martes, 14 de julio de 2026

Novela de un Yo (24)

 

 

Desde que ocupa sus días con cosas que quiere hacer y otras que, aunque no quiera, le compensa hacerlas, como tender la ropa y otras labores domésticas, se ha dado cuenta que no le hace falta poner el despertador. Lleva años despertándose cuando el sol entra en su casa. En verano antes que en invierno. Ahora es primavera y en su habitación amanece en torno a las siete.

Antes de que se levanten ellos empieza su rutina mañanera: calienta un vaso de agua y mientras se lo va tomando despacio entreteje en este beber pausado todo lo demás. Lavarse cara y dientes, estirar piernas y brazos, hacer pesas, darse crema por todo el cuerpo (hábito adquirido tras un año con cáncer de mama), seleccionar las naranjas para el zumo y consultar la agenda. Cuando Daniel y Eneko se levantan ya está preparada para darse a ellos. Les saluda cariñosamente y desayunan juntos. En el ascensor antes de la despedida un “beso sándwich”.

Después la casa se queda vacía para ella. Tiene estructurada la mañana por horas, algo que heredó de su infancia, de cuando elaboraba horarios con tiempos hasta para cagar y los escondía debajo de su mesa. En la primera media hora consulta el correo electrónico, la segunda media hora repasa en el ordenador lo escrito en días anteriores, la segunda hora escribe lo nuevo, en la tercera hace y deshace “jode-jodes” de la vida. Esto son todas aquellas gestiones administrativas que nunca apetecen hacer pero que compensa hacerlas: facturas, banco, compras, planificar viajes, organizar fotos, asuntos de colegio… La última hora de la mañana la dedica a leer. Además, tres días a la semana tiene tiempo para ver un documental, una serie o una película. Martes, miércoles y jueves. Los lunes y viernes en el tiempo que le sobra antes de ir a buscar a Eneko al colegio queda con alguien para tomar café. Los márgenes de tiempo, es decir los tiempos que no están incluidos dentro de esos límites estructurados, aprovecha para cocinar, comprar… Le gusta también esa vida de los márgenes, piensa. También piensa que le gusta robarse tiempo cuando, por ejemplo, le falta por hacer algo que corresponde a los haceres de otra hora; ahorrar tiempo haciendo horas extras si un día le sobra para cuando lo pueda necesitar; o hacer pellas a la vida. Esto es no hacer ni caso al horario establecido e irse por ejemplo a pasear todo el día en el campo. Pero lo que le gusta, sobre todo, por encima de todas las cosas, es ser el Dios de su vida.

Entre las obligaciones de esta mañana está llamar a su madre. Le parece raro haber incluido esta actividad en los jode-jodes de su vida. Aunque sabe que su historia familiar nunca será la de las familias que van juntas a su Cine. Por eso lo quiere hacer por la mañana, el deber antes que el placer, como le habían inculcado de pequeña.

-Hola, soy Macarena. ¿Cómo estás? ¿Qué tal el ojo?

-Hola, bueno, todavía lo tengo cerrado y ya van siete días….

-Vaya y ¿te duele?

-Pues la verdad es que sí, me molesta… Sobre todo, en la calle, con la luz solar.

-O sea que no estarás saliendo mucho…

-Bueno, la compra la tengo que hacer porque, aunque Marisa se ha ofrecido, no me gusta abusar, que bastante tiene ella con Paco…. Y, además, ¿sabes que Marta se ha separado?

La cabeza de Macarena ya está proyectando la película que la madre dirige: en ella aparece vestida de pirata con el parche, una casaca granate y la pata de palo, que ha sustituido a una de sus piernas en el momento justo en que la madre ha dicho “me muevo poco”. Detrás de ella un barco que ocupa todo el salón de la casa de Macarena bajo un sol abrasador que hace que la madre se ponga la mano como visera mientras habla. Escucha a su madre, pero está más pendiente de la escena que se va formando alrededor del aparato telefónico. Es como si salieran hologramas de un gramófono.

Hoy es martes. Después de consultar el correo y pasar al ordenador su último viaje, Costa Rica, escribe de nuevo sobre las heridas de su vida.

