lunes, 13 de abril de 2026

Ventajas de padres



Hace poco hablaba con mi hijo de ventajas de las que se beneficia por tener un padre que trabaja como asesor de viajes y una madre que trabaja en un cine: viajes y pelis a cascoporro. Le comenté que en mi caso cuando era niña tenía todos los folios y bolígrafos que quisiera. Además de poder estar con mis padres casi todo el periodo vacacional de verano, Semana Santa y Navidades.

Ahora, de adulta, veo otra ventaja que a veces se me ha vuelto en contra, pero que poco a poco voy consiguiendo aceptar: mis padres no quieren que les enseñe nada, que les haga nada. Han sido profesores, tienen alma de profesores, viven como profesores y tienen dificultad en recibir enseñanzas de ciertas personas. A lo largo de mi vida se ha repetido mucho la situación de quedarme estupefacta con cosas que me menciona mi madre como si las hubiera oído por primera vez, cuando es algo que yo le había contado antes. Recordarles que ahora que están jubilados pueden ir a los museos en día de diario que habrá menos gente. Y luego escuchar sus quejas cuando no han podido ver el cuadro que querían en El Museo del Prado porque estaba llenísimo. Tampoco admiten que les ayude con cuestiones domésticas (médicos, recibos, suministros, reparaciones…). Ni siquiera con cosas de las que ellos son menos duchos que yo.

Así es que una ventaja de haber tenido unos padres profesores es que no tengo que estar pendientes de sus cosas, no les tengo que solucionar problemas. Aunque mi necesidad humana de ayudar y mi instinto de acordarme de ellos me sabotee de vez en cuando y me entristezca cuando siento que no puedo satisfacer esa necesidad.

Otra ventaja que no veía como tal de niña ha sido visitar con ellos muchos museos e iglesias. Mi madre me lo dijo hace poco, que gracias a su profesión me habían llevado a muchos sitios. Pienso que las personas no son sólo profesiones con patas y por eso me gusta más pensar que fue su curiosidad la que hacía que me llevaran a muchos sitios. Nosotros no somos profesores y llevamos a nuestro hijo a muchos sitios.

viernes, 10 de abril de 2026

Novela de un Yo (13)

  

Viernes, ocho y media de la mañana. Abre los ojos. Después de estar unos minutos dentro del saco decide levantarse. Isidro le ha pedido que llegue un poco antes hoy por el estreno de la nueva película con Penélope Cruz. Así es que tiene menos tiempo para hacer “sus cosas”. Las dos actividades que la sostienen, las que entreteje en sus rutinas: escribir y leer. Le gusta su vida. Después de pasar por el baño y cocina abre el ordenador portátil color cobre sobre la bandeja mesa de madera que le regaló su abuelo, se sienta en la silla verde de instituto que le había dado su padre hace tiempo y echa un chorro de café en la pequeña taza Segafredo que se trajo de Italia.

Herida N.º 15:

Un pueblo de Sevilla. La familia Mena se reúne para decir adiós al patriarca, el abuelo Aurelio. Ha muerto en la casa de su hija que, a diferencia del hijo, profesor de instituto en Madrid, vive desde hace tiempo en el mismo pueblo que lo vio nacer. Junto a ella ha pasado los últimos años de su vida. Macarenita habla con sus primas, Carmen y Lola, nietas del finado, hijas de su tía María y su tío Paco. Visten todos de negro, como manda la tradición, a pesar del chascarrillo que ha contado mil y una vez su tía María. Su madre, Manola la modista, abuela de Macarenita, le decía que cuando ella muriera seguro que iba de rojo al entierro, por lo revolucionaria que era, que se casó con traje de pantalón y chaqueta. Todos están en la puerta esperando el coche fúnebre que tiene que recoger al abuelo. Macarenita está triste por la pérdida y sobre todo porque no ha visto a su abuelo en los últimos meses. Ni recuerda la última vez que lo vio vivo. Por fin llega y después de cargar el cuerpo empieza el desfile: unos andando, otros en coche. A la comitiva se va uniendo gente del pueblo poco a poco, otros miran desde las ventanas enrejadas. Cuando llegan al cementerio ya forman una buena piña. Todos detrás del féretro que llevan unos pocos a hombros como un paso de Semana Santa. Macarenita camina despacio, sola entre mucha gente. Delante su padre y su tía van agarrados del brazo. Detrás, su madre y su tío Paco. La ceremonia es breve, como en las películas: todos alrededor de una tumba y el enterrador echando tierra con la pala. Cuando termina, empiezan los pésames. Esto sí dura más. Macarenita junto a sus primas observa la escena. También a ellas se les acerca algún familiar. Cuando se va clareando el lugar y los puntitos negros se dispersan por otras zonas del cementerio, se acerca a sus padres. Ve cómo su padre acaricia la cara de su hermana y la abraza. No puede callarse:

-Papá, yo también… Yo también necesito con-sue-lo….

- ¡Qué va! ¡Tú eres fuerte!

Macarenita se parte en dos como si le hubieran hecho el harakiri.

Años más tarde cuando se lo contó a su madre con la intención de que comprendiera su malestar de aquel día, le gritó diciendo: ¿y qué, si a ti papá no te consuela? De nuevo se partió en dos. Esta vez con más dolor si cabe. La fría incomprensión de su madre se convertía en desamor dentro de ella.

Macarena mira hacia el patio, coge aire por la nariz y en un suspiro sonoro lo suelta por la boca. Madre mía, murmura. Sigue escribiendo. Se ha acordado de otro momento en que le extrañó la reacción de su madre. Quiere desentrañar todos esos momentos de la relación con su madre, aquellos en los que ésta no se ha mostrado justa, amorosa, como ella esperaba que se tenía que comportar una madre… Cree que así podrá explicarse muchas cosas de su vida y quizás demostrar lo que lleva tiempo pensando: que no a todos los hijos se les quiere por igual.

Herida N.º 16:

Budapest, viaje de mujeres. Es el segundo que hacen: madre, hijas, tía María y primas. Organizado todo por Macarenita que trabaja en una agencia de viajes y tiene facilidades. Están en una cafetería haciendo un descanso después de comer mientras degustan un té verde unas, negro otras, rojo y hasta blanco. Para gustos, los colores. La mañana ha sido cansada viendo un montón de cosas. La madre de Macarenita se mueve en su asiento, parece nerviosa. Finalmente, dice:

-Macarena, la próxima vez ni se te ocurra organizar el viaje en una fecha en la que tu hermana no pueda, que sé que lo has hecho aposta para que ella no viniera.

-Pero… mamá, ¿cómo puedes decir eso? ¿En serio crees que yo he organizado el viaje para que no venga Clotilde?

-Pues sí…

-No me lo puedo creer. Es alucinante. ¿No sabes que he estado esperando hasta el último momento para que ella me dijera las fechas que podía? ¿Que hemos estado a punto de no poder comprar los billetes por esperarla?

-Bueno, tampoco hubiese pasado nada…

-Mamá, si no querías hacer el viaje sin ella tenías que haberlo dicho.

-Nadie me lo preguntó.

-Pero todas estabais al tanto de toda la organización con los correos comunes que yo os iba mandando…

-Ya sabes que yo no uso mucho eso.

-Lo podías haber dicho también cuando Clotilde dijo que no iba… Es alucinante que me eches la culpa.

-Nunca has querido hacer planes con ella y menos viajar.

- ¿Cómo puedes pensar eso después de todo lo que he estado esperando y haciendo por ella?

Macarenita no puede más, cree que se va a partir del todo por la mitad, se levanta del sitio y sale de la cafetería a respirar aire fresco, que en diciembre en Budapest es bastante fresco.

