pues la
vida no se puede reprimir. Las empresas se dieron cuenta hace tiempo que los
directivos tenían que ser más amigables con el trabajador y algunas lo
practican. Sin embargo, en el ámbito educativo (con sus excepciones) todavía el miedo se usa como
herramienta de control en lugar de pararse a pensar por qué en una “cárcel” los
niños y niñas tienen ganas de moverse, jugar, hablar, reír…
Ayer en un autobús vi una escena
que en seguida relacioné con esto: un niño se dirigió a la salida corriendo por
el habitáculo. Cuando salió la madre, el conductor la llamó la atención desde
dentro para decirle que tenía que decir al niño que eso que había hecho no
estaba bien. Que no se puede correr dentro de un autobús. “Lo ha encajado bien”, dijo el autobusero porque la madre asintió y se fue. Acto seguido el conductor
se puso en medio a explicarnos por qué se había enfadado. Que hoy en día los
padres no dicen nada a los niños, que como son niños existe la creencia de que pueden hacer lo que
quieran, que le dan ganas de decirles que se los lleven a sus trabajos para que
allí correteen y hagan ruido, que a ver si así pueden trabajar… etc, etc. Yo me
quedé pensando que, si un niño no puede moverse de nueve a cinco de la tarde,
salvo veinte minutos en el recreo y una hora después de comer, es NORMAL que
luego lo haga donde sea. Habría que enseñar a muchos adultos la asignatura de Desarrollo
de un ser humano para que no sigan comportándose como animales con ellos. Pienso.
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