Martes. Suena el despertador y la jornada comienza
para Eneko y Daniel. No para Macarena que ha amanecido hace tiempo. Después de
poner al día su cuerpo (vaso de agua caliente, cara, dientes, estiramientos,
pesas, crema), proyecta sus quehaceres a través de la agenda. Un cuaderno
tamaño cuartilla que cada año tunea de manera diferente. El de este año tiene
una foto de la cara sonriente de Pippi Calzaslargas. También selecciona las
naranjas para el zumo. Besos de buenos días entre qué tal has dormido y estoy
cansadísimo se suceden hasta que los tres se sientan a desayunar después de que
Daniel con su acostumbrado sosiego prepare los tres zumos. Su espalda abarca casi
todo el marco visual que alcanza Macarena desde el salón mientras supervisa los preparativos de su hijo. Eneko les cuenta un
sueño que ha tenido: se iba la luz en toda España y estaban tres días sin ir al
colegio.
Cuando
la casa se vacía, Macarena se sienta a escribir sobre la mesa-puerta junto a las vistas del
río. Se ha hecho un té verde de cuya taza sale un vaho que difumina la luz de
la mañana. Hoy revisa mensajes de WhatsApp, un chat con su madre. Es la pena
más grande que le queda, la que todavía no logra gestionar. Resuelto está el
tema de su hermana, con la que ha decidido no relacionarse en estos momentos de
su vida porque cada vez que lo hacen es a través de sapos y culebras. Resuelto
también queda el tema del padre, con quien la relación ha mejorado un cien por
cien a partir de su enfermedad de Alzheimer. Sigue echando mucho de menos a su madre,
quien nunca la leyó a pesar de acumular sus bolígrafos gastados y encuadernar
algunos de sus libros.
“Te envío este WhatsApp porque
necesito seguir sacando cosas mientras te decides a contestarme, porque si no
exploto. Porque sé que, además, WhatsApp sí que puedes leer. Hablando de tu
enfermedad, te cuento cómo yo la siento: no quieres ver este problema que nos
separa y por ello se te ha generado una enfermedad de la vista.
Mamá: Llevo mucho tiempo
escribiendo poco a poco, como puedo para contestarte. Mañana te llamo y te
comento esto que dices. No me he generado las cataratas, llevo meses con ellas
y leo con dificultad.
Creo que no me has entendido.
Lo de tus cataratas es como lo veo YO, la interpretación que hago de un
problema físico. PARA MÍ todo está conectado. Lo que nos afecta en las
emociones también lo hace en lo físico. Por eso hoy yo tengo el cuello rígido y
la espalda llena de contracturas. Yo me explico el mundo, no espero a que me lo
expliquen. Si no te sirve, puedes olvidarlo, pero si te remueve a lo mejor es
que te ha servido.
"Buscar sombra siempre es doloroso. Pero permanecer
ciegos duele mucho más."
Sigo aclarando... Me refiero a
que a mí me sirve esta explicación, que por otra parte no me he inventado, pero
a ti puede no servirte. Yo necesito explicarme y entender para vivir, no
dejarme a la deriva de las circunstancias.
Sabía que, si te decía lo que
yo pensaba de tus cataratas, te podía "escocer", pero a la vez
necesitaba decírtelo para que entendieras mi sentir. Como te dije, estoy
saturada de que sólo nos comuniquemos a través de enfermedades. Me parece muy
dañino y perjudicial.
Y porque creo que lo físico y
lo emocional se afectan quiero sanar nuestra relación. Es lo único bueno de
"lo de Sevilla", que ha sido la gota que ha colmado el vaso, la
oportunidad que me ha dado la vida para sanar. No quiero enfermar y noto que
llevo muchos años con cosas dentro que me pueden generar una enfermedad.
Aprovecho para decirte que nos
gustaría ir a la casa de la sierra un fin de semana de estos. Nos gustaría ir
los tres, sin la presencia de nadie más, y con la seguridad de que no fuera a
ir de improviso Clotilde (no sé si vive allí ahora), como ya ocurrió un año
cuando me dijiste que no sabías sus planes y que podía ser que llegara en
cualquier momento. Es una sensación muy incómoda, estando unos días en una
casa, pensar que en cualquier momento alguien puede llegar sin avisar.
Me siento no incluida, no
tenida en cuenta. Te recuerdo que os olvidasteis de mí cuando fuisteis a
Sevilla y eso, aunque me hayas dicho tú que lo sientes, no se me olvida. No se
me va la sensación de sentirme fuera porque hay dos personas más que no han
dicho nada (además de no ser incluida en otros planes). Es por eso por lo que
necesito muestras de que
os importo, de que os concierne lo que me pasa. Ahora, tal como están las
cosas, pienso que tú eres la única que me puede ayudar. Si atiendes mis
necesidades, sentiría de nuevo que formo parte, que mis cosas también importan....