Ha pasado la mañana entre Sevilla y Budapest. Finalizado el segundo viaje, se levanta de la silla verde de instituto, estira los brazos hacia arriba mirando a la vez por la ventana que da al patio interior y se prepara para ir al Cine. Esta vez se lleva un bocadillo de queso con anchoas para cenar, su preferido. Se lo merece, piensa. Atraviesa Madrid en bicicleta y cuando llega al Cine Isidro la está esperando con el nudo de la corbata por encima de la nuez y una gota de sudor cayéndole por la sien. Están a punto de abrir y en breve comenzarán a llegar los del estreno: prensa, actores y actrices, director… A Macarena no le gustan estos saraos en los que tiene que estar, aunque no sea más que para ver cómo engullen canapés y beben copas de vino. De palomitas en estas ocasiones poco, pero no puede leer ya que tiene que permanecer de pie por si acaso. Además, viene el jefe y debe estar todo impoluto. Se ha traído por ello la camiseta nueva, la de la R dorada, y antes de abrir repasa con limpiacristales el mostrador y las estanterías donde están las gominolas y chocolatinas.

Entre los invitados hay algún niño y niña, a los que Macarena observa con atención. Uno que no aparenta más de seis años lleva en la mano un globo rosa de helio. Es de Tecnocasa. Los están repartiendo en la calle. Nadie le ha dicho al niño que no puede entrar con el globo en la sala y esto alterará el orden de la tarde. Al rato de empezar la proyección una sombra oculta el ángulo superior izquierdo de la pantalla. Revuelo, pitidos, protestas… El globo de helio se ha escapado de la mano del niño y está pegado al techo delante del flujo de luz emitido por el proyector. Imposible alcanzarlo. Esta sería la anécdota de la tarde que más adelante serviría como entretenimiento en forma de chascarrillo.

Terminada la jornada Macarena se cambia en el baño. Está agotada. Sólo le quedan fuerzas para coger la bici y dejarse caer en ella cuesta abajo atravesando El Retiro y la Plaza Mayor. Nada más llegar se acuesta. Ya bajará la basura mañana.

 

“En el viaje que hicimos a Budapest, me dijiste que yo era la culpable de que Clotilde no hubiera venido, que había organizado todo para que no pudiera venir. ¿Por qué piensas eso? ¿Por qué no valoraste todo el trabajazo que hice para juntar a casi todas y que el viaje saliera adelante? Me sentí desagradecida e injustamente castigada. 

Del viaje a Budapest: yo no te eché la bronca por "haber planeado el viaje en una fecha para que no fuera Clotilde". No te dije que lo planearas con esa intención. Comentó la tía María de hacer otro viaje de mujeres y dije que me gustaría que se hiciera cuando también pudiera Clotilde, que justamente había comentado que en esas fechas estaba con exámenes. Nunca dije que lo hubieras planeado exprofeso para que no fuera ella.

Mentira. En Budapest, en una cafetería, dijiste que yo lo había planeado aposta para que no fuera. Así me lo dijiste allí. Antes del viaje no comentaste nada de querer hacerlo cuando Clotilde pudiera. Ella nunca sabía cuándo podía ni cuándo no. La estuvimos esperando y estuvimos pendiente de ella hasta el último momento, cuando los billetes ya no podían esperar más. Fue ella quien nos dijo que lo hiciéramos y tú no comentaste nada de que sin ella no te apetecía”.

 

“Cuando se murió el abuelo Aurelio, papá no me consoló como hizo con Clotilde. Se lo dije y me contestó que yo era fuerte. Un día te lo conté y me dijiste que “¿y qué pasa si papá no te consoló?”. Tu respuesta me dolió muchísimo, pues yo buscaba empatía y recibí un varapalo. ¿Por qué opinas que a mí no me tenía que consolar y a Clotilde, en cambio, sí? Me sentí incomprendida, no acompañada, sola…”

 

 

martes, 7 de abril de 2026

Maneras de hablar

 


Usando el mismo lenguaje dos personas se pueden malentender, pues además de las palabras está la forma en que se construyen las frases, la entonación, los gestos... Con los latinoamericanos lo llevo observando desde hace tiempo. A veces les tengo que decir que me repitan porque no les entiendo. Otras, aunque me sorprenda la manera que tienen de decir según qué cosas, después de tantos años de escucharlos, me lo sé y puedo continuar la conversación. Como, por ejemplo, cuando en el Cine me dicen: ¿me regalas una Coca-Cola? El otro día no me entendí con unas catalanas. Creo que fue el tono con el que yo pronunciaba la palabra “curas” con una “s” más parecida a la “j”, quizás.  Entendieron cura de iglesia en lugar de cura hospitalaria.

Otras veces, la relación que se tenga con quien nos comunicamos interviene en la comunicación. Mi madre me dijo un día que tenía una entrevista en lugar de decir que tenía una cita para que la asesoraran del banco. Por más que le preguntaba acerca de dicha entrevista no conseguía entender a qué se refería. Finalmente, tras muchos vericuetos, logré averiguarlo y me pregunté: ¿por qué me habrá dicho entrevista en lugar de cita? Creo que quería dar importancia al momento para decirme que no podia quedar conmigo como ha hecho otras veces, que para mi madre el trabajo, y por tanto todas sus palabras derivadas, son sagradas.

En el pueblo de mi padre usan mucho la palabra “fatiga” para denominar el apuro, la vergüenza que se pasa en ciertos momentos o situaciones. Me costó años entenderlo. Querría acordarme de más palabras o expresiones del pueblo, porque hay más, pero ahora no caigo. Tía María, si estás por ahí, ¿me puedes recordar alguna palabra que no hayas usado en Madrid, pero sí uses en Arahal?

viernes, 3 de abril de 2026

Novela de un Yo (12)

  

 

A la mañana siguiente, después de colocar lo que no guardaba el orden establecido: el libro de Guerra y Paz en el suelo, los calcetines encima del sofá, el bolso de tela con el anuncio de Coca-Cola en la cocina…; hace como todos los días: abre su ordenador portátil color cobre sobre la bandeja mesa de madera que le había regalado su abuelo, se sienta en la silla verde de instituto que le dio su padre hace tiempo  y echa un chorro de café en la pequeña taza que se había traído de Italia. La misma hora de siempre, las nueve. Hoy también libra por un cambio de turnos, así es que no tiene que ir a jugarbajar. Piensa que si dejáramos de oponer juego y trabajo podría cambiar el mundo. “¿Quién sabe lo que podría suceder si pusiéramos el fervor alegre del niño que juega al servicio de nuestra organización social?”.

Y escribe:

Herida N.º 14:

-Hola tía, soy Macarena. Muchas felicidades. ¿Cómo estás?

-Hola Macarena. Contigo quería yo hablar… ¿Te ocurre algo? ¿Cómo es que no diriges la palabra a tu padre? Bueno, ni siquiera le miras, me ha dicho tu madre…

- ¿Cómo? ¿Eso te ha dicho?

-Sí, y más cosas…. Macarena, que son tus padres, que no les puedes tratar así….

-Así, ¿cómo? No te entiendo. No entiendo por qué me dices esto. Y además cuando te estoy llamando para felicitarte por tu cumpleaños.

-Macarena, que no, que no puedes tratarles así...

Macarenita cuelga, le hacen demasiado daño las palabras de su tía Clara.

Dos días después recibe un mensaje de su prima Elena en el móvil:

“Hola prima, me ha dicho mi madre que no vas a ir en Reyes a casa de tus padres… Me parece fatal. ¿Cómo puedes hacerles algo así? “

Macarenita se siente acorralada. De repente parece que todos los de esa familia se han puesto en contra de ella. Hace como un mes otro del clan, otro primo de Alcalá, la ponía verde por las redes sociales por cuestionar funciones del sistema educativo. Esto le genera aún más sentimientos de rechazo hacia ellos. Esos que se burlaban de ella llamándola Macarrona y culo gordo en las reuniones familiares mientras su madre miraba para otro lado.

