A la mañana siguiente desplegó
su ordenador portátil sobre la bandeja mesa que le había regalado su abuelo, se
sentó en la silla verde de instituto que le dio su padre y echó un chorro de
café en la pequeña taza que se había traído de Italia:
Herida N.º 9:
-Hoy
hemos estado en el banco con Clotilde. Hemos incluido su firma en nuestra
cartilla para que pueda sacar dinero si lo necesita.
-Anda,
¿y yo? ¿No habéis pensado en la posibilidad de que también lo pueda
necesitar?
-Sí,
bueno, lo tenemos que hacer también contigo…
Ahí se
quedó la intención. En eso.
Pasado
el tiempo un día Macarenita preguntó a su madre si todavía seguían dándole
dinero para vivir a su hermana, un sueldo vamos, y le contestó que sí. Que qué
iban a hacer. Que habían pensado más de una vez quitarle dicha beca, pero que a
lo mejor se lo reprochaba más adelante.
Hace una pausa para
mirar por la ventana. El patio interior permanece en silencio, pero cree que si
abriera una de las hojas el aire se llenaría de cocido, lombarda u otro guiso
estacional. Hace frío y prefiere ventilar la casa a última hora de la mañana. Hojas secas, caminatas por la montaña, colores en los
árboles, guisos y pucheros, cenas en casa, lluvia, mezcla de ropa... Otoño.
Recuerda
un fin de semana en el que aceptó la propuesta de sus padres de pasar el
cumpleaños en la casa de la sierra. Le hacía especial ilusión, pues
hacía tiempo que no pasaba dos días en exclusiva con ellos fuera de casa y,
además, al coincidir con su cumpleaños tenía la esperanza de que le obsequiaran
con una sorpresa en forma de celebración, regalo, tarta… Nada de eso tuvo
lugar. Todo lo contrario: su padre se olvidó de felicitarla. Le dolió en el
alma.
Macarena vuelve a la pantalla para
plasmar la Herida N. º 10. La luz de ésta la ayuda a clarificar. Piensa que
todo esto tiene que quedar registrado como si de un libro de historia se
tratara. Para que sus hijos sepan quién es, sus nietos entiendan quién fue.
Ha pasado la mañana tecleando
el ordenador entre sorbos de café, mirar por la ventana y pensar. También se ha
puesto un fragmento de un video grabado, otro Imprescindible, Emilia Pardo Bazán, para comer la
ensalada sobre el sofá verde. Después con la bicicleta a cuestas ha bajado los
escalones diferentes y ha enfilado la calle Toledo para atravesar la Plaza
Mayor y llegar a la Gran Vía. Calle que recorre por la acera sorteando a
turistas despistados, trabajadores apurando el bocadillo, mujeres cargadas con bolsas
de Zara… De vez en cuando, un municipal hace que se le encoja el corazón, pero
ella sigue montada en su bicicleta haciendo frente a la posible multa. Cibeles,
Puerta de Alcalá y Retiro.
Recuerda los libros que su tía
María le regaló hace años: Cuentos por teléfono, tenía por título uno de
ellos. Siempre quiso inculcar a su sobrina el amor por la lectura. Un verbo que
ella aprendió a base de esfuerzo y dolor con la severa y rígida disciplina a la
que le sometía su padre militar, el abuelo sevillano de Macarena. Cuando su
sobrina aprendió a leer por otros métodos más actuales, pretendió que el gusto
por la lectura ya establecido creciera. Como vivía lejos, en Menorca por aquel
entonces, no podía leerle cuentos como había hecho cuando la cuidaba de pequeña.
Un día paseando por Ciudadella vio ese título en un escaparate de una librería
e inmediatamente lo compró. Se lo regalaría para que lo leyera y se acordara de
los cuentos que le leía antes por la noche y que ahora de vez en cuando le
recordaba por teléfono. Lo mismo hizo más tarde cuando en Sevilla, donde vivía
ahora, vio en el escaparate de la librería “La Caótica” el libro Si me
necesitas, llámame.
Por la mañana había llamado a
su madre:
-Hola mamá, soy Macarena.
-Hola, hija, ay… que casi no
llego a coger el teléfono. Que vengo de casa de Marisa, la vecina, que me ha
contado…
Es pronunciar la palabra
“vecina” y Macarena desconecta de la conversación al instante. Fue entonces
cuando le vino a la cabeza aquellos títulos que le regaló su tía.
