Leemé

miércoles, 22 de enero de 2014

Romeo es operado



Un día en culo-cola, como nos gusta decir desde que se lo oímos a Billy, me pareció ver que uno de los testículos de Romeo estaba más hinchado que el otro. Sin embargo, pasado un rato se lo vi normal. Se lo dije a Carlos y le dio más importancia que yo. Así es que al poco tiempo estábamos en el pediatra, más tarde en el especialista y otro día esperando en la sala del hospital a que dijeran su nombre por megafonía. “Romeo Bordona Mena”, dijeron, y todo contento se bajó del asiento y sin mirarme se dirigió con su padre hacia otra sala. “Voy a la operación”, decía. Como la cosa iba para largo, me dejaron pasar también a mí a la sala de los pijamas, que ya le habían puesto un pijama y estaba rodeado de juguetes y más niños. Estaba feliz porque por fin había llegado el momento de la operación. Los días anteriores le habíamos explicado lo que le iban a hacer y estaba deseándolo (para sorpresa nuestra). Le pesaron: 14 kg quinientos; y él tradujo: “14 pimientos” y se rio todo divertido. Pasada una hora o así le volvieron a llamar. Esta vez yo no pude pasar. Así es que Romeo entró con su papá en la sala de anestesia. Pasada otra hora, salió el padre y me dijo que se había quedado muy bien con una doctora muy simpática. Cuando nos llamaron para ir a la sala del despertar, nos vestimos de verde y entramos. Nada más verle me dieron ganas de llorar: dormidito en una camilla inmensa, con la vía puesta en la mano… Se me saltaron las lágrimas. Esperamos un buen rato y como no despertaba vino la enfermera a hacerlo. “Que está mamá”, le decía… y él medio dormido se movió un poco y protestó. Quería que le cogiera y me dijeron que podía hacerlo. En mis brazos se volvió a quedar dormido. Otro buen rato así y cuando las enfermeras lo creyeron oportuno, ya despierto, le quitaron la vía, le vestimos y nos fuimos. Por el camino le pregunté si le había gustado la operación y me dijo que no. Sólo quería su desayuno prometido y las natillas que había mencionado la enfermera que podía tomar. Una vez en casa no paraba de decir por teléfono a todo el mundo que ya había ido a la operación y que tenía una herida en el ombligo, la cual no quería ni mirar. Atrás quedaron las dudas, los miedos, los mal estares… Adelante cinco días libres de permiso por operación, muchos mimos a mi hijo que todo el mundo me recordaba y esta historia que puede o no que se parezca a la que Romeo tenga en la cabeza.

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