Piensa que sus primos siguen haciéndole bullying ahora cuando no la invitan, pero lo que más le duele es que su madre no haga nada por impedirlo. Le duele la soledad en la que la envuelve.

- ¿Y qué quieres que le haga si no has sido invitada? Le dijo una vez.

No le parece mal que no la incluyan en los planes familiares. No comenta nada sobre ello. Sin embargo, a Macarena le montó aquel número en el bar de Budapest diciéndole que había preparado el viaje para que su hermana no fuera. Ve todo muy injusto.

Deja de escribir en el mismo punto donde lo hace siempre, cuando se rompe por la mitad. Serán todos esos cachos los que recompongan su futuro.

Recoge ordenador, taza y mesa. Ha quedado con un antiguo compañero para comer un bocata de calamares en la Plaza Mayor. Mientras se ducha piensa en qué ponerse. Necesita algo cómodo por si se sientan en el suelo, abrigado, elegante pero no demasiado. Elige el peto vaquero con una camiseta de rayas de colores y la cazadora plateada, que cambia en el último momento por una negra por las posibles cucarachas y chicles pegados en el suelo de la Plaza Mayor. 

-Hola, Álvaro.

-Hola, ¡cuánto tiempo! ¿Qué tal?

-Bien, tenía ganas de verte. Y de tomarme un bocata de calamares, para qué te voy a engañar…

-No, si ya… Están buenísimos, la verdad. ¿A cuál vamos? Porque he visto que hay unas colas en los dos….

-Ya imagino, está todo a tope y eso que aún no ha empezado la Navidad…. ¡Madre mía!

Después de comprar los bocadillos de calamares en el bar que parecía menos lleno, cogen unas latas de cerveza del Chino más cercano y se sientan en mitad de la Plaza Mayor. Macarena recuerda cuando su ex se le declaró allí mismo. Escucha a Álvaro, pero piensa en su ex. Álvaro trabajó con ella en unos multicines. Llegó de Galicia recién licenciado para buscar trabajo en una empresa, pero todavía no ha podido rentabilizar sus conocimientos de Marketing y Empresariales. Su madre le ayudó con el trabajo final de carrera falsificando su letra porque entró en pánico de todo lo que tenía que estudiar y se bloqueó. No le obedecían las manos ni la cabeza. Cuando se lo contó, Macarena pensó: eso es amor de madre. 

Pasa un rato muy agradable con él en la Plaza Mayor, comiendo, riendo, hablando… A las cinco se despiden. Álvaro trabaja. Macarena dedica su tarde a leer tumbada en el sofá verde. En la mesilla de noche, junto a otros que esperan a ser leídos, tiene Ordesa que parece decir léeme ya, pero sigue con Guerra y Paz, no quiere dejarlo tan pronto.

Hacia las diez de la noche en el patio oscuro se oyen bajar persianas. Una detrás de otra. Parece un animado concierto. Ella pone el punto final bajando las suyas y se acuesta.

 

“También te quiero explicar que no soy responsable de que no te llame la familia de Alcalá. Cuando la tía Clara y la prima me preguntaron les dije lo que pasaba y expliqué lo que pude y entendía. No soy culpable de cómo te juzguen, ni de lo que piensen. Yo pienso una cosa, tu piensas otra, y ellos pensarán otra. Yo no he estropeado nada.

No comparto esa impresión. Tú fuiste la que explicaste (mal explicado), luego tú fuiste la que pusiste algo en su cabeza. Pero independientemente de ello, tampoco haces nada cuando te manifiesto mi malestar. Ni siquiera lo sientes. "¿Y qué quieres que le haga si a ti no te invitan?", me dijiste. Qué dolor. Que una madre no sienta que su hija está mal por no sentirse incluida.”

 

 

miércoles, 1 de abril de 2026

Comprar

 

 

Cuando cumplí cincuenta años decidí dejar de comprar: https://macarenamenasantos.blogspot.com/2025/01/me-jubilo-de-comprar.html

Una mujer desconocida que escuchó mi propuesta me dijo que no iba a ser capaz. Que el comprar es un acto intrínseco al ser humano. Me quedé pensando en el verbo comprar, como estoy haciendo ahora.

Hace tiempo una persona me dijo que era bueno para el mundo poner dinero en circulación. Hoy en día no sé si es bueno, pero pienso que siempre va a haber dinero en circulación, aunque yo y más gente dejen de comprar, porque siempre habrá quien lo haga y habrá cosas que no se puedan dejar de comprar (comida, suministros de casa…).

Cuando dejé de comprar miraba los escaparates y pensaba: qué tranquilidad, no tengo que decidir si comprarlo, ni pensar cuándo comprarlo… sólo tengo que mirar para recrearme en la belleza si quiero y si no mirar hacia otro lado. Ha sido una liberación en mi vida dejar de comprar cosas que en realidad no necesito y que me ocupan espacio. Una de esas cosas ha sido la ropa. Me he dado cuenta de que es algo que no se gasta si no quieres. Tengo ropa de cuando era niña que todavía me pongo. Un albornoz de ganchillo precioso que me hizo mi abuela y que me pongo de camiseta. Un güipil que me trajo una amiga de mis padres de Guatemala, súper bonito, y que me sigo poniendo, aunque ya no me llegue a las rodillas como antes. Me he salido de la rueda del hámster. Ya no me hace falta comprar ropa nueva todas las temporadas, ni siquiera todos los años y tampoco cada x tiempo.

Hay quien compra en tiendas cercanas, de gente que conocen, porque es una manera de mantener el contacto o para ayudar. Hay a quien le gusta el acto de comprar, pero cuando ya tiene lo que desean, pierden el interés por el objeto comprado. Hay quien compra cuando cobra el sueldo. Yo he observado que tiendo (o tendía) a comprar cosas de gente autónoma o independiente. Esto es, por ejemplo, a una amiga que hacía miniaturas de cáñamo, a una amiga que hacía galletas, a otra que hacía zapatillas… Quizás también está ahí la necesidad de ayudar, Otra cosa que he observado en mí es que siempre que he comprado algo que no he querido luego me he sentido mal.

Pienso que como me dijo aquella señora hay algo intrínseco al ser humano en el acto de comprar, aunque no sé muy bien qué es. Creo que cuando el dependiente te mira a los ojos y te dice gracias con una sonrisa recibes una sensación positiva. Sin embargo, a mi ese acto ya no me compensa. Prefiero no gastar tiempo en comprar, no gastar dinero en cosas que no necesito, no romperme la cabeza cada vez que busco espacio para algo nuevo y sobre todo no tirar cosas que todavía tienen vida.

jueves, 26 de marzo de 2026

Novela de un Yo (11)

  

A la mañana siguiente su madre la despierta para darle la buena nueva de que han operado ya a su hermana:

-Está en cama, pero se encuentra bien. Ha sido muy pronto, a las ocho de la mañana. Creen que en dos días le darán el alta.

Macarena escucha sin mucho interés. Siente un escozor por dentro cada vez que oye su nombre. Ha notado que le pasa desde hace tiempo. Piensa que no podrá ir a verla al hospital.

-Macarena, ¿estás ahí?

-Sí, mamá, estoy aquí. Te estoy escuchando. ¿Tienes que contarme algo más de Clotilde?

-No, hija, salvo lo que tú quieras saber. Pensé que querrías ir a verla y me pedirías el número de habitación.

-Pues no, mamá. No voy a ir a verla.

