Lunes. Eneko se ha despertado
cuando ella ha entrado en su habitación a coger un libro. Al principio era sólo
el llamado por ellos Cuarto de arte, el lugar donde almacenar los libros
ordenados por género y alfabeto, ahora éstos se extienden por otros
lugares de la casa como el armario de su hijo o el botiquín del cuarto de baño.
A pesar del sigilo con el que lo ha hecho, el hilo invisible que los une desde
hace catorce años vibra ante su cercanía. El hijo se ha dado la vuelta y puesto
el cojín de Mario Bross encima de la cabeza para seguir durmiendo mientras la
madre entornaba la puerta. El insomnio que le produce su estado menopaúsico la
ha hecho amanecer muy pronto. Aprovecha esas horas en que la casa está en
silencio para leer con la luz anaranjada de la lámpara que le regaló su madre. Todavía
es de noche. Cuando se está arropando con la manta de Iberia para estar más a
gusto, Eneko se levanta a darla un beso, pero después de ir al baño se vuelve
a la cama. También se encuentra en un estado especial por hallarse en la
adolescencia, aunque de otra consistencia distinta a la de su madre. El sueño
es lo que les diferencia y a su vez les une por tenerlo alterado en ambos casos.
Zumo, desayuno en familia y acicalarse
para acompañar a Eneko hasta la mitad del camino al instituto y a continuación hasta
el metro donde Daniel junto a más ejecutivos con calvície es succionado para ir a la oficina. Esta vez también le
ha dado tiempo a abrir las ventanas de casa antes de salir. Cuando regresa y cierra
todo dejan de escucharse las desbrozadoras del Madrid Río y los coches de la
M30. Es entonces cuando empieza el golpeteo de sus dedos sobre el teclado.
Sigue con los mensajes de su madre. Los revisa, escudriña cada palabra, cada
pensamiento, se pone la mano en el pecho y lo baja todo al sentir para después
hacer con ello una pelota y tirarlo a la basura. Eso espera.
“Me pregunto si estás
esperando porque crees que con el tiempo se me pasará el enfado. Como hacíais
cuando era pequeña. Como hace Clotilde, que después de lo de Sevilla y sin
haberse disculpado, me habla como si nada. Lejos de mejorarlo, creo
que tu falta de atención, lo agrava.
Otra
vez la misma situación que se repite...
Te olvidas de mí, te lo digo porque me duele y tu silencio.
Me pregunto si harías lo mismo
si estuviera enferma de cáncer. Si te olvidarías de mi en un viaje, una comida,
una quedada... Si no me llamarías, ni me escribirías, ni leérias y ni me contestarías los
mensajes.
Pienso que ha sido una
liberación para ti que no vayamos en Navidad. No me llegan tus ganas de pasar
ese día con nosotros: ni cuando me lo dijiste ("pues venís en
Navidad", como dándolo por hecho, en lugar de preguntar. Te recuerdo que
soy adulta con familia propia), ni cuando te dije que no iba. No me llegan tus
ganas de hacer nada con nosotros, por eso te olvidas.
Puntualizo lo de Clotilde: no
es que yo quiera que se disculpe si no lo siente así (como ya intentó porque se
lo habías pedido tú diciéndome "que no sabía por qué me tenía que decir lo
siento"), pero no quiero que me hable si soy una extraña para ella como repite de continuo.
Añado: desde que empezaste a
hacer de intermediaria para que vea a Eneko, aún más. Nunca me llamó ni
llamasteis para ir a comer al Vips o para ir al Cine. En definitiva, para
cualquier plan que hacíais con Eneko las dos. De nuevo pensabas por mí (que no podía)
y de nuevo Clotilde me ignoraba. Y encima dices que soy yo.
Dices que no sabes improvisar
y lo estás haciendo continuamente, como cuando Clotilde te llama porque se pasa
a ver a papá. Entiendo que te cueste más improvisar para tres personas, pero no
siempre estoy con Daniel y/o Eneko, y si fuera así, puedes no improvisar y
planificar. Es otra opción para pasar tiempo juntos, aunque no me pase a ver a
papá porque no me sale por tener otra vida y personalidad distinta a Clotilde,
otras experiencias con él... etc. Claro que por eso igual a vosotros tampoco os
sale, como me dijiste el otro día. Amor condicional. La pescadilla que se
muerde la cola. Feliz Noche Buena.
Me dice Eneko que le has dicho
que no vas a leer mis mensajes. No te puedes imaginar lo que me ha dolido (una
vez más). He subido llorando a la comida en casa de mis suegros. Y encima dices
que no hay nada que NO QUIERAS VER y te sigues quejando de la "mala
suerte" que has tenido con las cataratas.
¿Y no entiendes que no mire a
papá (expresión que usó la tía) cuando afirmas que mis opiniones y comentarios te
constriñen y te alejan de mí? Te recuerdo que él fue el que me dijo "menos
da una piedra" cuando conseguí mi primer trabajo, "harás lo que yo te
diga mientras vivas en mi casa", etc, etc, etc. Por no hablar de su
actitud, que ni se levantaba del ordenador para saludarme cuando iba a vuestra
casa, o me daba un grito por menos de nada... Todo el mundo se puede equivocar y no paramos de crecer nunca, pienso.
