Leemé

miércoles, 5 de diciembre de 2018

A compra



Este verbo me llama la atención. Me llama la atención el uso que se hace de él. Como pagan palomitas con tarjeta en mi Cine (sí, me llama la atención que ni siquiera miren lo que cuestan). Como viajan paquetes de Amazon, Glovo... y no sé qué más por las calles de Madrid. Como el ser humano es capaz de formar una línea que recorre la calle Preciados para comprar lotería en Doña Manolita (lo acabo de ver y me he quedado estupefacta). Comprar la posibilidad de comprar.
Mi hijo Romeo dice que yo no soy mucho de comprar. Lo pienso y me digo: efectivamente, yo no soy nada de comprar. Cuando era adolescente mi máxima ambición era comprar una casa, que para mí era como comprar vida. Invertí todos mis ahorros en ello.
A mis padres tampoco les recuerdo muy compradores. No recuerdo a mi madre A comprándome cosas todo el rato. Por eso, hoy, cuando mi madre aparece con unas chanclas nuevas para Romeo, un pantalón, un no sé qué, imagino que este verbo va unido al verbo ser abuela. No hay día, casi, en que mi madre no aparezca con algo nuevo para Romeo. Por más que le digo que un día de estos nos vamos a tener que salir de casa, no paran de multiplicarse los calcetines.
Pienso que este verbo se ha convertido en necesidad humana. Lo creamos como recurso para cubrir necesidades humanas y ahora es una necesidad que pide recurso para cubrirla. O sea, que si mi madre le compra unas chanclas a Romeo, en realidad no es que quiera cubrir la carencia de chanclas de Romeo que no es tal, sino que quiere cubrir su necesidad de comprar de ese día en concreto.

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