Leemé

jueves, 10 de septiembre de 2015

Romeo ingresado


En primavera le dieron el alta. Hemos estado desde el 28 de noviembre enganchados a la historia de un ojo. Ese día se dio un golpe con el picaporte de una puerta. Cuando lo ví apenas tenía nada y no le dimos importancia. Pero esa misma madrugada se levantó de la cama con el ojo cerrado completamente como una pelota de pin-pon. Al verle, después de trabajar, de madrugada, en brazos de su padre de esa guisa, casi me da algo. Enseguida le pusimos hielo, aunque apenas se dejaba, y viendo que por la mañana nada había mejorado le llevamos a urgencias. A partir de ahí se sucedieron varios acontecimientos que ahora ya los tengo desenfocados en la memoria, pero era algo así como: antibióticos vía oral, celulitis ocular, oftalmólogo, especialista de infecciosos, antibiótico por vena, cara deformada, el otro ojo hinchado, urgencias de nuevo, una semana ingresado, revisiones y más revisiones, para finalmente quedar convertido en un ojo-termómetro. Es decir, que cuando hace frío o calor se le pone rojo, cuando llora o se enfada también… Yo que visualizaba estando embarazada un hijo con unos ojos perfectos, como los de su padre, he presenciado en primera fila una película sobre un ojo con payasos, pelotas volando por la habitación y bocadillos de queso “porque las enfermeras se han equivocado”, incluidos. Menos mal que para Romeo todo ha quedado en una semana maravillosa con sus papás en un hospital mágico.



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