Siente como si le saliera un sarpullido cada vez que aparece su hermana en las conversaciones. Algo similar a lo que le pasaba con las iglesias y museos que visitaba en vacaciones con sus padres. Hartita acabó.

-Bueno, tú sabrás, pero pienso que deberías. Ella lo haría si estuvieras en su situación.

-De verdad, mamá, ¿así lo crees? Si no ha venido a verme en casi diez años que lleva fuera de casa... ¿Crees que si estuviera en un hospital vendría a verme? Bueno… Sí, en ese caso, sí vendría a verme. Pero sólo en ese caso, es el drama de esta familia, de esta sociedad, que sólo atendemos a los que sufren, a los enfermos, a los pobres… Hay que estar enfermo para que te hagan caso. Si no lloras, no mamas; dice el refrán.

-Vale, hija, lo que tú digas. Hasta otro día. Que te vaya bien.

-Adiós, mamá.

 

“Me dices, mamá, que la vida no se hace de reproches y tú lo primero que haces nada más empezar a hablar es reprocharme el que no pregunte por mi hermana. El que no la fuera a visitar cuando se operó de la hernia. Ya sabes la respuesta. No me apetece seguir manteniendo el papel de apoyo a la pobrecita de la familia porque me hace mal. Ese es el desprecio que tú percibes, mi mecanismo de defensa.

Por otra parte, cuando he preguntado no se me ha contestado o se me ha contestado de malas maneras o con un berrido. El año pasado, en verano, quise saber de sus planes y papá me contestó con un grito delante de todos en la terraza del bar de la piscina. Mi herida sangró y nadie se preocupó por mí. Un día llegó llorando a casa y vosotros la atendisteis. Al día siguiente, cuando creí oportuno, le pregunté sobre lo que le había pasado y no me contestó”.

 

Macarena cuelga el teléfono y se deja caer sobre el sofá verde contenedor de sus alegrías, de sus penas, de sus ansiedades… Pasa su día libre en casa haciendo cosas de casa y casas de cosas. Como, por ejemplo, arreglar con lo poco que le queda del pegamento Súper todo lo que ha ido acumulando los últimos días: un candelabro que se compró con su ex en Granada y se rompió al colocarlo a oscuras sobre su mesilla; un imán de nevera de un oso que le trajo de Asturias su madre al que se le había despegado el imán; la mano de una figurita de un pastor del Belén, que lo encontró roto el año pasado cuando fue a ponerlo… y alguna cosa más. Los súper pegamentos del Chino tienen una pega muy grande y es que una vez abiertos hay que usarlos porque si no se secan y ya no sirven. Por eso va acumulando cosas y una tarde se dedica a pegarlas hasta gastar el envase. Además, ha cosido un poquito de la manta que está haciendo con guantes encontrados en la calle. Forma parte de su actividad como constructora de cosas hechas con cosas. A las siete de la tarde piensa que se va a poner el resto de película que le quedó el otro día, Perfect Days, con un kéfir para cenar. Así su cabeza no da vueltas. Pero nada más ver al japonés limpiando sanitarios, Macarena no puede evitar pensar y luego escribir.

Herida N.º 13:

-Hola, Clotilde, necesito verte. Tengo una cosa que darte.

-Sólo voy a estar en Madrid un día, pero quizás puedo pasarme con el coche y verte un momento en tu Cine o si no puedo aparcar, sales y me lo das.

Así hicieron. Aquel día que su hermana pasaba por Madrid pasó también por su Cine y por ella. Hablaron dentro de una furgoneta Renault frente a la puerta. Le dio la muñeca que le había hecho.

-Mira, quiero compartir contigo lo mejor que hay en mí y te lo ofrezco con este regalo que lo simboliza. No importa lo que haya sucedido en el pasado, somos hermanas iguales y hay amor entre nosotras. Tú tienes tu vida, yo la mía, y podemos seguir compartiendo lo mejor de nosotras cuando ambas lo deseemos, y podemos enfadarnos y aun así saber que hay amor.

Le soltó de sopetón todo lo que le habían dicho que dijera. Clotilde la miró estupefacta y cogió la muñeca que su hermana le ofrecía. Dijo un gracias con la boca pequeña y a continuación miró el reloj.

-Me tengo que ir. Lo dicho, gracias. Que te vaya bien.

Otra vez la misma frase. La que le había dicho su madre. Que Macarenita recibía como un puñetazo en el estómago, como si la dejaran en el ring después de un derechazo. Dos besos de pescadilla y salió del Renault para volver al Cine donde ya había alguien esperando para comprar.

Aparte del ejercicio de tejer una muñeca y regalársela recomendado por un terapeuta, antes intentó también arreglar la relación con su hermana. Aquella vez, unas navidades, incluso comentó que le había tocado la lotería porque pensó que la había recuperado después de hablar con ella. Las dos fallidas. En el primer encuentro su hermana le dijo: y ahora, ¿qué quieres, que te aplauda? Otra frase directa al estómago que la dejó aplastada como si hubiera salido el airbag. No entendía como una hermana con quien te has disfrazado de abeja Maya y Willi, Epi y Blas, dado y cubilete... le podía decir aquello. Algo se rompió entre ellas hace mucho tiempo.

Cuando murió su abuelo su madre dejó de hablar a su tío, el anterior en edad a ésta. Por más que Macarenita preguntó, nunca se lo contó o lo que le contó para salir del paso, piensa, no le pareció razón para dejar de hablar a un hermano con el que has compartido veranos en la edad adulta. En ocasiones su madre la ha juzgado por no hablar cuando se enfada, por no contar lo que le pasa. Macarenita tiene maestra: su madre jamás le contó lo que pasó entre su hermano y ella, entre sus sobrinos y su hermana, lo que le ocurrió a su hija pequeña un día que llegó llorando a casa… Incluso aquella pregunta de Macarenita en la piscina de la casa de la sierra… jamás fue contestada…

En la película que está viendo con los pies en la mesa que se hizo con un palé, junto al envase de kéfir vacío, aparece la hermana del protagonista y también parece que la relación no fluye entre ellos. No puede evitar acordarse de la fiesta de cumpleaños sorpresa que Clotilde le montó a sus treinta años, en el parque de al lado de su casa, con sus amigos más íntimos. Por entonces ya casi no se hablaban y su hermana adoptó de nuevo el lenguaje de la sorpresa para intentar acortar la distancia que las unía. Macarena no sabía dónde meterse. Le fastidió la tarde. Había planificado con su pareja una cena romántica. Se quedó sin cena y sin romanticismo. La tensión se cortaba en porciones. La historia de Clotilde en relación con el mundo es la historia de las sorpresas que ha dado. Es su especialidad, aparte de convertirse en emoticono a su antojo. Cuando termina la película ya está demasiado cansada para recoger el envase de Kéfir y los cojines desparramados por el suelo. Se lava los dientes, la cara, se pone el pijama después de leer su cuerpo y se mete en el saco. Cuando pase el invierno, en las rebajas, se comprará un buen edredón y sábanas para el verano. Le gusta su vida. Se duerme con el libro entre las manos que se escurre hacia el suelo cuando se da la vuelta dentro del saco.

lunes, 23 de marzo de 2026

Hablar con el lenguaje del otro


 

Dicen que en función de con quien nos relacionemos adoptamos una máscara o personaje diferente. Es decir, que según con quién estemos nos comportamos de una u otra forma, que cada uno adquirimos un papel diferente según con quién interactuemos, aunque no queramos o no sea un acto consciente. Esto, claro, también comprende el habla.

