Leemé

jueves, 16 de octubre de 2014

Romeo duerme


 

27-9-12, de 21:30 a 8:30. No nos lo creíamos. Algo tan vital como el dormir y todavía no he escrito nada sobre el sueño de Romeo, a pesar de que es algo que hace desde que nació. Pero es ahora cuando nos hemos empezado a dar cuenta que Romeo duerme. Que duerme ya en el sentido que dormimos nosotros. Antes era como algo que hacía porque lo hacen también los bebés, porque estaba en la rutina de sus actividades: para engordar, nos decían; para crecer; porque sí. Primero dormía todo el día y noche, con intervalos para mamar; luego también introdujo intervalos de vigilia para otras cosas; más tarde empezaron la siestas: dos por la mañana y dos por la tarde, una por la mañana y una por la tarde, una por la tarde; hasta que desapareció la siesta. Esto ha sido hace poco. Ya no duerme siesta, salvo que ésta le pille desprevenido en el carrito o en el coche. Con el destete nocturno empezó a dormir más horas seguidas por la noche, que hasta entonces era un chorreo continuo de despertares. En ese época dormía nueve horas por la noche y una o dos por la tarde. Ahora, sin siesta, son entre diez y once horas por la noche. Romeo se acuesta en torno a las 21:00 y se levanta sobre las 7:30. Durante ese tiempo, aparte de soñar, se suceden siempre dos acontecimientos: papá y mamá entran a darle un besito, arroparle si hace falta y observarle antes de irse a acostar. El otro acontecimiento impepinable es que Romeo pide “a la cama de los papás”. Es en torno a las 3 de la mañana cuando Romeo coge el metro para desplazarse a ese otro universo grande y calentito entre papá y mamá. Normalmente la transportadora es mamá, así lo pide, que cuando se acerca papá muchas veces no le quiere ni ver. Pero otras veces las agarraderas del metro nocturno son las de papá. El sueño en dos episodios que me parten la noche y los enfados diarios, se desvanecen cuando veo la carita de Romeo dormido. Desde que nació, no ha habido ni un solo día en que hayamos faltado a esta cita: ver cómo duerme Romeo. Qué rico, decimos siempre al salir de su cuarto.

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