Leemé

lunes, 5 de noviembre de 2012

Romeo monta en metro


A Romeo le encanta el metro. A su mamá también. No recuerdo la primera vez que montó, pero seguro que era chiquitito chiquitito. Sí me acuerdo de lo que le llamaban la atención las luces, los colores, siempre mirando hacia arriba, ignorando las miradas de alrededor que por contra caían hacia abajo, donde estaba él en su carrito. Pronto empezó a divertirse con los números y los colores de las líneas de metro. Aprendió que en algunos vagones había un luminoso por el que se deslizaban distintas palabras que correspondían al nombre de la estaciones, y que también en algunos vagones una voz iba diciendo los nombres de éstas por las que pasábamos. Empezó a repetir esos nombres: pirámides, vistalegre, aluche, cababanchel… y cuando oía Oporto se agitaba de emoción. Cuánto le gusta ese nombre: Oporto. No sabemos por qué. Cuando veía que el luminoso no se movía señalaba y hacía una mueca para advertirme de ello. También llamaba mi atención cuando no se abrían las puertas para que saliéramos al llegar a Eugenia de Montijo, estación que conoce muy bien porque sus paredes son de color amarillo. Ahí viven los yayos, pero cuando vamos a casa de los abuelos la pasamos de largo. Ya he comentado también en otra entrada a este blog los amigos que hace Romeo en el metro. Por último me queda hablar de la visita al Museo del Metro. Lo que le gustó, lo que disfrutó viéndolo pasar aunque fuera detrás de un cristal y no montara en él. Igual que cuando lo observa desde la cocina de casa de mis padres, donde se ve la estación de Aluche, preciosa, que va cambiando de colores conforme cambia el día… ¡Ay que me emociono con el metro como mi hijo!

 

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