Domingo. El concierto de
persianas empieza más tarde que cualquier otro día de la semana, pero Macarena
abre los ojos como casi siempre, sobre las ocho, pues la luz aparece sobre esa
hora por debajo de la puerta. Se estira dentro del saco pensando que ayer se le
olvidó recapitular lo bueno y lo malo del día. Cuando se sienta frente a la
bandeja mesa con su taza de café recuerda lo lleno que estaba Madrid cuando
regresaba ayer en bicicleta y le viene otro momento que enseguida se pone a
escribir:
Herida N. 25:
Fiestas
de San Isidro. Cientos de madrileños acuden a la Pradera para comer sentados en
la hierba formando un cuadro impresionista. Esa costumbre también se había
instalado entre sus padres y ella hacía años. A ésta se aferraba
concienzudamente para que no le arrebatara nadie ese momento compartido.
Recuerda un año que su hermana ya estaba estudiando fuera. Macarenita vio el
momento de contarle a su madre lo triste que se había sentido cuando su padre
no se acordó de su cumpleaños aquel fin de semana en la casa de la sierra, y
ésta en lugar de intentar comprenderla, respondió con algo que le pasó a ella de
pequeña, cosa que la entristeció aún más.
-Mamá, me dolió que papá no se acordara de mi cumpleaños el año pasado. Pienso que por eso estuve gran parte del fin de semana apática y sin muchas ganas de hablar. Habíamos comentado días antes que sería mi cumpleaños uno de los días que íbamos a estar allí y cuando me levanté y me lo crucé en la cocina no me dijo nada. Como siempre hace, pero esta vez esperaba al menos un "felicidades, hija". Me sentí fatal, que ni me miró a la cara para darme los buenos días.
-Ya, sí, ya sabes cómo es papá... Yo cuando era niña tuve que estar muchos cumpleaños sola, que los abuelos trabajaban los dos, y además el abuelo con dos trabajos, y nunca lo pude celebrar. Había muchas veces también que se olvidaban de mi cumpleaños por ese motivo, porque estaban siempre estresados con los trabajos.
“Intuyo
que mucho de vuestro comportamiento con nosotras estuvo determinado por el de
vuestros padres con vosotros. Además, pensarlo así me ayuda a empatizar, a
comprenderos. Un buen amigo me dijo que por eso cuando os digo cosas que no me
gusta que hayáis hecho conmigo os ponéis a la defensiva cual niños heridos para
hablar de vuestras cosas. Aún recuerdo aquel quince de mayo contándoos lo mal
que me sentía porque no me habíais hecho ni caso el día de mi cumpleaños que
pasamos en la casa de la sierra. Mamá enseguida dio la vuelta a la tortilla
para hablar de lo mal que se había sentido ella. Pero una vez más no era de
ella de quien estábamos hablando en ese momento, era yo y mis sentimientos. No
pretendo ahora que me contéis qué os pasó a vosotros, cómo os sentisteis en
vuestra infancia. Lo que es vuestro no me pertenece, no tengo por qué cargar
con la historia de vuestros niños heridos. Sois mis padres y no al revés. Pero
necesitaba deciros todas las injusticias que han agujereado mi corazón estos
años. Quería ponerlo sobre papel para entenderme un poco más, aunque no tenga
la certeza de recibir respuesta por vuestra parte. Me ayuda a comprender por
qué mi niña interna está herida (creo en la teoría, si se puede llamar así, de
que todos tenemos dentro niños heridos por cosas que hemos sufrido en nuestra
infancia-adolescencia) y por qué actúo como actúo en mi vida de adulta. Por qué
empujé a mi hermana para que se cayera de la ventana de la iglesia en Ciudad
Rodrigo y por qué no quiero tener un segundo hijo. Me habéis dado el regalo de
la vida y por ello os estoy infinitamente agradecida. Sin vosotros, si papá no
hubiese puesto su parte, ni mamá la suya, si no hubiese dispuesto su cuerpo para
albergarme durante mis primeros nueve meses, yo no habría experimentado jamás
la felicidad de coger renacuajos en un charco, de ganar un concurso disfrazada
de fresa con toallas, o de saborear ahora un enorme helado mientras veo a la
gente pasar desde la taquilla del Cine... Por poner tres ejemplos de felicidad
en mi vida, aunque no es el único sentimiento que agradezco a la misma.”
Otra
flema que se tuvo que tragar fue cuando su hermana, que estaba viviendo allí, le dijo que no fueran a
la casa de la sierra el día de su cumpleaños. Aquello le dolió muchísimo.
Pensaba que podía ser una buena idea celebrarlo allí todos juntos, pero por lo
visto la homenajeada tenía otros planes en los que no entraba invitar a su
hermana. Se tragó el guiñapo por no disgustar a sus padres.
Macarena piensa en todas las
cosas que se ha tenido que tragar por no hacer daño a sus padres. En todas las
vivencias que le han hecho daño. Sabe que no podrá sacar todo a la luz porque
la memoria lo guarda a su antojo, pero escribir le ayuda a rebuscar y a ordenar
su mapa de heridas.
Sale airosa de casa. Parece
que escribir también adelgaza porque hoy le pesa menos su cuerpo en la
bicicleta. Después de atravesar su trozo de Madrid diario llega al Cine donde
otro día más está Antonio en la puerta. Piensa que es un personaje más de la
película de su vida. Se acuerda de cuando le contó que le habían pillado con el
culo al aire en los baños porque siempre que hace caca acostumbra a limpiarse
con un gurruño de papel que moja en los lavabos y en ese momento entró un
cliente. Lleva un amuleto colgado del cuello. Lo llama chacra y le da la vuelta
cuando anochece. Otra cosa que le llamó la atención de él es lo que llama su
enfermedad, que tiene una palabra rara y explica como ansiedad. También el
hecho de que se esté construyendo su “propio mundo”. Todavía recuerda la
primera vez que le vio: moreno, labios gordos, ojos grandes y negros,
corpulento… Incluso le gustó un poco.
La jornada se desarrolla sin
incidentes. Al ser domingo han estado muy ocupados y no han tenido tiempo de
jugar entre sesión y sesión a baloncesto con un vaso grande de Coca-Cola que
pegan a la pared y una pelota hecha con afiches antiguos arrugados.
Ya en casa se pone el pijama y
se mete en el saco a leer antes de que se le cierren los ojos. Los párpados se
le caen al tiempo que lo hace la persiana de su vecina.
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