Hay cuestiones que no me
sorprenden de esta sociedad. No me extrañan porque pienso que ocurren por la
sociedad que formamos. Por ejemplo, el hecho de que haya adolescentes que se
droguen, ya sea con alcohol, cafeína u otras, aun sabiendo que algunas de ellas
son herramientas que les pueden causar la muerte. Pienso que el sistema
educativo obligatorio es una de las razones de esto. No respeta (además de
otras muchas cosas) el ritmo biológico de las personas. Todos tenemos un reloj
interno. Hay personas que están más activas por la mañana, otras por la noche…
etc Respetar estos horarios naturales mejoran el descanso y el metabolismo, que
son parte de la salud. Sin embargo, todos los niños y las niñas tienen que ir
obligados al colegio a unas horas dictaminadas. No entiendo todavía, pensando
en la diversidad de este mundo, aunque no comulgue con la existencia de estos, cómo
no hay colegios de tarde. Para aquellos cuyo ritmo biológico no sea mañanero
o aquellos adolescentes que por el hecho de serlo necesiten dormir más, esto es
una aberración que se está cargando su ritmo natural de crecimiento. Es por
ello por lo que necesitan de una herramienta externa, gasolina para activarse. Desde
muy temprana edad los hacemos adictos a la cafeína y a otras drogas. Y encima
lo vemos normal porque “es lo que hay, yo también madrugo para ir a
trabajar”. Como si a todas las edades se
debiesen tener las mismas rutinas. Como si sólo madrugando se hicieran cosas
importantes. Quizás pesa demasiado todavía el refrán “a quién madruga dios le
ayuda”, que en un mundo en funcionamiento veinticuatro horas al día,
siete días a la semana, cincuenta y dos semanas al año, pienso ya no tiene sentido. Además,
en el caso del adulto, él ha elegido madrugar, nadie le ha obligado a ir a
trabajar a esas horas. Él ha elegido trabajar donde trabaja. Y si no lo ha
elegido todavía tiene la opción de elegir. Los niños y las niñas no pueden hacerlo.
Un niño que se acuesta a las doce
de la noche no puede estar al cien por cien a las ocho y media de la mañana, ni
siquiera a las diez. Y mucho menos aguantar cinco horas diarias sentado
escuchando cosas que no le interesan en absoluto, las cuales tampoco aguantaría
otro que se acueste a las diez. Se tienen que drogar por narices, porque no les
queda otra. Y encima lo vemos normal: “yo a su edad me tenía que aprender los
reyes godos”, “si luego después de comer tienen dos horas para jugar en el
patio y hacer lo que quieran”.
No quería dejar de mencionar que
existe la opción de homeschooling y unschooling, pero todavía no está muy
extendida ni respaldada y si una persona quiere seguir la corriente que marca su época, acaba
haciendo lo que hace la mayoría.
Yo he descubierto que ahora no
necesito drogarme porque me levanto cada día con la droga de la excitación del
nuevo día que se me presenta por delante. No me hace falta espabilarme con algo externo porque
estoy deseando comenzar mis actividades del día nuevo. No voy a rastras con la
vida porque la vida me lleva en volandas y de esa manera no hace falta café ni
droga alguna. A no ser que un día haya trasnochado porque me apetecía y me
quiera levantar pronto porque me apetezca también o quiera estar más
desinhibida por lo que sea, no necesito drogas. Me ha costado casi cincuenta años
darme cuenta, darme cuenta de cómo me gusta pasar el día y hacerlo, un precio
demasiado alto para ser feliz cuando se podría serlo desde el minuto uno de
vida si la sociedad fuera otra: si no obligáramos a los niños/as a memorizar
cosas que jamás van a aprender porque no les interesa; si respetásemos sus
intereses; si respetásemos sus ritmos biológicos… etc.
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