Leemé

jueves, 10 de mayo de 2018

A nos corta el pelo




Cuando éramos pequeñas, calculo que hasta que fuimos al Instituto, mi padre A nos cortaba el pelo. También después, pero ya sólo eran arreglos: un flequillo, un largo…
Todo empezó hace mucho tiempo cuando mi tío abuelo y tías abuelas regentaban sendas peluquerías de señores y señoras en un pueblo de Sevilla. Mi padre niño zascandileaba por allí cogiendo peines cuando se lo permitían o no le veían, subiéndose a los sillones de barbero, mirando… Y así, poco a poco, se le fue quedando este oficio, este arte de esculpir cabelleras, en la sesera. Más tarde lo practicó con nosotras. Cada vez que nos cortaba el pelo, la vecina nos preguntaba si ya nos habían puesto el casco. Nosotras íbamos tan contentas con nuestro corte a lo tazón. El ritual nos gustaba, aunque a veces la tijera nos rozaba la oreja y teníamos miedo de que se le escurriera y nos quedáramos como aquel pintor.
Hace un año quise recordarme de niña y mi peluquera Ross me hizo el tazón. Ross también se lo corta a Romeo cuando se deja o su padre no ha podido cortárselo, pues seguimos con la tradición.

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