Leemé

martes, 14 de noviembre de 2017

Romeo tiene un accidente


Este fin de semana hemos estado con amigos en una casa rural. A ratos los niños jugaban en el jardín mientras los adultos estábamos en casa. En uno de esos ratos Romeo pegó un grito que hizo que Carlos y yo bajáramos las escaleras sin apoyar los pies en el suelo, una de las niñas se tapara los oídos hasta cuando ya había dejado de gritar y la adulta, que había ido a dar un paseo al pueblo, viniera corriendo. La causante del grito estremecedor era una astilla que se le había clavado en el dedo pulgar. La sacamos, no limpiamos y un día después asunto olvidado.

No fue así con dos accidentes ocurridos hace tiempo. Uno en el que Romeo se estampó contra el suelo bajando una cuesta en bicicleta. El recuerdo del dolor y el miedo le duró cerca de un año. Y otro, el que todavía no olvidamos su padre y yo. Una fiesta de la espuma. Romeo se pone el bañador y me pide las gafas de agua. Yo me sorprendo y le digo que no, que las gafas de agua no se las he traído. Su padre observa de cerca cómo se introduce en la espuma junto a más niños. Yo, de lejos, observo detrás del objetivo de mi cámara para inmortalizar uno de los instantes que espero de salida eufórica y triunfal. En vez de eso, Romeo sale envuelto en jabón de color rojo. Se ha tirado de cabeza porque creía que, como en la piscina, en la espuma también flotaba y se ha partido la barbilla. Su padre salta y le rescata. Yo coloco las escenas en mi cabeza y creo que voy a romperme por dentro. A día de hoy colocando estas palabras siento todavía escalofríos. 

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