He observado que me va mejor cuando hablo a mi madre en su lenguaje. Es decir, como sé que sus prioridades en la vida son el estudio-trabajo y las enfermedades le hablo siempre en esos términos. Que tenemos que irnos pronto: nos vamos porque Romeo tiene que estudiar. Que no me apetece hacer algo: es que no me encuentro bien. Que necesito algo de ella: le digo que es para trabajar. Que necesito que me haga caso: le hablo de la enfermedad de alguien o de lo que tiene que hacer Romeo en el Instituto. Todo lo demás que le quiera contar está fuera de su radio de percepción. No lo va a oír, o si lo oye no va a surtir en ella ningún efecto.

Con mis compañeros de trabajo, sin embargo, me pasa otra cosa diferente: la queja es la bandera que está en el mástil casi todo el día y sé que me van a acoger mejor si como ellos la abandero. Me miran complacientes cuando me quejo y raro cuando no lo hago. Sin embargo, yo me niego a ondear esa bandera (no me da tantos beneficios como no hacerlo) y hablo en otros términos: para mi trabajar es jugar. “¿Quién sabe lo que podría suceder si pusiéramos el fervor alegre del niño que juega al servicio de nuestra organización social?”

Cuando mi hijo era pequeño ponía mucha atención en cómo le decía las cosas: usaba frases cortas y palabras que él pudiera entender. Sobre todo, lo de las frases cortas, pues las palabras si no las entendía me preguntaba. Ahora con mi padre enfermo también construyo frases cortas, aunque no hablo aún en su lenguaje dadaísta.

Tengo dos frases recurrentes: “es una manera de verlo” y “hay que saber qué batallas librar”, para cuando hablo con gente que no opina como yo. En esos casos, como no puedo adoptar el lenguaje del otro, acabo diciendo la primera frase y repitiéndome en la cabeza la segunda para no alternarme más de la cuenta.

 


viernes, 20 de marzo de 2026

Novela de un Yo (10)

  

A la mañana siguiente, martes, la despierta Clotilde: por fin la operan de la hernia. Macarena ya se había olvidado de ese asunto sanitario pendiente de su hermana. No así sus padres, que pasaban de preocuparse por su estabilidad laboral a la domiciliaria o sanitaria en menos que canta un gallo. En Granada tuvo un accidente de coche con daños físicos, morales y hasta un juicio en el que se vieron implicados, no pudiendo acudir por esto a una boda familiar. Como secuela le quedó un hombro dañado y a ello se agarró para jamás aprobar la plaza de bombero a la que eternamente aspiraba, como vocación secreta, que por lo visto siempre había tenido a pesar de haberse matriculado en Biología. Después vino la operación de la vista, que también le dificultó el estudio. También hubo dolores de cabeza infinitos, con los que sus padres ponían el grito en el cielo porque tenían un conocido a cuyo hijo le habían encontrado un tumor como consecuencia de dolores de cabeza interminables. La rodilla fue otro reclamo. Que siempre le estaba doliendo, sea por el duro entrenamiento bomberil u otras cosas. Cuando se fue a vivir a Asturias su madre iba y venía del centro al norte de España cada dos por tres y cuando no, sufría igualmente por las idas y venidas de ella. Por el contrario, su padre ya había apagado hace tiempo el botón del telediario filial y se mantenía al margen, observando desde la barrera.

Otro día más que le cancela un plan. No puede quedar hoy porque como la operan mañana tiene que estar en reposo. Macarena se imagina el emoticono de su hermana: una esfera con boca torcida hacia un lado o la de los ojos mirando hacia abajo. Aprovecha su día libre para sacar la ropa de abrigo, que dentro de poco llegará el frío y no tiene nada a mano. Mientras dobla camisetas de manga corta para guardarlas en bolsas herméticas de Ikea piensa que esta actividad anual ya no le merece la pena, pues hay veces que tiene que rebuscar en la ropa de verano en pleno otoño, que los octubres ya no son lo que eran. Así es que para de hacer lo que está haciendo y decide no volver a guardar nunca más la ropa de verano ni la de invierno. Tendrá toda disponible en el armario. Si la dobla bien, piensa, le puede caber. Además, así liberará espacio en el canapé donde a su vez podrá guardar otras cosas. Mientras hace esto, sacar toda la ropa que tiene y guardarla bien en el armario, se acuerda del verano que echaron a su hermana de uno de sus trabajos en el norte de España. Como un muñeco de hojalata al que le hubieran dado cuerda va hacia el salón y escribe en Mónica. No podrán quedar hasta la próxima semana que vuelva a librar.

Herida N.º 11:

Tuvo que volver a Madrid, pero entonces se inventó otra manera de vivir sin trabajar, que por aquel año estaba el tema de la crisis. Sus padres no tenían más remedio que mantenerla y aceptaron enseguida la idea que se le había ocurrido: ocupar la casa de la sierra. Para justificar su permanencia en la misma fue alternando explicaciones: los múltiples cursos que hacía allí para prepararse como bombero; los duros entrenamientos corriendo por las inmediaciones, que le habían dicho que en la sierra el corazón se ensancha; y finalmente, trabajando en la heladería-cafetería del pueblo, que como salía a la una de la mañana era impensable que viviera en otro sitio.

Enseguida velaron por su descanso. Ahora ya no se podía usar aquella casa libremente, como hasta ahora, si no que dependían de los horarios y los días que Clotilde pudiera. Como la pobre salía tan tarde de trabajar... Macarenita llevaba saliendo a la misma hora o más tarde varios años y nunca penaron por ella.

Suena el teléfono:

- ¿Quién es?

-Hola, hija, soy mamá. Mira, que no entiendo por qué has echado a tu hermana de su casa…

- ¿Qué? Yo no he echado a Clotilde de ninguna casa y esa no es su casa. ¿Cómo me dices eso, mamá?

-Bueno, por lo visto, queréis ir allí pero no queréis que esté ella…

-Efectivamente, nos apetece pasar un fin de semana en pareja, los dos solos. Igual que a ella le apeteció pasar el verano con su novio. No creo que esté pidiendo algo fuera de lo normal…

-Ya, hija, pero es su casa…

- ¿Cómo que es su casa? Es la casa familiar de la sierra hasta donde yo sé. ¿Qué pasa? ¿Se la habéis dado?

-No, no. Me refiero a que es la casa donde ella vive ahora.

-Ya, mamá, pero no es suya. Es más, ella se fue allí sabiendo que era una casa compartida y así nos lo comunicó a nosotros diciéndonos que cuando quisiéramos la podíamos seguir usando. Me duele que me culpes sin escucharme antes, mamá. Siempre haces lo mismo.

Acto seguido Macarenita cuelga. No puede oír más palabras de su madre defendiendo a la hermana a capa y espada. Nada más dejar el auricular se lleva las manos a la cara, se acuna con ellas, se seca las lágrimas. Tiene un agujero en el corazón. No entiende cómo una madre puede hacer eso: culpar a una hija de algo sin haber oído antes las dos versiones. Recuerda las peleas de niñas. Su hermana siempre acababa llorando e iba acto seguido a su madre o padre, tras lo cual Macarenita acababa castigada sin salir de su habitación una hora o a veces más. Nunca la escuchaban a ella.

 

“Lo que me pasa en estos días desde que ocurrió lo de la casa de la sierra, es que he descubierto que ahora mismo necesito esto, mantenerme al margen, como mecanismo de defensa después de mucho dolor y reflexión. Porque cada vez que me decís algo de mi hermana es una desgracia que os mantiene unidos a ella, que os hace sufrir y estoy cansada de escuchar vuestro telediario particular. No me molesta el hecho de saber cosas de ella, sino que me recuerda cosas que considero injustas y me hacen sentir muy mal. Con este tema de la casa de la sierra todo esto ha empeorado en mí.

