jueves, 4 de diciembre de 2025

Los hijos trabajan más que los padres

Un cuerpo en desarrollo, en concreto el de un niño/a que está creciendo, necesita moverse para que sus huesos se expandan, para que sus músculos se tonifiquen, para hacer conexiones neuronales en el cerebro… En definitiva, la movilidad en un niño/a es una necesidad básica. Esto se sabe, pero no se respeta. En nuestro país el ser humano de los 6 a los 16 años está obligado a permanecer seis o siete  horas (a veces más) sentado, inmóvil, además sin hablar y casi sin respirar en un espacio cerrado escuchando cosas que muy pocas veces le interesan y haciendo cosas que le interesan menos todavía. Tan sólo con un descanso de veinticinco minutos, si llega, pues entre que salen de clase y vuelven se les van otros diez. Para colmo muchas veces ese espacio y tiempo de recreo también se lo secuestran con actividades varias: reparto de libros, conversaciones con la tutora, presentación de extraescolares… No hay derecho. No hay derecho que se contravenga este derecho fundamental del niño. En la convención de los Derechos del Niño, artículo 31, dice que “Los Estados Partes reconocen el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad”. ¿Cuándo un niño/a tiene tiempo para esparcirse, jugar o recrearse con siete o más horas al día de clases, ocho o nueve horas de sueño, tres como mínimo de comidas y aseo, una hora de desplazamiento, dos horas o más de deberes…? Si hacen la cuenta verán que el niño trabaja muchas más horas que el adulto y que apenas tiene tiempo para lo que los Estados Partes reconocen. Y por si fuera poco, no le pagan.  

Hace poco lo hablaba con una amiga en relación a un niño que dicen es “muy movido”. Yo le dije: “no me extraña, es un niño encerrado ocho horas diarias cual león enjaulado. Cuando sale tiene que moverse sí o sí.” Ella me contestó que tiene tiempo de moverse después de comer, que tiene un recreo de casi dos horas en el colegio. Para mí eso no es moverse, contesté. Es como si me dicen que un león en una jaula del zoo se mueve. Un niño necesita moverse donde él quiere moverse, estar con quién él quiere estar, hacer lo que él quiere hacer (respetando los límites que impone la liberad, claro. Esto es: no hacer daño a los otros ni a sí mismo) durante gran parte de su tiempo porque así lo exige su desarrollo. No lo hace ni veinticinco minutos al día.

En otra conversación, saliendo también en defensa de mis pobres niños y niñas (me auto proclamo “abogada de la infancia”), cuando mi compañera dijo que los niños tienen más vacaciones que nadie por un comentario que hice yo, contesté de nuevo que a mi modo de ver son las personas que más trabajan de la sociedad. Y que dos meses y medio sin colegio al año no me parece nada comparado con los nueves meses que tienen de cárcel al año.

“El movimiento libre basado en la actividad autónoma favorece en el niño el descubrimiento de sus propias capacidades, la utilización de sus propias adquisiciones, y el aprendizaje a partir de sus propios fracasos y logros. A nosotros nos corresponde asegurar las condiciones para una motricidad libre sin forzar el desarrollo inconcluso de cada etapa acelerando la siguiente”. Emmi Pikler, pediatra húngara, que investigó sobre el papel del adulto y su intervención en el desarrollo motor del niño.

Además de firmar para que los niños no sean víctimas de conflictos armados habría que firmar para que los niños puedan ser niños.  

 

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