viernes, 9 de octubre de 2026

Novela de un Yo (39)

 

 

Lunes. Eneko tiene un profesor que todos los viernes les saluda con un grito de guerra: ¡venga, chavales, que hoy es viernes! No le gusta que estructuren la vida de su hijo en días buenos y días malos. No le gusta que la sociedad viva en vacaciones y muera el resto del año. Piensa que en los colegios les preparan para ello y no quiere ver en su hijo lo mismo que ve en mucha gente: la muerte en vida. Por eso hoy lunes le saluda con un gran beso sonoro de buenos días cuando se acerca al sofá gris. Ya ha hecho lo necesario para poder empezar su día y espera leyendo para darse a ellos. El sol inunda prácticamente toda la cocina y salón cuando se disponen a desayunar, así es que no hace falta encender la luz. La mesa donde desayunan hace de separador entre una estancia y otra. Hace tiempo que derribaron el muro para comunicarlas convirtiendo así el espacio en una suerte de cocina americana.

Cuando marido e hijo se marchan, se sienta sobre su vieja silla nueva del escritorio que hizo con la antigua puerta y antes de coger la taza de té verde para dar un sorbo contempla el paisaje de árboles que van creciendo dentro del Manzanares. Algunos casi alcanzan a los que están fuera, en el parque. Desde que se dejó libre el cauce del río la naturaleza campa a sus anchas.

 

“Se me ha quedado grabado lo que me dijiste el otro día. Algo así me pareció entender: que no te relacionas más conmigo al igual que le pasa a quien es más afín a unas personas que a otras. ¿O sea que el amor de una madre es condicional? Si pienso como tú, me llamas, si no, ¿no me llamas? Sin embargo, vosotros me juzgáis por no llamaros.

Tengo otras lindezas tuyas grabadas.

Que no hablo, me dices. El otro día comiendo en vuestra casa a cada asunto que me dejabas contar de México (que poco interés mostrasteis, por cierto. Igual que papá aquel día que no quiso ver mis fotos del viaje. Y luego me dices que no me interesa lo más mínimo seguir la evolución de la enfermedad de papá...), me salías tú con la historia o anécdota de una vecina, amiga.... Como, por otra parte, haces siempre.

Me estoy acordando ahora también de cuando papá vio por primera vez nuestra casa y dijo: "para empezar no está mal". Fue un jarro de agua fría. Una casa que tanto nos había costado en todos los sentidos y decía "para empezar"... Creo que nunca le ha gustado y por eso nunca viene: ni a la comida del cocido, ni a Los Reyes aquel día... etc, etc.

Dices Sí a todo lo que te digo cuando te hablo (a veces cortándome, como el último día, para que no siga o me calle), como haciéndome entender que me comprendes y/o que te estás enterando de lo que te digo, y luego no haces nada de eso que te digo y pareces entender.

¿Cómo puedes no acordarte de mí? Ahora, que no me extraña, porque ya te has proyectado. Me lo dijiste un día cuando íbamos a recoger a papá al Centro de la Memoria: "igual dentro de un tiempo tengo que ir yo también". También otro día me dijiste por teléfono que tenías la cabeza fatal, que no te acordabas si nos habías dado el crisma con la lotería.”

 

Entre mensaje y mensaje Macarena ha respirado hondo varias veces y ha hecho cosas de casa y la casa con sus cosas. En una de estas interrupciones llama Eneko al telefonillo y entonces, ahora sí, cierra Ataíta. Mañana será otro día. Para comer comparten un reciclado de arroz o un arroz Frankenstein, como lo llama Daniel. Esto es un arroz blanco que sobró el otro día y que completan con varias cosas: guisantes, tortilla francesa, judías verdes y soja. Mucha soja que echa su hijo sobre el plato para que le sepa a algo, dice.

- Mamá, así es un arroz chino.

Macarena mira su incipiente bigotillo y asiente.

Después de comer y recoger se echa en la cama. Esto es vida, piensa. Le gusta su vida. Lee Nuestra casa en el árbol, pero a los diez minutos cierra los ojos mientras escucha llover a través de las gotas que caen en el tejado de uralita del vecino del bajo. Le gusta la sensación de dormir mientras escucha llover. La transporta a tiempos de guardería, cuando se quedaba dormida sobre la colchoneta verde y dura en el suelo del comedor donde disponían a todos en fila amontonando las sillas en una pared.

En el Cine han parado todo cinco minutos en protesta por el exceso de consumo eléctrico. Una señora se ha ido enfadada sin preguntarle si quiera la razón por la que dejaba de vender entradas.

Acabada la jornada se acuesta apagando también el piloto de su cabeza que no para de pensar. El curso de voz aquel que hizo fue para paliar sus problemas comunicativos cuando las emociones le oprimen la garganta y no la dejan hablar.

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