Me dices que como ve poco a Orlando no quiere compartir la casa de la sierra con nosotros, no entiendes que nosotros queramos pasar un fin de semana solos allí…. Como verás no tiene ni pies ni cabeza. Por una parte, defiendes el que quiera estar sola con Orlando y que los demás nos tengamos que acoplar a ello, por otro opinas que los que vayamos allí tenemos que compartir con ella. Por otro lado, que cómo vamos a compartir si va Orlando…. En fín, no entiendo nada.

Dices que desde que se fue a vivir allí se dijo que nos teníamos que poner de acuerdo para usar la casa. La única persona que nos comunicó su decisión de ir a vivir allí fue ella diciendo que “cuando quisiéramos podíamos usar la casa como siempre, que no teníamos más que decírselo con tiempo”. Las dos cosas lo hicimos esta vez y siempre: comunicárselo con tiempo (un mes y medio) y ponernos de acuerdo. Te vuelvo a recordar la escena: nada más decírselo nos dijo que ese fin de semana no le apetecía moverse, que había estado en Sevilla, Soria, que luego se iba a Mallorca… Aunque me pareció injusta su respuesta (no trabaja y en cambio Daniel trabaja muchos fines de semana que es cuando, por otra parte, podemos ir…), nosotros buscamos otra fecha, pero imposible, no podíamos. Me dijo que si no podía ser otro fin de semana que fuéramos ese. Al poco tiempo nos dijo que el viernes tenía una cata de cerveza y que a lo mejor estaba allí por la tarde y/o noche. Hablé con ella para intentar encontrar una solución, pues a nosotros nos apetecía estar solos. Como no la había, le dijimos que vale, que nos veíamos el viernes. A los pocos días me pide nuestra casa y yo me sorprendo. Cosa que parece que le sienta mal, que me sorprenda, y que le diga que tiene la vuestra que es donde va siempre en navidades y siempre que le viene bien. Le digo que vale, que lo he hablado con Daniel, que tiene nuestra casa. Me contesta que no, que ya no se quiere quedar en nuestra casa. Me dice que el domingo tiene que dormir en la casa de la sierra porque tiene que estar pronto el lunes en no sé dónde. Me sienta igual de mal que lo del viernes, que parece que yo tengo que entender que ella quiera estar sola y ella no puede entender que nosotros queramos estar solos”.

 

“Deduzco exigencias a mi comportamiento que no logro entender. Según tú: si no me sale preguntar por mi hermana o ir a verla, ¿tengo que hacerlo? ¿Crees que estarías o estaría satisfecha si lo hiciera a la fuerza, porque tú me lo dijeras? Yo pienso que no, que no cambiaría nada. Os pongo el ejemplo de vuestras muestras de cariño. En algún momento yo he comentado algo de vuestros besos, vuestros abrazos, caricias, lo frío que me parecen, y aunque habéis hecho pequeñas enmiendas, yo he seguido percibiendo lo mismo: frialdad. No me satisface nada y por eso he dejado de besaros. Prefiero la distancia, no duele tanto. Además, que he comprendido que no puedo pedir nada a nadie que no tenga dentro, que vaya contra su naturaleza. No me sale el preguntar por mi hermana por lo que te he explicado más arriba, como mecanismo de defensa, y no, no se me ocurre ayudarla o preocuparme de otra manera que no sea mandando su C.V a mil sitios, mandándole mil correos de cursos, trabajos y mil historias más, regalándole cosas… ¿Te parece que hago poco por ella? ¿Que los demás hacen más? No me importa, sigue pensándolo si quieres. Es lo que me sale y no voy a hacer nada que no me salga.

Una pregunta que me he hecho a veces: ¿por qué ella celebra su cumpleaños con todo el mundo menos con nosotros? Aquella comida a la que nos iba a invitar, aquel regalo que me tenía preparado… Pues eso, no le sale y no pasa nada. Me lo he preguntado, pero ya no lo hago. Sólo tú, ahora, me lo recuerdas.

¿Acaso yo os he exigido que me leáis como hace otra gente que me quiere? Te digo algo con el mismo “formato” que me dijiste lo de la operación de la hernia de Clotilde, mamá: ¿cómo puede ser que todo mi mundo me lea, me acompañe en mis escritos, menos mis padres y hermana? Es algo que me ha chocado a veces y he echado en falta, que la gente está encantada con lo que escribo, pero vosotros lo desconocéis y seguiréis desconociéndolo. No pasa nada, porque no os sale meteros en internet o indagar sobre lo que escribo. Y si ahora lo hicierais tampoco arreglaría nada. Aparte que arreglar ya lo he arreglado yo comprendiendo que vosotros lo hacéis lo mejor que sabéis y sois”.

 

 Y cuando te dije que no me parecía bien que Clotilde tuviera que marcharse de la casa de la sierra porque ibas tú, te lo dije porque así lo acordé con la tía, que si iba alguien se compartía.

Compartir con una hermana que no comparte nada conmigo, no me apetece. Y aunque compartiera tampoco me apetecería. Es nuestro plan para hacer en pareja. Siento que no lo entiendas y que, sin embargo, sí entiendas que a ella le apeteciera pasar sola unos días allí con su novio.”

 

“Tengo rabia por todas las injusticias que veo en vuestro comportamiento con Clotilde.

Léete la parábola del Hijo Pródigo, capítulo 15 del Evangelio de San Lucas, versículos 11 al 32.

Aunque soy ateo desde hace mucho tiempo, siento una enorme admiración y respeto por Jesús de Nazaret, un revolucionario radical y antisistema, cuya imagen han secuestrado y manipulado la Iglesia y todos los poderosos.

Por cierto, lo de la casa de la sierra: es copropiedad de tu tía Clara y de tu madre. Habla con ellas.

Ya he hablado con mamá, pero pienso que como padre también puedes opinar. Aunque ya veo que no, otra muestra de falta de interés que me produce un inmenso dolor”.

 

Se pasa gran parte de su día libre escribiendo en el salón, pegada a la ventana que da al patio interior, sentada en la silla verde de instituto y tomando a sorbitos una infusión.

Herida N.º 12:

“Mientras vivas en esta casa, harás lo que yo te diga” fue el pistoletazo de salida para que Macarenita trazara un plan con el que conseguir una vida independiente. Ya había conseguido un cachito con aquella minitelevisión que le regaló su novio para que pudiera ver lo que se le antojara sin depender de su padre que ejercía poder absoluto sobre el mando. A partir de ahí vino el trabajar y el ahorrar para poco a poco acumular una cantidad que le permitiera dar la entrada para su piso en Madrid. Todo lo contrario que su hermana, quien no tenía prisa por irse de casa, aunque ya tenía un pie fuera becada por el hecho de estudiar. Ni cuando se fue a Suiza a trabajar pensó en la posibilidad de vaciar su cuarto. Allí estaba todavía el Pluto de goma, el cuento de ¿Cómo se hacen los niños?, el Quién es quién. Desidia, pereza o falta de ganas de construir un hogar propio. Un poco de todo, pensaba Macarenita, a quien le extrañó que su madre un día le contara orgullosa que Clotilde había empleado los cincuenta primeros euros del sueldo como cuidadora de niños en comprarse un traje de tirolesa.

-Ah, qué bien, no tiene casa y se compra un vestido. -Le dijo Macarenita a la orgullosa de su madre.

Con ella, en cambio, no había manifestado orgullo nunca: ya podía trabajar de socorrista los veranos, dar clases de inglés particulares, ganar un concurso de relato o hacer el Camino de Santiago desde Madrid, que nada parecía suficiente para su madre. Esto la heridaba aún más.

Estaba en casa de sus padres cuando la madre de Macarenita contó lo del traje de tirolesa y al instante se puso a escenificar una escena cual Heidi en la montaña con sus ovejas y todo, que su madre no escatimaba en la producción cinematográfica.