Si lo tengo que hacer yo, no me soluciona nada. Es como si alguien enfermo
necesita ir al médico y no tiene nadie que le acompañe. Yo necesito que me
acompañes en esta gestión. Que le digas tú a Clotilde que queremos ir y que no
nos ponga pegas para ir. Si lo hago yo, aparte de que no tengo ninguna
confianza en que no me ponga pegas, seguiré con la misma sensación.
No me extraña que estés
cansada de hacer de intermediaria. Con Clotilde lo estás haciendo
continuamente. Cuando Eneko se queda con vosotros enseguida la avisas para que vaya
a verle. ¿Por qué no me lo pide (verle) a mi directamente? Haces de
intermediaria con ella a menudo (empezando por solucionarle el tema de la
ropa). No eres ecuánime.
He hablado de INJUSTICIA
porque tú misma has dicho que vive allí hasta que tenga trabajo fijo. No has
comentado nada de que no pudiera comprarse una casa. Así es que según tú la
razón es esa, pero se te ha olvidado que tienes otra hija que tampoco tiene trabajo
fijo. Y eso es injusto.
Desde que empecé a trabajar
tuve la intención de comprarme una casa, que yo sepa Clotilde jamás la ha
tenido. Está acostumbrada a que la mantengáis. Una cosa es que a vosotras os
venga bien que viva en esa casa, y otra el que no pueda comprarse una casa. Creéis
que no puede porque no tiene trabajo fijo, pero en realidad ni siquiera ha
manifestado querer. Yo pude porque quise. No confundas las cosas y sé
honesta contigo misma y conmigo. Me parece genial que os sirva que viva allí,
pero entonces de igual modo os puede servir que yo esté allí un fin de semana
al año, igual que lo hacen otros, y eso no es "echarla de su casa".
Qué daño me hizo eso que me dijiste. No se me va de la cabeza. El mismo derecho
que tiene ella, lo debería tener yo. Es más, ella por el hecho de estar
viviendo en una casa de la familia, debería ser la que nos facilitara el poder
ir allí cuando quisiéramos. Así nos lo dijo el primer año, que podíamos seguir
haciendo como siempre. Luego, más tarde, se le debieron de cruzar los cables y
te llamó para decirte que la estábamos echando de su casa.
Si no me acompañas en esto, no
me pidas jamás que haga de intermediaria contigo en nada. No creo que sea
pedirte demasiado que la llames y que le digas que queremos ir un fin de
semana.”
Mientras comía ha visto Once.
Sigue ilustrando su vida con películas cuyos protagonistas se emplean en
trabajos rutinarios que no les ocupan la cabeza para luego poder crear en su
tiempo libre. Eneko hoy se quedaba a la salida del instituto para jugar a tenís de mesa con un amigo. Aparece justo cuando Macarena está llevando la bandeja
a la cocina.
- ¡Hola, hijo! ¿Qué tal?
-Bien. Agotado. Menuda paliza.
- ¿Habéis jugado mucho?
- Sí, y es que antes, a
última, hemos tenido Educa.
- Jolín, no me extraña que
vengas cansado… Pues te pongo la comida
y me voy ya.
Macarena acompaña a su hijo
mientras engulle un plato con pollo asado y patatas fritas. También le ha hecho
un cuenco de arroz blanco, como lo ponían en Ecuador, otro viaje que hicieron, que
le gustaba mucho. Doble plato de hidratos de carbono que a Macarena no le
parece muy equilibrado, pero ya lo compensará de otra manera. Desde que cumplió los diez considera que acusa sobrepeso como muchos niños de su edad y esto no le gusta. Por la noche le
dirá a Daniel que cene espárragos.
En el Cine Macarena se ha
dedicado a coger las anillas de las latas que los clientes tiraban a la basura.
Eli, la nueva taquillera que ha suplantado la plaza que dejó vacante Asun (Álvaro ha vuelto a su puesto de portero habitual), hace monederos con ellas. Un
día la vio en la taquilla con una bolsa llena y le preguntó. A Macarena le
encanta la gente que hace cosas con cosas. Además, le gusta reciclar cosas cuya
vida parece que ha terminado. Le gusta alargar la vida de los objetos que
parecen no tener vida. Eli aprovecha los tiempos muertos de taquilla, entre
sesión y sesión, para tejer con las anillas de las latas. Hoy le ha dado un
buen puñado y se ha puesto tan contenta, lo que a su vez ha alegrado a Macarena a pesar de llevar hoy la camiseta negra.
Tras la jornada primaveral en
la que ha observado que los clientes ya empiezan a querer el agua fría de la
nevera, que se venden menos chocolatinas, más refrescos… se va a casa donde, si
está Daniel despierto, compartirá con él una serie en el sofá. Se marcha en
metro, que lo del otro día fue una valentía que no volverá a hacer.
Le cuesta demasiado subir la Cuesta de Moyano en bicicleta. Sus piernas ya no
tienen veinte años.
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