También se puede decir "lo siento". Es necesario. Pienso.
Me pregunto cómo puedes
haberme abandonado. Cómo una madre puede abandonar a su hija. Cómo es capaz de
no llamarla, leerla, escucharla, responder. Quisiera pensar que no existes para que no me
duela tanto.
Son casi las dos de la
madrugada. Acabo de llegar del Cine. Pienso, de nuevo: Eneko me comentó que le
habías dicho el día de Navidad que Clotilde le quería ver. No recuerdo ni una sola
vez que me haya querido ver a mí. Así dice y hace siempre: el resto no
existimos. Como te dije desde que se
fue de casa (aunque en realidad nunca se ha ido) se olvidó de mí, agravado aún
más cuando nació Eneko, y encima tú te conviertes en su cómplice-intermediaria
y dices que soy yo la que no la hablo. El colmo. Como puedes estar tan ciega
que NO LO QUIERES VER.
Sigues haciendo lo mismo desde hace tiempo: evitarme para
no tener que contar conmigo. Mientras no me incluyas en tu vida, no puedo
pertenecer a la tuya. ¿Cómo puedes ignorarme de esta manera?
Dices
Sí a todo lo que te digo cuando te hablo (a veces cortándome, como el último
día, para que no siga o me calle), como haciéndome entender que me comprendes
y/o que te estás enterando de lo que te digo, y luego no haces nada de eso que
te digo y pareces entender.
Hoy ha llamado Clotilde. Me ha
dicho que le recuerde a Eneko que le habéis llamado varias veces. Le tenía que
haber contestado que te dijera que yo te he escrito otras mil tantas veces y
tampoco me haces ni caso.
¿Por qué me has abandonado? No
entiendo a la madre que abandona a una hija/o. Qué dolor.
¿Por qué no quieres leerme?
Cuando te llame por teléfono, te quedarás sorda.
Te has cargado mi relación con
mi tía y primos, a quienes nunca volveré a ver. Así como las celebraciones y
rituales que compartíamos en familia. Jamás me contestaste a la pregunta de por qué dejamos de celebrar el trece
de agosto o por qué no podíamos ir en Reyes a Sevilla en lugar de
Nochebuena.
Me pone muy triste que sigas
haciendo lo que te expliqué me hacía sentirme no querida. ¿Por qué sigues
haciendo planes con Eneko, Clotilde... etc sin incluirme? ¿Por qué te olvidas de
tu hija mayor?
¿Hasta cuándo va a durar tu
silencio? Es una agresión muy dura y grave lo que estás haciendo: retirarme la
palabra. Ignorarme.
Explícame, por favor, por qué
hasta hoy, diez de enero, desde el veinticinco de diciembre que sabes que te
había escrito, no me has llamado para decirme que no ibas a leer mis WhatsApps
y que prefieres que te lo diga en persona.
Mañana te llamo y te leo por
teléfono todos lo que te he escrito en estos días. Estoy hasta las
narices de tenerlo que hacer como tú dices. Nunca me lees ni me contestas. Sólo
una vez hiciste el esfuerzo. Yo hago un terrible esfuerzo cada vez que quedo
contigo para hablar. Y ya hemos quedado varias veces. Te llamaré mañana, aunque
igual me dices que no puedes oírme.
A partir de ahora, hasta que me
digas lo contrario, no te escribiré más WhatsApps y tampoco esperaré los tuyos.
Estoy muy cansada, triste,
desilusionada, enfadada... Ya no puedo más.
¿Tan difícil es que me tengas
en cuenta?
Llamas
"pronto" a cuando papá no quiso ver las fotos de nuestro viaje aquel
día. Y así lo justificas. Supongo que si yo un día no quiero hacer algo con
vosotros también puede ser un “pronto” y no me lo tienes por qué reprochar como
has hecho hoy. Vuelvo a decir que lo que me recrimináis lo hacéis vosotros
también.
Cada
vez que te comento algún malestar mío, me sacas uno tuyo. De esa manera nunca
me siento comprendida ni apoyada. Imagínate que cada vez que vas al médico éste
te contara una enfermedad suya sin hacer caso de lo que le cuentas tú. Pues
igual me siento yo. El otro día lo volviste a hacer toooodoooo el rato.”
Cuando
su hijo llama al telefonillo como si fuera un piano, deja de escribir y se
levanta a contestarle en modo morse. Llega sudando, que han tenido Educa a
última hora. Para su sorpresa no viene a comer, sino que coge la bola,
cómo llama a la de baloncesto ahora, para irse a las canchas donde ha
quedado con sus amigos. Eneko empieza a despegar cuando Macarena también lo
hace para dejar de ser mendiga del amor de su madre. Parece que tienen
adolescencias paralelas, aunque una ya es adulta y el otro todavía un niño.
En
el Cine cuando ha terminado el
descanso ha llegado La Tauro que es una clienta habitual que se mete a ver trozos de películas cuando ha visto empezada una o se ha tenido que salir antes de
alguna otra. Quería ver el final de Mujeres en el parque. Un día tuvo
una conversación con ella que la dejó incómoda: “que ella se había dado cuenta
hace mucho que la Universidad no servía para nada.”
Cuando llega a casa le da vueltas a la idea de La Tauro.
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