Macarena levanta la vista cuando acaba el párrafo para acto seguido seguir escribiendo:

Un día su hermana la llamó y la preguntó:

- Si yo no tuviera casa, Macarena, ¿podría quedarme en la vuestra?

A Macarenita le sorprendió la pregunta. Le inseguridad vital que tenía a estas alturas. Le contestó:

-La casa es de Daniel.

Después, fue a contárselo a su madre, como siempre había hecho cada vez que tenían un altercado, y ésta, recreadora de historias nata, transformó ese momento: “te preguntamos si podíamos hacer la celebración del cumpleaños de papá en vuestra casa y nos dijiste que la casa era de Daniel”.

También extendió en esta ocasión todo tipo de decorado festivo: confetis que le salían de las manos cada vez que hacía un ademán, una mesa repleta de comida cumpleañera que se interpuso entre su  madre y ella: sándwiches, empanada, tortilla de patata, sangría….

Macarena mira por la ventana. Es levantar la vista y empezar los recuerdos. Tendría unos diecinueve años cuando su hermana llegó llorando a casa un día. Ella estaba en su cuarto estudiando como era habitual. Desde esa posición escuchó. La puerta del salón se cerró al instante y desde allí empezaron a salir ininterrumpidos los sollozos de su hermana. Entre ellos intentaba adivinar las palabras de su madre, pero no le llegaban nítidas por la distancia, el pasillo en medio. De repente un largo silencio y al fin se abrió la puerta. Macarena salió también de su habitación despacio. Se acercó a la persona que formaban su madre y hermana abrazadas y preguntó.

- ¿Qué pasa?

-Nada, hija, un disgusto.

-Pero ¿qué le ha pasado?

-Uno, que le ha dado un susto en el portal…

-Pero…

-Nada, no te preocupes. Ha sido un susto, tu hermana está asustada.

Al momento aparecieron como veladuras al óleo figuras fantasmagóricas, manos de Freddy Kruger y Dráculas detrás de la madre que seguía unida a su hija pequeña. Macarena la oía, pero no la escuchaba. Las imágenes de su madre, la escenógrafa, eran de nuevo demasiado poderosas. Al principio, siempre sucedía así, parecían hologramas, imágenes muy débiles flotando en el aire que se mezclaban con la realidad, pero conforme avanzaban las explicaciones de su madre se tornaban más poderosas hasta ajustarse a la realidad como un zapato a su horma. En este proceso había dos implantaciones: en la primera la madre sobre un papel representaba el decorado de la obra y lo implantaba en otro plano sobre la escena; y en la segunda implantación llevaba esos planos al escenario, lo que provocaba algunas variaciones respecto a los planos iniciales, reajustando y recolocando algunos elementos.

Esta vez su madre hablaba situada entre un fantasma de sábana blanca y un vampiro salido de la película de Coppola. No era Brad Pitt. Había veces que estos elementos escenográficos tomaban cuerpo en la madre. Macarena vio que le había salido un colmillo.

lunes, 16 de marzo de 2026

Ponga a un pobre en su mesa


Veo a mi alrededor familias con la siguiente formación: un hijo (a veces el mayor, otras el pequeño, otras el del medio) vive en casa de los padres (a veces sólo queda el padre, otras la madre) a una edad adulta. Este hijo o hija no siente la necesidad de independizarse. Vive feliz mantenido por sus padres o, si no viven ellos, feliz en la casa que le han dejado sus padres como resultado de una costumbre alargada en el tiempo. Los padres, madre o padre, tampoco sienten la necesidad de quedarse sin hijo/a dentro de casa. Constituyen una relación simbiótica.

Una amiga mía: “mi hermano sigue en su castillo. Lo que más me molesta es que no me deje ir cuando yo quiera”.

Otra amiga mía: “mi hermano se ha quedado con la casa de mis padres”.

Mi compañera de trabajo: “espero que mi madre me deje la casa a mi después de todo lo que la he cuidado”.

Tres hermanos amigos enfadados porque la hermana del medio se ha quedado a vivir en la casa de los padres donde ha permanecido los últimos años cuidando del padre hasta que éste falleció.

También conozco casos en los que un hijo no vive permanentemente con ellos, pero va y viene a la casa paterna a su antojo y se queda en ella cual hotel también a su antojo, mientras años atrás han juzgado al hijo/a por hacer eso: usar su casa como un hotel. 

Digamos que he observado que muchas veces hay un hermano que es el necesitado de la familia, el “débil”, al que los padres tienen que ayudar económicamente hasta sus últimos días, creándose así una relación simbiótica. De tal manera que el débil hace de débil porque ha observado que de esta manera tiene el apoyo de los padres y los padres justifican su diferente reparto (si tienen varios hijos) sosteniendo que dan al que les da, al que está con ellos, que es el que tienen más presente, en su propia casa, porque ellos mismos han alimentado esa circunstancia. No sostienen que dan porque es más débil porque eso sería poner de manifiesto algo incómodo para ellos. Por otra parte, también supondría subrayar el mal endémico de esta sociedad: ayudar sólo al necesitado (pienso que mientras haya necesitadores habrá necesitados). El que no llora no mama. Justifican su reparto discriminado con una respuesta condicional hacia el que les ayuda, el que les atiende cuando lo necesitan…, sin tener en cuenta que el que les ayuda no puede ser otro que el que sabe que necesitan ayuda, el que tienen más presente, el débil.

Hay quien sostiene que hay que amparar al débil, al necesitado, porque ha tenido menos suerte en la vida. Que, si un hijo no puede estudiar más, encontrar trabajo, comprarse una casa… etc es porque no puede, porque no ha tenido suerte en la vida. Estos padres, pienso, no contemplan la posibilidad del no querer. Ese no poder o no tener suerte es lo que explica su narrativa de mantenerse unido a él o ella mediante un cordón umbilical en relación simbiótica olvidándose de que, aparte de no poder o de la suerte (si es que existe), también puede haber no querido salir nunca del nido paterno porque allí se está muy a gusto y calentito.

Estas navidades, en El Corte Inglés, vi a un señor vestido con harapos sentado en una mesa de la sección de cocina. Era una mesa expuesta para la ocasión festiva del momento. Al parecer ningún empleado se había dado cuenta de la existencia de ese hombre dormitando allí. Me recordó a la campaña de caridad cristiana: ponga a un pobre en su mesa, que veo en tantas familias a mi alrededor. Aunque aquel pobre no había sido puesto allí por ninguna familia y menos la suya. 

jueves, 12 de marzo de 2026

Novela de un Yo (9)

  

A la mañana siguiente, lunes, desplegó su ordenador portátil sobre la bandeja mesa de madera que le regaló su abuelo, se sentó en la silla de instituto que le había dado su padre hace tiempo y echó un chorro de café en la pequeña taza que se había traído de Italia. Y escribió.

-Aquel fin de semana que pasamos en la casa de la sierra no fue para pasar un fin de semana especial contigo. Acabábamos de iniciar la reforma y necesitábamos dormir allí porque en Madrid con la casa recién pintada no se podía estar. Tú sólo pensaste en tu cumpleaños, que papá no te felicitó, que no te hicimos nada especial. Yo eché en falta que nos ayudaras. Ni se te ocurrió que podíamos necesitar ayuda para empaquetar y recoger todo.

-Pero, mamá, ¿por qué no me lo pediste? ¿Por qué no me dijiste que necesitabais ayuda? ¿Cómo iba a saber yo que no vivo con vosotros, que no vi ni noté esa necesidad, que queríais que os ayudara? Ni me lo imaginé. Siempre me ha parecido que quieres hacer las cosas tú sola.