Después de ponerse la sudadera
negra (las tienen de dos colores, una azul celeste y otra negra, que Macarena
alterna según el estado de ánimo), hacer una olla de palomitas, colocar los
vasos de refresco y revisar el resto de los productos, se sentó en el palomitón
a leer.
Hoy domingo estará ajetreado
el Cine, piensa, y aunque no le apetece despachar demasiado cree que va a ser
una buena ocasión para registrar conversaciones, coger ideas, escuchar
historias inspiradoras… Efectivamente, a
las cuatro menos cuarto Isidro abre las puertas y un aluvión de personas bajan hacia
el palomitón colocándose en fila para que Macarena les atienda por orden de
llegada. Palomitas, refrescos, chocolatinas, caramelos para la tos que estamos
en plena temporada de catarros… Despacha rápido y tiene tiempo también para
observar una cazadora que le gusta: la propietaria ha colocado en la solapa
chapas y pines de diferentes motivos. Le gusta la idea. Atiende a la señora del
abrigo de pieles, la que le pide siempre que le abra la botella de agua. Todavía
no se ha puesto las pieles. Y cómo no, también está el americano de las
palomitas grandes:
-Unajs palomita grande y un
coca-cola.
Su mujer al lado, española,
vigila que diga todo correctamente.
Durante media hora más sigue vendiendo. Luego hora y media de lectura
sentada junto a la barra, otra media hora de servir palomitas y refrescos y
otra hora y media de lectura más. Teme el momento de la cena, que es cuando David
aprovecha para debatir y sacar temas escabrosos. Desde
esta mañana después de escribir sobre el agravio financiero de la cuenta a
nombre de su hermana y acordarse después del fin de semana en la casa de la
sierra con sus padres, tiene también otra idea que no para de rondar su cabeza: ¿Por qué sus padres no aceptan ninguna de sus propuestas? Recuerda
la cantidad de veces que ha propuesto pasar el Día de Reyes con la familia de
Sevilla, en lugar de reunirse con ellos en Nochebuena como hacen todos los
años, y como una y otra vez sus padres le dicen que no, que no puede ser, sin
dar ningún tipo de explicación. Esto le va socavando más la herida.
El no entendimiento funciona como un aguijón en su cerebro.
Cinco minutos después de
atender al último cliente de aquel domingo, se dispone a recolocar los
cartuchos y vasos que con las prisas se le han caído, vaciar el calentador de
palomitas, reponer los productos acabados, juntar la recaudación, barrer,
fregar, cambiarse y marcharse después de decir adiós a sus compañeros.
Atravesar Madrid un domingo a
las once de la noche es torres de sillas en las terrazas junto a sus
castillos-bares, transeúntes despidiéndose y la luna llena jugando al escondite
con las farolas. Una pareja besándose bajo uno de los arcos de la Plaza Mayor
le hace recordar a su ex. Hasta las relaciones tenían
que ser primero aceptadas por sus padres. Por eso su padre le dijo aquel día:
“no te juntes con pintejas”. Y se le partió de nuevo el corazón. El amor de su
vida menospreciado por su padre. Piensa
que también esto ha ahondado en su herida.
Le da tiempo a subir a casa y
bajar la basura, que todavía no han pasado a recogerla. Antes de meterse en el
saco pone en el televisor un fragmento de una película que dejó a medias hace dos
días: Paterson. Le encanta. Le gusta
ver cómo un conductor de autobuses imagina poemas mientras conduce. Cuando le
entra sueño recoge el plato con las pepitas de las uvas y se vuelve a meter en
el saco. En realidad, le gusta su vida. Es un placer llegar a casa después de
trabajar en un cine y verse un trozo de película calentita dentro de un saco.
“Aquel cumpleaños que viniste
a la casa de la sierra papá ni se acordó, efectivamente, y no te prestamos
atención. Sí. Estábamos más pendientes de nuestro traslado allí porque había
empezado la obra del piso. Claro que no te atendimos y aunque te parezca que no
me importe cómo te sientes, me duele porque no eres alguien ajeno a mí.
Esa
fue otra de mis últimas (ha habido varias) intenciones de pasar tiempo con
vosotros, pero de nuevo fue fallido. Yo tenía muchas esperanzas, con mi cumple
de por medio, pero fue un fiasco. Darse cuenta de que tu padre (con facultades
mentales plenas) no se acuerda de tu cumpleaños es muy duro”.
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