Es una palabra que últimamente
escucho bastante. La primera vez que la oí, en un contexto para mi diferente al
usual, fue cuando la dijo mi sobrino en un trayecto en coche mientras
hablábamos de relaciones personales. De cómo a la generación de jóvenes de
ahora les cuesta sostener la mirada, las conversaciones más o menos largas, las
preguntas que les hace el otro. Me decía que no se sentía cómodo cuando lleva
varios minutos fijando la mirada en la persona que tiene delante. Me
sorprendió. Me encanta estar horas y horas hablando con alguien tranquilamente,
sin prisa, cara a cara. Por eso me sorprendió lo que dijo mi sobrino.
Después de esa conversación he oído otras veces la palabra intensa. De una tía
mía dijeron que era intensa. Y también me sorprendió, pues esa intensidad creo
que es justo lo que a mí me gusta de ella: la pasión con la que vive la vida,
la curiosidad que tiene por todo. De otra amiga también he oído lo mismo y me
pasó igual. Ayer en un programa de televisión se lo escuché a un exjugador de
fútbol. Decía que fulanita era intensita y que por ello le daba pereza llamarla
por teléfono.
No coincido con el sentido que
dan a la palabra intensa para decir que algo no les agrada porque a mí es justo,
pienso, lo que me atrae. Es más, creo que yo también soy intensa porque me
encanta vivir intensamente.
De todas formas, también pienso
que hay palabras que se ponen de moda y de repente nos vemos aplicándolas a
todo: comida intensa, gente intensa, trabajo intenso…
También pienso que hay una
herramienta multifuncional que hoy en día se usa en exceso y que pone un filtro
entre la realidad y el usuario diluyendo las cosas y haciendo que éstas se
perciban menos intensamente: menos color, sin olor, sin poder tocar ni
degustar… Así ocurre que cuando a quienes usan mucho el telefóno móvil (he visto hasta lavándose los dientes
mientras lo miran) se les pone delante algo o alguien intenso no pueden con ello.
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