La madre sigue reprochando a la hija unos minutos más: que si sólo piensa en ella; que si papá le ayudó con su casa y ella, en cambio, nada; que si enfadarse por no felicitarla por su cumpleaños es muy infantil…

Aquel día la herida de Macarenita de nuevo se abrió. Un dolor que pasado un rato se encogía hasta tener el tamaño de una pelota de ping pong y se acoplaba cerca del esternón para intentar pasar desapercibido mientras la vida continuaba. Tan sólo escribir sobre ello lograba calmarla por momentos.

Eso había hecho aquella mañana, repasar lo escrito, describir minuciosamente el episodio de la casa de la sierra, para intentar entenderse, para intentar entenderles. Lo había leído en voz alta mientras escribía en una hoja aparte las palabras que no le sonaban bien, que no empastaban con los sonidos de otros vocablos cercanos, las repetidas, las que se entendían mal… También se fijó en la estructura gramatical de algunas frases. Se había dado cuenta que repetía mucho la conjunción “que” antes de la explicación de algo. Y dudaba con el le o la, por el laísmo madrileño. Tenía que hacerse aquella pregunta de: ¿a quién pasa Jaimito la pelota? Para despejar el complemento indirecto y sólo entonces estar segura de que el pronombre que tenía que escribir era le y no la. Hechas las modificaciones volvía a leer el texto en silencio corrigiendo de nuevo lo errado. A pesar de los múltiples repasos consecutivos siempre quedaba algo que desentonaba y que en el instante de la revisión no era capaz de descubrir. A esto lo llamaba iceberg porque veía la punta del problema, lo que le provocaba disconformidad, pero en el mismo momento en que asomaba no podía ver el resto. Éste se le aparecía pasados unas horas, a veces días. Así por ejemplo en lugar de poner “¿por qué sus padres no aceptan ninguno de sus planes?” había escrito “¿por qué sus padres rechazan todos sus planes?” después de un viaje en metro, o había dibujado a su hermana dormida boca abajo después de una noche de darle vueltas. Se podía decir que Macarena se desplazaba, dormía, etc con su Libro de Historia en la cabeza. Modificaba expresiones, buscaba palabras, ponía comas aquí o allí, limaba repeticiones y a pesar de que creía tener bien aprehendidas todas sus heridas, también retocaba ideas, creencias, sentimientos, emociones. Se podía decir también que con su Libro de Historia Macarena estaba construyendo otra Macarena. Cuando ella tenga hijos no se olvidará de sus cumpleaños. ¿Cómo ha podido pasarle eso a su padre?

Suena el timbre y Macarena deja de escribir. Se acerca a la puerta pensando en la posibilidad de que sea su madre. Así es:

-Hola, hija, vengo destrozadita. Tengo un tortícolis que no me puedo ni mover…

-Hola, mamá… Bueno, has llegado hasta aquí…

-Sí, hija, he venido porque tengo hora en el fisio, a ver si me dan un masaje…

-Pero, a ver, ¿dónde te duele…?

La madre le señala y Macarena observa su cuello. Después de frotarse las manos para calentarlas las coloca sobre la zona indicada.

-¡Ay! que me duele así, con tus manos. Debe ser por las uñas o no sé… Igual las tienes frías. Nada, no puedo.

-Pero si me las corté ayer, mamá. Y lo de frías, espera un momento que me las caliento más.

-No, hija, déjalo, no te preocupes, si ya he pedido hora en el fisio.

-Como veas, pero igual yo te podía aliviar…

La madre hace por retirarse del lado de su hija y se coloca de nuevo el bolso verde en bandolera del lado que más le duele. Es así como mejor va, cuando tiene la presión de algo, le dice a Macarena.

-Bueno, mamá, pues si quieres te puedo hacer reiki a distancia.

-Reiki es lo que me dijo una vez Estrella en la piscina porque bla, bla, bla…

Macarena ya ha desconectado para no escuchar otra de las historias vecinales de la madre. Es oír el nombre de una de sus vecinas o la palabra piscina y desenchufarse de ella. Piensa en lo que quiere hacer antes de ir a trabajar. Mientras ve cómo se mueve la boca alargada de su madre bajo los triángulos de sus ojos, diseña su menú del día: lentejas con chorizo, que se hacen en un pis pás. Para cenar, una ensalada, que por no perder más tiempo se hará en el cine agitándola en uno de los vasos de Coca-Cola con el aliño que prepare. Además, con un poco de suerte todavía queda aceite del que llevó para compartir con sus compañeros.

La madre no sabe que Macarena hizo un taller de masaje hace años. En su afán por formarse como persona completa hubo un tiempo en que se dedicó a hacer todo tipo de talleres: reflexología, vino y hasta de plantas medicinales. El de masaje lo aprovechó bien con su ex, quien sufría de dolores de espalda frecuentes. Hoy se lo ha ofrecido a la madre: un masaje por cuello y espalda porque ha amanecido con tortícolis. Además, le ha dicho que le aplicaría también reiki, otro de los talleres que hizo cuando el centro cultural de su barrio se dio a conocer. Pero la madre que rehúye del contacto filial, le ha dicho que no. En cambio, ha concertado una cita en el nuevo centro spa que han abierto cerca de la casa de su hija. 

Media hora más tarde, su madre se ha ido y ella por fin puede prepararse la comida. Ya no le apetece escribir. Tiene demasiado ruido en la cabeza y necesita relajarse viendo algo mientras come. Se pone la película de Bailando en la oscuridad que todavía conserva en VHS. Ver a Björk trabajando en la fábrica mientras crea canciones en su cabeza le recuerda a ella vendiendo Coca-Colas en el Cine y le gusta. Está contenta de tener la casa que tiene en el centro de Madrid, el sofá verde heredado de sus padres, la televisión que le regaló su exnovio, la película comprada en el Rastro, el mundo de Lars Von Trier que hace suyo por momentos…

A las dos y media sale de casa con la bicicleta a cuestas bajando los escalones con mucho cuidado de no tropezar. A esa misma hora llega el vecino de arriba cuyo perro pasa por su lado como una ráfaga y la hace desequilibrar.

Atraviesa Madrid: Calle Toledo, Plaza Mayor, Gran Vía, Cibeles, Puerta de Alcalá y Retiro.

En el Cine se suceden las mismas o parecidas escenas de siempre entre los saludos y las despedidas, como si fueran los títulos de crédito del principio y final de una película. Coca-Colas, palomitas, clientes habituales y conversaciones con David.

Cuando se dispone a marchar Isidro está desmontando el decorado del escenario de Ásterix en el vestíbulo. Pocas veces ha habido un decorado tan espléndido como el de ahora. Hasta han contratado decoradores. Ha debido funcionar porque el fin de semana se ha llenado. Macarena ha vendido un montón de cartuchos de palomitas. Antes de empezar a pedalear se queda mirando cómo Isidro recoge la paja de la aldea gala.

Ha llegado a casa y después de bajar la basura, se lava los dientes, la cara y se pone el pijama (no tenía nada que borrar de su cuerpo) para ponerse cómoda en el sofá verde y ver una película. No le apetece leer porque piensa que su historia familiar hoy tan hablada con David le va a bailar entre los renglones y prefiere que sean las imágenes lo que la desvíe de estar pensando en ello todo el rato. Así es que de nuevo se pone una peli de trabajos rutinarios, Perfect Days. Le encanta ver a trabajadores haciendo todos los días lo mismo. Personas que llegan a casa sin problemas laborales en la cabeza y que dedican su tiempo libre a crear, además del tiempo que les deja sus respectivas ocupaciones laborales cuando no tienen que usar la cabeza. Le gusta su vida.