De vez en cuando, mientras escribe todo esto, le vienen ganas de compasión, de querer acabar con ese sentimiento de rencor que le abarca. Piensa en lo que ya le dijo su amigo-compañero del Cine después de aquella pregunta: que no puedes mendigar el amor que no te dieron de niña. También piensa, para explicarse el mundo, que existe el síndrome de Nido Vacío y que no puedes luchar contra ello, que hay gente que no soporta la ida de sus hijos y necesitan cuidar de forma permanente. Más aún en este caso en el que nunca se ha dado la independencia completa, pues, aunque fuera de casa, Clotilde siempre ha estado cobijada bajo el ala paterna. 

Macarena escribe todo lo que tiene guardado desde hace tiempo porque no ha querido nunca disgustar más a sus padres, que muy pronto empezaron a preocuparse por su hermana: suspenso en los estudios, accidentes, precariedad laboral… Siente que con la escritura de estos episodios se liberará del peso de cargar con tanto rencor. Además, como buena hija de profesores de Historia sabe que para entender el presente hay que conocer el pasado. Esta es en parte la razón de todo, pasearse por el pasado para entender su presente.

Herida Nº  27:

Hace poco descubrió el origen de uno de sus sentimientos. Un sabor agridulce que se le queda en la garganta cada vez que visita a su tía María de Sevilla. Ella emplea todo su tiempo, energía y cabeza para estar el máximo tiempo posible con su tíos y primas cada vez que va allí. Sin embargo, siente que a cambio no recibe lo mismo. Siempre se queda con ganas de más porque su tía no renuncia a ver el programa Cifras y Letras después de comer por estar con ella o porque su prima se va con las amigas a tomar café. Sin embargo, en las visitas en sentido contrario, es decir de Sevilla a Madrid, sus padres y ella hacen todo lo posible por elaborar planes que les encajen y les hagan pensar que ha merecido la pena los seiscientos kilómetros en el Seíta. El origen de aquella diferencia: una humillación sufrida por su tía por parte de su hermano, el padre de Macarena. Un verano en la playa, reunidos con ésta y los abuelos paternos, su padre le dijo algo a su hermana acerca de la comida que se había quedado encargada de cocinar. Le sentó muy mal y a partir de ahí algo se le rompió por dentro a ésta. El vínculo entre los dos hermanos ya no sería el mismo y por consiguiente tampoco con sus sobrinas, quienes no se enteraron de aquella humillación porque eran muy pequeñas. Además, sus hijas habían heredado esa sangre coagulada por la humillación y tampoco sentían la necesidad de estar a todas horas con Macarenita ni con su hermana, ni aquí ni allí.

La mañana se le he pasado volando. Se tiene que ir a jugrabajar. Allí leerá y cogerá ideas. Esta vez lleva unos raviolis de cena para hacerse en el microondas. Para comer coge una fruta y lo hace a la neoyorkina en el metro, que desde que no tienen que llevar mascarillas por el confinamiento del Covid ya puede aprovechar los trayectos para hacerlo.

David la saluda al entrar. También está Álvaro que se ha incorporado hace unos meses. Asun se jubiló y surgió una vacante que ocupa éste. Le gusta trabajar con él porque, aparte de ser un compañero con el que ya compartió buenos momentos en otro cine, se inventa los títulos de las películas (de Emilia Pérez dice Emilia Pardo Bazán) y le hace mucha gracia todas sus cosas. Ahora dice que se ha comprado un sofá nuevo en el que se queda dormido siempre, haga lo que haga.

Palomitas, dinero, barrer el suelo lleno de maíz y tickets de compra, fregar, saludar, cambiarse y marcharse.

Cuando llega a casa Daniel y Eneko duermen. A ella le cuesta un poco coger el sueño y lo invoca desde el sofá, que ahora es gris, leyendo. A la media hora de lectura ininterrumpida nota que los párpados se le caen.

 

“Esta mañana jugando a hacer puzles de números con Eneko me imaginaba que las piezas eran todas estas heridas escritas aquí y que poco a poco entre los dos íbamos resolviéndolas. Y es que Eneko es quien me ha abierto la puerta del autoconocimiento. A partir del momento en que me imaginé tener un hijo, empecé a indagar en mi historia personal y hoy con él, y sin él, jugando y sin jugar, sigo con esa tarea. El valor para resolver puzles vitales es la hogaza de pan con la que ha llegado mi hijo”.

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